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IRAN: Ormuz; Recorriendo la Otra Cara del Estrecho 

A lo largo de los años tuve la suerte de recorrer algunos paisajes geológicos sorprendentes. Desde los colores de la Puna en el noroeste argentino, los géiseres de Atacama y los volcanes de America Central entre otros. Sin embargo, la isla de Ormuz en Irán logró hacerme sentir que estaba viendo algo completamente diferente al resto del planeta.

Hoy la palabra “Ormuz” aparece con frecuencia en las noticias. Pero generalmente no se habla de la isla, sino del estrecho que lleva su nombre. Uno de los puntos geopolíticos más importantes del mundo.

El Estrecho de Ormuz conecta el Golfo Pérsico con el Golfo de Omán y separa las costas de Irán de las de Omán y los Emiratos Árabes Unidos. Por sus aguas circula aproximadamente una quinta parte del petróleo transportado por vía marítima en todo el mundo, convirtiéndolo en uno de los corredores energéticos más importantes del comercio mundial.

Sin embargo, lejos de los titulares y las tensiones internacionales, existe una pequeña isla iraní de apenas cuarenta y pocos kilómetros cuadrados que parece pertenecer a otro mundo.

Una isla donde el mar puede teñirse de rojo, las montañas exhiben tonos violetas, amarillos y anaranjados, y las cuevas parecen haber sido pintadas a mano.

No es casualidad que muchos la conozcan como The Rainbow Island. (La isla Arco Iris)

Ormuz es lo que los geólogos llaman un domo salino: una gigantesca masa de sal que, durante millones de años, fue ascendiendo desde las profundidades terrestres empujando distintos minerales hacia la superficie.

El resultado es un paisaje único. Hierro, óxidos minerales, yeso, sal y otros materiales han teñido la isla de colores imposibles. Aquí la roca no es simplemente roca. Es roja, amarilla, naranja, violeta, negra, plateada y, en algunos lugares, varios de esos colores aparecen mezclados en una misma montaña.

Durante mi estadía también visité la isla vecina de Qeshm. Desde allí tomé un ferry temprano por la mañana y, aproximadamente una hora después, desembarqué en Ormuz.

Lo primero que encontré fueron decenas de tuk tuks esperando a los visitantes. Sus conductores prácticamente se abalanzaban sobre cada pasajero ofreciendo recorridos por la isla. Me costó un poco encontrar a alguien que hablara inglés, pero finalmente apareció Mohammed. Negociamos el precio del recorrido, subí a su vehículo y emprendimos camino.

Bastó solo salir del pueblo para que aparecieran los primeros colores. La isla parecía un paisaje extraterrestre. No había vegetación. Solo roca de todos los colores imaginables.

Nuestra primera parada fue el Rainbow Valley (Valle Arco Iris). Y aunque la famosa Red Beach (Playa Roja) suele llevarse toda la atención en las fotografías, fue este lugar el que más me impactó. El suelo cambiaba de color a cada paso. Tonos rojizos se mezclaban con amarillos intensos, vetas anaranjadas aparecían junto a superficies oscuras y algunas colinas parecían teñidas de blanco y violeta. Había visto fotografías y videos antes de viajar. Las imágenes muestran los colores. Pero no muestran la sensación de caminar sobre ellos.

Desde allí continuamos hacia la Rainbow Cave (Cueva Arco Iris). A diferencia del valle, aquí había que internarse en una cueva oscura ayudados por linternas. Las paredes estaban formadas por capas minerales que alternaban tonos mostaza, naranjas, violetas, plateados y ocres. Eran los colores naturales de la roca. Y precisamente por eso resultaban tan impresionantes. Parecía imposible que la naturaleza hubiera creado algo así.

La siguiente parada fue el Valley of Statues (Valle de las estatuas) un conjunto de formaciones rocosas moldeadas durante siglos por el viento y la erosión. 

Pero la postal más famosa de Ormuz todavía estaba por llegar. Mohammed dejó la Red Beach para el final. Y entendí perfectamente por qué. Primero detuvo el tuk tuk sobre un acantilado de tierra rojiza. Desde allí podía verse toda la bahía. La arena tenía reflejos plateados y, justo donde rompían las olas, aparecía una franja roja intensa. Como si las olas de ese agua verde azulada estuviese teñida con tinta rojiza.

Permanecí algunos minutos observando el panorama, sacamos algunas fotos y bajamos hasta la playa. La arena cambiaba de rojiza a platinada. Esta no era una playa para bañarse ni para pasar la tarde tomando sol. Es uno de esos sitios que parecen existir para recordarnos lo extraordinaria que puede ser la naturaleza.

Y el recorrido terminó en el pequeño pueblo de la isla. La vida allí gira principalmente alrededor del turismo. Muchos habitantes trabajan conduciendo tuk tuks, administrando pequeños alojamientos, atendiendo restaurantes o vendiendo artesanías. Otros se desplazan regularmente a Bandar Abbas, la ciudad costera situada frente a Ormuz.

El pueblo es pequeño y tranquilo. Mientras recorría sus calles me di cuenta de que había cometido un error. Tendría que haberme quedado a pasar la noche. Lamentablemente, el ferry de regreso a Qeshm salía esa misma tarde y yo tenía que volver ya que allí estaba mi alojamiento.

Antes de partir todavía alcancé a observar desde afuera el antiguo fuerte portugués que recuerda otro capítulo de la historia de la región. Los portugueses ocuparon Ormuz entre 1507 y 1622, controlando durante más de un siglo buena parte del comercio marítimo entre Persia, Arabia e India. Finalmente fueron expulsados por fuerzas persas, pero las ruinas permanecen allí como testimonio de una época en la que los imperios europeos competían por dominar las rutas comerciales del mundo. Mientras observaba aquellas murallas pensé que el mundo no ha cambiado tanto. Hace quinientos años las potencias luchaban por controlar las rutas de las especias y el comercio con Oriente. Hoy la atención del mundo se concentra en el petróleo que atraviesa el estrecho. Los protagonistas son otros, pero la importancia estratégica de Ormuz sigue siendo la misma. 

Poco después abordé el ferry de regreso. Mientras la isla comenzaba a alejarse pensé como cada lugar de Iran seguía sorprendiéndome.

Quizás por eso sigo regresando a ese pais cada vez que reviso mis diarios de viaje. Porque detrás de los titulares, las sanciones, los discursos políticos y los estereotipos que suelen dominar la visión de la región, existe un país extraordinariamente diverso.

Un país de montañas nevadas, ciudades históricas, desiertos inmensos y personas de una hospitalidad difícil de igualar. Y en algún rincón del Golfo Pérsico existe una pequeña isla de colores donde, por unas horas, tuve la sensación de estar caminando sobre otro planeta.

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GUATEMALA: Maximón, el Santo Imperfecto -Entre cervezas y confesiones-

Alrededor del Lago Atitlán, en Guatemala, todavía viven numerosas comunidades mayas que conservan sus lenguas, tradiciones y formas de vida. Entre ellas se encuentran los pueblos tz’utujiles, kaqchikeles y k’iche’, herederos de una cultura ancestral que sigue profundamente viva en esta región del país.

Cada pueblo alrededor del lago tiene su identidad, sus costumbres y hasta su propia lengua. Y aunque el español está presente, en muchas comunidades todavía se escuchan diariamente distintas lenguas mayas pertenecientes a una de las familias lingüísticas más antiguas de América.

Los pueblos se ubican en las orillas del lago, rodeado de volcanes y pequeñas aldeas, y se conectan entre sí principalmente por medio de lanchas. 

Cuando visité la zona hice base en San Juan La Laguna, un pueblo pintoresco que lentamente se abre al turismo, donde predominan las cooperativas textiles, la gastronomía local, los murales, el arte y una vida cotidiana que todavía conserva un ritmo mucho más tranquilo.

Así como San Juan tiene sus particularidades, también está San Pedro La Laguna, mucho más conocido por su ambiente nocturno, las fiestas y las agencias que organizan actividades para mochileros y viajeros más jóvenes. 

Pero fuera de ese foco turístico aparece Santiago Atitlán, un pueblo donde aún se ve la vida cotidiana en el lago. En mi segundo día, tomé una lancha para visitarlo. Aunque más grande que San Juan, Santiago recibe menos turismo y conserva una vida mucho más ligada a las tradiciones locales. Yo quería ver el lago tal como había sido antes del boom turístico; observar cómo se movía la gente, cómo eran sus mercados, sus rutinas y sus calles lejos de los cafés con menús y carteles pensados para extranjeros.

La travesía duró unos cuarenta minutos. Cuando finalmente llegamos al embarcadero, la diferencia fue inmediata. Santiago no recibe con puestos de souvenirs ni sombrillas de colores. Todo se sentía más rústico, menos preparado para agradar al visitante.

Santiago Atitlán es uno de los pueblos mayas más importantes e históricos del lago y está profundamente ligado a la cultura tz’utujil. Durante siglos fue un importante centro religioso y comercial de la región y, aun después de la colonización española, conservó gran parte de su identidad indígena. La enorme iglesia que domina el pueblo —una de las más antiguas e importantes de la zona— evidencia justamente ese choque y mezcla de mundos: el catolicismo impuesto por los españoles y las creencias mayas que jamás desaparecieron del todo. Incluso hoy todavía puede verse la bandera española flameando allí, como un vestigio extraño y simbólico de esa herencia colonial que sigue presente en muchos rincones de América Latina.

La atmósfera de Santiago era completamente distinta. Ya casi no se escuchaba castellano. Las conversaciones sucedían principalmente en lenguas mayas.  Comencé a subir la cuesta principal, donde había algunos restaurantes y negocios pequeños, hasta llegar a la plaza del mercado. Siempre que viajo me gusta recorrer los mercados porque ahí es donde realmente aparece la vida cotidiana. Mujeres hablando entre ellas, hombres descargando mercadería, niños corriendo entre puestos y productos locales acumulados en mesas improvisadas. Los mercados muestran la vida real de un lugar. No están pensados para turistas ni esperan ser fotografiados. El desorden, el ruido y la mezcla de olores forman parte de su autenticidad.

En Santiago eran principalmente las mujeres quienes trabajaban en los puestos. El mercado estaba dividido por sectores: frutas, verduras, carnes, pescado, harinas, frijoles y arroz. Todo era una mezcla constante de colores, aromas e idiomas.

Otra cosa que me llamó profundamente la atención fue la vestimenta de las mujeres. Casi todas llevaban puesto el huipil tradicional maya, una túnica tejida a mano llena de colores y símbolos que identifican no solo a la comunidad a la que pertenecen, sino también historias familiares, tradiciones y elementos de la cosmovisión indígena. 

Después de recorrer el mercado hice una parada para almorzar. Elegí un restaurante sencillo, de esos donde come la gente del lugar y no los turistas. Quería seguir observando el movimiento cotidiano del pueblo.

Pero había otro motivo por el cual yo había ido a Santiago Atitlán: quería encontrar a Maximón.

Maximón es probablemente una de las figuras religiosas más extrañas y fascinantes de América Latina. Un personaje nacido del sincretismo entre las creencias mayas y el catolicismo impuesto durante la colonización española.

Para algunos es un santo. Para otros, una especie de espíritu protector. Y para muchos habitantes del lago, alguien a quien acudir cuando necesitan compañía, consejo o simplemente alguien que escuche sus penas. 

Pero Maximón no tiene nada de la imagen clásica de un santo. Fuma. Bebe alcohol.
Recibe cigarrillos, puros, dinero y ofrendas. Y, sobre todo, no representa la perfección moral.

Según algunas versiones de la tradición oral, engañó, bebió demasiado y cometió errores. Y justamente por eso muchas personas sienten que puede comprender mejor las debilidades humanas. Hay quienes le piden ayuda para conseguir dinero, resolver problemas amorosos o simplemente aliviar tristezas cotidianas.

Cada año, la figura de Maximón permanece en una casa distinta del pueblo, cuidada por una “cofradía”. Son familias o grupos de personas de la comunidad encargadas de preservar los rituales y las tradiciones alrededor del santo, en una mezcla constante entre espiritualidad maya y herencia católica colonial. 

El problema era que nadie te dice exactamente dónde está Maximón. Se sabe… pero no del todo.

El chico del hotel me había dicho que, si preguntaba por “la cofradía”, alguien terminaría señalándome el camino. 

Pero quedaba un problema: cómo encontrar la cofradía. Así que fui al lugar de reunión de un pueblo: la plaza donde está la iglesia. Me acerqué a un grupo de hombres y les pregunté por ella. Después de debatir entre ellos en su idioma, uno intentó explicarme más o menos dónde quedaba. Debía caminar unas cuadras, doblar y subir una barranca hasta que comenzaran a aparecer callejones. 

Comencé a caminar pero en algún punto ya me había perdido. Pero eso era justamente lo que me gustaba.  De repente vi una pequeña peluquería y entré a  preguntar. El hombre tampoco parecía tenerlo demasiado claro; simplemente me dijo que siguiera subiendo.

Y entonces apareció una nena. Tendría ocho o nueve años y caminaba casi a mi lado, mirándome de reojo con una mezcla de curiosidad y timidez, como preguntándose qué hacía esa extranjera allí.

Le sonreí y dije —Hola, soy Lucía. Estoy buscando donde esta la casa que tiene  al Maximón. Me dijeron que era por acá… ¿vos sabés?

La nena no respondió. Simplemente me agarró de la mano para que doblara junto a ella en un callejón. Caminamos unos metros más hasta que entró a una casa y, antes de desaparecer, señaló con el brazo cuál era la entrada.

Estas son las cosas que más me gustan de viajar. Salir del circuito turístico. Cortar por un momento con Google Maps y con la necesidad de controlar todo. El desafío de comunicarse con gente local, perderse, equivocarse y confiar en que alguien aparecerá para indicar el camino. A veces los errores llevan exactamente al lugar correcto.

Entré finalmente a la casa de la cofradía. Y lo primero que sentí fue olor a humo, incienso y otras esencias que las queman con carbones. La habitación era pequeña, había algo de luz, algunos altares y una gran mesa al costado. En el centro estaba Maximón. La figura era mucho más extraña de lo que imaginaba. Vestía capas de telas coloridas, sombreros, pañuelos y corbatas superpuestas unas sobre otras. La máscara tiene unos rasgos inexpresivos, y un cigarrillo sostenido entre los labios. Frente a él se acumulaban botellas, flores, velas derretidas, dinero y ofrendas.

Tuve la sensación de estar viendo algo surreal. Posiblemente porque ese ambiente era lo que menos esperaba encontrarme. Las mujeres de la cofradía vestían trajes típicos mayas y dos hombres estaban sentados a los lados de la estatua. En la mesa del lado izquierdo de la habitación había tres hombres y dos mujeres riendo y tomando cerveza. 

Saqué algunas fotos y casi enseguida las mujeres me invitaron a sentarme. No tardé mucho en notar que su desinhibición era porque habían tomado un poco de más. Pero esa era justamente parte del ritual de visitar a Maximon. Las personas le llevan cigarrillos, alcohol y ofrendas. Y muchas se quedan allí bebiendo, conversando y compartiendo tiempo.

Mientras me hacían las típicas preguntas —de dónde sos, por qué viniste, si me gustaba Guatemala— me ofrecieron una cerveza y acepté. Por lo general en situaciones así, acepto lo que me dan como muestra de agradecimiento e interés por la cultura local.  

El ambiente era alegre, extraño pero profundamente humano. Ese sincretismo entre el catolicismo y las tradiciones mayas resultaba fascinante.

Después de un rato, una de las mujeres, Silvia, me pidió si podía acompañarla a buscar un paquete que había comprado. Tomamos un tuk tuk y, durante el trayecto, comenzó a contarme sobre su vida. Me habló de lo difícil que es ser mujer allí. De lo mal visto que está que las mujeres beban alcohol. De cómo muchos hombres —y también algunas mujeres— juzgan duramente a quienes intentan vivir de otra. Me explicó que muchas veces van donde Maximón justamente porque sienten que allí nadie las juzga.

Me habló también de su amiga Claudia, una artista que pinta murales sobre los derechos de las mujeres mayas e indígenas. Claudia vestía jeans y camisa, algo bastante distinto a la ropa tradicional de Santiago. Según Silvia, muchos hombres del pueblo la consideran problemática y a ella misma le habían llegado a decir que no debería juntarse con Claudia.

Escucharla me produjo tristeza. Yo ya había percibido cierto machismo durante mi estadía en Guatemala, pero oírlo directamente de boca de una mujer que vivía allí fue diferente.

Después de buscar el paquete, Silvia quiso detenerse a comer un ceviche y desde allí volvimos nuevamente a la casa de Maximón. Seguimos tomando cerveza, riéndonos y conversando hasta que me di cuenta de la hora. Yo tenía que tomar la última lancha hacia San Juan, que salía alrededor de las seis de la tarde. Entonces los acompañé hasta la casa de otro hombre que también pertenecía a una cofradía y luego tomé un tuk tuk hacia el embarcadero.

Mientras la lancha se alejaba de Santiago Atitlán y el pueblo comenzaba a perderse entre las montañas y el lago, pensé que probablemente ese había sido el día más auténtico de todo mi viaje por Guatemala.

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IRAQ: Mosul y lo que la Guerra no pudo Destruir

Salí de Baghdad en un taxi compartido junto con dos viajeros más. En teoría, íbamos a continuar el recorrido por el Kurdistán iraquí y la idea era alquilar un auto para movernos juntos. Pero una falta de compatibilidad, que se hizo evidente en pocas horas, me llevó a tomar una decisión: abrirme. No me interesaba seguir viajando en un esquema donde no había claridad sobre lo que estaba pasando.

Esa decisión, sin embargo, traía consigo un problema inmediato: cómo moverme.

Mi plan original era comenzar por el sur del país, y esa parte estaba organizada. Pero en el norte, si bien tenía claros mis puntos de interés —Alqosh, Lalish y el Monasterio de Mar Mattai—, iba a tener que improvisar. Y no son lugares de fácil acceso. No porque Irak sea inseguro —de hecho, es mucho más seguro de lo que se cree—, sino por la cantidad de checkpoints. En esa región todo se controla: quién sos, qué hacés, por qué estás ahí. No desde la hostilidad, sino desde una lógica de cuidado. Necesitan asegurarse de que no sos periodista, ni espía, ni alguien en riesgo. Pero sin hablar árabe, todo se vuelve más denso.

Era mi primera mañana en Mosul. Salí a desayunar. Necesitaba pensar con el estómago lleno. El hotel al que había llegado era deplorable, así que decidí cambiarme al Modern Hotel, con el que ya había tenido contacto antes del viaje. Terminando de desayunar, volvía caminando a buscar mi valija cuando me equivoqué de calle.

Y entonces lo vi.

Un gato.

Lo seguí casi sin pensarlo, como si no importara perderme un poco. Cuando me agaché para acariciarlo, escuché una voz detrás de mí:

—Where are you from? (De donde sos?)

Levanté la mirada. Un hombre conversando con otro parado en la vereda de un taller mecánico. Le respondí y me preguntó qué hacía en Mosul, si me gustaba la ciudad. Intercambiamos algunas palabras, lo básico. Antes de despedirnos, me dijo que si necesitaba algo, no dudara en pedirle ayuda.

Seguí caminando, pero ya en la habitación, abrumada y tratando de reorganizar mi viaje, volví a pensar en él. Hablaba muy bien inglés, había sido amable y no tenía ningún motivo para ofrecer ayuda. Así que volví al taller.

Se llamaba Khalid. Le expliqué mi situación: necesitaba llegar a Alqosh y Lalish, pero no tenía transporte ni contactos confiables. No quería pagar cifras desproporcionadas ni depender de intermediarios dudosos. Me escuchó con calma y me dijo que no me preocupara, que él podía ayudarme a encontrar a alguien de confianza. Intercambiamos teléfonos y, cuando le pedí si podía ayudarme a parar un taxi para ir a mi nuevo hotel, me miró casi sorprendido:

—De ninguna manera vas a tomar un taxi. Yo te llevo.

Mientras avanzábamos en el auto, Khalid me señaló los puentes del río Tigris. Mosul se extiende a lo largo de sus orillas, con barrios que alguna vez estuvieron conectados por estructuras que hoy son, en muchos casos, restos suspendidos sobre el agua. La ciudad tiene algo de herida abierta y algo de reconstrucción constante.

Durante los años más duros del conflicto, esos puentes fueron destruidos. Mosul quedó literalmente partida en dos. Un lado aislado del otro, como si la ciudad hubiese sido desgarrada. Y detrás de esa imagen había una historia mucho más profunda.

La invasión de Irak en 2003 por parte de Estados Unidos, bajo el argumento de eliminar armas de destrucción masiva que nunca aparecieron y derrocar a Saddam Hussein, no solo implicó un cambio de gobierno: supuso el desmantelamiento del Estado iraquí. El ejército fue disuelto, las instituciones colapsaron y el orden interno desapareció. En ese vacío comenzaron a surgir múltiples formas de insurgencia, primero como resistencia y luego como algo mucho más extremo, hasta convertirse en organizaciones como el Estado Islámico, que llegó a controlar vastas regiones del país, incluyendo Mosul.

Le pregunté, con cuidado, cómo había sido vivir todo eso. Y entonces dejó de ser historia para volverse relato.

Khalid me contó que durante los años en que ISIS controló la ciudad, la vida quedó completamente sometida: los hombres estaban obligados a dejarse la barba, fumar estaba prohibido, no se podía salir de la ciudad y la televisión estaba restringida a lo que ellos transmitían. Las mujeres debían usar hijab y no podían salir sin un acompañante masculino de la familia.

—Nadie se atrevía a desobedecer —me dijo—. Y los que lo hacían… eran castigados. A veces con ejecuciones públicas.

La ciudad quedó sin electricidad, sin abastecimiento regular de comida, sin combustible.

—La gente cocinaba haciendo fuego en la calle.

Mientras hablaba, en mi cabeza se mezclaban imágenes que tantas veces había visto en películas o noticieros, siempre lejanas, siempre ajenas. Esa mañana ya había visto edificios perforados por balas, estructuras derrumbadas, cicatrices abiertas en la ciudad. Pero escucharlo a él era distinto. Era entender que detrás de cada pared rota había una vida.

Sintiendo un nudo en el pecho le hice una pregunta que incluso a mí me pesaba:

—¿Por qué te quedaste?

Su respuesta fue simple: Mosul es su hogar. Allí está su familia, su casa, su historia. Irse no era una solución, era otra forma de pérdida. Porque irse implicaba abandonarlo todo y convertirse en desplazado, y ser desplazado muchas veces significa quedar suspendido en un limbo: años en campos de refugiados, dependiendo de ayuda humanitaria, sin pertenecer a ningún lugar y sin derechos plenos. Donde se sobrevive, pero no se avanza. Donde el tiempo pasa sin dirección y la personas se convierten en números dentro de una crisis que parece no tener fin. Entendí entonces que quedarse, incluso en medio del horror, a veces es la única forma de sostener la propia identidad.

Khalid continuó. Durante casi tres años Mosul estuvo bajo ese régimen, hasta que en 2016 comenzaron los bombardeos de los americanos.

—Fue muy duro —dijo—. Liberaron la ciudad… pero dejaron muchos muertos. Discapacitados. Gente sin casa. Los sonidos de las explosiones… el olor… el miedo en la cara de la gente… eso no se olvida.

Se me erizó la piel y, en silencio, sentí cómo se me llenaban los ojos de lágrimas. Porque en ese momento entendí algo con una claridad brutal: la guerra no es una idea ni una estrategia. Son personas que no eligieron estar ahí, familias que lo pierden todo, una destrucción que no es solo material sino también emocional, social y psicológica. Y sobre todo, es profundamente injusta.

Llegamos al Modern Hotel y nos despedimos sabiendo que volveríamos a hablar. Y así fue. Khalid cumplió su promesa: al día siguiente organizó que su cuñado seria mi chofer para visitar Alqosh y Lalish. Durante el regreso, el auto tuvo un problema y Khalid fue personalmente a nuestro encuentro. Cuando me dejó nuevamente en el hotel, sentí que había algo más, algo que no quería que terminara ahí.

Sus relatos, su forma de estar en el mundo después de todo lo vivido, me habían conmovido profundamente. Entonces me animé a pedirle si podía conocer a su familia. Quería entender de dónde venía esa fortaleza, acercarme, aunque fuera por un rato, a esa vida que había resistido tanto.

Aceptó sin dudar.

Su familia no sabía que yo iba, y eso lo hizo aún más real. Su mujer, sus hijos y sus hijas me recibieron con una mezcla de sorpresa y alegría difícil de describir. Yo debía ser, para ellos, una imagen completamente fuera de lo habitual: una mujer occidental, argentina, viajando sola, entrando en su casa vestida con jeans y camisa, mirando todo con una curiosidad que no podía disimular.

Prepararon la comida al estilo iraquí: un mantel extendido sobre la alfombra, platos en el centro, todos sentados en el suelo formando un círculo. Se come con la mano derecha, utilizando pan plano —similar al khubz— como utensilio, recogiendo la comida y llevándola a la boca. Yo, torpemente, intentaba imitar el gesto; ellos se reían. Nos reíamos juntos…

Después, sabiendo que soy fanática de la shisha —tan presente en la vida cotidiana de Mosul—, Khalid le pidió a uno de sus hijos que preparara una. La noche siguió entre humo, risas y miradas que no necesitaban traducción.

No recuerdo todos los nombres, pero sí recuerdo a Shahad. La mayor. Estudia medicina. Hay algo en ella difícil de explicar: una mezcla de dulzura, inteligencia y una fuerza tranquila. Intercambiando cuentas de Instagram vio una foto en mi feed de un cuadro de Van Gogh. Se levantó, fue a su cuarto y volvió con un jersey con esa misma imagen. Era especial para ella, tenía una inscripción en árabe en la espalda, y aun así insistió en regalármelo.

Ese gesto me atravesó. No era un regalo cualquiera sino una forma de decir que me llevaba algo de ella, de su mundo, de su historia.

Más tarde, cuando Khalid se ofreció a llevarme al hotel, Shahad insistió en acompañarnos. Fuimos en el asiento trasero, abrazadas, como si algo inexplicable nos uniera. La despedida fue intensa, un abrazo largo, de esos que no se pueden traducir.

Mosul es una ciudad devastada, pero sigue viva en su gente, en quienes se quedaron, en quienes reconstruyen. Yo llegué sin plan, seguí a un gato y terminé entendiendo que, incluso en los lugares más heridos, lo que sobrevive no es la guerra.

Es la humanidad.

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IRAQ: Mágica Noche en las Alturas. El Monasterio de Mar Mattai

Diario de Viaje 2023

A menudo se desconoce acerca de los monasterios de Oriente Próximo, auténticos tesoros de la Iglesia cristiana siríaca. En países como Turquía, Líbano, Siria e Iraq, esta tradición cristiana oriental, conserva rituales, tradiciones y una liturgia propia que datan de los primeros siglos de la era cristiana.

Cuando decidí viajar a Iraq, uno de mis objetivos principales era experimentar la historia viva de uno de los tantos monasterios de montaña. Inspirada por relatos de otros viajeros, me propuse investigar cuales están habitados por monjes actualmente y si ofrecen la posibilidad de hospedaje a peregrinos. Finalmente encontré un relato sobre el monasterio de Mar Mattai (San Mateo), ubicado en el norte de Iraq, en la histórica región de Nínive. Este monasterio, enclavado en la cima del Monte Alfaf, se convirtió inmediatamente en uno de mis destinos principales.

En mi 3 er día de viaje por Iraq me dirigí a Mosul, ya que esta es la ciudad más cercana al monasterio y se suponía que acceder al mismo sería sencillo… Sin embargo, pronto supe que las tensiones políticas entre Iraq federal y el Kurdistán iraquí complicarían mi travesía. A pesar de la proximidad —tan solo 20 kilómetros de Mosul—, alcanzar Mar Mattai requería un vehículo para sortear el terreno montañoso y atravesar estrictos controles militares; un recordatorio constante de la fragilidad de la región marcada por un pasado turbulento. Cabe mencionar que durante la ocupación del ISIS en 2014, los monasterios de Nínive, símbolos de fe y resistencia, fueron brutalmente atacados, saqueados y, en algunos casos destruidos. Esta región, cuna de una rica y antigua herencia cristiana, fue especialmente golpeada durante la ocupación del Estado Islámico, cuyo intento de erradicar la diversidad cultural y religiosa dejó cicatrices imborrables en algunas comunidades ancestrales.

Llevaba ya 2 días en Mosul, y pese a mis esfuerzos, no lograba contactar a alguien que hubiese visitado el monasterio. El mayor desafío no era solo encontrar quien me lleve al lugar, sino que en la frontera entre Iraq federal y el Kurdistán iraquí muy posiblemente me impedirían el paso. Aun así, no estaba dispuesta a darme por vencida. Este viaje tenía un propósito, y sabía que debía intentarlo hasta el final.

Finalmente, en la noche de mi 3er día en la ciudad, conseguí el teléfono del abad y, con ansias marqué el número. En seguida supe que estaba más cerca de mi meta. Le expliqué con la mayor sinceridad posible lo significativo que era para mí pasar una noche en Mar Mattai. Después de unos instantes de reflexión el abad accedió a ayudarme (aunque al final confeso que lo haría porque es fanático de Messi). Me dijo que el informaría a los controles militares sobre mi llegada, pero yo tendría que entregar mi pasaporte y recogerlo al día siguiente, cuando abandonara la montaña. Sin dudarlo, acepté.

Era mi 4to día en Mosul, con la ayuda de Abdullah, el recepcionista de mi hotel, conseguí un chofer para llevarme hasta el monasterio. A las 16:00 hs. partí con mi objetivo de llegar antes del atardecer. Con el chofer, pasamos los controles sin ningún contratiempo y finalmente estaba allí: al pie del Monte Alfaf, a punto de vivir una experiencia que sabía, quedaría grabada en mi memoria para siempre. Comenzamos a subir por el camino serpenteante.

Si bien el monasterio actual fue construido en el siglo XVIII y ha sido refaccionado en varias etapas durante el siglo XX, aún se pueden observar los vestigios del original hecho de piedra caliza tallada y enclavado en la roca. Explorar sus ruinas es una experiencia evocadora llena de misticismo. El Monasterio fue fundado en el año 363 d.C. por San Mateo el Ermitaño durante el reinado del emperador romano Juliano el Apóstata. Desde entonces, ha sido un importante centro espiritual para la Iglesia siríaca, desempeñando un papel fundamental en la preservación del cristianismo oriental, especialmente durante los períodos de persecución y conflicto en la región.

Al arribar, lo primero que hice fue presentarme ante el abad, quien tras charlar un rato le indicó a un monje que me condujera a mi habitación. Deje mi mochila, me dirigí a un patio abierto que ofrece la mejor vista del atardecer de las llanuras de Nínive.

Fue allí donde conocí a Oriana, una italiana de 60 años que, al igual que yo, había llegado hasta este remoto rincón en busca de una conexión con el pasado. Después de tomar algunas fotografías y notar que no quedaba ni un alma en el lugar, Oriana y yo nos dirigimos a la cocina para preparar las viandas que ambas habíamos llevado. Cenamos juntas y conversábamos sobre nuestras experiencias en Iraq. Me conto que estaba viajando a modo mochilera y su plan era llegar hasta la India.  Su relato me recordó que no hay edad límite para explorar el mundo!

Oriana y yo nos despedimos y acordamos ver juntas el amanecer a las 5:30 am pero yo decidí aprovechar el profundo silencio del monasterio para dar una caminata. La noche se había nublado, y apenas se veían algunas estrellas. La temperatura rondaba los 9 grados y corría un aire fresco impregnando de serenidad el ambiente. Caminé por los pasillos, subí a la terraza, y hasta me acerqué al campanario. En ese paseo solitario, lo único que se escuchaba eran mis pasos. Mi imaginación volaba, y en mi mente resonaba el eco de las voces del pasado; de esas historias que a lo largo de siglos, habrán sido tejidas entre esas montañas y aun preservan un espíritu inquebrantable.

Mientras avanzaba, una sensación profunda me invadió. Sentí la presencia de algo mucho más grande que yo. En ese instante comprendí que no cualquiera tiene el privilegio de caminar por lugares sagrados y empapados de tanta historia. Me senté en el suelo, mire al cielo, y el tiempo pareció detenerse. En ese instante de comunión entre el silencio de la montaña y yo, agradecí al ángel que me acompaña en mis travesías, y supe que cada paso que damos en este mundo, es sencillamente un regalo del alma.

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UGANDA: Tras las huellas de los últimos Gorilas de Montaña

En 2015 emprendí el viaje que cambiaría mi vida en muchos aspectos: personales, profesionales y hasta en mi manera de explorar el mundo. Sentía un impulso profundo de aventura, un deseo de conectar con culturas completamente distintas y, al mismo tiempo, cumplir uno de mis sueños de la niñez: conocer a los gorilas de montaña en su hábitat natural.

Fue así como decidí viajar a Uganda para realizar un voluntariado de tres semanas. Mi destino fue Fort Portal, una tranquila ciudad en el oeste del país, enmarcada por colinas verdes y plantaciones de té. Allí, trabajé en el “Buhinga Hospital”, en el pabellón pediátrico de quemados y traumatología, y por las tardes asistía a un orfanato. Sin duda, fue una experiencia única, de la cual me explayaré en otra ocasión; en este relato, en cambio, me enfocaré en la aventura que me llevó a adentrarme en la selva para encontrarme cara a cara con los gorilas.

Hoy, en las selvas profundas de África, sobreviven unos pocos gorilas de montaña. Aunque alguna vez estuvieron al borde de la extinción debido a las guerras y la destrucción de su hábitat, un giro inesperado los salvó. Gracias a los esfuerzos de conservación y al turismo sustentable, la población de gorilas ha crecido en las últimas décadas.

Junto a una compañera de voluntariado que decidió sumarse a mi plan, me tome un fin de semana para ir al encuentro con uno de los animales más fascinantes del planeta: el gorila de montaña. Salimos temprano un dia sábado; la distancia era de 300 kilómetros que nos llevaron unas seis horas que se pasaron volando entre plantaciones de té, sabanas salpicadas de elefantes en el Parque Nacional Queen Elizabeth y el puente donde se unen los lagos Albert y Edward.

Al acercarnos a los Montes Rwenzori en la frontera con el Congo, el paisaje se tornó selvático, envuelto en una bruma espesa que daba una sensación mágica, casi mística. Finalmente llegamos al Parque Nacional de la Selva Impenetrable Bwindi, pasaríamos la noche en Buhoma Camp, en un rústico complejo de cinco cabañas de madera. Tras realizar el check-in y pactar con nuestro chofer que nos veríamos al día siguiente, paseamos por la única calle del lugar, donde apenas había un pequeño puesto de artesanías; Bebimos un jugo de mango acompañado de budín de banana y nos fuimos a dormir.

Al amanecer del domingo nos reunimos con un grupo de 8 personas para realizar el trekking en busca de gorilas. Los trackers (guías de rastreo)  nos explicaron cómo comportarnos al cruzarnos con el animal: no hacer ruido, evitar el uso de flash y mantener una distancia de siete metros ya que cualquier virus humano puede ser mortal para los gorilas. Comenzamos a escalar la montaña liderados por dos rastreadores que, machetes en mano, iban abriéndonos paso entre la espesa vegetación. Nos adentramos en el bosque de bambú, en un entorno tan salvaje que era fácil imaginar a Tarzán colgado de una liana.

Mientras subíamos, el guía de repente señaló hacia un árbol y exclamó: “There!” (¡Allí!). Habíamos encontrado algunos miembros de una familia de gorilas. Fue un momento indescriptible, y mientras todos mirábamos fascinados, sentimos que “alguna cosa” pasó entre nuestras piernas para esconderse rápidamente. Fue como si un perro hubiera rozado nuestras piernas al pasar, ¡pero esta vez era un pequeño gorila! El guía nos explicó que al estar habituados a la presencia humana, los adultos apenas miran de reojo, pero los pequeños son juguetones y curiosos, y hasta pueden intentar tocarnos antes de volver corriendo con sus madres.

Más adelante, nos cruzamos con la familia completa. El guía nos enseñaba las diferencias entre machos y hembras, sus frentes prominentes, el ancho de sus dedos y el pecho robusto de los machos. En ese momento, en absoluto silencio, un gorila apareció entre medio de unas ramas pelando una caña con toda la calma del mundo. “Easy, easy” (Tranquilos) murmuró el guía. Fue increíble! Esos ojos tan pequeños y a la vez penetrantes me miraban; había algo profundamente humano en esa mirada curiosa y poderosa. Lentamente, llevé la cámara a mis manos, temerosa de que el mínimo movimiento pudiera romper el momento y finalmente logré capturar la imagen de ese maravilloso instante.

Con una calma inquebrantable, el gorila se levantó y, apoyándose en sus enormes brazos delanteros, se alejó de nosotros como si no existiéramos. El encuentro había terminado, pero el recuerdo quedará para siempre. La travesía, sin duda, vale cada minuto, y deja en el corazón el deseo de regresar algún día a Bwindi para reencontrarse con estos amables gigantes.

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IRAQ: De Baghdad a Ukhaidir – explorando los vestigios del Califato Abasí-

Diario de Viaje 2023

Todo comenzó en Baghdad, cuando me encontraba visitando el Monumento a los Mártires, un sitio emblemático que honra a los caídos de la guerra entre Irak e Irán, con su estructura turquesa que parece flotar en el horizonte. Mientras sacaba algunas fotos, un grupo de hombres se me acercó con curiosidad, querían saber de dónde era y, como suele suceder, sacarse una foto conmigo. Entre uno de ellos vislumbro un chico joven: Jafar, de 16 años de edad.

Jafar no era uno más de aquel grupo. Cuando notó que había cierta barrera en la comunicación entre los hombres y yo, intervino hablando en inglés. El resto del grupo se “evaporó” en cuestión de minutos. Jafar se presentó con la típica cortesía local y mientras comenzaba a mostrarme fotos de Baghdad en su teléfono, me preguntaba porque había elegido ir a Iraq y acerca de la Argentina. Rápidamente me di cuenta de que el joven tenía buen ojo para la fotografía y con entusiasmo se ofreció a mostrarme los mejores rincones del predio para hacer una toma impresionante del monumento. También visitamos la galería que alberga los antiguos decretos de Saddam Hussein, un lugar con una atmósfera tan cargada de historia que parecía tangible.

Al finalizar el recorrido, Jafar me propuso pasar el resto de la tarde juntos para mostrarme otros rincones fascinantes de Baghdad. Acepté sin dudar. Más tarde, se unió una amiga suya que había sido su profesora de inglés, y los tres compartimos una tarde inolvidable explorando la ciudad. Al caer la tarde, y sabiendo que al día siguiente partiría hacia el Kurdistán iraquí, me despedí de Jafar. Sin embargo, mantuvimos contacto y acordamos volver a vernos cuando me dirigiera hacia el sur del país.

Pasé unos diez días explorando el norte, y, tal como habíamos quedado, cuando comencé mi trayecto hacia el sur, específicamente a la ciudad de Karbala (a unos 50 km al sur de Baghdad), le envié un mensaje a Jafar. Mi idea era visitar los Mausoleos de los Imanes Abbas y Hossein el primer día (dos de los lugares más sagrados para el islam chií), y al día siguiente encontrarme con Jafar en el centro de Karbala para intentar llegar a la Fortaleza de Ukhaidir, que se alza a unos 50 km al oeste del país.

El día acordado, me encontré con Jafar y nos dirigimos al garage de taxis para negociar con un chofer el precio por llevarnos a Ukhaidir, esperarnos una hora, y traernos de vuelta a Karbala. Esta vez, las negociaciones fueron más sencillas, ya que Jafar actuaba de traductor. Aun así, el taxista, notando que estaba ante una extranjera occidental que no hablaba árabe y acompañada por un adolescente iraquí, parecía vernos como el blanco ideal para “inflar precios”. Sin embargo, tras haber recorrido la mitad del país, ya no era mi primer rodeo: conocía los precios promedio y sabía cómo regatear. El chofer discutía con Jafar, quien me daba la versión reducida de la charla, y cuando por fin llegamos a un acuerdo, nos subimos al coche y emprendimos el viaje, con la sensación de haber superado otra pequeña batalla en la guerra del turismo por Iraq.

Durante el trayecto, el chofer, más relajado tras haber asegurado su tarifa, empezó a charlar con Jafar en árabe. Aunque no entendía ni una palabra, podía notar por sus gestos que el tema de conversación no era otro que nosotros: la extranjera curiosa y el joven que la acompañaba y porque íbamos al medio de la nada tan solo para ver una antigua construcción. Jafar, me traducía algunas partes, omitiendo lo que yo imaginaba eran bromas de hombres. Nos reímos entre gestos y frases sueltas, recordándome nuevamente que, en estas tierras, la sonrisa es el verdadero idioma universal.

El camino se volvía cada vez más desértico, solo veíamos camiones que iban y venían de la frontera con Jordania, porque más allá ya no hay ciudades en esa zona de Iraq. En un momento, paramos en un puesto militar (checkpoint), donde nos pidieron los documentos. Jafar conversó con el militar, quien le explicó que, por razones de seguridad, nos acompañaría un oficial. Y así fue como, ¡sorpresa! Otro hombre se subió al coche. Ya empezaba a parecer una comitiva oficial…

Después de unos minutos, apareció en el horizonte la imponente fortaleza de Ukhaidir. Tanto Jafar como yo sacamos nuestros teléfonos y comenzamos a grabar un video mientras nos acercábamos a la entrada. Al pasar por la boletería, un hombre que claramente trabajaba allí nos ofreció guiarnos. Agradecimos educadamente y dijimos que no, pero de alguna manera, el oficial del checkpoint, el hombre de la boletería y el chofer empezaron a seguirnos, ¡como si fuéramos dos celebridades de Hollywood! No todos los días llega una turista occidental con un joven iraquí de Baghdad a un lugar tan remoto… claramente éramos el evento del día, si no del mes.

La fortaleza de Ukhaidir, construida en el siglo VIII durante la época del califato abasí, es una construcción de piedra que se alza en medio del desierto. Sus muros, de casi 17 metros de altura, forman un conjunto cuadrangular con torres en cada esquina, protegiendo un castillo en su interior. Caminamos por sus amplios patios, por pasillos de piedra desgastada y subimos a las recámaras superiores, desde donde se tiene una vista majestuosa del patio central, lugar que ha sido testigo de reuniones militares y caravanas comerciales.

Con Jafar, encontramos en Ukhaidir el escenario perfecto para capturar imágenes dignas de una película épica. Al ser los únicos visitantes, recorrimos la fortaleza en total calma, inmersos en su atmósfera, y en una hora nos reencontramos con nuestro chofer, que ya nos esperaba en el coche para emprender el regreso.

Durante el trayecto el conductor le preguntó a Jafar si habíamos disfrutado de la visita y nos ofreció detenernos en el Lago Razzazah para tomar unas fotos rápidas. Aceptamos la propuesta y, tras una breve parada de diez minutos, continuamos nuestro camino de vuelta a Karbala.

De regreso en la ciudad, Jafar decidió pasar por el Mausoleo del Imán Hossein, mientras yo emprendí mi viaje de retorno a Al-Musayyib, donde me estaba hospedando. Fue un día maravilloso, una de esas jornadas donde la aventura se mezcla con la compañía de un nuevo amigo, creando recuerdos que guardo profundamente.

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IRAQ: El Taxi que costaba IQD$ 123.456

Diario de Viaje 2023

Cuando era niña, leía libros de historia y soñaba con visitar las pirámides de Egipto y las ruinas de la antigua Babilonia. Finalmente, a los 26 años conocí Egipto. Sin embargo, visitar las ruinas de Babilonia en Irak era sumamente dificil. Durante décadas, Irak ha estado envuelto en conflictos, como la guerra del golfo en los ‘90 , la invasión de Estados Unidos en 2003, que sumió al país en una profunda inestabilidad y el consecuente surgimiento del ISIS. Eventos de esta índole pospusieron mi anhelo de conocer la antigua Mesopotamia hasta que en 2023 pude hacer mi sueño realidad.

Baghdad, capital del actual Irak, es una ciudad fascinante. En la antigüedad, fue considerada la capital del mundo. Mientras Europa se encontraba sumida en la Edad Media, en Medio Oriente florecía la cultura. Durante el califato abasí (siglo IX), Baghdad vivió su apogeo cultural y económico. No solo era el centro del mundo islámico, sino también un epicentro del saber, donde científicos, filósofos y poetas de diversas culturas se reunían para intercambiar conocimientos en la famosa Casa de la Sabiduría. Conocimientos que más tarde llegarían a Europa gracias al través del Califato de Al-Ándalus.

Pero basta de historia! Que se encuentra en Wikipedia… Vamos con la anécdota del taxista de Baghdad… Tras haber recorrido la ciudad durante mi primer dia, ya empezaba a orientarme: conocía algunas zonas, las avenidas principales, y tenía una idea de cómo funcionaba el transporte. Sin embargo, en una ciudad donde el tráfico es un caos imparable, con vehículos que parecen competir por cada centímetro de asfalto, moverse puede volverse una odisea (piensa en una jungla de metal y bocinas). En ciudades así, tomar transporte público puede demorarte muchísimo a comparación de un taxi, y afortunadamente, estos últimos no son costosos.

Ese día me levanté, desayuné y me dirigí a visitar la Zona Verde, un área fuertemente custodiada en el corazón de Baghdad, que alberga embajadas, edificios gubernamentales y residencias de altos funcionarios. Después, tenía planeado visitar el Museo Nacional de Iraq, hogar de algunas de las reliquias más importantes de la antigua Mesopotamia, donde se exhiben piezas que cuentan la historia de las primeras civilizaciones, como por ejemplo los famosos lamassu de Nínive, las conocidas figuras mitológicas asirias, representadas como seres híbridos con cuerpo de toro o león, alas de águila y cabeza humana.

Salí del museo a las 14 hs. decidí dirigirme a la zona del café Shabandar, un lugar emblemático donde hombres de cualquier edad se encuentran entre narguiles y shai (te). Pero ahí es cuando empezó la aventura… Sabía a dónde quería ir, solo faltaba encontrar un el taxista y entenderme con él.

Por suerte, el primer taxi que vi, paro. Lo saludé con un “¡Salam alaikum!”, y el hombre me respondió con un “Alaikum salam”. Le indique de forma simple dónde quería ir: “Al Mutanabbi”. Él respondió con un «Naam, yallah» (“Si, vamos”), invitándome a subir al coche con un gesto de la mano.

Pero en países como Iraq, siempre conviene acordar la tarifa antes de comenzar el viaje (para evitar sorpresas). Y ahí vino la primera duda: ¿Cómo le pregunto? Con una sensación de desconcierto traté de hacerle un gesto con los dedos, indicando «dinero», y le dije en inglés: “How much?”. El hombre me respondió en árabe, y ahí quedé completamente perdida.

Yo sabía el precio estimado del viaje, pero ¿cómo entendernos? Él notó mi confusión y con palabras y gestos me animaba a subirme al taxi diciendo: “Yallah, yallah…”. Es asombroso lo mucho que tenemos en común los latinos con la gente de Medio Oriente. Gesticulamos tanto que parece que las manos hablan por sí mismas facilitando así la comunicación cuando las palabras no son suficientes.

Volviendo a la negociación, tuve una idea: saqué mi calculadora y le pedí que marcara el precio. Pero apareció un segundo problema: ¡mi calculadora usaba números arábigos occidentales, mientras que él estaba acostumbrado a los orientales! Ninguno de los dos entendía los números del otro.

Intenté contar con los dedos para que me entendiera, pero el me agarró la calculadora y marcó “123.456”. Miré la pantalla y no entendí nada. Entonces caí en la cuenta: yo sabía que el trayecto debía costar entre 4000 y 6000 dinares. Lo que había hecho el hombre fue marcar seis dígitos para señalarme el número 6000, ¡se las rebusco usando las teclas como unidades!

Finalmente, me subí al coche, un típico taxi iraquí: ventanillas que solo se bajan manualmente, espejos laterales rotos o ausentes, puertas llenas de abolladuras y rayones, pero con un encanto propio. Un testigo rodante del caos y la belleza de la ciudad.

Intentamos conversar, pero fue complicado. Sin embargo, hay dos cosas que, a pesar de la barrera idiomática, siempre se pueden intercambiar con un taxista: una pregunta y una oferta. «¿Country?» y «¿Smoke?». Cuando me preguntó de dónde era, respondí «Aryantin», y de inmediato el hombre, con una inmensa sonrisa, repitió: «Aryantin, Messi». Respecto a su oferta de fumar, la rechacé amablemente: «La, shukran» (No, gracias). Luego, con gestos, me preguntó si me molestaba que el fumara. Le respondí con un «Yallah» y un gesto de manos indicando que estaba bien. Sacó un cigarrillo y seguimos intercambiando sonrisas, como si hubiéramos encontrado una forma silenciosa de entendimiento que iba más allá de las palabras.

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LIBANO: Descubriendo la Beirut que no se ve

Sentada frente al escritorio, con mis diarios de viaje a un lado y los dedos listos sobre el teclado, me dispongo a escribir anécdotas de viajes. Sin embargo, me cuesta decidir por cuál empezar. Tal vez debería comenzar por la historia de cómo conocí a George en Beirut…

Hace tan solo un año y medio me encontraba en Beirut, una ciudad donde se cruzan historias y culturas de siglos. Era una mañana soleada, desayuno junto a mi amigo Dave y tras comprar una tarjeta SIM, ambos estuvimos de acuerdo en separarnos para disfrutar la ciudad a nuestra manera. Yo había marcado varios puntos de interés en el mapa y tenía en mente un ajetreado recorrido, por lo tanto Dave decidió tomarse el día con más calma. Nos encontraríamos a la noche en el hotel.

Comienzo a caminar, a mí alrededor, la arquitectura me habla de diferentes épocas. A medida que me adentro en el casco antiguo, me maravillo al ver ruinas romanas conviviendo con tiendas modernas de lujo que se mezclan con antiguos barrios otomanos y vestigios del mandato francés. En cada esquina hay pequeños cafés donde la gente disfruta de un te o un narguile.

Luego de visitar la Iglesia cristiana de San Jorge y la Mezquita Mohammad Al-Amin, y siendo ya el mediodía, me dirijo a Sayhoun Falafel, donde, según mi amigo Bogdan se come el mejor falafel de Beirut. Cuando termino mi almuerzo camino hacia una avenida donde debo subirme a la minivan 4 para ir a visitar una zona alejada del foco turístico: los barrios de Chiyah y Ghobeiry.

Antes de contar cómo conocí a George, debo aclarar algo sobre el transporte en Beirut: las furgonetas o minivans no tienen paradas específicas, sino que uno las detiene en cualquier punto a lo largo de la avenida. Me encontraba en una esquina esperando ver pasar una «minivan 4», cuando un hombre que se subía a un auto estacionado me preguntó en inglés: «Are you lost?» (Estas perdida?). Le respondí simplemente: «No. I’m ok».

Pensé que arrancaría y se marcharía, pero como era de esperar, la curiosidad lo venció y con la ventanilla baja me pregunta de dónde venía. Como siempre, cuando uno dice «de Argentina», surge el nombre de “Messi”. Entonces, George (aunque aún no sabía su nombre) me preguntó a dónde quería ir y se ofreció a llevarme. “No, no hace falta”, le respondí. “Sé cómo ir en transporte público”. Pero él insistió: “No es seguro. Déjame llevarte, justamente yo voy en esa dirección”. En ese momento, sentí una mezcla de gratitud y algo de desconfianza. En una ciudad que para algunos puede ser intimidante, allí estaba alguien que, a pesar de ser un extraño, se preocupaba por mi bienestar. Mientras dudaba, comprendí que, a veces, abrirse a lo desconocido puede llevar a momentos muy significativos.

George conducía y me hacía preguntas, intentaba entender la razón por la que yo estaba yendo a Chiyah y Ghobeiry. Sucede que George es cristiano maronita y, en resumidas cuentas, en Líbano, los cristianos odian a los musulmanes, los musulmanes odian a los cristianos y tanto los cristianos como los musulmanes odian a los refugiados palestinos…

Dejábamos atrás el foco turístico y la parte más atractiva de la ciudad, adentrándonos en una zona más caótica y deteriorada. Era un lugar donde las marcas de la guerra aún se hacen visibles: recordatorios silenciosos de un pasado doloroso. Tras unos 15 minutos de conversación, intercambiamos números de teléfono y me despido de George. Cuando me bajo del coche en el Parque Qasqas, el aire vibra con la energía de la vida cotidiana.

Es importante destacar que el área sur de Beirut en general ha sufrido mucho durante conflictos como la guerra civil y las invasiones israelíes. Esta área fue testigo de combates y divisiones sectarias y aunque hoy en día sigue siendo un barrio predominantemente chiita, mantiene una coexistencia religiosa y cultural.

Chiyah y Ghobeiry son barrios que llevan en su piel las heridas de una Beirut que nunca pudo sanar por completo. Las paredes, cubiertas de balazos, parecen testigos mudos de los años de guerras, de las luchas entre vecinos que una vez se miraban con recelo. Pero lo más doloroso no son las fachadas destruidas por explosiones o las ventanas rotas, sino ver cómo estas cicatrices se han grabado en las almas de quienes viven aquí. Las generaciones que han crecido entre escombros y polvo son las mismas que, de alguna manera, han logrado construir algo nuevo y sin embargo el germen de la rivalidad no  se desvanece.

Siempre queda la sensación de que todo podría derrumbarse de nuevo, de que la paz en estos barrios es muy frágil. Chiyah es un barrio que respira dolor, pero también una extraña belleza en su resistencia. Aquí, donde muchos podrían haber abandonado todo, la gente sigue viviendo. Sigue luchando.

Ghobeiry a cambio, ha sido, por décadas, hogar de miles de refugiados palestinos que llegaron en busca de refugio y que se encontraron atrapados en un ciclo interminable de sufrimiento. Las caras de los que caminan por las calles reflejan generaciones de pérdidas que han vivido en la sombra de una guerra tras otra. Se siente una pobreza que va más allá de lo material; es una pobreza del anhelo de un futuro que siempre parece estar fuera de su alcance. Aquí, los palestinos siguen siendo invisibles para muchos, atrapados en un país que nunca les ha dado un hogar permanente. Su lucha ya no es la esperanza de regresar a una tierra que ya no recuerdan, sino simplemente la supervivencia en una ciudad que también ha sufrido demasiado.

Mientras contemplo los edificios bombardeados y las vidas que siguen adelante entre las ruinas, me doy cuenta de que Beirut, y especialmente estos barrios del sur, nunca han tenido el lujo de olvidar. Y quizá esa es la tragedia más grande del pueblo libanes: seguir viviendo entre las sombras de un pasado que no los deja avanzar.

Beirut, con todas sus cicatrices, tiene una energía única que atrapa por su una mezcla fascinante entre tradición y modernidad.

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SUDAN: Reino de los Faraones Negros

Sudan está situado al noreste de África y comparte frontera con Egipto al norte, costas con el mar Rojo, Eritrea y Etiopía al este, con Sudán del Sur y con la República Centroafricana al sur y con Chad y Libia al oeste. En el 2011, tras años de un conflicto bélico interno se firma un referéndum y Sudan se separa de su propia región sur conformándose así dos paises, la Republica de Sudan del Sur y la Republica de Sudan. Lamentablemente en diciembre de 2018 estalla una revolucion social y el ejercito derroca al entonces presidente. Hasta hoy en dia el conflicto continua.

Tras describir estos hechos sumado a la mala prensa, el comun denominador asociara a este pais con: peligro, conflicto, revolucion y guerra. Viaje a Sudan en 2018, el objetivo era conocer los vestigios de las antiguas civilizaciones que se levantaron alli hace 4000 años, la tierra de los «Faraones Negros», Ee Reino de Kush.

Llegamos a Khartoum, la capital. Una ciudad caótica, sin mucho para ver excepto la confluencia de los dos brazos del Nilo: el Nilo Blanco y Nilo Azul. Asistimos al barrio de Omdurmán al mausoleo del Mahdi y presenciamos una ceremonia de derviches (los místicos del islam). Verlos realizar sus danzas y entrar en un estado de “trance” es para el ojo del extranjero, un espectaculo que merece una profunda contemplacion.

Partimos hacia el norte, la carretera era amena y si bien la temperatura era de unos 40 °c promedio, el calor se toleraba. La intención de llegar primero a las ruinas del Reino de Meroe, donde hay 3 Necrópolis (complejos de pirámides), los restos del complejo de Templos de Amón y las ruinas de la antigua ciudad. En Meroe hay más de 1000 tumbas. Llegamos para ver el atardecer a uno de los conjuntos de pirámides, a la zona sur (la más antigua), entre ellas la del Rey Arkamani (260 a.C.). Allí hay 204 pirámides, son pequeñas (la más grande no llega a 20 mts. de base), pero es fantástico el caminar en medio del vasto desierto e ir encontrando una tras otra las pequeñas pirámides que lo invitan a uno a entrar, trepar y explorar como si se fuese el primer arqueólogo en llegar. Algunas de ellas han sido reconstruidas se imponen para ser fotografiadas a medida que cae el sol. Detrás de una gran duna, la mágica arena del desierto se encarga de que el magnetismo del lugar siga vibrando y a pesar de los años y el desgaste de la roca.

NURI Y JEBEL BARKAL: SANTUARIOS DEL SILENCIO

Al dia siguiente partimos rumbo a Karima se debe cruzar el Nilo y lo hicimos en la ciudad de Atbarah. Karima es una pequeña ciudad en pleno desierto de Bayuda que hace años fue el principal centro del Reino de Napata.

En medio del desierto resalta el “Jebel Barkal” (Jebel significa “montaña” en árabe) una montaña de piedra de arenisca roja con acantilados que era considerada sagrada por los faraones Nubios de la antigüedad. Fue el Olimpo de los Nubios, el corazón religioso durante más de 1700 años. A los pies del Jebel se observan el gran templo dedicado al Dios Amón y algunas necrópolis o piramides.

El atractivo de la visita consistio en ver el atardecer desde la cima del Jebel Barkal. Lleva unos 20 minutos llegar a la cima trepando por un sendero rocoso, desde alli arriba se pueden ver las pirámides como si fueran pequeños conos colocados en la arena. Un crisol de colores va comenzando a abrirse en el cielo. Para un lado el desierto, para el otro el Nilo y su vegetación. No me cabe duda porqué los Nubios escogieron al Jebel como su lugar sagrado.

Cerca de Karima se encuentra ademas la Necrópolis de Nuri. Allí hay 74 pirámides, más similares a las de Giza en estructura. A pesar del desgaste, la piramide del gran Rey Taharqa, de la dinastía XXV del Reino de Napata, se impone majestuosa entre las demás con sus 60 metros de altura.

Una caminata por Nuri transporta todos los sentidos a través del tiempo. Entre pirámides, arena, rocas y tumbas de casi 50 reinas se produce una experiencia única, una comunión del espíritu con los ancestros egipcios que alguna vez dominaron ese territorio.

Sentarse en la arena al atardecer observando hacia un lado la puesta del sol y hacia el otro, la salida de la luna. Lejos de los malones de turistas, pasarelas y vendedores de souvenirs, en Nuri, el encuentro se da entre el Desierto, las Pirámides y Uno Mismo. Un Elixir de la arqueología para el alma de los que amamos la historia.

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IRAN: «Mesr», el Egipto de Persia.

– Diario de Viaje 2022 –

En la meseta central de Irán, con 800 km de largo y 320 km de ancho, se encuentra el “Dasht-e-Kavir” o “Gran Desierto Salado” siendo este uno de los mas grandes del país. En medio del mismo esta la aldea de MESR. Mesr es como estar dentro de un cuento. Si bien hay múltiples excursiones que uno puede realizar, sandboarding, camping en el desierto, off-road con 4×4, etc. Mi foco estuvo simplemente en disfrutar el lugar. En principio tenía estimado dedicarle 2 días de mi viaje pero elegí quedarme 3.

Mi suerte fue lo que lamentablemente es una desgracia para los iranies. Debido a las noticias que se escucharon sobre protestas y represión en el país, la industria del turismo atraviesa una debacle a todo nivel. Quiero aclarar que, en mis 25 días en Irán, viajando sola, NO corrí peligro alguno y tampoco noté sucesos como lo que mostraba la TV. Es verdad que el país atraviesa momentos difíciles, pero como mencione en mi articulo anterior, la cordialidad para con el visitante es asombrosa. Entonces, ¿Cuál fue mi suerte? Al llegar a Mesr, me encontre que solo había 2 visitantes iranies que venían de Mashad, y yo (digo «suerte» porque no me gustan los aglomeramientos de turistas).

La aldea tiene 180 habitantes y posee una calle principal que no tiene mas de 300 metros, por lo tanto la sensacion es como estar dentro de una maqueta de adobe rodeada de arena o como un set de filmacion… Caminar las calles laterales, subir a terrazas y ver las dunas, girar en una esquina y encontrar 15 camellos… Simplemente, mágico.

En Mesr se observa la misma estructura arquitectónica que los pueblos de hace 3000 años atrás. Si bien las construcciones de Mesr no tienen mas de 100 años están construidas conservando un patrón. El adobe es una técnica que se usa hace aproximadamente unos 8000 años; a diferencia del ladrillo cocido que conocemos hoy, el cual data de hace 3500 años atrás. La palabra “adobe” proviene del árabe “al-tub”. Es un “ladrillo sin cocer”, una pieza hecha de masa de barro (arena y arcilla) a veces mezclando también con paja. Las piezas se moldeaban con una forma de ladrillo y se dejaba secar al sol.

A pesar de haber leído mucho antes de ir, no tenia idea absoluta lo que significa el nombre “Mesr”. Y resulta que significa “Egipto”. La historia de los nombres del pueblo es interesante. Alrededor de un siglo atrás, Mesr Desert era conocido como Chah Deraz (Pozo Profundo) o Mazraeye Yousef (Granja de Yousef).

Cuenta la leyenda que cuando el pueblo enfrentó escasez de agua, un lugareño llamado Yousef comenzó a buscar agua y pasó días y días cavando un pozo para conseguirla. Sus esfuerzos fueron finalmente recompensados. Pero al poco tiempo el agua dejo de brotar. Esto hizo que Yousef comenzara a cavar nuevamente. Por eso el pueblo fue conocido como “Pozo Profundo”. Entonces, ¿Por qué cambio de nombre? Cuenta la leyenda que a Yousef no le gustaba el nombre de entonces. Entonces les pidió a los aldeanos que lo llamaran Mesr (Egipto) ¿Y por qué Egipto? Porque está asociado a la historia del profeta José (del Antiguo Testamento). Dado que Yousef es el equivalente de José, y este ultimo lucha por salir de un pozo seco al cual sus hermanos lo habian tirado, es entonces que Mesr se convierte en el “Egipto” del desierto persa.