Alrededor del Lago Atitlán, en Guatemala, todavía viven numerosas comunidades mayas que conservan sus lenguas, tradiciones y formas de vida. Entre ellas se encuentran los pueblos tz’utujiles, kaqchikeles y k’iche’, herederos de una cultura ancestral que sigue profundamente viva en esta región del país.
Cada pueblo alrededor del lago tiene su identidad, sus costumbres y hasta su propia lengua. Y aunque el español está presente, en muchas comunidades todavía se escuchan diariamente distintas lenguas mayas pertenecientes a una de las familias lingüísticas más antiguas de América.


Los pueblos se ubican en las orillas del lago, rodeado de volcanes y pequeñas aldeas, y se conectan entre sí principalmente por medio de lanchas.
Cuando visité la zona hice base en San Juan La Laguna, un pueblo pintoresco que lentamente se abre al turismo, donde predominan las cooperativas textiles, la gastronomía local, los murales, el arte y una vida cotidiana que todavía conserva un ritmo mucho más tranquilo.




Así como San Juan tiene sus particularidades, también está San Pedro La Laguna, mucho más conocido por su ambiente nocturno, las fiestas y las agencias que organizan actividades para mochileros y viajeros más jóvenes.
Pero fuera de ese foco turístico aparece Santiago Atitlán, un pueblo donde aún se ve la vida cotidiana en el lago. En mi segundo día, tomé una lancha para visitarlo. Aunque más grande que San Juan, Santiago recibe menos turismo y conserva una vida mucho más ligada a las tradiciones locales. Yo quería ver el lago tal como había sido antes del boom turístico; observar cómo se movía la gente, cómo eran sus mercados, sus rutinas y sus calles lejos de los cafés con menús y carteles pensados para extranjeros.
La travesía duró unos cuarenta minutos. Cuando finalmente llegamos al embarcadero, la diferencia fue inmediata. Santiago no recibe con puestos de souvenirs ni sombrillas de colores. Todo se sentía más rústico, menos preparado para agradar al visitante.



Santiago Atitlán es uno de los pueblos mayas más importantes e históricos del lago y está profundamente ligado a la cultura tz’utujil. Durante siglos fue un importante centro religioso y comercial de la región y, aun después de la colonización española, conservó gran parte de su identidad indígena. La enorme iglesia que domina el pueblo —una de las más antiguas e importantes de la zona— evidencia justamente ese choque y mezcla de mundos: el catolicismo impuesto por los españoles y las creencias mayas que jamás desaparecieron del todo. Incluso hoy todavía puede verse la bandera española flameando allí, como un vestigio extraño y simbólico de esa herencia colonial que sigue presente en muchos rincones de América Latina.
La atmósfera de Santiago era completamente distinta. Ya casi no se escuchaba castellano. Las conversaciones sucedían principalmente en lenguas mayas. Comencé a subir la cuesta principal, donde había algunos restaurantes y negocios pequeños, hasta llegar a la plaza del mercado. Siempre que viajo me gusta recorrer los mercados porque ahí es donde realmente aparece la vida cotidiana. Mujeres hablando entre ellas, hombres descargando mercadería, niños corriendo entre puestos y productos locales acumulados en mesas improvisadas. Los mercados muestran la vida real de un lugar. No están pensados para turistas ni esperan ser fotografiados. El desorden, el ruido y la mezcla de olores forman parte de su autenticidad.
En Santiago eran principalmente las mujeres quienes trabajaban en los puestos. El mercado estaba dividido por sectores: frutas, verduras, carnes, pescado, harinas, frijoles y arroz. Todo era una mezcla constante de colores, aromas e idiomas.




Otra cosa que me llamó profundamente la atención fue la vestimenta de las mujeres. Casi todas llevaban puesto el huipil tradicional maya, una túnica tejida a mano llena de colores y símbolos que identifican no solo a la comunidad a la que pertenecen, sino también historias familiares, tradiciones y elementos de la cosmovisión indígena.
Después de recorrer el mercado hice una parada para almorzar. Elegí un restaurante sencillo, de esos donde come la gente del lugar y no los turistas. Quería seguir observando el movimiento cotidiano del pueblo.


Pero había otro motivo por el cual yo había ido a Santiago Atitlán: quería encontrar a Maximón.
Maximón es probablemente una de las figuras religiosas más extrañas y fascinantes de América Latina. Un personaje nacido del sincretismo entre las creencias mayas y el catolicismo impuesto durante la colonización española.
Para algunos es un santo. Para otros, una especie de espíritu protector. Y para muchos habitantes del lago, alguien a quien acudir cuando necesitan compañía, consejo o simplemente alguien que escuche sus penas.
Pero Maximón no tiene nada de la imagen clásica de un santo. Fuma. Bebe alcohol.
Recibe cigarrillos, puros, dinero y ofrendas. Y, sobre todo, no representa la perfección moral.
Según algunas versiones de la tradición oral, engañó, bebió demasiado y cometió errores. Y justamente por eso muchas personas sienten que puede comprender mejor las debilidades humanas. Hay quienes le piden ayuda para conseguir dinero, resolver problemas amorosos o simplemente aliviar tristezas cotidianas.
Cada año, la figura de Maximón permanece en una casa distinta del pueblo, cuidada por una “cofradía”. Son familias o grupos de personas de la comunidad encargadas de preservar los rituales y las tradiciones alrededor del santo, en una mezcla constante entre espiritualidad maya y herencia católica colonial.
El problema era que nadie te dice exactamente dónde está Maximón. Se sabe… pero no del todo.
El chico del hotel me había dicho que, si preguntaba por “la cofradía”, alguien terminaría señalándome el camino.
Pero quedaba un problema: cómo encontrar la cofradía. Así que fui al lugar de reunión de un pueblo: la plaza donde está la iglesia. Me acerqué a un grupo de hombres y les pregunté por ella. Después de debatir entre ellos en su idioma, uno intentó explicarme más o menos dónde quedaba. Debía caminar unas cuadras, doblar y subir una barranca hasta que comenzaran a aparecer callejones.
Comencé a caminar pero en algún punto ya me había perdido. Pero eso era justamente lo que me gustaba. De repente vi una pequeña peluquería y entré a preguntar. El hombre tampoco parecía tenerlo demasiado claro; simplemente me dijo que siguiera subiendo.
Y entonces apareció una nena. Tendría ocho o nueve años y caminaba casi a mi lado, mirándome de reojo con una mezcla de curiosidad y timidez, como preguntándose qué hacía esa extranjera allí.
Le sonreí y dije —Hola, soy Lucía. Estoy buscando donde esta la casa que tiene al Maximón. Me dijeron que era por acá… ¿vos sabés?
La nena no respondió. Simplemente me agarró de la mano para que doblara junto a ella en un callejón. Caminamos unos metros más hasta que entró a una casa y, antes de desaparecer, señaló con el brazo cuál era la entrada.
Estas son las cosas que más me gustan de viajar. Salir del circuito turístico. Cortar por un momento con Google Maps y con la necesidad de controlar todo. El desafío de comunicarse con gente local, perderse, equivocarse y confiar en que alguien aparecerá para indicar el camino. A veces los errores llevan exactamente al lugar correcto.
Entré finalmente a la casa de la cofradía. Y lo primero que sentí fue olor a humo, incienso y otras esencias que las queman con carbones. La habitación era pequeña, había algo de luz, algunos altares y una gran mesa al costado. En el centro estaba Maximón. La figura era mucho más extraña de lo que imaginaba. Vestía capas de telas coloridas, sombreros, pañuelos y corbatas superpuestas unas sobre otras. La máscara tiene unos rasgos inexpresivos, y un cigarrillo sostenido entre los labios. Frente a él se acumulaban botellas, flores, velas derretidas, dinero y ofrendas.



Tuve la sensación de estar viendo algo surreal. Posiblemente porque ese ambiente era lo que menos esperaba encontrarme. Las mujeres de la cofradía vestían trajes típicos mayas y dos hombres estaban sentados a los lados de la estatua. En la mesa del lado izquierdo de la habitación había tres hombres y dos mujeres riendo y tomando cerveza.
Saqué algunas fotos y casi enseguida las mujeres me invitaron a sentarme. No tardé mucho en notar que su desinhibición era porque habían tomado un poco de más. Pero esa era justamente parte del ritual de visitar a Maximon. Las personas le llevan cigarrillos, alcohol y ofrendas. Y muchas se quedan allí bebiendo, conversando y compartiendo tiempo.
Mientras me hacían las típicas preguntas —de dónde sos, por qué viniste, si me gustaba Guatemala— me ofrecieron una cerveza y acepté. Por lo general en situaciones así, acepto lo que me dan como muestra de agradecimiento e interés por la cultura local.
El ambiente era alegre, extraño pero profundamente humano. Ese sincretismo entre el catolicismo y las tradiciones mayas resultaba fascinante.
Después de un rato, una de las mujeres, Silvia, me pidió si podía acompañarla a buscar un paquete que había comprado. Tomamos un tuk tuk y, durante el trayecto, comenzó a contarme sobre su vida. Me habló de lo difícil que es ser mujer allí. De lo mal visto que está que las mujeres beban alcohol. De cómo muchos hombres —y también algunas mujeres— juzgan duramente a quienes intentan vivir de otra. Me explicó que muchas veces van donde Maximón justamente porque sienten que allí nadie las juzga.
Me habló también de su amiga Claudia, una artista que pinta murales sobre los derechos de las mujeres mayas e indígenas. Claudia vestía jeans y camisa, algo bastante distinto a la ropa tradicional de Santiago. Según Silvia, muchos hombres del pueblo la consideran problemática y a ella misma le habían llegado a decir que no debería juntarse con Claudia.

Escucharla me produjo tristeza. Yo ya había percibido cierto machismo durante mi estadía en Guatemala, pero oírlo directamente de boca de una mujer que vivía allí fue diferente.
Después de buscar el paquete, Silvia quiso detenerse a comer un ceviche y desde allí volvimos nuevamente a la casa de Maximón. Seguimos tomando cerveza, riéndonos y conversando hasta que me di cuenta de la hora. Yo tenía que tomar la última lancha hacia San Juan, que salía alrededor de las seis de la tarde. Entonces los acompañé hasta la casa de otro hombre que también pertenecía a una cofradía y luego tomé un tuk tuk hacia el embarcadero.
Mientras la lancha se alejaba de Santiago Atitlán y el pueblo comenzaba a perderse entre las montañas y el lago, pensé que probablemente ese había sido el día más auténtico de todo mi viaje por Guatemala.



