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DIARIO DE VIAJES

IRAQ: Mosul y lo que la Guerra no pudo Destruir

Salí de Baghdad en un taxi compartido junto con dos viajeros más. En teoría, íbamos a continuar el recorrido por el Kurdistán iraquí y la idea era alquilar un auto para movernos juntos. Pero una falta de compatibilidad, que se hizo evidente en pocas horas, me llevó a tomar una decisión: abrirme. No me interesaba seguir viajando en un esquema donde no había claridad sobre lo que estaba pasando.

Esa decisión, sin embargo, traía consigo un problema inmediato: cómo moverme.

Mi plan original era comenzar por el sur del país, y esa parte estaba organizada. Pero en el norte, si bien tenía claros mis puntos de interés —Alqosh, Lalish y el Monasterio de Mar Mattai—, iba a tener que improvisar. Y no son lugares de fácil acceso. No porque Irak sea inseguro —de hecho, es mucho más seguro de lo que se cree—, sino por la cantidad de checkpoints. En esa región todo se controla: quién sos, qué hacés, por qué estás ahí. No desde la hostilidad, sino desde una lógica de cuidado. Necesitan asegurarse de que no sos periodista, ni espía, ni alguien en riesgo. Pero sin hablar árabe, todo se vuelve más denso.

Era mi primera mañana en Mosul. Salí a desayunar. Necesitaba pensar con el estómago lleno. El hotel al que había llegado era deplorable, así que decidí cambiarme al Modern Hotel, con el que ya había tenido contacto antes del viaje. Terminando de desayunar, volvía caminando a buscar mi valija cuando me equivoqué de calle.

Y entonces lo vi.

Un gato.

Lo seguí casi sin pensarlo, como si no importara perderme un poco. Cuando me agaché para acariciarlo, escuché una voz detrás de mí:

—Where are you from? (De donde sos?)

Levanté la mirada. Un hombre conversando con otro parado en la vereda de un taller mecánico. Le respondí y me preguntó qué hacía en Mosul, si me gustaba la ciudad. Intercambiamos algunas palabras, lo básico. Antes de despedirnos, me dijo que si necesitaba algo, no dudara en pedirle ayuda.

Seguí caminando, pero ya en la habitación, abrumada y tratando de reorganizar mi viaje, volví a pensar en él. Hablaba muy bien inglés, había sido amable y no tenía ningún motivo para ofrecer ayuda. Así que volví al taller.

Se llamaba Khalid. Le expliqué mi situación: necesitaba llegar a Alqosh y Lalish, pero no tenía transporte ni contactos confiables. No quería pagar cifras desproporcionadas ni depender de intermediarios dudosos. Me escuchó con calma y me dijo que no me preocupara, que él podía ayudarme a encontrar a alguien de confianza. Intercambiamos teléfonos y, cuando le pedí si podía ayudarme a parar un taxi para ir a mi nuevo hotel, me miró casi sorprendido:

—De ninguna manera vas a tomar un taxi. Yo te llevo.

Mientras avanzábamos en el auto, Khalid me señaló los puentes del río Tigris. Mosul se extiende a lo largo de sus orillas, con barrios que alguna vez estuvieron conectados por estructuras que hoy son, en muchos casos, restos suspendidos sobre el agua. La ciudad tiene algo de herida abierta y algo de reconstrucción constante.

Durante los años más duros del conflicto, esos puentes fueron destruidos. Mosul quedó literalmente partida en dos. Un lado aislado del otro, como si la ciudad hubiese sido desgarrada. Y detrás de esa imagen había una historia mucho más profunda.

La invasión de Irak en 2003 por parte de Estados Unidos, bajo el argumento de eliminar armas de destrucción masiva que nunca aparecieron y derrocar a Saddam Hussein, no solo implicó un cambio de gobierno: supuso el desmantelamiento del Estado iraquí. El ejército fue disuelto, las instituciones colapsaron y el orden interno desapareció. En ese vacío comenzaron a surgir múltiples formas de insurgencia, primero como resistencia y luego como algo mucho más extremo, hasta convertirse en organizaciones como el Estado Islámico, que llegó a controlar vastas regiones del país, incluyendo Mosul.

Le pregunté, con cuidado, cómo había sido vivir todo eso. Y entonces dejó de ser historia para volverse relato.

Khalid me contó que durante los años en que ISIS controló la ciudad, la vida quedó completamente sometida: los hombres estaban obligados a dejarse la barba, fumar estaba prohibido, no se podía salir de la ciudad y la televisión estaba restringida a lo que ellos transmitían. Las mujeres debían usar hijab y no podían salir sin un acompañante masculino de la familia.

—Nadie se atrevía a desobedecer —me dijo—. Y los que lo hacían… eran castigados. A veces con ejecuciones públicas.

La ciudad quedó sin electricidad, sin abastecimiento regular de comida, sin combustible.

—La gente cocinaba haciendo fuego en la calle.

Mientras hablaba, en mi cabeza se mezclaban imágenes que tantas veces había visto en películas o noticieros, siempre lejanas, siempre ajenas. Esa mañana ya había visto edificios perforados por balas, estructuras derrumbadas, cicatrices abiertas en la ciudad. Pero escucharlo a él era distinto. Era entender que detrás de cada pared rota había una vida.

Sintiendo un nudo en el pecho le hice una pregunta que incluso a mí me pesaba:

—¿Por qué te quedaste?

Su respuesta fue simple: Mosul es su hogar. Allí está su familia, su casa, su historia. Irse no era una solución, era otra forma de pérdida. Porque irse implicaba abandonarlo todo y convertirse en desplazado, y ser desplazado muchas veces significa quedar suspendido en un limbo: años en campos de refugiados, dependiendo de ayuda humanitaria, sin pertenecer a ningún lugar y sin derechos plenos. Donde se sobrevive, pero no se avanza. Donde el tiempo pasa sin dirección y la personas se convierten en números dentro de una crisis que parece no tener fin. Entendí entonces que quedarse, incluso en medio del horror, a veces es la única forma de sostener la propia identidad.

Khalid continuó. Durante casi tres años Mosul estuvo bajo ese régimen, hasta que en 2016 comenzaron los bombardeos de los americanos.

—Fue muy duro —dijo—. Liberaron la ciudad… pero dejaron muchos muertos. Discapacitados. Gente sin casa. Los sonidos de las explosiones… el olor… el miedo en la cara de la gente… eso no se olvida.

Se me erizó la piel y, en silencio, sentí cómo se me llenaban los ojos de lágrimas. Porque en ese momento entendí algo con una claridad brutal: la guerra no es una idea ni una estrategia. Son personas que no eligieron estar ahí, familias que lo pierden todo, una destrucción que no es solo material sino también emocional, social y psicológica. Y sobre todo, es profundamente injusta.

Llegamos al Modern Hotel y nos despedimos sabiendo que volveríamos a hablar. Y así fue. Khalid cumplió su promesa: al día siguiente organizó que su cuñado seria mi chofer para visitar Alqosh y Lalish. Durante el regreso, el auto tuvo un problema y Khalid fue personalmente a nuestro encuentro. Cuando me dejó nuevamente en el hotel, sentí que había algo más, algo que no quería que terminara ahí.

Sus relatos, su forma de estar en el mundo después de todo lo vivido, me habían conmovido profundamente. Entonces me animé a pedirle si podía conocer a su familia. Quería entender de dónde venía esa fortaleza, acercarme, aunque fuera por un rato, a esa vida que había resistido tanto.

Aceptó sin dudar.

Su familia no sabía que yo iba, y eso lo hizo aún más real. Su mujer, sus hijos y sus hijas me recibieron con una mezcla de sorpresa y alegría difícil de describir. Yo debía ser, para ellos, una imagen completamente fuera de lo habitual: una mujer occidental, argentina, viajando sola, entrando en su casa vestida con jeans y camisa, mirando todo con una curiosidad que no podía disimular.

Prepararon la comida al estilo iraquí: un mantel extendido sobre la alfombra, platos en el centro, todos sentados en el suelo formando un círculo. Se come con la mano derecha, utilizando pan plano —similar al khubz— como utensilio, recogiendo la comida y llevándola a la boca. Yo, torpemente, intentaba imitar el gesto; ellos se reían. Nos reíamos juntos…

Después, sabiendo que soy fanática de la shisha —tan presente en la vida cotidiana de Mosul—, Khalid le pidió a uno de sus hijos que preparara una. La noche siguió entre humo, risas y miradas que no necesitaban traducción.

No recuerdo todos los nombres, pero sí recuerdo a Shahad. La mayor. Estudia medicina. Hay algo en ella difícil de explicar: una mezcla de dulzura, inteligencia y una fuerza tranquila. Intercambiando cuentas de Instagram vio una foto en mi feed de un cuadro de Van Gogh. Se levantó, fue a su cuarto y volvió con un jersey con esa misma imagen. Era especial para ella, tenía una inscripción en árabe en la espalda, y aun así insistió en regalármelo.

Ese gesto me atravesó. No era un regalo cualquiera sino una forma de decir que me llevaba algo de ella, de su mundo, de su historia.

Más tarde, cuando Khalid se ofreció a llevarme al hotel, Shahad insistió en acompañarnos. Fuimos en el asiento trasero, abrazadas, como si algo inexplicable nos uniera. La despedida fue intensa, un abrazo largo, de esos que no se pueden traducir.

Mosul es una ciudad devastada, pero sigue viva en su gente, en quienes se quedaron, en quienes reconstruyen. Yo llegué sin plan, seguí a un gato y terminé entendiendo que, incluso en los lugares más heridos, lo que sobrevive no es la guerra.

Es la humanidad.

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CUENTOS

Mientras se cruzan los caminos: Relatos de un Gato Viajero (parte 4)

Después de recorrer los cielos grises de la Patagonia, cruzar los montes espinosos del Chaco y conversar con un niño bajo los cardones del Altiplano, el Gato llego al desierto más árido del mundo.

Atacama no era un lugar para cualquiera. Allí no había sombra que ofreciera descanso y el suelo crujía bajo sus patas. Al Gato le gustaban los sitios donde el silencio tenía forma, donde cada huella contaba una historia.

El Gato caminó entre inmensas dunas, duras rocas, y salares que brillaban como espejos. Seguía un sendero invisible marcado solo por el instinto. Y entonces, el paisaje se abrió. Más allá de una loma suave, apareció una planicie blanca que se extendía por todo el horizonte. Allí estaba el salar.

El Gato se detuvo. El resplandor le obligó a entrecerrar los ojos, pero algo dentro de su pecho se abría. Sintió que había llegado. No sabía a dónde, pero había llegado.

A la orilla de la laguna turquesa, el Gato vio un Flamenco. Su silueta era alta y esbelta, pero algo en su postura lo hacía frágil. No estaba en medio del grupo —de hecho, no había grupo. Solo a lo lejos, volando, se veía una bandada de aves rosadas alejándose.

El Flamenco permanecía inmóvil. Una de sus patas parecía doblada de forma extraña. El ave tenía la mirada clavada en el suelo, no pudiendo ocultar la tristeza. Había algo en su quietud que sabía a abandono.

El felino se acercó a la orilla sin hacer ruido, más por discreción que por estrategia. El agua estaba quieta. El sol caía sobre sus espaldas. Se agachó y bebió de un charco, mirando de reojo al ave que ni siquiera parecía notar su presencia salvo por un temblor en su plumaje.

El ave escuchó el sonido del Gato bebiendo. Giró el cuello con cautela. El felino, sin apartar la vista del agua, lamió una última vez, se acomodó sobre una roca cercana y miro al Flamenco sin decir nada. Sabía cuándo un ser no necesitaba palabras, sino compañía.

El ave fue el primero en hablar.

—Creí que no volvería a ver a nadie. Todos se fueron cuando comenzó a ponerse el sol. No esperaron…

El Gato, con tono sereno, solo preguntó:

—¿Te dejaron aquí?

El ave asintió lentamente. Explicó que la bandada no había podido cargar con él; su pata herida lo había vuelto una carga, y el viento —dijeron— no espera a quien no puede volar.

Dirigiendo su mirada hacia la pata lastimada, el flamenco contó que se había caído al intentar seguir a la bandada, una ráfaga lo golpeó mientras admiraba su reflejo en el agua. Quiso levantar el vuelo, pero una herida en su pata no se lo permitió. Cuando se incorporó, la bandada ya era un punto en la distancia.

El Gato escuchó en silencio. Sabía lo que era quedarse atrás. Ladeó la cabeza, observando la pata doblada y continuo:

—A veces el viento no espera, pero el tiempo sí —dijo—. El cuerpo sana, aunque el alma tarde un poco más.

El ave suspiró, removiendo el barro con el pico. Dijo que no sabía si quería volver a volar con una bandada, pero tampoco imaginaba su vida solo. Temía que, si lo intentaba otra vez, volvieran a dejarlo atrás.

—Es que pensaba que volar juntos significaba cuidarse. – continuó el Flamenco.

El Gato medito su respuesta para no hacer que el ave se sintiese peor y con voz suave dijo:

—Así es… pero también significa confiar en que cada uno sabe cuándo seguir y cuándo parar. Y tú ahora necesitas parar.

El Gato lo miró con la ternura de esos que han vivido varias vidas en una sola y continuo:

—No siempre los que se quedan atrás pierden. A veces solo encuentran un nuevo ritmo —concluyo—.

Intrigado, el Flamenco giro el cuello y miro al Gato con curiosidad.

—Hablas como quien ya vivió algo parecido.

—Tal vez si… —dijo el Gato, mirando su reflejo en el agua—. Hubo una vez… en la que no era yo quien se quedaba, sino quien se iba.

El silencio se extendió entre ambos. El Gato alzó la vista y con sus ojos fijados en un punto del horizonte y hablo como para sí mismo.

—Hubo una vez —dijo— una humana que me cuidó. Nos encontramos sin buscarlo. Yo era joven e inexperto, la vida callejera en la ciudad es muy dura; ella también estaba atravesando un momento de cambios…

El Gato continuo contando que su humana le ofreció abrigo y él, compañía. Durante un tiempo compartieron la calma de los días simples, esos que no se planifican pero dejan marcas imborrables.

El Flamenco lo escuchaba con el cuello encogido, como si temiera interrumpir algo sagrado.

—¿Y por qué te fuiste? —preguntó al fin.

El Gato entrecerró los ojos, dejando que el viento le despeinara el pelaje.

—Porque entendí que debía irme. Ella necesitaba aprender a seguir sin mí, y yo debía seguir sin ella. A veces los caminos se separan no por falta de amor, sino porque el amor ya cumplió su parte.

—Pero debe haber dolido —susurró el Flamenco.

—Claro que si—respondió el Gato—. Los finales casi nunca son como uno desea. Pero si supiéramos de antemano como va a terminar todo, nadie se atrevería a querer. Viviríamos evitando el cariño por miedo a perderlo. Te imaginas? – Interpelo el Gato.

Y quizá esa sea la forma más pura de valentía: atreverse a sentir sabiendo que todo tiene un final. Porque los vínculos, mientras duran, nos moldean, nos enseñan y nos desafían. Las diferencias nos enriquecen. Incluso las peleas, los silencios o las despedidas dejan huellas que, con el tiempo, se vuelven una enseñanza.

El Gato continuó, en voz baja:

—Cuando me fui, ella aprendió algo que a mí también me costó entender: que lo único que vale es el hoy. Que culparse por lo que fue no cambia nada, y que intentar adivinar el futuro solo nos roba el presente.

En esas palabras había una verdad que no necesitaba explicación. Todos los seres, tarde o temprano, comprenden que el tiempo no se detiene para sanar, sino que enseña a hacerlo mientras pasa. Que hay lazos que terminan porque sostenerlos sería impedir que cada quien descubra su propio camino.

El ave levantó la mirada.

—Entonces… ¿crees que algún día tendré que irme también? – pregunto.

El Gato lo miró con ternura.

—Quizá —dijo—. O quizá sea yo quien deba partir. Pero eso no importa ahora. Mientras estemos juntos, compartiremos el mismo cielo. Y cuando alguno de los dos se vaya, quedará el recuerdo de lo que vivimos. Eso nadie podrá quitárnoslo.

Entre el ave y el felino no existía promesa alguna; solo el pacto silencioso de vivir el presente sin garantías. Porque no hay promesas que duren más que el instante vivido con entrega, y tal vez eso sea lo único verdaderamente eterno.

El sol se hundía en el horizonte, el Gato y el Flamenco permanecieron allí, uno junto al otro, comprendiendo —sin decirlo— que la compañía no se mide en tiempo, sino en presencia.

El Flamenco extendió las alas, probando el aire. Aún no podía volar, pero ya no le pesaba la espera. A su lado, el Gato que había cruzado montañas, ríos y desiertos buscando un destino, sin saber se topó que ese destino no era un lugar, sino un encuentro.

Y fue así como, bajo el cielo del salar, el ave y el felino decidieron acompañarse por el tiempo que la vida les concediera, sin miedo al final, y con la certeza de que lo compartido ya los había transformado.

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CUENTOS

Una Sopa para el Alma: Relatos de un Gato Viajero (parte 3)

El sol comenzaba a esconderse detrás de los cerros ocres, tiñendo el cielo de distintos tonos de naranja. Habiendo dejado atrás la región de Jujuy, el Gato había caminado cuesta arriba durante un par de días y ahora avanzaba por una planicie reseca. De pronto, percibió olor a leña quemada y divisó un sendero de piedras desordenadas; decidió seguirlo y, al doblar, vio una casita de adobe junto a un pequeño corral de cabras. El Gato se acercó con cautela. Uno de los animales levantó la cabeza y lo miró con indiferencia; los demás continuaron rumiando, sin inmutarse.

Junto al corral había un bebedero de piedra lleno de agua fresca. El Gato, que después de tanto caminar tenía la garganta reseca, se acercó con sigilo. No era amante de las casas humanas, y menos de sus ocupantes, que cada vez que lo veían corrían tras él para intentar tocarlo como si fuera un juguete de feria. Pero, pensándolo bien, el agua valdría el sacrificio.

Mientras bebía, miró de reojo hacia la choza. Delante de ella, y cerca de la puerta de entrada, había una fogata con una olla grande donde algo se estaba cociendo. También había unos troncos dispuestos alrededor, como si los hubieran preparado para una reunión. El Gato permaneció escondido detrás del bebedero y vio salir de la casa a una anciana que llevaba un cucharón de madera en la mano. La mujer se dirigió a la olla. Por unos instantes, el Gato la observó mientras removía lo que había dentro y sintió alivio al ver que solo era la casa de un alma solitaria como él.

La mujer, de piel morena, tenía el rostro surcado de arrugas como si fueran caminos antiguos. Llevaba una manta de lana gruesa sobre los hombros, una pollera negra hasta los tobillos y unas sandalias de cuero desgastadas. Lucía trenzas largas recogidas con hilo y un pañuelo en la cabeza. En los pueblos del altiplano se decía que ella era la “curandera del silencio”, una de esas mujeres sabias —conocidas como “paquitas”— que, según la tradición andina, mediante rituales, plantas medicinales y el poder del silencio, ayudan a mantener el equilibrio entre el mundo natural y el espiritual. Se contaba que la mujer vivía allí desde que enviudó hacía más de treinta inviernos. Algunos arrieros y pastores afirmaban haber sido ayudados por ella, aunque nadie recordaba bien cómo ni cuándo.

El Gato, ya saciado, comenzó a alejarse discretamente, creyendo que su presencia había pasado inadvertida. Pero justo cuando pasaba por detrás de la choza, la voz de la anciana, que seguía revolviendo la olla, se alzó sin mirarlo:

—Eres de esos que caminan sin rumbo, pero que siempre llegan donde deben –dijo la mujer que se volteó para mirar al viajero de cuatro patas.

El felino se detuvo. Sus bigotes se tensionaron, no era común que un humano le hablara sin asombro y de igual a igual. Pero esta anciana transmitía una presencia poderosa, como si llevara años esperando sin prisa alguna.

—Si vas a marcharte, al menos prueba mi caldo. Calienta el cuerpo… y tal vez haga que sueltes la lengua —dijo, señalando con un cucharón de madera uno de los troncos junto a ella.

Desconcertado pero curioso, el Gato se acercó y trepó al asiento improvisado sin hacer ruido. La anciana tomó un cuenco de barro y sirvió un poco de caldo de gallina. Lo apoyó sobre el tronco donde se había apoltronado el Gato, y con un gesto de su cabeza le indicó que lo probara.

—Anda, te hará bien —dijo.

El Gato acercó su hocico al cuenco y, cautelosamente, probó el caldo. Estaba tibio; no sabía exactamente qué llevaba, pero tenía un sabor a “hogar”. Cerró los ojos y dejó escapar un leve ronroneo.

—Está delicioso —dijo en voz baja—. Gracias. Me hacía falta algo así para recuperar fuerzas… aún me queda un buen trecho hasta mi próximo destino.

La anciana seguía removiendo el contenido de la olla, como si no le sorprendiera que un gato pudiera hablar.

—Lo sé. Te diriges a Atacama —murmuró.

El Gato alzó la cabeza de inmediato. Parpadeó, desconcertado, y giró levemente una oreja. La cola dejó de moverse por un instante y, con atención, volvió la vista hacia la mujer.

—¿Cómo sabe usted eso? —preguntó, desconfiado.

La curandera sonrió sin mostrar los dientes. Apenas giró el rostro y lo miró de reojo, con esa mezcla de dulzura y certeza que solo tienen quienes han visto pasar muchos inviernos.

—Porque los que caminan solos y no se detienen en ninguna parte siempre terminan yendo hacia donde la tierra guarda respuestas. Atacama es una tierra antigua… mágica. Los que llegan allí no buscan un paisaje: buscan su esencia, el punto de partida que perdieron sin notarlo.

El Gato bajó un poco la mirada. Sus patas delanteras estaban bien apoyadas sobre el tronco donde se había acomodado. El fuego crujía, las cabras balaban a lo lejos y en el cielo se encendían las primeras estrellas.

—¿Entonces Atacama es para los que caminan sin saber qué han perdido? —murmuró él, casi sin pensarlo.

La curandera recogió unas ramas secas y las lanzó al fuego, avivándolo un poco. Luego se sentó al lado del Gato.

—No hablo solo de eso —respondió—. A veces, incluso las almas más libres anhelan una compañía que sepa caminar a su lado sin atarlas.

El Gato frunció apenas el ceño y movió la cola de un lado a otro.

—¿Hablas de encontrar un amor? —preguntó con cierta incomodidad.

La anciana soltó una pequeña risa, áspera y breve.

—Sí, pero no como lo cuentan en los cuentos… Hablo de ese amor que no interrumpe el camino del otro, el que no exige promesas ni explicaciones. El amor que se parece más al respeto que a la necesidad.

Se hizo un silencio suave. El Gato se tendió de costado, acomodando las patas delanteras bajo su mandíbula.

—No sé si los gatos estamos hechos para eso —dijo—. Nos gusta el viento en la cara, los tejados, dormir solos bajo las estrellas.

—¿Y quién dijo que el amor quita eso? —respondió la anciana. Entró por un momento en la choza y volvió al instante con una cajita de madera entre las manos.

Se sentó y la abrió con cuidado. Dentro había una piedra en la que estaban talladas dos huellas: una humana y otra de llama.

—Me la regaló un viajero que cruzaba la cordillera —explicó—. Me contó que un día se perdió entre los cerros y, de repente, vio una llama parada junto a una laguna. Él se acercó despacio y bebió agua. La llama lo miró, dio media vuelta y comenzó a caminar, dejando huellas como para que él la siguiera.

Mientras la mujer sabia hablaba, el Gato clavó la mirada en las llamas del fuego, y por su mente pasaban escenas de las veces que, al igual que ese viajero, él también se había sentido desolado.

—¿Y qué pasó? —preguntó el Gato con incertidumbre.

—Y él la siguió —continuó la anciana—. Por quebradas, por valles, incluso pasaron noches frías. Compartieron el camino sin prometerse nada. Solo caminaron juntos, como quien sabe que la compañía no está en retener, sino en respetar.

La anciana sonrió, como si recordara algo especial.

—Me contó que una mañana despertó y la llama ya no estaba. Se sintió solo, pero a la vez entendió que no todo lo valioso se queda. A veces, lo más hermoso solo te acompaña durante un tramo… y, aun así, lo transforma todo.

El Gato la miró en silencio. Comprendía el mensaje: el amor no era cuestión de compartir cada paso. Era algo más sutil y profundo; ese tipo de vínculo que no necesita palabras porque se reconoce en una mirada, en un gesto leve, en un silencio que no incomoda…

—Tal vez… —murmuró—. Tal vez algún día encuentre algo así. Pero si lo hago, quiero que no me impida seguir andando.

La curandera acarició la piedra y asintió.

—Entonces será amor del bueno, mi querido Gato viajero. Porque el amor real no busca detener, sino caminar junto al otro… sin presionar.

Había anochecido. El fuego estaba a punto de extinguirse. El aire se volvía más fresco y en el cielo se veía la luna brillar.

La mujer se incorporó lentamente y miró al Gato, que aún reposaba sobre el tronco, atento a cada uno de sus movimientos.

—La noche será larga… y traerá frío —dijo la anciana con suavidad—. Ya has bebido del agua de mi corral. Déjame ofrecerte también mi techo. No es gran cosa, pero tiene calor… y una manta para que descanses, al menos por hoy.

Lo miró con ternura y le guiñó un ojo. Fue como si ya supiera que la respuesta estaba dicha. El Gato levantó la cabeza, se desperezó con elegancia y saltó al suelo con la seguridad de quien ha tomado una decisión. Caminó hacia la mujer y, cuando la alcanzó, se enredó con suavidad entre sus piernas, como solo los gatos saben agradecer.

Ambos caminaron en silencio hacia la choza. La puerta de madera se cerró despacio, dejando al viento andino afuera.

Mientras se disponía a dormir sobre una gruesa manta de lana, el Gato pensaba en lo que la curandera había dicho: que el amor no exige quedarse… pero, cuando llega, sabe caminar al lado sin interrumpir el rumbo.

Y en algún rincón de su pecho —allí donde se guardan los secretos más profundos— algo cálido comenzó a hacerse espacio.

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CUENTOS

Cuando se Escapa la Vizcacha: Relatos de un Gato Viajero (parte 2)

Era una de esas tardes claras en algún rincón alto y silencioso del altiplano jujeño. En un pueblito perdido entre los cardones y las quebradas había una escuela; la clase había terminado y, como cada día, un niño llamado Inti —nombre que proviene del quechua y significa “el Sol”— bajaba con su mochila al hombro por el mismo sendero de tierra que recorría todos los días.

Pero esa tarde, algo lo distrajo: entre las piedras, ágil como un rayo, una vizcacha asomó su cola, miró fugazmente a Inti e inmediatamente desapareció detrás de unos secos pastizales. El niño se detuvo. No era la primera vez que veía una, pero esa tenía algo distinto: con su cola espesa en movimiento, parecía invitar a Inti a que la siguiera.

El niño, que amaba a los animales más que a nada, se salió del sendero y comenzó a caminar en dirección a los pastizales; avanzaba con pasos cuidadosos, como si jugara a las escondidas para poder atraparla, pero sin intención de hacerle daño.

Cuando al fin la vio escondida, susurró, como si el animal pudiera entenderlo:

—¡Espera! No quiero hacerte daño, solo quiero verte de cerca…

Pero la vizcacha no se detuvo, y el niño la siguió, hasta que finalmente perdió de vista el sendero que lo guiaba a casa. Cuando quiso darse cuenta, el sol ya bajaba, la vizcacha había desaparecido y el paisaje ya no le resultaba familiar. El niño comenzó a preocuparse, porque no sabía hacia qué lado caminar.

Fue entonces, que desde una roca grande y tibia por el sol, un gato de manto gris y pecho blanco lo observaba en silencio, con esa calma que solo tienen los que han aprendido a perderse y a encontrarse muchas veces. Y dijo:

—Nunca lograrás alcanzar a ese roedor. Son demasiado escurridizos —el Gato hablaba sin moverse, pero mirando al niño—. Esos bichos salen corriendo sin dirección ante el menor cambio.

El niño dudó un instante. Le parecía extraño que un gato hablara, pero no más extraño que haberse alejado tanto sin darse cuenta. Acercándose a la piedra donde estaba el animal, Inti bajó la cabeza en señal de resignación y dijo:

– No es por la vizcacha. Seguramente la volveré a ver. Lo que me preocupa es que me encuentro desorientado… No sé cómo volver a mi casa.

El Gato bostezó con elegancia y estiró una pata perezosa.

—Ah… perderse. Qué cosa más necesaria!

—¿Necesaria? —preguntó el niño, frunciendo el ceño.

—Claro. A veces, un paso en falso no es un error, sino un maestro disfrazado -respondió el Gato mientras se incorporaba lentamente —. Solo cuando no sabes a dónde ir, es que comienzas a mirar las cosas con otros ojos.

—Pero da miedo… No saber por dónde volver —dijo Inti en tono bajito.

—Lo sé —respondió el Gato, ahora con voz más grave—. A mí me pasó una vez en los Valles Calchaquíes. Me distraje cazando una mariposa… y terminé atrapado en la madriguera de un zorro.

—¿Y qué hiciste? —preguntó el niño, mirando al Gato con ojos atentos.

El Gato ladeó la cabeza, como si recordara algo lejano pero aún bastante nítido.

—Esperé.

El niño frunció el ceño, sin comprender del todo.

—¿Esperaste?

—Sí. Esperé… y observé.

Lo que el Gato decía tenía sentido: detenerse no siempre es rendirse, sino empezar a mirar con atención. Como si uno pudiera elevarse sobre la escena —como en un teatro— y observar desde arriba cómo se mueven los personajes. Desde esa altura interna, y en ese silencio necesario, nace la estrategia y se aclaran los caminos.

Apoyando la mochila a un costado de la roca, el niño se sentó al lado del felino. Era ya la tarde, el viento bajaba desde el cerro y la temperatura comenzaba a descender.

—Y al final, ¿Qué hiciste? ¿Escapaste? –preguntó Inti.

El Gato negó lentamente con la cabeza, mientras se sentaba con la cola bien enrollada.

—Salí impulsándome con mi cola. Pero apenas puse una pata afuera… lo vi. Allí estaba, firme, mirándome fijo desde la entrada: el Zorro.

Inti abrió los ojos como dos platillos.

—Tuve miedo, claro. Pero el miedo a veces sirve para pensar mejor. En vez de confrontar al Zorro, decidí confiar en mi instinto felino. Los zorros son astutos, sí, pero valoran la inteligencia de los demás. Un buen pacto sería más convincente para él que una riña sin sentido.

Inti se quedó en silencio, impresionado y preguntó:

—¿Y funcionó?

—Funcionó —dijo el Gato con una sonrisa cómplice—. Nos miramos un largo rato, y después hablamos. Le aseguré que si me dejaba ir, le contaría lo que sabía sobre los roedores que vivían más allá del río. A cambio, él me indicaría por qué camino andar para evitar caer en otra madriguera.

—¿Y lo hizo?

—Sí. Me indicó una ruta segura. Pero lo mejor fue lo que vino después: nos quedamos un buen rato conversando bajo las estrellas. –El Gato hablaba con un tono de añoranza -. Fue una de esas charlas que uno no olvida. Desde entonces, hemos sido amigos.

Sin decir nada el niño miró al felino como si una parte de él comenzara a entender. A veces, los recursos que necesitamos están al alcance de nuestras manos pero no los vemos porque el miedo nos nubla la vista, como le sucede a un niño frente a lo desconocido. Sin embargo, en ese mismo niño viven también la curiosidad y la intuición. Esa voz interna que nos guía y aunque no tiene certezas, nunca se equivoca.

—Entonces… incluso en el miedo se puede encontrar algo bueno –pregunto Inti inocentemente.

El Gato asintió despacio.

—Especialmente en el miedo, pequeño. Porque es ahí donde más aprendemos sobre lo que llevamos dentro.

El niño bajó la mirada. Pensó en todo lo que podía hacer con su propio cuerpo, y todo lo que había aprendido. Y, poco a poco, comenzó a sentirse más fuerte.

—Entonces… ¿me puedes decir cómo encontrar el camino a casa? –preguntó.

—Yo te ayudaré pero serás tú el que lo encuentre. El sendero está; solo se escondió para que lo mires distinto. Usa tus ojos, pero también tus recuerdos. ¿Qué viste antes de llegar aquí?

El niño cerró sus ojos y pensó. Recordó la piedra con forma de llama, el cactus que parecía un tenedor y un arroyo.

—Creo que… sé por dónde es.

Inti miraba al Gato. Había algo en esa autenticidad felina que lo contagiaba. Mientras tanto, el animal se revolcaba sobre la tierra, así como solo los gatos saben hacerlo. Parecía que estaba jugando…

—A veces me gustaría no tener que ir a la escuela o ayudar en mi casa —dijo Inti finalmente-. Solo jugar… O seguir una vizcacha porque sí.

Sonriendo, el Gato contestó:

—Entonces hazlo. Esas cosas que te parecen distracciones son a veces tu alma recordándote lo que te apasiona.

Los animales no planean mañanas ni acumulan dudas sobre el pasado. Saben que el instante presente es todo lo que hay. El Gato no recordaba las veces que se había perdido ni se preocupaba por volver a hacerlo: simplemente estaba allí, compartiendo un momento con un niño que aún no había aprendido a tener miedo del tiempo.

Con el pasar de los años, crecemos y vamos escondiendo esa autenticidad que es tan natural en los niños. Esos impulsos limpios y sin filtro se vuelven algo secreto; quedan sepultados bajo capas de normas y expectativas. Solo quienes se atreven a vivir sin miedo, los vuelven a encontrar. A veces, basta una vizcacha huidiza o un gato aventurero para hacerlo.

El Gato miro al niño con expresión serena y disponiéndose a caminar hizo un gesto con la cabeza.

—Ven –dijo con simpleza.

Caminó sin apuro por entre las piedras mientras Inti lo seguía. Los pasos del Gato eran seguros, como los de quien no necesita saber el destino, porque confía en el trayecto.

Y entonces, entre dos cardones, apareció el sendero. A veces, el camino está más cerca de lo que creemos. Solo hacía falta mirar con otros ojos, dejar que el cuerpo recordara lo que la mente había olvidado. Y cuando uno está listo, la dirección siempre aparece.

Sin decir nada, Inti sonrió y se giró para mirar al Gato. Serenamente, ambos intercambiaron una mirada y un segundo en silencio. Y como solo saben hacerlo los que respetan los vínculos sin poseerlos, el Gato dijo:

—Recuerda que perderse es solo el primer paso para encontrarse con uno mismo —el felino se dio vuelta y se perdió entre las piedras.

Inti, con el sol en la espalda y una sonrisa en su rostro, tomó el sendero de regreso.

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EDITORIALES

De mi gato aprendí…

Este editorial esta dedicado a mis dos grandes compañeros de vida: Benito (2001-2017) y Abby (2014)

Un gato no es para cualquiera, ni cualquiera es para un gato. Un gato se convierte en un compañero de las horas solitarias. Junto a uno, ronronea satisfecho por el simple hecho de estar. Un gato enseña la medida justa de las palabras: maullara solo para comunicar y no por azar. 

De mi gato aprendí el valor del silencio: que no siempre es necesario hablar, porque a veces una mirada basta. Un movimiento de la cabeza, orejas o bigotes lo dice todo.

De mi gato aprendí el precio de la paciencia: que no significa simplemente esperar, sino la actitud frente a esa espera. Agazapado, el gato estudia a su presa antes de dar el zarpazo. También me enseño a disfrutar de los logros, a no vivirlos como momentos fugaces, sino a regocijarme, tal como el juguetea con su presa tras cazarla.

De mi gato aprendí el valor de la autenticidad: que no se necesita de disfraces ni esfuerzos por agradar. El gato no se adapta a lo que esperan de él, simplemente es. Su forma de estar en el mundo no busca aprobación, y sin embargo, conquista. Ser auténtico, como el gato, es honrar lo que uno es, con elegancia y sin pedir permiso.

De mi gato aprendí que no existe edad para jugar: Nunca se es demasiado chico ni demasiado grande. Conservar ese alma de niño interior nos hace sentir vivos. Pero el gato también sabe poner un justo límite y, de no respetarlo, nos lo hará saber.

De mi gato aprendí que para cada problema hay una solución. Ante un obstáculo, el gato no se paraliza: observa, evalúa y, si no encuentra una alternativa, deja el asunto atrás afronta un nuevo desafío.

De mi gato aprendí que, a veces, una larga caminata en soledad es el mejor remedio para encontrar respuestas. Un gato enseña que no es necesario estar rodeado de muchas personas; ser selectivo con las compañías otorga valor a cada minuto de la vida. 

Los gatos gozan del silencio, el orden y la quietud. Rehúyen al bullicio y al caos. Solo en la calma florece su confianza, y es allí donde el vínculo se vuelve posible. Para ser digno del aprecio de un gato se debe saber que el compañerismo y libertad van siempre de la mano. Hete allí los valores del gato: lealtad y respeto.

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CUENTOS

Más Allá del Hormiguero: Relatos de un Gato Viajero (parte 1)

Érase una vez, en el inmenso territorio del Gran Chaco —una vasta región que atraviesa las fronteras de Argentina, Paraguay y Bolivia—, una colonia de hormigas. Pasaban sus vidas construyendo hormigueros y trabajando ordenadamente. Comenzaban acumulando tierra, arena y hojas para la construcción; cada una tenía un rol: estaban las obreras, las hormigas guardia, que patrullaban la entrada y salida; y luego estaban los zánganos y la reina.

Si bien las hormigas son animales sociables, la colonia del Chaco era reticente a mezclarse con otras colonias. Pero, como suele suceder en todo grupo, en esta colonia también había una hormiga que pensaba diferente. La llamaban Soñadora. Era de carácter curioso; trabajaba de otra manera. Por ejemplo: mientras las otras apilaban hojas en fila, ella las amontonaba en forma de pirámide, preguntándose si así resistirían mejor el viento.

Al mediodía, todas las hormigas se alineaban para contar granos de arena —nadie sabía por qué, pero era la norma—. Soñadora, en cambio, usaba ese tiempo para dibujar círculos en la tierra… Siempre estaba intentando descubrir algo nuevo.

En el Gran Chaco —el nombre proviene del quechua y significa «territorio de caza»—habita una gran variedad de especies. Una de ellas es el gato del pajonal. Este se distingue por ser un felino pequeño, muy similar al gato doméstico: tiene patas cortas y un pelaje largo y espeso que lo protege de las altas temperaturas.

Una tarde de abril, merodeaba por la llanura un gato, pero este no era un residente del lugar, sino un viajero. Caminaba sin hacer ruido, como si sus patas no tocaran la tierra. El Gato es un ser libre. Le gustaba dormir largas siestas al sol, después de devorarse una gallina robada de alguna granja; y por las noches, gozaba de pasearse por los pastizales bajo la luz de la luna.

Para las hormigas, esa tarde había sido como cualquier otra: algunas se dirigieron a recolectar alimento; otras, materiales para la construcción del nuevo hormiguero. En este último grupo estaba Soñadora, que, como se dispersaba bastante, no se percató cuando una de las hormigas anunció que la jornada había terminado. El grupo se disponía a regresar, pero ella se había dormido debajo de una hoja, y así fue como la dejaron atrás sin darse cuenta.

El Gato, como todo felino, se activaba cuando comenzaba a caer el sol. Andaba intentando atrapar alguna liebre, pero en la llanura solo lograba cazar insectos que le recordaban sus épocas en el delta del Paraná, cuando se la pasaba comiendo cucarachas. Esos bichos eran presa fácil: luchaban por sobrevivir; el Gato las dejaba escapar solo para luego divertirse corriendo tras ellas y devorarlas.

Así fue que, entre una cosa y otra, dando zarpazos, el Gato aplastó una hoja… y debajo de ella estaba Soñadora. De repente, escuchó un grito:

—¡No! ¡Por favor, no me mates! ¡Solo soy un insecto! —dijo la hormiga, asustada.

Buscando saber de dónde provenía esa voz, el Gato acercó su hocico a la hormiga y dijo:

—¡Calma! Estoy en busca de una presa más suculenta que tú. ¿Te encuentras sola?

—Sí, bueno… —dijo la hormiga con voz trémula—. ¡No es que haya querido quedarme dormida! Fue… un accidente —la hormiga frotó sus antenas, el gesto que siempre la delataba cuando mentía—. Estaba trabajando, pero me quedé dormida, y cuando desperté la colonia se había marchado…

Al ver que el Gato no tenía intenciones de dañarla, la hormiga se sintió aliviada y continuó:

—¡Tú tienes suerte! ¡No te das una idea de lo que implica trabajar sin descansos!

—¿Suerte? —Bufó el Gato, lamiéndose una cicatriz en su pata delantera—. Te equivocas. La lluvia no perdona cuando duermes bajo las estrellas —respondió el gato—. Debo arreglármelas solo. Cazar para comer no siempre es fácil. También tengo que buscar refugio cuando hace frío o migrar en temporada de lluvias. Tú vives con una colonia, se supone que vivir en comunidad debería ser un alivio durante los momentos difíciles… ¿o no?

—Las cosas no son como piensas. Vivir en comunidad no siempre significa armonía. En el hormiguero hay obligaciones, jerarquías y roles estrictos que nadie cuestiona —dijo soñadora mientras comenzaba a explicarle al Gato la vida en la colonia. —Yo soy carpintera: nosotras junto a las obreras somos las que cargamos con el peso del día a día. Luego están los zánganos, que hacen poco y nada, y ni hablemos de la Reina… que solo se dedica a poner huevos. Y aun así, es intocable. No todo es cooperación: también hay desigualdad, rutinas agotadoras y un orden que nadie se atreve a desafiar.

—Entiendo… debes cumplir órdenes y te fastidia. ¿Qué consecuencias podría haber si supieran que hoy dormiste una siesta? —preguntó el Gato, que se había percatado de la picardía de la hormiga.

—¡Ni lo digas! —Exclamó Soñadora—. ¡Me harían trabajar el triple mañana! Al igual que tampoco debería estar hablando contigo. Las malas lenguas dicen que las hormigas que hablan con gatos no vuelven jamás…

—¡Infamias! —Exclamó el Gato, recostándose junto a la hormiga para poder mirarla de cerca—. Entonces, tu vida transcurre entre el hormiguero y el trabajo… ¿Nunca has roto una rutina? ¿Hay algo que ansíes más allá de cavar esos túneles?

Soñadora observaba al Gato, que hablaba con ese tono de quien nunca se conforma con lo conocido, y recordaba las veces que había soñado con ir más allá de lo permitido por la colonia. El encuentro con el Gato estaba despertando su curiosidad que hasta entonces estaba dormida.

— ¡Sí! Soñé con subir a un árbol para ver los hormigueros como lo hacen los pájaros. ¿Tú has visto la tierra desde lo alto?

— ¡Claro que sí! —Ronroneó el Gato mientras se afilaba las garras en la corteza de un árbol—. Antes de llegar aquí, viajé por la Patagonia hasta la llanura pampeana. Y no lo creerías: allá corres diez minutos y seguís viendo el mismo árbol a lo lejos… En la Pampa no hay escondites. Todo está a la vista; allí aprendes que el vacío no existe; el mundo es una página en blanco, y las huellas que dejas cuentan quién eres de verdad.

—Tu vida debe estar llena de historias asombrosas… —dijo la hormiga mirando al cielo.

— ¡Ajá! Así que quieres ver el mundo como los pájaros —el Gato sacudió su pelaje para quitarse la tierra—. Bueno, agárrate de mis bigotes mejor que una garrapata, porque te llevaré a la copa del árbol.

La Hormiga trepó por la nariz del felino y se acomodó entre sus orejas. Protestó, agarrándose de esas pestañas largas que tienen los gatos, y pensó: “¡Qué suerte que este Gato sea tan despeinado!”

El Gato era el ser más enigmático que Soñadora había conocido en toda su vida. Mientras se preparaban para subir al árbol, el Gato le contaba a la hormiga  que antes de migrar a la región del Chaco, había pasado una temporada en el delta del río Paraná, donde los humedales eran todo lo contrario a la aridez chaqueña. Le hablaba sobre sus paseos por las islas llenas de vegetación y cómo cazaba a los pájaros que se posaban en los juncos de las orillas. El felino había tenido que adaptarse al invierno brumoso y frío, y también a las lluvias. Así fue que, a diferencia de los gatos comunes, él había aprendido a nadar.

Finalmente, el Gato comenzó el ascenso, posicionando sus garras con precisión antes de dar un salto, eligiendo cada rama como si fuera un escalón en una biblioteca. La hormiga seguía agarrada de sus pestañas; para ella, cada hoja era un nuevo continente. Susurrando, dijo:

—Subes tan suave como la luna al atardecer…

—Es cuestión de práctica, pequeña—respondió el Gato regulando el ritmo para no asustarla—. Los árboles son los mejores maestros: enseñan que para ser un buen estratega uno debe pensar dos veces antes de realizar un movimiento.

Finalmente llegaron a la copa del árbol. Las antenas de Soñadora vibraban de emoción, no podía creer lo que veía.

—Dime, sabio de las praderas… —preguntó sin apartar la vista del paisaje— ¿Qué te han enseñado tus viajes que ningún hormiguero podría?

Lamiéndose una pata con aire pensativo, el Gato respondió:

—Imagina que tu vida es un hilo. En la colonia, todos tejen el mismo tapiz. Pero al viajar, descubres que ese hilo puede volverse nudo, red… o alas. — El felino hizo una pausa, y con un leve movimiento de orejas, señaló el horizonte y continuo —La lección es simple: el mundo no se reduce a lo que otros han hilado por ti.

La hormiga siguió el gesto del Gato y miro hacia abajo. Desde las alturas, el hormiguero ya no era el laberinto sofocante que conocía, sino un mandala de tierra perfecto. Lo que ella conocía desde la rutina y fatiga, ahora se revelaba como una red de perfectos pasadizos que parecían diseñados por los rayos del sol.

—Es… una maravilla —susurró, con la voz quebrada—. Nunca imaginé que cada hoja que arrastré formaba parte de algo tan… inmenso. — Soñadora observaba el hormiguero con aires de orgullo y dijo – Es una fortaleza indestructible!

Sin mirarla, por pura discreción felina—el Gato murmuró:

 —Los detalles más exquisitos solo se aprecian con distancia, pequeña.

Y mientras el viento mecía las ramas, la hormiga comprendió algo tan terrible como hermoso: Ahora que había visto el hormiguero desde el cielo… ya no podría volver a verlo como antes.

—Es impresionante, sí… Es como un laberinto de barro —afirmó el Gato—. Pero hasta los quebrachos más fuertes caen cuando el viento del norte arrecia ¿Sabes lo que dura tu hormiguero si un oso hormiguero decide almorzar allí? — dijo el gato haciendo un gesto rápido con las garras.

—¡Pero siempre lo reconstruimos! —exclamó Soñadora con orgullo —. El año pasado, el viento arrancó nuestro techo de hojas… y en tres días lo levantamos de nuevo.

—Pues claro que tu hormiguero es admirable!—respondió el Gato—. Mira esas curvas… hasta los ingenieros humanos se detendrían a contemplarlas. Es fuerte, sí. Pero fuerte no es lo mismo que eterno.

El Gato hizo una pausa. Luego bajó la voz, como si compartiera un secreto —La vida tiene una costumbre molesta: sacude el suelo cuando menos lo esperas. Nuestro encuentro pudo haber sido casual… pero fuiste tú la que eligió quedarse. Eso ya te hace distinta.

—¿Y si no quiero ser distinta? ¿Y si solo quiero… seguridad? —preguntó la hormiga, con tono de tristeza.

—La seguridad es un espejismo, testaruda amiga —continuó el gato, con una calma que parecía aprendida—. Recuerda: hasta el árbol más viejo cae; lo importante es qué semillas lleva el viento después. — El Gato continúo con una aclaración – No digo que tu esfuerzo no valga, pero confiar solo en lo que conoces… es como cavar un túnel sin salida.

Estirándose y mostrando una cicatriz en una de sus patas el Gato dijo —Esta me la dejó un perro, mientras yo iba distraído mirando a los pájaros. Dolió, claro… pero gracias a ese error aprendí algo valioso: las heridas se cierran, pero los descuidos no se repiten.

Cabizbaja, la hormiga susurró —Es duro aceptar que todo puede derrumbarse… incluso lo que más amas.

Se hizo un silencio y desde la altura, bajo la luz del atardecer, el hormiguero revelaba algunas grietas, sus túneles se hundían levemente y sus almacenes estaban expuestos a la lluvia. Nada era tan firme como había creído. Ni el trabajo de toda una vida. Ni las reglas que había seguido al pie de la letra.

«¿Y si la colonia está equivocada?» —pensó Soñadora. — “¿De qué servían los códigos si un oso podía arrasarlo todo? ¿Y qué había de sus sueños?”

El Gato había sembrado en la hormiga algo poderoso: la semilla de la duda. El sol comenzaba a inclinarse sobre la llanura y un viento cálido mecía las ramas donde ambos seguían sentados.

—¿Y tú, qué harás ahora? —preguntó Soñadora, con un nudo en el estómago. Intuía que el felino pronto se marcharía.

Entonces, una bandada de cotorras pasó volando rumbo al norte. El Gato los siguió con la mirada y señalo — ¿Ves esa bandada? Cada año vuelan del Chaco hacia el Amazonas… y siempre regresan ¿Sabes cómo encuentran el camino?

Incorporándose con la elegancia que solo tienen los que han visto mundo, el Gato saltó a una rama más baja. Luego giró la cabeza y miró a la hormiga, que vaciló un segundo antes de lanzarse nuevamente sobre su lomo.

—No se… dime tu cómo hacen —dijo la hormiga, aferrándose al pelaje del felino.

—Confían en sí mismas, en su naturaleza…—respondió el Gato, guiñándole un ojo con complicidad.

—¿Y tú…? —dijo ella, con voz temblorosa—¿Tú también volverás?

El Gato retomó el descenso, calculando cada salto con precisión para no sacudir demasiado a su amiga.

Percatándose de que el silencio era una respuesta negativa, Soñadora se aferró fuerte al Gato y dijo- Es igual!  Llévame contigo!

—El desierto de Atacama no es lugar para pequeñas junta—hojas —murmuró con un dejo de ternura.

Con un suave movimiento, el Gato bajó al suelo y se agachó para que la hormiga descendiera. Su voz fue serena, pero firme:

—Si viajas conmigo, seguirás mis huellas… cuando en realidad deberías dejar las tuyas propias.

—Pero… ¿y si al volver al hormiguero no encajo? —preguntó la hormiga, mientras posaba sus patas sobre la tierra. A lo lejos, brillaban las luces del hormiguero. Era su morada, sí… pero ya no la sentía como hogar.

—Las cotorras también dejaron sus nidos vacíos una vez —dijo el Gato, con la mirada perdida en el cielo estrellado—. Ahora vuelven cada verano, pero cantando canciones nuevas. — Hizo una breve pausa y añadió —Tu misión ahora está aquí. Recuerda que tienes patas para caminar… no solo para cargar.

—¡Háblame más claro! —exclamó la hormiga, con una mezcla de frustración y esperanza. Comprendía lo que el Gato quería decirle, pero aun así necesitaba escucharlo sin tantas vueltas— ¿Entonces crees que mis patas no aguantarán el viaje?

—Sabes bien que no es eso a lo que me refiero. El problema no está en tus patas, sino en cómo las usas. Si no te valoras primero, ningún viaje te hará libre.

La hormiga comprendió muy bien el mensaje. Y, siguiendo la analogía del felino, preguntó con voz temblorosa:

—¿Y si no sé cómo usar mis patas de otra manera? Toda mi vida solo han servido para cargar, cavar, seguir órdenes… ¿Cómo empiezo a valorarme?

—Con una pregunta honesta como esa… ya comenzaste —respondió el gato haciendo una reverencia. Luego, dio un paso atrás y empujó suavemente con el hocico una semilla de Palo Santo hacia la Hormiga y dijo —plántala en un lugar secreto. Crecerá lento… como las decisiones importantes.

El Gato, animal de pocas palabras y experto en despedidas que dejan huella, comenzó a alejarse con su paso elegante. Y antes de perderse entre los pastizales, dijo:

—¡Nos veremos donde se cruzan los caminos de quienes se atreven a caminarlos, amiga! Hasta entonces, recuerda: no eres lo que cargas, sino los pasos que eliges dar.

Soñadora lo siguió con la mirada hasta que su silueta desapareció, dejando tras de sí solo un sendero entre los pastizales. Luego, observó la semilla a su lado… después el hormiguero en la distancia y por primera vez, dudó. Había aprendido que la libertad tiene un precio: elegir, incluso cuando duele, porque el verdadero poder vive dentro de cada uno.

La hormiga tomó la semilla, la guardó junto a su pecho como quien protege un secreto. No sabía aún dónde plantarla, pero sí que lo haría. Y eso era suficiente.

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EDITORIALES

IRAN: Entre la leyenda del Castillo de Asesinos y un encuentro inolvidable en Nowruz

Hace apenas tres días, Irán, Afghanistán y el Kurdistán iraquí dieron la bienvenida al año 1404 con las celebraciones de Nowruz (el antiguo Año Nuevo persa). La llegada de la primavera marca, para estas culturas, un nuevo comienzo cargado de simbolismo y tradiciones milenarias. Curiosamente, hace un año yo también estaba concluyendo mi travesía de un mes por Irán.

Si bien mi intención no era viajar exclusivamente por el Nowruz, al diseñar mi itinerario vi que tendría la oportunidad de experimentar uno de los momentos más especiales para ese país. Lo que no sabía era que trasladarme dentro de Irán durante esas fechas sería una auténtica odisea. Con millones de personas desplazándose para reunirse con sus familias, encontrar transporte disponible podía complicarse y como mi vuelo de regreso salía desde Teherán, necesitaba asegurarme pasar los últimos días en un lugar lo suficientemente cercano a la capital para garantizarme un asiento en un autobús de vuelta.

Mirando el mapa, encontré  que la ciudad de Qazvin, situada a 150 km de Teherán, cuenta con varias conexiones diarias en autobús. Pero lo que realmente me llevó hasta allí fue la cercanía con un sitio que me había quedado en el tintero: las ruinas de la Fortaleza de Alamut, también conocida como el Castillo de los Hashashin, los legendarios “asesinos”.

Ubicada a 2100 mts en los montes Alborz, la fortaleza de Alamut fue construida a mediados del siglo IX. Hoy, aunque el tiempo y las invasiones han reducido la estructura a escombros, aún se pueden ver restos de muros, plataformas de piedra y algunas secciones de sus antiguas torres defensivas. Según dicen, a simple vista no es más que un sitio plagado de viejos cascotes, sin embargo el lugar posee una atmósfera que encierra un magnetismo legendario.

La fortaleza de Alamut fue el bastión de una orden militar perteneciente a los nizaríes ismailies, una rama del islam chiita. Su auge comenzó en el siglo XI, cuando Hassan-i Sabbah tomó el control de la fortaleza y estableció un estado independiente que desafió a las potencias suníes de la época. Su reputación se fundó en las tácticas de asesinato selectivo contra figuras políticas y militares de alto rango, incluyendo sultanes, visires e incluso líderes cruzados. Este hecho les valió el nombre “Hashashin”, de donde deriva la palabra ‘asesino’. Este término les fue dado por sus adversarios y con el tiempo se cargó de numerosas leyendas que distorsionaron su verdadera historia. Aun hoy en dia, los historiadores no han podido determinar con certeza si sus asesinatos eran simplemente actos de violencia o parte de una estrategia de resistencia política y religiosa ya que eran un grupo minoritario frente a grandes imperios.

Llegué a Qazvin a las 4 hs de la mañana y me encontré que en la terminal de autobuses no había ni un alma. Pero típico de la hospitalidad iraní, el chofer del autobús (por medio de señas) logró que entendiera su ofrecimiento de llevarme a mi hotel.

Al despertar, miro por la ventana y estaba ante un típico día inglés: cielo gris y una lluvia persistente. Nada apropiado para aventurarme a la fortaleza de los Hashashin; además de un trayecto de más de hora y media en coche, la subida final requería ascender casi 500 escalones por la ladera de la montaña, y nadie me podía garantizarme que allí el clima estuviese mejor. Por lo tanto, decidí cambiar de rumbo y dedicar la jornada a explorar Qazvin. En la ciudad vibraba la energía del Nowruz: las calles decoradas, familias paseando, en los bazares gente haciendo todo tipo de compras… Un ambiente muy similar al de la navidad en occidente.

Qazvin es una ciudad con una historia fascinante. Ubicada en un punto estratégico de la Ruta de la Seda, durante siglos fue un cruce de caminos para comerciantes, peregrinos y viajeros. En el siglo XVI, incluso llegó a ser la capital de Persia bajo el mandato de los safávidas. Este legado aún se refleja en sus monumentos, como el imponente Caravanserai Sa’d al-Saltaneh, uno de los mejor conservados del país. Este gigantesco complejo de patios y pasillos abovedados fue un centro neurálgico del comercio en su época y hoy ha sido restaurado y se pueden encontrar tiendas de artesanías, de ropa y también cafés. Qazvin también alberga algunas de las mezquitas más antiguas de Irán que se remontan a la época islámica. Cada paso, la ciudad revela su pasado maravilloso.

Aunque no logré llegar a Alamut ese día, Qazvin me ofreció una experiencia inesperada: me encontraba en un café escribiendo en mi diario de viaje, cuando recibí un mensaje de Justin, un joven que había visto mi publicación (en un grupo de WhatsApp para viajeros en Irán) donde yo preguntaba si alguien estaba en Qazvin para cenar la noche de Nowruz, y decidió escribirme para que nos encontráramos.

Justin era un joven alemán que estaba realizando un itinerario en bicicleta desde su país natal hasta Filipinas, la tierra de su madre, con la que siente un profundo vínculo. Nos encontramos en el café y pasamos largo rato conversando sobre viajes, sus desafíos y qué nos había llevado hasta allí. Al caer la tarde, quedamos en reencontrarnos a las 21 hs para compartir la cena de Nowruz.

Dicho y hecho, nos reunimos en la plaza central de Qazvin y escogimos un restaurante donde brindar por el año entrante. Si bien yo ya había celebrado el Año Nuevo meses atrás, los viajes alteran mi noción del tiempo. Y es que cuando viajo, sucede algo excepcional: al subirme a un avión, dejo atrás a “la Lucia de todos los días», ese personaje que todos interpretamos, y me convierto en una especie de cuaderno en blanco, dispuesto a llenarse con experiencias, encuentros y momentos inesperados. En esos instantes, no hay años ni calendarios, solo el ahora, esa chispa irrepetible que da sentido a cada paso en el camino.

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DIARIO DE VIAJES

IRAQ: Mágica Noche en las Alturas. El Monasterio de Mar Mattai

Diario de Viaje 2023 – IRAQ Parte 3

A menudo se desconoce acerca de los monasterios de Oriente Próximo, auténticos tesoros de la Iglesia cristiana siríaca. En países como Turquía, Líbano, Siria e Iraq, esta tradición cristiana oriental, conserva rituales, tradiciones y una liturgia propia que datan de los primeros siglos de la era cristiana.

Cuando decidí viajar a Iraq, uno de mis objetivos principales era experimentar la historia viva de uno de los tantos monasterios de montaña. Inspirada por relatos de otros viajeros, me propuse investigar cuales están habitados por monjes actualmente y si ofrecen la posibilidad de hospedaje a peregrinos. Finalmente encontré un relato sobre el monasterio de Mar Mattai (San Mateo), ubicado en el norte de Iraq, en la histórica región de Nínive. Este monasterio, enclavado en la cima del Monte Alfaf, se convirtió inmediatamente en uno de mis destinos principales.

En mi 3 er día de viaje por Iraq me dirigí a Mosul, ya que esta es la ciudad más cercana al monasterio y se suponía que acceder al mismo sería sencillo… Sin embargo, pronto supe que las tensiones políticas entre Iraq federal y el Kurdistán iraquí complicarían mi travesía. A pesar de la proximidad —tan solo 20 kilómetros de Mosul—, alcanzar Mar Mattai requería un vehículo para sortear el terreno montañoso y atravesar estrictos controles militares; un recordatorio constante de la fragilidad de la región marcada por un pasado turbulento. Cabe mencionar que durante la ocupación del ISIS en 2014, los monasterios de Nínive, símbolos de fe y resistencia, fueron brutalmente atacados, saqueados y, en algunos casos destruidos. Esta región, cuna de una rica y antigua herencia cristiana, fue especialmente golpeada durante la ocupación del Estado Islámico, cuyo intento de erradicar la diversidad cultural y religiosa dejó cicatrices imborrables en algunas comunidades ancestrales.

Llevaba ya 2 días en Mosul, y pese a mis esfuerzos, no lograba contactar a alguien que hubiese visitado el monasterio. El mayor desafío no era solo encontrar quien me lleve al lugar, sino que en la frontera entre Iraq federal y el Kurdistán iraquí muy posiblemente me impedirían el paso. Aun así, no estaba dispuesta a darme por vencida. Este viaje tenía un propósito, y sabía que debía intentarlo hasta el final.

Finalmente, en la noche de mi 3er día en la ciudad, conseguí el teléfono del abad y, con ansias marqué el número. En seguida supe que estaba más cerca de mi meta. Le expliqué con la mayor sinceridad posible lo significativo que era para mí pasar una noche en Mar Mattai. Después de unos instantes de reflexión el abad accedió a ayudarme (aunque al final confeso que lo haría porque es fanático de Messi). Me dijo que el informaría a los controles militares sobre mi llegada, pero yo tendría que entregar mi pasaporte y recogerlo al día siguiente, cuando abandonara la montaña. Sin dudarlo, acepté.

Era mi 4to día en Mosul, con la ayuda de Abdullah, el recepcionista de mi hotel, conseguí un chofer para llevarme hasta el monasterio. A las 16:00 hs. partí con mi objetivo de llegar antes del atardecer. Con el chofer, pasamos los controles sin ningún contratiempo y finalmente estaba allí: al pie del Monte Alfaf, a punto de vivir una experiencia que sabía, quedaría grabada en mi memoria para siempre. Comenzamos a subir por el camino serpenteante.

Si bien el monasterio actual fue construido en el siglo XVIII y ha sido refaccionado en varias etapas durante el siglo XX, aún se pueden observar los vestigios del original hecho de piedra caliza tallada y enclavado en la roca. Explorar sus ruinas es una experiencia evocadora llena de misticismo. El Monasterio fue fundado en el año 363 d.C. por San Mateo el Ermitaño durante el reinado del emperador romano Juliano el Apóstata. Desde entonces, ha sido un importante centro espiritual para la Iglesia siríaca, desempeñando un papel fundamental en la preservación del cristianismo oriental, especialmente durante los períodos de persecución y conflicto en la región.

Al arribar, lo primero que hice fue presentarme ante el abad, quien tras charlar un rato le indicó a un monje que me condujera a mi habitación. Deje mi mochila, me dirigí a un patio abierto que ofrece la mejor vista del atardecer de las llanuras de Nínive.

Fue allí donde conocí a Oriana, una italiana de 60 años que, al igual que yo, había llegado hasta este remoto rincón en busca de una conexión con el pasado. Después de tomar algunas fotografías y notar que no quedaba ni un alma en el lugar, Oriana y yo nos dirigimos a la cocina para preparar las viandas que ambas habíamos llevado. Cenamos juntas y conversábamos sobre nuestras experiencias en Iraq. Me conto que estaba viajando a modo mochilera y su plan era llegar hasta la India.  Su relato me recordó que no hay edad límite para explorar el mundo!

Oriana y yo nos despedimos y acordamos ver juntas el amanecer a las 5:30 am pero yo decidí aprovechar el profundo silencio del monasterio para dar una caminata. La noche se había nublado, y apenas se veían algunas estrellas. La temperatura rondaba los 9 grados y corría un aire fresco impregnando de serenidad el ambiente. Caminé por los pasillos, subí a la terraza, y hasta me acerqué al campanario. En ese paseo solitario, lo único que se escuchaba eran mis pasos. Mi imaginación volaba, y en mi mente resonaba el eco de las voces del pasado; de esas historias que a lo largo de siglos, habrán sido tejidas entre esas montañas y aun preservan un espíritu inquebrantable.

Mientras avanzaba, una sensación profunda me invadió. Sentí la presencia de algo mucho más grande que yo. En ese instante comprendí que no cualquiera tiene el privilegio de caminar por lugares sagrados y empapados de tanta historia. Me senté en el suelo, mire al cielo, y el tiempo pareció detenerse. En ese instante de comunión entre el silencio de la montaña y yo, agradecí al ángel que me acompaña en mis travesías, y supe que cada paso que damos en este mundo, es sencillamente un regalo del alma.

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DIARIO DE VIAJES

UGANDA: Tras las huellas de los últimos Gorilas de Montaña

En 2015 emprendí el viaje que cambiaría mi vida en muchos aspectos: personales, profesionales y hasta en mi manera de explorar el mundo. Sentía un impulso profundo de aventura, un deseo de conectar con culturas completamente distintas y, al mismo tiempo, cumplir uno de mis sueños de la niñez: conocer a los gorilas de montaña en su hábitat natural.

Fue así como decidí viajar a Uganda para realizar un voluntariado de tres semanas. Mi destino fue Fort Portal, una tranquila ciudad en el oeste del país, enmarcada por colinas verdes y plantaciones de té. Allí, trabajé en el “Buhinga Hospital”, en el pabellón pediátrico de quemados y traumatología, y por las tardes asistía a un orfanato. Sin duda, fue una experiencia única, de la cual me explayaré en otra ocasión; en este relato, en cambio, me enfocaré en la aventura que me llevó a adentrarme en la selva para encontrarme cara a cara con los gorilas.

Hoy, en las selvas profundas de África, sobreviven unos pocos gorilas de montaña. Aunque alguna vez estuvieron al borde de la extinción debido a las guerras y la destrucción de su hábitat, un giro inesperado los salvó. Gracias a los esfuerzos de conservación y al turismo sustentable, la población de gorilas ha crecido en las últimas décadas.

Junto a una compañera de voluntariado que decidió sumarse a mi plan, me tome un fin de semana para ir al encuentro con uno de los animales más fascinantes del planeta: el gorila de montaña. Salimos temprano un dia sábado; la distancia era de 300 kilómetros que nos llevaron unas seis horas que se pasaron volando entre plantaciones de té, sabanas salpicadas de elefantes en el Parque Nacional Queen Elizabeth y el puente donde se unen los lagos Albert y Edward.

Al acercarnos a los Montes Rwenzori en la frontera con el Congo, el paisaje se tornó selvático, envuelto en una bruma espesa que daba una sensación mágica, casi mística. Finalmente llegamos al Parque Nacional de la Selva Impenetrable Bwindi, pasaríamos la noche en Buhoma Camp, en un rústico complejo de cinco cabañas de madera. Tras realizar el check-in y pactar con nuestro chofer que nos veríamos al día siguiente, paseamos por la única calle del lugar, donde apenas había un pequeño puesto de artesanías; Bebimos un jugo de mango acompañado de budín de banana y nos fuimos a dormir.

Al amanecer del domingo nos reunimos con un grupo de 8 personas para realizar el trekking en busca de gorilas. Los trackers (guías de rastreo)  nos explicaron cómo comportarnos al cruzarnos con el animal: no hacer ruido, evitar el uso de flash y mantener una distancia de siete metros ya que cualquier virus humano puede ser mortal para los gorilas. Comenzamos a escalar la montaña liderados por dos rastreadores que, machetes en mano, iban abriéndonos paso entre la espesa vegetación. Nos adentramos en el bosque de bambú, en un entorno tan salvaje que era fácil imaginar a Tarzán colgado de una liana.

Mientras subíamos, el guía de repente señaló hacia un árbol y exclamó: “There!” (¡Allí!). Habíamos encontrado algunos miembros de una familia de gorilas. Fue un momento indescriptible, y mientras todos mirábamos fascinados, sentimos que “alguna cosa” pasó entre nuestras piernas para esconderse rápidamente. Fue como si un perro hubiera rozado nuestras piernas al pasar, ¡pero esta vez era un pequeño gorila! El guía nos explicó que al estar habituados a la presencia humana, los adultos apenas miran de reojo, pero los pequeños son juguetones y curiosos, y hasta pueden intentar tocarnos antes de volver corriendo con sus madres.

Más adelante, nos cruzamos con la familia completa. El guía nos enseñaba las diferencias entre machos y hembras, sus frentes prominentes, el ancho de sus dedos y el pecho robusto de los machos. En ese momento, en absoluto silencio, un gorila apareció entre medio de unas ramas pelando una caña con toda la calma del mundo. “Easy, easy” (Tranquilos) murmuró el guía. Fue increíble! Esos ojos tan pequeños y a la vez penetrantes me miraban; había algo profundamente humano en esa mirada curiosa y poderosa. Lentamente, llevé la cámara a mis manos, temerosa de que el mínimo movimiento pudiera romper el momento y finalmente logré capturar la imagen de ese maravilloso instante.

Con una calma inquebrantable, el gorila se levantó y, apoyándose en sus enormes brazos delanteros, se alejó de nosotros como si no existiéramos. El encuentro había terminado, pero el recuerdo quedará para siempre. La travesía, sin duda, vale cada minuto, y deja en el corazón el deseo de regresar algún día a Bwindi para reencontrarse con estos amables gigantes.

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DIARIO DE VIAJES

IRAQ: De Baghdad a Ukhaidir – explorando los vestigios del Califato Abasí-

Diario de Viaje 2023 – IRAQ Parte 2

Todo comenzó en Baghdad, cuando me encontraba visitando el Monumento a los Mártires, un sitio emblemático que honra a los caídos de la guerra entre Irak e Irán, con su estructura turquesa que parece flotar en el horizonte. Mientras sacaba algunas fotos, un grupo de hombres se me acercó con curiosidad, querían saber de dónde era y, como suele suceder, sacarse una foto conmigo. Entre uno de ellos vislumbro un chico joven: Jafar, de 16 años de edad.

Jafar no era uno más de aquel grupo. Cuando notó que había cierta barrera en la comunicación entre los hombres y yo, intervino hablando en inglés. El resto del grupo se “evaporó” en cuestión de minutos. Jafar se presentó con la típica cortesía local y mientras comenzaba a mostrarme fotos de Baghdad en su teléfono, me preguntaba porque había elegido ir a Iraq y acerca de la Argentina. Rápidamente me di cuenta de que el joven tenía buen ojo para la fotografía y con entusiasmo se ofreció a mostrarme los mejores rincones del predio para hacer una toma impresionante del monumento. También visitamos la galería que alberga los antiguos decretos de Saddam Hussein, un lugar con una atmósfera tan cargada de historia que parecía tangible.

Al finalizar el recorrido, Jafar me propuso pasar el resto de la tarde juntos para mostrarme otros rincones fascinantes de Baghdad. Acepté sin dudar. Más tarde, se unió una amiga suya que había sido su profesora de inglés, y los tres compartimos una tarde inolvidable explorando la ciudad. Al caer la tarde, y sabiendo que al día siguiente partiría hacia el Kurdistán iraquí, me despedí de Jafar. Sin embargo, mantuvimos contacto y acordamos volver a vernos cuando me dirigiera hacia el sur del país.

Pasé unos diez días explorando el norte, y, tal como habíamos quedado, cuando comencé mi trayecto hacia el sur, específicamente a la ciudad de Karbala (a unos 50 km al sur de Baghdad), le envié un mensaje a Jafar. Mi idea era visitar los Mausoleos de los Imanes Abbas y Hossein el primer día (dos de los lugares más sagrados para el islam chií), y al día siguiente encontrarme con Jafar en el centro de Karbala para intentar llegar a la Fortaleza de Ukhaidir, que se alza a unos 50 km al oeste del país.

El día acordado, me encontré con Jafar y nos dirigimos al garage de taxis para negociar con un chofer el precio por llevarnos a Ukhaidir, esperarnos una hora, y traernos de vuelta a Karbala. Esta vez, las negociaciones fueron más sencillas, ya que Jafar actuaba de traductor. Aun así, el taxista, notando que estaba ante una extranjera occidental que no hablaba árabe y acompañada por un adolescente iraquí, parecía vernos como el blanco ideal para “inflar precios”. Sin embargo, tras haber recorrido la mitad del país, ya no era mi primer rodeo: conocía los precios promedio y sabía cómo regatear. El chofer discutía con Jafar, quien me daba la versión reducida de la charla, y cuando por fin llegamos a un acuerdo, nos subimos al coche y emprendimos el viaje, con la sensación de haber superado otra pequeña batalla en la guerra del turismo por Iraq.

Durante el trayecto, el chofer, más relajado tras haber asegurado su tarifa, empezó a charlar con Jafar en árabe. Aunque no entendía ni una palabra, podía notar por sus gestos que el tema de conversación no era otro que nosotros: la extranjera curiosa y el joven que la acompañaba y porque íbamos al medio de la nada tan solo para ver una antigua construcción. Jafar, me traducía algunas partes, omitiendo lo que yo imaginaba eran bromas de hombres. Nos reímos entre gestos y frases sueltas, recordándome nuevamente que, en estas tierras, la sonrisa es el verdadero idioma universal.

El camino se volvía cada vez más desértico, solo veíamos camiones que iban y venían de la frontera con Jordania, porque más allá ya no hay ciudades en esa zona de Iraq. En un momento, paramos en un puesto militar (checkpoint), donde nos pidieron los documentos. Jafar conversó con el militar, quien le explicó que, por razones de seguridad, nos acompañaría un oficial. Y así fue como, ¡sorpresa! Otro hombre se subió al coche. Ya empezaba a parecer una comitiva oficial…

Después de unos minutos, apareció en el horizonte la imponente fortaleza de Ukhaidir. Tanto Jafar como yo sacamos nuestros teléfonos y comenzamos a grabar un video mientras nos acercábamos a la entrada. Al pasar por la boletería, un hombre que claramente trabajaba allí nos ofreció guiarnos. Agradecimos educadamente y dijimos que no, pero de alguna manera, el oficial del checkpoint, el hombre de la boletería y el chofer empezaron a seguirnos, ¡como si fuéramos dos celebridades de Hollywood! No todos los días llega una turista occidental con un joven iraquí de Baghdad a un lugar tan remoto… claramente éramos el evento del día, si no del mes.

La fortaleza de Ukhaidir, construida en el siglo VIII durante la época del califato abasí, es una construcción de piedra que se alza en medio del desierto. Sus muros, de casi 17 metros de altura, forman un conjunto cuadrangular con torres en cada esquina, protegiendo un castillo en su interior. Caminamos por sus amplios patios, por pasillos de piedra desgastada y subimos a las recámaras superiores, desde donde se tiene una vista majestuosa del patio central, lugar que ha sido testigo de reuniones militares y caravanas comerciales.

Con Jafar, encontramos en Ukhaidir el escenario perfecto para capturar imágenes dignas de una película épica. Al ser los únicos visitantes, recorrimos la fortaleza en total calma, inmersos en su atmósfera, y en una hora nos reencontramos con nuestro chofer, que ya nos esperaba en el coche para emprender el regreso.

Durante el trayecto el conductor le preguntó a Jafar si habíamos disfrutado de la visita y nos ofreció detenernos en el Lago Razzazah para tomar unas fotos rápidas. Aceptamos la propuesta y, tras una breve parada de diez minutos, continuamos nuestro camino de vuelta a Karbala.

De regreso en la ciudad, Jafar decidió pasar por el Mausoleo del Imán Hossein, mientras yo emprendí mi viaje de retorno a Al-Musayyib, donde me estaba hospedando. Fue un día maravilloso, una de esas jornadas donde la aventura se mezcla con la compañía de un nuevo amigo, creando recuerdos que guardo profundamente.