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EDITORIALES

IRAN: Entre la leyenda del Castillo de Asesinos y un encuentro inolvidable en Nowruz

Hace apenas tres días, Irán, Afghanistán y el Kurdistán iraquí dieron la bienvenida al año 1404 con las celebraciones de Nowruz (el antiguo Año Nuevo persa). La llegada de la primavera marca, para estas culturas, un nuevo comienzo cargado de simbolismo y tradiciones milenarias. Curiosamente, hace un año yo también estaba concluyendo mi travesía de un mes por Irán.

Si bien mi intención no era viajar exclusivamente por el Nowruz, al diseñar mi itinerario vi que tendría la oportunidad de experimentar uno de los momentos más especiales para ese país. Lo que no sabía era que trasladarme dentro de Irán durante esas fechas sería una auténtica odisea. Con millones de personas desplazándose para reunirse con sus familias, encontrar transporte disponible podía complicarse y como mi vuelo de regreso salía desde Teherán, necesitaba asegurarme pasar los últimos días en un lugar lo suficientemente cercano a la capital para garantizarme un asiento en un autobús de vuelta.

Mirando el mapa, encontré  que la ciudad de Qazvin, situada a 150 km de Teherán, cuenta con varias conexiones diarias en autobús. Pero lo que realmente me llevó hasta allí fue la cercanía con un sitio que me había quedado en el tintero: las ruinas de la Fortaleza de Alamut, también conocida como el Castillo de los Hashashin, los legendarios “asesinos”.

Ubicada a 2100 mts en los montes Alborz, la fortaleza de Alamut fue construida a mediados del siglo IX. Hoy, aunque el tiempo y las invasiones han reducido la estructura a escombros, aún se pueden ver restos de muros, plataformas de piedra y algunas secciones de sus antiguas torres defensivas. Según dicen, a simple vista no es más que un sitio plagado de viejos cascotes, sin embargo el lugar posee una atmósfera que encierra un magnetismo legendario.

La fortaleza de Alamut fue el bastión de una orden militar perteneciente a los nizaríes ismailies, una rama del islam chiita. Su auge comenzó en el siglo XI, cuando Hassan-i Sabbah tomó el control de la fortaleza y estableció un estado independiente que desafió a las potencias suníes de la época. Su reputación se fundó en las tácticas de asesinato selectivo contra figuras políticas y militares de alto rango, incluyendo sultanes, visires e incluso líderes cruzados. Este hecho les valió el nombre “Hashashin”, de donde deriva la palabra ‘asesino’. Este término les fue dado por sus adversarios y con el tiempo se cargó de numerosas leyendas que distorsionaron su verdadera historia. Aun hoy en dia, los historiadores no han podido determinar con certeza si sus asesinatos eran simplemente actos de violencia o parte de una estrategia de resistencia política y religiosa ya que eran un grupo minoritario frente a grandes imperios.

Llegué a Qazvin a las 4 hs de la mañana y me encontré que en la terminal de autobuses no había ni un alma. Pero típico de la hospitalidad iraní, el chofer del autobús (por medio de señas) logró que entendiera su ofrecimiento de llevarme a mi hotel.

Al despertar, miro por la ventana y estaba ante un típico día inglés: cielo gris y una lluvia persistente. Nada apropiado para aventurarme a la fortaleza de los Hashashin; además de un trayecto de más de hora y media en coche, la subida final requería ascender casi 500 escalones por la ladera de la montaña, y nadie me podía garantizarme que allí el clima estuviese mejor. Por lo tanto, decidí cambiar de rumbo y dedicar la jornada a explorar Qazvin. En la ciudad vibraba la energía del Nowruz: las calles decoradas, familias paseando, en los bazares gente haciendo todo tipo de compras… Un ambiente muy similar al de la navidad en occidente.

Qazvin es una ciudad con una historia fascinante. Ubicada en un punto estratégico de la Ruta de la Seda, durante siglos fue un cruce de caminos para comerciantes, peregrinos y viajeros. En el siglo XVI, incluso llegó a ser la capital de Persia bajo el mandato de los safávidas. Este legado aún se refleja en sus monumentos, como el imponente Caravanserai Sa’d al-Saltaneh, uno de los mejor conservados del país. Este gigantesco complejo de patios y pasillos abovedados fue un centro neurálgico del comercio en su época y hoy ha sido restaurado y se pueden encontrar tiendas de artesanías, de ropa y también cafés. Qazvin también alberga algunas de las mezquitas más antiguas de Irán que se remontan a la época islámica. Cada paso, la ciudad revela su pasado maravilloso.

Aunque no logré llegar a Alamut ese día, Qazvin me ofreció una experiencia inesperada: me encontraba en un café escribiendo en mi diario de viaje, cuando recibí un mensaje de Justin, un joven que había visto mi publicación (en un grupo de WhatsApp para viajeros en Irán) donde yo preguntaba si alguien estaba en Qazvin para cenar la noche de Nowruz, y decidió escribirme para que nos encontráramos.

Justin era un joven alemán que estaba realizando un itinerario en bicicleta desde su país natal hasta Filipinas, la tierra de su madre, con la que siente un profundo vínculo. Nos encontramos en el café y pasamos largo rato conversando sobre viajes, sus desafíos y qué nos había llevado hasta allí. Al caer la tarde, quedamos en reencontrarnos a las 21 hs para compartir la cena de Nowruz.

Dicho y hecho, nos reunimos en la plaza central de Qazvin y escogimos un restaurante donde brindar por el año entrante. Si bien yo ya había celebrado el Año Nuevo meses atrás, los viajes alteran mi noción del tiempo. Y es que cuando viajo, sucede algo excepcional: al subirme a un avión, dejo atrás a “la Lucia de todos los días», ese personaje que todos interpretamos, y me convierto en una especie de cuaderno en blanco, dispuesto a llenarse con experiencias, encuentros y momentos inesperados. En esos instantes, no hay años ni calendarios, solo el ahora, esa chispa irrepetible que da sentido a cada paso en el camino.

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