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IRAQ: Mosul y lo que la Guerra no pudo Destruir

Salí de Baghdad en un taxi compartido junto con dos viajeros más. En teoría, íbamos a continuar el recorrido por el Kurdistán iraquí y la idea era alquilar un auto para movernos juntos. Pero una falta de compatibilidad, que se hizo evidente en pocas horas, me llevó a tomar una decisión: abrirme. No me interesaba seguir viajando en un esquema donde no había claridad sobre lo que estaba pasando.

Esa decisión, sin embargo, traía consigo un problema inmediato: cómo moverme.

Mi plan original era comenzar por el sur del país, y esa parte estaba organizada. Pero en el norte, si bien tenía claros mis puntos de interés —Alqosh, Lalish y el Monasterio de Mar Mattai—, iba a tener que improvisar. Y no son lugares de fácil acceso. No porque Irak sea inseguro —de hecho, es mucho más seguro de lo que se cree—, sino por la cantidad de checkpoints. En esa región todo se controla: quién sos, qué hacés, por qué estás ahí. No desde la hostilidad, sino desde una lógica de cuidado. Necesitan asegurarse de que no sos periodista, ni espía, ni alguien en riesgo. Pero sin hablar árabe, todo se vuelve más denso.

Era mi primera mañana en Mosul. Salí a desayunar. Necesitaba pensar con el estómago lleno. El hotel al que había llegado era deplorable, así que decidí cambiarme al Modern Hotel, con el que ya había tenido contacto antes del viaje. Terminando de desayunar, volvía caminando a buscar mi valija cuando me equivoqué de calle.

Y entonces lo vi.

Un gato.

Lo seguí casi sin pensarlo, como si no importara perderme un poco. Cuando me agaché para acariciarlo, escuché una voz detrás de mí:

—Where are you from? (De donde sos?)

Levanté la mirada. Un hombre conversando con otro parado en la vereda de un taller mecánico. Le respondí y me preguntó qué hacía en Mosul, si me gustaba la ciudad. Intercambiamos algunas palabras, lo básico. Antes de despedirnos, me dijo que si necesitaba algo, no dudara en pedirle ayuda.

Seguí caminando, pero ya en la habitación, abrumada y tratando de reorganizar mi viaje, volví a pensar en él. Hablaba muy bien inglés, había sido amable y no tenía ningún motivo para ofrecer ayuda. Así que volví al taller.

Se llamaba Khalid. Le expliqué mi situación: necesitaba llegar a Alqosh y Lalish, pero no tenía transporte ni contactos confiables. No quería pagar cifras desproporcionadas ni depender de intermediarios dudosos. Me escuchó con calma y me dijo que no me preocupara, que él podía ayudarme a encontrar a alguien de confianza. Intercambiamos teléfonos y, cuando le pedí si podía ayudarme a parar un taxi para ir a mi nuevo hotel, me miró casi sorprendido:

—De ninguna manera vas a tomar un taxi. Yo te llevo.

Mientras avanzábamos en el auto, Khalid me señaló los puentes del río Tigris. Mosul se extiende a lo largo de sus orillas, con barrios que alguna vez estuvieron conectados por estructuras que hoy son, en muchos casos, restos suspendidos sobre el agua. La ciudad tiene algo de herida abierta y algo de reconstrucción constante.

Durante los años más duros del conflicto, esos puentes fueron destruidos. Mosul quedó literalmente partida en dos. Un lado aislado del otro, como si la ciudad hubiese sido desgarrada. Y detrás de esa imagen había una historia mucho más profunda.

La invasión de Irak en 2003 por parte de Estados Unidos, bajo el argumento de eliminar armas de destrucción masiva que nunca aparecieron y derrocar a Saddam Hussein, no solo implicó un cambio de gobierno: supuso el desmantelamiento del Estado iraquí. El ejército fue disuelto, las instituciones colapsaron y el orden interno desapareció. En ese vacío comenzaron a surgir múltiples formas de insurgencia, primero como resistencia y luego como algo mucho más extremo, hasta convertirse en organizaciones como el Estado Islámico, que llegó a controlar vastas regiones del país, incluyendo Mosul.

Le pregunté, con cuidado, cómo había sido vivir todo eso. Y entonces dejó de ser historia para volverse relato.

Khalid me contó que durante los años en que ISIS controló la ciudad, la vida quedó completamente sometida: los hombres estaban obligados a dejarse la barba, fumar estaba prohibido, no se podía salir de la ciudad y la televisión estaba restringida a lo que ellos transmitían. Las mujeres debían usar hijab y no podían salir sin un acompañante masculino de la familia.

—Nadie se atrevía a desobedecer —me dijo—. Y los que lo hacían… eran castigados. A veces con ejecuciones públicas.

La ciudad quedó sin electricidad, sin abastecimiento regular de comida, sin combustible.

—La gente cocinaba haciendo fuego en la calle.

Mientras hablaba, en mi cabeza se mezclaban imágenes que tantas veces había visto en películas o noticieros, siempre lejanas, siempre ajenas. Esa mañana ya había visto edificios perforados por balas, estructuras derrumbadas, cicatrices abiertas en la ciudad. Pero escucharlo a él era distinto. Era entender que detrás de cada pared rota había una vida.

Sintiendo un nudo en el pecho le hice una pregunta que incluso a mí me pesaba:

—¿Por qué te quedaste?

Su respuesta fue simple: Mosul es su hogar. Allí está su familia, su casa, su historia. Irse no era una solución, era otra forma de pérdida. Porque irse implicaba abandonarlo todo y convertirse en desplazado, y ser desplazado muchas veces significa quedar suspendido en un limbo: años en campos de refugiados, dependiendo de ayuda humanitaria, sin pertenecer a ningún lugar y sin derechos plenos. Donde se sobrevive, pero no se avanza. Donde el tiempo pasa sin dirección y la personas se convierten en números dentro de una crisis que parece no tener fin. Entendí entonces que quedarse, incluso en medio del horror, a veces es la única forma de sostener la propia identidad.

Khalid continuó. Durante casi tres años Mosul estuvo bajo ese régimen, hasta que en 2016 comenzaron los bombardeos de los americanos.

—Fue muy duro —dijo—. Liberaron la ciudad… pero dejaron muchos muertos. Discapacitados. Gente sin casa. Los sonidos de las explosiones… el olor… el miedo en la cara de la gente… eso no se olvida.

Se me erizó la piel y, en silencio, sentí cómo se me llenaban los ojos de lágrimas. Porque en ese momento entendí algo con una claridad brutal: la guerra no es una idea ni una estrategia. Son personas que no eligieron estar ahí, familias que lo pierden todo, una destrucción que no es solo material sino también emocional, social y psicológica. Y sobre todo, es profundamente injusta.

Llegamos al Modern Hotel y nos despedimos sabiendo que volveríamos a hablar. Y así fue. Khalid cumplió su promesa: al día siguiente organizó que su cuñado seria mi chofer para visitar Alqosh y Lalish. Durante el regreso, el auto tuvo un problema y Khalid fue personalmente a nuestro encuentro. Cuando me dejó nuevamente en el hotel, sentí que había algo más, algo que no quería que terminara ahí.

Sus relatos, su forma de estar en el mundo después de todo lo vivido, me habían conmovido profundamente. Entonces me animé a pedirle si podía conocer a su familia. Quería entender de dónde venía esa fortaleza, acercarme, aunque fuera por un rato, a esa vida que había resistido tanto.

Aceptó sin dudar.

Su familia no sabía que yo iba, y eso lo hizo aún más real. Su mujer, sus hijos y sus hijas me recibieron con una mezcla de sorpresa y alegría difícil de describir. Yo debía ser, para ellos, una imagen completamente fuera de lo habitual: una mujer occidental, argentina, viajando sola, entrando en su casa vestida con jeans y camisa, mirando todo con una curiosidad que no podía disimular.

Prepararon la comida al estilo iraquí: un mantel extendido sobre la alfombra, platos en el centro, todos sentados en el suelo formando un círculo. Se come con la mano derecha, utilizando pan plano —similar al khubz— como utensilio, recogiendo la comida y llevándola a la boca. Yo, torpemente, intentaba imitar el gesto; ellos se reían. Nos reíamos juntos…

Después, sabiendo que soy fanática de la shisha —tan presente en la vida cotidiana de Mosul—, Khalid le pidió a uno de sus hijos que preparara una. La noche siguió entre humo, risas y miradas que no necesitaban traducción.

No recuerdo todos los nombres, pero sí recuerdo a Shahad. La mayor. Estudia medicina. Hay algo en ella difícil de explicar: una mezcla de dulzura, inteligencia y una fuerza tranquila. Intercambiando cuentas de Instagram vio una foto en mi feed de un cuadro de Van Gogh. Se levantó, fue a su cuarto y volvió con un jersey con esa misma imagen. Era especial para ella, tenía una inscripción en árabe en la espalda, y aun así insistió en regalármelo.

Ese gesto me atravesó. No era un regalo cualquiera sino una forma de decir que me llevaba algo de ella, de su mundo, de su historia.

Más tarde, cuando Khalid se ofreció a llevarme al hotel, Shahad insistió en acompañarnos. Fuimos en el asiento trasero, abrazadas, como si algo inexplicable nos uniera. La despedida fue intensa, un abrazo largo, de esos que no se pueden traducir.

Mosul es una ciudad devastada, pero sigue viva en su gente, en quienes se quedaron, en quienes reconstruyen. Yo llegué sin plan, seguí a un gato y terminé entendiendo que, incluso en los lugares más heridos, lo que sobrevive no es la guerra.

Es la humanidad.

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IRAQ: Mágica Noche en las Alturas. El Monasterio de Mar Mattai

Diario de Viaje 2023 – IRAQ Parte 3

A menudo se desconoce acerca de los monasterios de Oriente Próximo, auténticos tesoros de la Iglesia cristiana siríaca. En países como Turquía, Líbano, Siria e Iraq, esta tradición cristiana oriental, conserva rituales, tradiciones y una liturgia propia que datan de los primeros siglos de la era cristiana.

Cuando decidí viajar a Iraq, uno de mis objetivos principales era experimentar la historia viva de uno de los tantos monasterios de montaña. Inspirada por relatos de otros viajeros, me propuse investigar cuales están habitados por monjes actualmente y si ofrecen la posibilidad de hospedaje a peregrinos. Finalmente encontré un relato sobre el monasterio de Mar Mattai (San Mateo), ubicado en el norte de Iraq, en la histórica región de Nínive. Este monasterio, enclavado en la cima del Monte Alfaf, se convirtió inmediatamente en uno de mis destinos principales.

En mi 3 er día de viaje por Iraq me dirigí a Mosul, ya que esta es la ciudad más cercana al monasterio y se suponía que acceder al mismo sería sencillo… Sin embargo, pronto supe que las tensiones políticas entre Iraq federal y el Kurdistán iraquí complicarían mi travesía. A pesar de la proximidad —tan solo 20 kilómetros de Mosul—, alcanzar Mar Mattai requería un vehículo para sortear el terreno montañoso y atravesar estrictos controles militares; un recordatorio constante de la fragilidad de la región marcada por un pasado turbulento. Cabe mencionar que durante la ocupación del ISIS en 2014, los monasterios de Nínive, símbolos de fe y resistencia, fueron brutalmente atacados, saqueados y, en algunos casos destruidos. Esta región, cuna de una rica y antigua herencia cristiana, fue especialmente golpeada durante la ocupación del Estado Islámico, cuyo intento de erradicar la diversidad cultural y religiosa dejó cicatrices imborrables en algunas comunidades ancestrales.

Llevaba ya 2 días en Mosul, y pese a mis esfuerzos, no lograba contactar a alguien que hubiese visitado el monasterio. El mayor desafío no era solo encontrar quien me lleve al lugar, sino que en la frontera entre Iraq federal y el Kurdistán iraquí muy posiblemente me impedirían el paso. Aun así, no estaba dispuesta a darme por vencida. Este viaje tenía un propósito, y sabía que debía intentarlo hasta el final.

Finalmente, en la noche de mi 3er día en la ciudad, conseguí el teléfono del abad y, con ansias marqué el número. En seguida supe que estaba más cerca de mi meta. Le expliqué con la mayor sinceridad posible lo significativo que era para mí pasar una noche en Mar Mattai. Después de unos instantes de reflexión el abad accedió a ayudarme (aunque al final confeso que lo haría porque es fanático de Messi). Me dijo que el informaría a los controles militares sobre mi llegada, pero yo tendría que entregar mi pasaporte y recogerlo al día siguiente, cuando abandonara la montaña. Sin dudarlo, acepté.

Era mi 4to día en Mosul, con la ayuda de Abdullah, el recepcionista de mi hotel, conseguí un chofer para llevarme hasta el monasterio. A las 16:00 hs. partí con mi objetivo de llegar antes del atardecer. Con el chofer, pasamos los controles sin ningún contratiempo y finalmente estaba allí: al pie del Monte Alfaf, a punto de vivir una experiencia que sabía, quedaría grabada en mi memoria para siempre. Comenzamos a subir por el camino serpenteante.

Si bien el monasterio actual fue construido en el siglo XVIII y ha sido refaccionado en varias etapas durante el siglo XX, aún se pueden observar los vestigios del original hecho de piedra caliza tallada y enclavado en la roca. Explorar sus ruinas es una experiencia evocadora llena de misticismo. El Monasterio fue fundado en el año 363 d.C. por San Mateo el Ermitaño durante el reinado del emperador romano Juliano el Apóstata. Desde entonces, ha sido un importante centro espiritual para la Iglesia siríaca, desempeñando un papel fundamental en la preservación del cristianismo oriental, especialmente durante los períodos de persecución y conflicto en la región.

Al arribar, lo primero que hice fue presentarme ante el abad, quien tras charlar un rato le indicó a un monje que me condujera a mi habitación. Deje mi mochila, me dirigí a un patio abierto que ofrece la mejor vista del atardecer de las llanuras de Nínive.

Fue allí donde conocí a Oriana, una italiana de 60 años que, al igual que yo, había llegado hasta este remoto rincón en busca de una conexión con el pasado. Después de tomar algunas fotografías y notar que no quedaba ni un alma en el lugar, Oriana y yo nos dirigimos a la cocina para preparar las viandas que ambas habíamos llevado. Cenamos juntas y conversábamos sobre nuestras experiencias en Iraq. Me conto que estaba viajando a modo mochilera y su plan era llegar hasta la India.  Su relato me recordó que no hay edad límite para explorar el mundo!

Oriana y yo nos despedimos y acordamos ver juntas el amanecer a las 5:30 am pero yo decidí aprovechar el profundo silencio del monasterio para dar una caminata. La noche se había nublado, y apenas se veían algunas estrellas. La temperatura rondaba los 9 grados y corría un aire fresco impregnando de serenidad el ambiente. Caminé por los pasillos, subí a la terraza, y hasta me acerqué al campanario. En ese paseo solitario, lo único que se escuchaba eran mis pasos. Mi imaginación volaba, y en mi mente resonaba el eco de las voces del pasado; de esas historias que a lo largo de siglos, habrán sido tejidas entre esas montañas y aun preservan un espíritu inquebrantable.

Mientras avanzaba, una sensación profunda me invadió. Sentí la presencia de algo mucho más grande que yo. En ese instante comprendí que no cualquiera tiene el privilegio de caminar por lugares sagrados y empapados de tanta historia. Me senté en el suelo, mire al cielo, y el tiempo pareció detenerse. En ese instante de comunión entre el silencio de la montaña y yo, agradecí al ángel que me acompaña en mis travesías, y supe que cada paso que damos en este mundo, es sencillamente un regalo del alma.

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IRAQ: De Baghdad a Ukhaidir – explorando los vestigios del Califato Abasí-

Diario de Viaje 2023 – IRAQ Parte 2

Todo comenzó en Baghdad, cuando me encontraba visitando el Monumento a los Mártires, un sitio emblemático que honra a los caídos de la guerra entre Irak e Irán, con su estructura turquesa que parece flotar en el horizonte. Mientras sacaba algunas fotos, un grupo de hombres se me acercó con curiosidad, querían saber de dónde era y, como suele suceder, sacarse una foto conmigo. Entre uno de ellos vislumbro un chico joven: Jafar, de 16 años de edad.

Jafar no era uno más de aquel grupo. Cuando notó que había cierta barrera en la comunicación entre los hombres y yo, intervino hablando en inglés. El resto del grupo se “evaporó” en cuestión de minutos. Jafar se presentó con la típica cortesía local y mientras comenzaba a mostrarme fotos de Baghdad en su teléfono, me preguntaba porque había elegido ir a Iraq y acerca de la Argentina. Rápidamente me di cuenta de que el joven tenía buen ojo para la fotografía y con entusiasmo se ofreció a mostrarme los mejores rincones del predio para hacer una toma impresionante del monumento. También visitamos la galería que alberga los antiguos decretos de Saddam Hussein, un lugar con una atmósfera tan cargada de historia que parecía tangible.

Al finalizar el recorrido, Jafar me propuso pasar el resto de la tarde juntos para mostrarme otros rincones fascinantes de Baghdad. Acepté sin dudar. Más tarde, se unió una amiga suya que había sido su profesora de inglés, y los tres compartimos una tarde inolvidable explorando la ciudad. Al caer la tarde, y sabiendo que al día siguiente partiría hacia el Kurdistán iraquí, me despedí de Jafar. Sin embargo, mantuvimos contacto y acordamos volver a vernos cuando me dirigiera hacia el sur del país.

Pasé unos diez días explorando el norte, y, tal como habíamos quedado, cuando comencé mi trayecto hacia el sur, específicamente a la ciudad de Karbala (a unos 50 km al sur de Baghdad), le envié un mensaje a Jafar. Mi idea era visitar los Mausoleos de los Imanes Abbas y Hossein el primer día (dos de los lugares más sagrados para el islam chií), y al día siguiente encontrarme con Jafar en el centro de Karbala para intentar llegar a la Fortaleza de Ukhaidir, que se alza a unos 50 km al oeste del país.

El día acordado, me encontré con Jafar y nos dirigimos al garage de taxis para negociar con un chofer el precio por llevarnos a Ukhaidir, esperarnos una hora, y traernos de vuelta a Karbala. Esta vez, las negociaciones fueron más sencillas, ya que Jafar actuaba de traductor. Aun así, el taxista, notando que estaba ante una extranjera occidental que no hablaba árabe y acompañada por un adolescente iraquí, parecía vernos como el blanco ideal para “inflar precios”. Sin embargo, tras haber recorrido la mitad del país, ya no era mi primer rodeo: conocía los precios promedio y sabía cómo regatear. El chofer discutía con Jafar, quien me daba la versión reducida de la charla, y cuando por fin llegamos a un acuerdo, nos subimos al coche y emprendimos el viaje, con la sensación de haber superado otra pequeña batalla en la guerra del turismo por Iraq.

Durante el trayecto, el chofer, más relajado tras haber asegurado su tarifa, empezó a charlar con Jafar en árabe. Aunque no entendía ni una palabra, podía notar por sus gestos que el tema de conversación no era otro que nosotros: la extranjera curiosa y el joven que la acompañaba y porque íbamos al medio de la nada tan solo para ver una antigua construcción. Jafar, me traducía algunas partes, omitiendo lo que yo imaginaba eran bromas de hombres. Nos reímos entre gestos y frases sueltas, recordándome nuevamente que, en estas tierras, la sonrisa es el verdadero idioma universal.

El camino se volvía cada vez más desértico, solo veíamos camiones que iban y venían de la frontera con Jordania, porque más allá ya no hay ciudades en esa zona de Iraq. En un momento, paramos en un puesto militar (checkpoint), donde nos pidieron los documentos. Jafar conversó con el militar, quien le explicó que, por razones de seguridad, nos acompañaría un oficial. Y así fue como, ¡sorpresa! Otro hombre se subió al coche. Ya empezaba a parecer una comitiva oficial…

Después de unos minutos, apareció en el horizonte la imponente fortaleza de Ukhaidir. Tanto Jafar como yo sacamos nuestros teléfonos y comenzamos a grabar un video mientras nos acercábamos a la entrada. Al pasar por la boletería, un hombre que claramente trabajaba allí nos ofreció guiarnos. Agradecimos educadamente y dijimos que no, pero de alguna manera, el oficial del checkpoint, el hombre de la boletería y el chofer empezaron a seguirnos, ¡como si fuéramos dos celebridades de Hollywood! No todos los días llega una turista occidental con un joven iraquí de Baghdad a un lugar tan remoto… claramente éramos el evento del día, si no del mes.

La fortaleza de Ukhaidir, construida en el siglo VIII durante la época del califato abasí, es una construcción de piedra que se alza en medio del desierto. Sus muros, de casi 17 metros de altura, forman un conjunto cuadrangular con torres en cada esquina, protegiendo un castillo en su interior. Caminamos por sus amplios patios, por pasillos de piedra desgastada y subimos a las recámaras superiores, desde donde se tiene una vista majestuosa del patio central, lugar que ha sido testigo de reuniones militares y caravanas comerciales.

Con Jafar, encontramos en Ukhaidir el escenario perfecto para capturar imágenes dignas de una película épica. Al ser los únicos visitantes, recorrimos la fortaleza en total calma, inmersos en su atmósfera, y en una hora nos reencontramos con nuestro chofer, que ya nos esperaba en el coche para emprender el regreso.

Durante el trayecto el conductor le preguntó a Jafar si habíamos disfrutado de la visita y nos ofreció detenernos en el Lago Razzazah para tomar unas fotos rápidas. Aceptamos la propuesta y, tras una breve parada de diez minutos, continuamos nuestro camino de vuelta a Karbala.

De regreso en la ciudad, Jafar decidió pasar por el Mausoleo del Imán Hossein, mientras yo emprendí mi viaje de retorno a Al-Musayyib, donde me estaba hospedando. Fue un día maravilloso, una de esas jornadas donde la aventura se mezcla con la compañía de un nuevo amigo, creando recuerdos que guardo profundamente.

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IRAQ: El taxi que costaba IQD$ 123.456

Diario de Viaje 2023- IRAQ Parte 1

Cuando era niña, leía libros de historia y soñaba con visitar las pirámides de Egipto y las ruinas de la antigua Babilonia. Finalmente, a los 26 años conocí Egipto. Sin embargo, visitar las ruinas de Babilonia en Irak era sumamente dificil. Durante décadas, Irak ha estado envuelto en conflictos, como la invasión de Estados Unidos en 2003, que sumió al país en una profunda inestabilidad. Eventos de esta índole pospusieron mi anhelo de conocer la antigua Mesopotamia hasta que en 2023 pude hacer mi sueño realidad.

Baghdad, capital del actual Irak, es una ciudad fascinante. En la antigüedad, fue considerada la capital del mundo. Mientras Europa se encontraba sumida en la Edad Media, en Medio Oriente florecía la cultura. Durante el califato abasí (siglo IX), Baghdad vivió su apogeo cultural y económico. No solo era el centro del mundo islámico, sino también un epicentro del saber, donde científicos, filósofos y poetas de diversas culturas se reunían para intercambiar conocimientos en la famosa Casa de la Sabiduría. Conocimientos que más tarde llegarían a Europa gracias al través del Califato de Al-Ándalus.

Pero basta de historia! Que se encuentra en Wikipedia… Vamos con la anécdota del taxista de Baghdad… Tras haber recorrido la ciudad durante mi primer dia, ya empezaba a orientarme: conocía algunas zonas, las avenidas principales, y tenía una idea de cómo funcionaba el transporte. Sin embargo, en una ciudad donde el tráfico es un caos imparable, con vehículos que parecen competir por cada centímetro de asfalto, moverse puede volverse una odisea (piensa en una jungla de metal y bocinas). En ciudades así, tomar transporte público puede demorarte muchísimo a comparación de un taxi, y afortunadamente, estos últimos no son costosos.

Ese día me levanté, desayuné y me dirigí a visitar la Zona Verde, un área fuertemente custodiada en el corazón de Baghdad, que alberga embajadas, edificios gubernamentales y residencias de altos funcionarios. Después, tenía planeado visitar el Museo Nacional de Iraq, hogar de algunas de las reliquias más importantes de la antigua Mesopotamia, donde se exhiben piezas que cuentan la historia de las primeras civilizaciones, como por ejemplo los famosos lamassu de Nínive, las conocidas figuras mitológicas asirias, representadas como seres híbridos con cuerpo de toro o león, alas de águila y cabeza humana.

Salí del museo a las 14 hs. decidí dirigirme a la zona del café Shabandar, un lugar emblemático donde hombres de cualquier edad se encuentran entre narguiles y shai (te). Pero ahí es cuando empezó la aventura… Sabía a dónde quería ir, solo faltaba encontrar un el taxista y entenderme con él.

Por suerte, el primer taxi que vi, paro. Lo saludé con un “¡Salam alaikum!”, y el hombre me respondió con un “Alaikum salam”. Le indique de forma simple dónde quería ir: “Al Mutanabbi”. Él respondió con un «Naam, yallah» (“Si, vamos”), invitándome a subir al coche con un gesto de la mano.

Pero en países como Iraq, siempre conviene acordar la tarifa antes de comenzar el viaje (para evitar sorpresas). Y ahí vino la primera duda: ¿Cómo le pregunto? Con una sensación de desconcierto traté de hacerle un gesto con los dedos, indicando «dinero», y le dije en inglés: “How much?”. El hombre me respondió en árabe, y ahí quedé completamente perdida.

Yo sabía el precio estimado del viaje, pero ¿cómo entendernos? Él notó mi confusión y con palabras y gestos me animaba a subirme al taxi diciendo: “Yallah, yallah…”. Es asombroso lo mucho que tenemos en común los latinos con la gente de Medio Oriente. Gesticulamos tanto que parece que las manos hablan por sí mismas facilitando así la comunicación cuando las palabras no son suficientes.

Volviendo a la negociación, tuve una idea: saqué mi calculadora y le pedí que marcara el precio. Pero apareció un segundo problema: ¡mi calculadora usaba números arábigos occidentales, mientras que él estaba acostumbrado a los orientales! Ninguno de los dos entendía los números del otro.

Intenté contar con los dedos para que me entendiera, pero el me agarró la calculadora y marcó “123.456”. Miré la pantalla y no entendí nada. Entonces caí en la cuenta: sabía que el trayecto debía costar entre 4000 y 6000 dinares. Lo que había hecho el hombre fue marcar seis dígitos para señalarme el número 6000, ¡se las rebusco usando las teclas como unidades!

Finalmente, me subí al coche, un típico taxi iraquí: ventanillas que solo se bajan manualmente, espejos laterales rotos o ausentes, puertas llenas de abolladuras y rayones, pero con un encanto propio. Un testigo rodante del caos y la belleza de la ciudad.

Intentamos conversar, pero fue complicado. Sin embargo, hay dos cosas que, a pesar de la barrera idiomática, siempre se pueden intercambiar con un taxista: una pregunta y una oferta. «¿Country?» y «¿Smoke?». Cuando me preguntó de dónde era, respondí «Aryantin», y de inmediato el hombre, con una inmensa sonrisa, repitió: «Aryantin, Messi». Respecto a su oferta de fumar, la rechacé amablemente: «La, shukran» (No, gracias). Luego, con gestos, me preguntó si me molestaba que el fumara. Le respondí con un «Yallah» y un gesto de manos indicando que estaba bien. Sacó un cigarrillo y seguimos intercambiando sonrisas, como si hubiéramos encontrado una forma silenciosa de entendimiento que iba más allá de las palabras.