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EDITORIALES

COSTA DE MARFIL: Entre Mansiones Coloniales y Silencios que Perduran

La República de Costa de Marfil, o Côte d’Ivoire, como se la conoce oficialmente, se encuentra en la costa occidental de África, sobre el Golfo de Guinea. Su capital política es Yamoussoukro, aunque el centro económico y administrativo del país sigue siendo Abiyán, una ciudad vibrante y caótica que concentra gran parte de la vida urbana.

A poco más de media hora de Abiyán se encuentra Grand Bassam, antigua capital de la colonia francesa a fines del siglo XIX. Caminar por sus calles es entrar en una escena suspendida en el tiempo.

Basta avanzar unos metros para que el presente se diluya y empiece a insinuarse otra imagen: carretas avanzando lentamente sobre la arena, soldados franceses bajo el sol del ecuador, y mujeres europeas refugiándose bajo sombrillas, intentando domesticar un clima que nunca les perteneció.

Las grandes mansiones coloniales, aún en pie, hablan de una época en la que este rincón de África funcionaba como un engranaje más del sistema comercial europeo. Desde aquí partían mercancías, pero también historias marcadas por la desigualdad: una economía sostenida por jerarquías impuestas, donde el confort de unos pocos se construía sobre la explotación de muchos.

No es casual que el país lleve ese nombre. Durante siglos, esta franja del Golfo de Guinea fue uno de los principales puntos de extracción y exportación de marfil —proveniente de los elefantes del interior— hacia Europa, donde era altamente valorado para la fabricación de objetos de lujo como esculturas, teclas de piano o piezas decorativas. Este comercio, impulsado inicialmente por portugueses y luego consolidado por franceses, se integró a una red más amplia de intercambios coloniales que incluía también oro, aceite de palma y, en períodos anteriores, el tráfico de personas.

Así, Grand Bassam no fue solo un enclave administrativo, sino un punto estratégico dentro de un sistema económico que transformó profundamente la región y dejó huellas que aún hoy se sienten.

Hoy, esas casas —algunas devoradas por el tiempo, otras recicladas— siguen mirando al océano. Una de ellas alberga el Museo Nacional de Indumentaria, testigo silencioso de un pasado que aún se percibe entre sus muros.

Como suele ocurrir en muchos museos africanos —y este no era el primero que visitaba—, lo que más impacta no es lo que se exhibe, sino el paso del tiempo sobre todo lo que lo rodea.

La estructura, las puertas de madera carcomidas, los pisos de parquet gastados, la pintura descascarada, los azulejos faltantes…

Estos edificios de más de 100 años son espacios que alguna vez fueron ocupados por administraciones coloniales europeas —francesas en este caso— y que, tras su retirada, quedaron suspendidos en una especie de limbo entre la historia y el olvido.

Entramos y, como era de esperar, no había nadie. La mansión, convertida en museo, parecía más un escenario detenido que un espacio expositivo: algunas maquetas que representaban aldeas del país, tres o cuatro trajes tradicionales en una habitación, y sobre una mesa, cuadernos y fotografías antiguas cubiertos de polvo y telas de araña.

El verdadero valor del lugar no estaba en lo que mostraba, sino en lo que sugería. No era un museo para observar el presente, sino para reconstruir mentalmente su pasado.

Al salir del museo y caminar hacia la costa, el paisaje cambia y aparece el océano Atlántico. La playa se extiende infinita hacia el horizonte. Las olas rompen con toda su fuerza. Desde la costa se observan estructuras coloniales en ruinas que conviven junto a casas habitadas, y la vida cotidiana se mezcla con los restos del pasado.

Partimos hacia Yamoussoukro, la capital política del país, ubicada cerca del lago Kossou, un embalse artificial sobre el río Bandama.

Antes de llegar al centro, hicimos una breve parada frente al Palacio Presidencial, donde —casi como una postal improbable— habitan cocodrilos que son alimentados cada tarde. Una escena curiosa difícil de encajar en cualquier logica.

Pero el verdadero símbolo de la ciudad aparece más adelante: la Basílica de Nuestra Señora de la Paz.

Imponente, desproporcionada y, para muchos, desconcertante. Inspirada claramente en la Basílica de San Pedro del Vaticano, esta construcción —erigida a fines del siglo XX por el entonces presidente Félix Houphouët-Boigny— se alza en medio de un paisaje que poco tiene que ver con Roma.

Es el templo cristiano más grande de África. Sin embargo, más allá de su magnitud, lo que impacta es el contraste: una obra monumental en un país donde la realidad cotidiana se mueve en otra escala.

Desde la cúpula, la vista revela una réplica casi exacta de la plaza vaticana… pero vacía. Silenciosa. Rodeada de verde.

La sensación es extraña: como si alguien hubiese querido trasladar un símbolo de poder y fe a un contexto completamente distinto, sin que terminara de encajar del todo.

A lo largo de estos primeros días, Costa de Marfil se fue revelando en contrastes.

Por un lado, Abiyán, dinámica, caótica, viva, donde el pulso del país se siente en cada calle. Por otro, Yamoussoukro, una capital construida más desde el símbolo que desde la necesidad, donde lo monumental convive con lo vacío.

Entre ambas, Grand Bassam queda suspendida en el tiempo, como un eco persistente de un pasado que todavía se deja ver, aunque ya no se explique.

Este fue apenas un fragmento del viaje. Más adelante vendrían otros paisajes, otras ciudades, otras historias… Pero eso quedará para otro momento porque si algo tiene Costa de Marfil, es que nunca termina de mostrarse del todo.

En África, siempre queda algo más por descubrir.

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