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DIARIO DE VIAJES

IRAQ: Mágica Noche en las Alturas. El Monasterio de Mar Mattai

Diario de Viaje 2023 – IRAQ Parte 3

A menudo se desconoce acerca de los monasterios de Oriente Próximo, auténticos tesoros de la Iglesia cristiana siríaca. En países como Turquía, Líbano, Siria e Iraq, esta tradición cristiana oriental, conserva rituales, tradiciones y una liturgia propia que datan de los primeros siglos de la era cristiana.

Cuando decidí viajar a Iraq, uno de mis objetivos principales era experimentar la historia viva de uno de los tantos monasterios de montaña. Inspirada por relatos de otros viajeros, me propuse investigar cuales están habitados por monjes actualmente y si ofrecen la posibilidad de hospedaje a peregrinos. Finalmente encontré un relato sobre el monasterio de Mar Mattai (San Mateo), ubicado en el norte de Iraq, en la histórica región de Nínive. Este monasterio, enclavado en la cima del Monte Alfaf, se convirtió inmediatamente en uno de mis destinos principales.

En mi 3 er día de viaje por Iraq me dirigí a Mosul, ya que esta es la ciudad más cercana al monasterio y se suponía que acceder al mismo sería sencillo… Sin embargo, pronto supe que las tensiones políticas entre Iraq federal y el Kurdistán iraquí complicarían mi travesía. A pesar de la proximidad —tan solo 20 kilómetros de Mosul—, alcanzar Mar Mattai requería un vehículo para sortear el terreno montañoso y atravesar estrictos controles militares; un recordatorio constante de la fragilidad de la región marcada por un pasado turbulento. Cabe mencionar que durante la ocupación del ISIS en 2014, los monasterios de Nínive, símbolos de fe y resistencia, fueron brutalmente atacados, saqueados y, en algunos casos destruidos. Esta región, cuna de una rica y antigua herencia cristiana, fue especialmente golpeada durante la ocupación del Estado Islámico, cuyo intento de erradicar la diversidad cultural y religiosa dejó cicatrices imborrables en algunas comunidades ancestrales.

Llevaba ya 2 días en Mosul, y pese a mis esfuerzos, no lograba contactar a alguien que hubiese visitado el monasterio. El mayor desafío no era solo encontrar quien me lleve al lugar, sino que en la frontera entre Iraq federal y el Kurdistán iraquí muy posiblemente me impedirían el paso. Aun así, no estaba dispuesta a darme por vencida. Este viaje tenía un propósito, y sabía que debía intentarlo hasta el final.

Finalmente, en la noche de mi 3er día en la ciudad, conseguí el teléfono del abad y, con ansias marqué el número. En seguida supe que estaba más cerca de mi meta. Le expliqué con la mayor sinceridad posible lo significativo que era para mí pasar una noche en Mar Mattai. Después de unos instantes de reflexión el abad accedió a ayudarme (aunque al final confeso que lo haría porque es fanático de Messi). Me dijo que el informaría a los controles militares sobre mi llegada, pero yo tendría que entregar mi pasaporte y recogerlo al día siguiente, cuando abandonara la montaña. Sin dudarlo, acepté.

Era mi 4to día en Mosul, con la ayuda de Abdullah, el recepcionista de mi hotel, conseguí un chofer para llevarme hasta el monasterio. A las 16:00 hs. partí con mi objetivo de llegar antes del atardecer. Con el chofer, pasamos los controles sin ningún contratiempo y finalmente estaba allí: al pie del Monte Alfaf, a punto de vivir una experiencia que sabía, quedaría grabada en mi memoria para siempre. Comenzamos a subir por el camino serpenteante.

Si bien el monasterio actual fue construido en el siglo XVIII y ha sido refaccionado en varias etapas durante el siglo XX, aún se pueden observar los vestigios del original hecho de piedra caliza tallada y enclavado en la roca. Explorar sus ruinas es una experiencia evocadora llena de misticismo. El Monasterio fue fundado en el año 363 d.C. por San Mateo el Ermitaño durante el reinado del emperador romano Juliano el Apóstata. Desde entonces, ha sido un importante centro espiritual para la Iglesia siríaca, desempeñando un papel fundamental en la preservación del cristianismo oriental, especialmente durante los períodos de persecución y conflicto en la región.

Al arribar, lo primero que hice fue presentarme ante el abad, quien tras charlar un rato le indicó a un monje que me condujera a mi habitación. Deje mi mochila, me dirigí a un patio abierto que ofrece la mejor vista del atardecer de las llanuras de Nínive.

Fue allí donde conocí a Oriana, una italiana de 60 años que, al igual que yo, había llegado hasta este remoto rincón en busca de una conexión con el pasado. Después de tomar algunas fotografías y notar que no quedaba ni un alma en el lugar, Oriana y yo nos dirigimos a la cocina para preparar las viandas que ambas habíamos llevado. Cenamos juntas y conversábamos sobre nuestras experiencias en Iraq. Me conto que estaba viajando a modo mochilera y su plan era llegar hasta la India.  Su relato me recordó que no hay edad límite para explorar el mundo!

Oriana y yo nos despedimos y acordamos ver juntas el amanecer a las 5:30 am pero yo decidí aprovechar el profundo silencio del monasterio para dar una caminata. La noche se había nublado, y apenas se veían algunas estrellas. La temperatura rondaba los 9 grados y corría un aire fresco impregnando de serenidad el ambiente. Caminé por los pasillos, subí a la terraza, y hasta me acerqué al campanario. En ese paseo solitario, lo único que se escuchaba eran mis pasos. Mi imaginación volaba, y en mi mente resonaba el eco de las voces del pasado; de esas historias que a lo largo de siglos, habrán sido tejidas entre esas montañas y aun preservan un espíritu inquebrantable.

Mientras avanzaba, una sensación profunda me invadió. Sentí la presencia de algo mucho más grande que yo. En ese instante comprendí que no cualquiera tiene el privilegio de caminar por lugares sagrados y empapados de tanta historia. Me senté en el suelo, mire al cielo, y el tiempo pareció detenerse. En ese instante de comunión entre el silencio de la montaña y yo, agradecí al ángel que me acompaña en mis travesías, y supe que cada paso que damos en este mundo, es sencillamente un regalo del alma.

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