A lo largo de los años tuve la suerte de recorrer algunos paisajes geológicos sorprendentes. Desde los colores de la Puna en el noroeste argentino, los géiseres de Atacama y los volcanes de America Central entre otros. Sin embargo, la isla de Ormuz en Irán logró hacerme sentir que estaba viendo algo completamente diferente al resto del planeta.
Hoy la palabra “Ormuz” aparece con frecuencia en las noticias. Pero generalmente no se habla de la isla, sino del estrecho que lleva su nombre. Uno de los puntos geopolíticos más importantes del mundo.
El Estrecho de Ormuz conecta el Golfo Pérsico con el Golfo de Omán y separa las costas de Irán de las de Omán y los Emiratos Árabes Unidos. Por sus aguas circula aproximadamente una quinta parte del petróleo transportado por vía marítima en todo el mundo, convirtiéndolo en uno de los corredores energéticos más importantes del comercio mundial.
Sin embargo, lejos de los titulares y las tensiones internacionales, existe una pequeña isla iraní de apenas cuarenta y pocos kilómetros cuadrados que parece pertenecer a otro mundo.
Una isla donde el mar puede teñirse de rojo, las montañas exhiben tonos violetas, amarillos y anaranjados, y las cuevas parecen haber sido pintadas a mano.
No es casualidad que muchos la conozcan como The Rainbow Island. (La isla Arco Iris)
Ormuz es lo que los geólogos llaman un domo salino: una gigantesca masa de sal que, durante millones de años, fue ascendiendo desde las profundidades terrestres empujando distintos minerales hacia la superficie.
El resultado es un paisaje único. Hierro, óxidos minerales, yeso, sal y otros materiales han teñido la isla de colores imposibles. Aquí la roca no es simplemente roca. Es roja, amarilla, naranja, violeta, negra, plateada y, en algunos lugares, varios de esos colores aparecen mezclados en una misma montaña.
Durante mi estadía también visité la isla vecina de Qeshm. Desde allí tomé un ferry temprano por la mañana y, aproximadamente una hora después, desembarqué en Ormuz.
Lo primero que encontré fueron decenas de tuk tuks esperando a los visitantes. Sus conductores prácticamente se abalanzaban sobre cada pasajero ofreciendo recorridos por la isla. Me costó un poco encontrar a alguien que hablara inglés, pero finalmente apareció Mohammed. Negociamos el precio del recorrido, subí a su vehículo y emprendimos camino.
Bastó solo salir del pueblo para que aparecieran los primeros colores. La isla parecía un paisaje extraterrestre. No había vegetación. Solo roca de todos los colores imaginables.
Nuestra primera parada fue el Rainbow Valley (Valle Arco Iris). Y aunque la famosa Red Beach (Playa Roja) suele llevarse toda la atención en las fotografías, fue este lugar el que más me impactó. El suelo cambiaba de color a cada paso. Tonos rojizos se mezclaban con amarillos intensos, vetas anaranjadas aparecían junto a superficies oscuras y algunas colinas parecían teñidas de blanco y violeta. Había visto fotografías y videos antes de viajar. Las imágenes muestran los colores. Pero no muestran la sensación de caminar sobre ellos.
Desde allí continuamos hacia la Rainbow Cave (Cueva Arco Iris). A diferencia del valle, aquí había que internarse en una cueva oscura ayudados por linternas. Las paredes estaban formadas por capas minerales que alternaban tonos mostaza, naranjas, violetas, plateados y ocres. Eran los colores naturales de la roca. Y precisamente por eso resultaban tan impresionantes. Parecía imposible que la naturaleza hubiera creado algo así.
La siguiente parada fue el Valley of Statues (Valle de las estatuas) un conjunto de formaciones rocosas moldeadas durante siglos por el viento y la erosión.
Pero la postal más famosa de Ormuz todavía estaba por llegar. Mohammed dejó la Red Beach para el final. Y entendí perfectamente por qué. Primero detuvo el tuk tuk sobre un acantilado de tierra rojiza. Desde allí podía verse toda la bahía. La arena tenía reflejos plateados y, justo donde rompían las olas, aparecía una franja roja intensa. Como si las olas de ese agua verde azulada estuviese teñida con tinta rojiza.
Permanecí algunos minutos observando el panorama, sacamos algunas fotos y bajamos hasta la playa. La arena cambiaba de rojiza a platinada. Esta no era una playa para bañarse ni para pasar la tarde tomando sol. Es uno de esos sitios que parecen existir para recordarnos lo extraordinaria que puede ser la naturaleza.
Y el recorrido terminó en el pequeño pueblo de la isla. La vida allí gira principalmente alrededor del turismo. Muchos habitantes trabajan conduciendo tuk tuks, administrando pequeños alojamientos, atendiendo restaurantes o vendiendo artesanías. Otros se desplazan regularmente a Bandar Abbas, la ciudad costera situada frente a Ormuz.
El pueblo es pequeño y tranquilo. Mientras recorría sus calles me di cuenta de que había cometido un error. Tendría que haberme quedado a pasar la noche. Lamentablemente, el ferry de regreso a Qeshm salía esa misma tarde y yo tenía que volver ya que allí estaba mi alojamiento.
Antes de partir todavía alcancé a observar desde afuera el antiguo fuerte portugués que recuerda otro capítulo de la historia de la región. Los portugueses ocuparon Ormuz entre 1507 y 1622, controlando durante más de un siglo buena parte del comercio marítimo entre Persia, Arabia e India. Finalmente fueron expulsados por fuerzas persas, pero las ruinas permanecen allí como testimonio de una época en la que los imperios europeos competían por dominar las rutas comerciales del mundo. Mientras observaba aquellas murallas pensé que el mundo no ha cambiado tanto. Hace quinientos años las potencias luchaban por controlar las rutas de las especias y el comercio con Oriente. Hoy la atención del mundo se concentra en el petróleo que atraviesa el estrecho. Los protagonistas son otros, pero la importancia estratégica de Ormuz sigue siendo la misma.
Poco después abordé el ferry de regreso. Mientras la isla comenzaba a alejarse pensé como cada lugar de Iran seguía sorprendiéndome.
Quizás por eso sigo regresando a ese pais cada vez que reviso mis diarios de viaje. Porque detrás de los titulares, las sanciones, los discursos políticos y los estereotipos que suelen dominar la visión de la región, existe un país extraordinariamente diverso.
Un país de montañas nevadas, ciudades históricas, desiertos inmensos y personas de una hospitalidad difícil de igualar. Y en algún rincón del Golfo Pérsico existe una pequeña isla de colores donde, por unas horas, tuve la sensación de estar caminando sobre otro planeta.
Alrededor del Lago Atitlán, en Guatemala, todavía viven numerosas comunidades mayas que conservan sus lenguas, tradiciones y formas de vida. Entre ellas se encuentran los pueblos tz’utujiles, kaqchikeles y k’iche’, herederos de una cultura ancestral que sigue profundamente viva en esta región del país.
Cada pueblo alrededor del lago tiene su identidad, sus costumbres y hasta su propia lengua. Y aunque el español está presente, en muchas comunidades todavía se escuchan diariamente distintas lenguas mayas pertenecientes a una de las familias lingüísticas más antiguas de América.
Los pueblos se ubican en las orillas del lago, rodeado de volcanes y pequeñas aldeas, y se conectan entre sí principalmente por medio de lanchas.
Cuando visité la zona hice base en San Juan La Laguna, un pueblo pintoresco que lentamente se abre al turismo, donde predominan las cooperativas textiles, la gastronomía local, los murales, el arte y una vida cotidiana que todavía conserva un ritmo mucho más tranquilo.
Así como San Juan tiene sus particularidades, también está San Pedro La Laguna, mucho más conocido por su ambiente nocturno, las fiestas y las agencias que organizan actividades para mochileros y viajeros más jóvenes.
Pero fuera de ese foco turístico aparece Santiago Atitlán, un pueblo donde aún se ve la vida cotidiana en el lago. En mi segundo día, tomé una lancha para visitarlo. Aunque más grande que San Juan, Santiago recibe menos turismo y conserva una vida mucho más ligada a las tradiciones locales. Yo quería ver el lago tal como había sido antes del boom turístico; observar cómo se movía la gente, cómo eran sus mercados, sus rutinas y sus calles lejos de los cafés con menús y carteles pensados para extranjeros.
La travesía duró unos cuarenta minutos. Cuando finalmente llegamos al embarcadero, la diferencia fue inmediata. Santiago no recibe con puestos de souvenirs ni sombrillas de colores. Todo se sentía más rústico, menos preparado para agradar al visitante.
Santiago Atitlán es uno de los pueblos mayas más importantes e históricos del lago y está profundamente ligado a la cultura tz’utujil. Durante siglos fue un importante centro religioso y comercial de la región y, aun después de la colonización española, conservó gran parte de su identidad indígena. La enorme iglesia que domina el pueblo —una de las más antiguas e importantes de la zona— evidencia justamente ese choque y mezcla de mundos: el catolicismo impuesto por los españoles y las creencias mayas que jamás desaparecieron del todo. Incluso hoy todavía puede verse la bandera española flameando allí, como un vestigio extraño y simbólico de esa herencia colonial que sigue presente en muchos rincones de América Latina.
La atmósfera de Santiago era completamente distinta. Ya casi no se escuchaba castellano. Las conversaciones sucedían principalmente en lenguas mayas. Comencé a subir la cuesta principal, donde había algunos restaurantes y negocios pequeños, hasta llegar a la plaza del mercado. Siempre que viajo me gusta recorrer los mercados porque ahí es donde realmente aparece la vida cotidiana. Mujeres hablando entre ellas, hombres descargando mercadería, niños corriendo entre puestos y productos locales acumulados en mesas improvisadas. Los mercados muestran la vida real de un lugar. No están pensados para turistas ni esperan ser fotografiados. El desorden, el ruido y la mezcla de olores forman parte de su autenticidad.
En Santiago eran principalmente las mujeres quienes trabajaban en los puestos. El mercado estaba dividido por sectores: frutas, verduras, carnes, pescado, harinas, frijoles y arroz. Todo era una mezcla constante de colores, aromas e idiomas.
Otra cosa que me llamó profundamente la atención fue la vestimenta de las mujeres. Casi todas llevaban puesto el huipil tradicional maya, una túnica tejida a mano llena de colores y símbolos que identifican no solo a la comunidad a la que pertenecen, sino también historias familiares, tradiciones y elementos de la cosmovisión indígena.
Después de recorrer el mercado hice una parada para almorzar. Elegí un restaurante sencillo, de esos donde come la gente del lugar y no los turistas. Quería seguir observando el movimiento cotidiano del pueblo.
Pero había otro motivo por el cual yo había ido a Santiago Atitlán: quería encontrar a Maximón.
Maximón es probablemente una de las figuras religiosas más extrañas y fascinantes de América Latina. Un personaje nacido del sincretismo entre las creencias mayas y el catolicismo impuesto durante la colonización española.
Para algunos es un santo. Para otros, una especie de espíritu protector. Y para muchos habitantes del lago, alguien a quien acudir cuando necesitan compañía, consejo o simplemente alguien que escuche sus penas.
Pero Maximón no tiene nada de la imagen clásica de un santo. Fuma. Bebe alcohol. Recibe cigarrillos, puros, dinero y ofrendas. Y, sobre todo, no representa la perfección moral.
Según algunas versiones de la tradición oral, engañó, bebió demasiado y cometió errores. Y justamente por eso muchas personas sienten que puede comprender mejor las debilidades humanas. Hay quienes le piden ayuda para conseguir dinero, resolver problemas amorosos o simplemente aliviar tristezas cotidianas.
Cada año, la figura de Maximón permanece en una casa distinta del pueblo, cuidada por una “cofradía”. Son familias o grupos de personas de la comunidad encargadas de preservar los rituales y las tradiciones alrededor del santo, en una mezcla constante entre espiritualidad maya y herencia católica colonial.
El problema era que nadie te dice exactamente dónde está Maximón. Se sabe… pero no del todo.
El chico del hotel me había dicho que, si preguntaba por “la cofradía”, alguien terminaría señalándome el camino.
Pero quedaba un problema: cómo encontrar la cofradía. Así que fui al lugar de reunión de un pueblo: la plaza donde está la iglesia. Me acerqué a un grupo de hombres y les pregunté por ella. Después de debatir entre ellos en su idioma, uno intentó explicarme más o menos dónde quedaba. Debía caminar unas cuadras, doblar y subir una barranca hasta que comenzaran a aparecer callejones.
Comencé a caminar pero en algún punto ya me había perdido. Pero eso era justamente lo que me gustaba. De repente vi una pequeña peluquería y entré a preguntar. El hombre tampoco parecía tenerlo demasiado claro; simplemente me dijo que siguiera subiendo.
Y entonces apareció una nena. Tendría ocho o nueve años y caminaba casi a mi lado, mirándome de reojo con una mezcla de curiosidad y timidez, como preguntándose qué hacía esa extranjera allí.
Le sonreí y dije —Hola, soy Lucía. Estoy buscando donde esta la casa que tiene al Maximón. Me dijeron que era por acá… ¿vos sabés?
La nena no respondió. Simplemente me agarró de la mano para que doblara junto a ella en un callejón. Caminamos unos metros más hasta que entró a una casa y, antes de desaparecer, señaló con el brazo cuál era la entrada.
Estas son las cosas que más me gustan de viajar. Salir del circuito turístico. Cortar por un momento con Google Maps y con la necesidad de controlar todo. El desafío de comunicarse con gente local, perderse, equivocarse y confiar en que alguien aparecerá para indicar el camino. A veces los errores llevan exactamente al lugar correcto.
Entré finalmente a la casa de la cofradía. Y lo primero que sentí fue olor a humo, incienso y otras esencias que las queman con carbones. La habitación era pequeña, había algo de luz, algunos altares y una gran mesa al costado. En el centro estaba Maximón. La figura era mucho más extraña de lo que imaginaba. Vestía capas de telas coloridas, sombreros, pañuelos y corbatas superpuestas unas sobre otras. La máscara tiene unos rasgos inexpresivos, y un cigarrillo sostenido entre los labios. Frente a él se acumulaban botellas, flores, velas derretidas, dinero y ofrendas.
Tuve la sensación de estar viendo algo surreal. Posiblemente porque ese ambiente era lo que menos esperaba encontrarme. Las mujeres de la cofradía vestían trajes típicos mayas y dos hombres estaban sentados a los lados de la estatua. En la mesa del lado izquierdo de la habitación había tres hombres y dos mujeres riendo y tomando cerveza.
Saqué algunas fotos y casi enseguida las mujeres me invitaron a sentarme. No tardé mucho en notar que su desinhibición era porque habían tomado un poco de más. Pero esa era justamente parte del ritual de visitar a Maximon. Las personas le llevan cigarrillos, alcohol y ofrendas. Y muchas se quedan allí bebiendo, conversando y compartiendo tiempo.
Mientras me hacían las típicas preguntas —de dónde sos, por qué viniste, si me gustaba Guatemala— me ofrecieron una cerveza y acepté. Por lo general en situaciones así, acepto lo que me dan como muestra de agradecimiento e interés por la cultura local.
El ambiente era alegre, extraño pero profundamente humano. Ese sincretismo entre el catolicismo y las tradiciones mayas resultaba fascinante.
Después de un rato, una de las mujeres, Silvia, me pidió si podía acompañarla a buscar un paquete que había comprado. Tomamos un tuk tuk y, durante el trayecto, comenzó a contarme sobre su vida. Me habló de lo difícil que es ser mujer allí. De lo mal visto que está que las mujeres beban alcohol. De cómo muchos hombres —y también algunas mujeres— juzgan duramente a quienes intentan vivir de otra. Me explicó que muchas veces van donde Maximón justamente porque sienten que allí nadie las juzga.
Me habló también de su amiga Claudia, una artista que pinta murales sobre los derechos de las mujeres mayas e indígenas. Claudia vestía jeans y camisa, algo bastante distinto a la ropa tradicional de Santiago. Según Silvia, muchos hombres del pueblo la consideran problemática y a ella misma le habían llegado a decir que no debería juntarse con Claudia.
Escucharla me produjo tristeza. Yo ya había percibido cierto machismo durante mi estadía en Guatemala, pero oírlo directamente de boca de una mujer que vivía allí fue diferente.
Después de buscar el paquete, Silvia quiso detenerse a comer un ceviche y desde allí volvimos nuevamente a la casa de Maximón. Seguimos tomando cerveza, riéndonos y conversando hasta que me di cuenta de la hora. Yo tenía que tomar la última lancha hacia San Juan, que salía alrededor de las seis de la tarde. Entonces los acompañé hasta la casa de otro hombre que también pertenecía a una cofradía y luego tomé un tuk tuk hacia el embarcadero.
Mientras la lancha se alejaba de Santiago Atitlán y el pueblo comenzaba a perderse entre las montañas y el lago, pensé que probablemente ese había sido el día más auténtico de todo mi viaje por Guatemala.
La República de Costa de Marfil, o Côte d’Ivoire, como se la conoce oficialmente, se encuentra en la costa occidental de África, sobre el Golfo de Guinea. Su capital política es Yamoussoukro, aunque el centro económico y administrativo del país sigue siendo Abiyán, una ciudad vibrante y caótica que concentra gran parte de la vida urbana.
A poco más de media hora de Abiyán se encuentra Grand Bassam, antigua capital de la colonia francesa a fines del siglo XIX. Caminar por sus calles es entrar en una escena suspendida en el tiempo.
Basta avanzar unos metros para que el presente se diluya y empiece a insinuarse otra imagen: carretas avanzando lentamente sobre la arena, soldados franceses bajo el sol del ecuador, y mujeres europeas refugiándose bajo sombrillas, intentando domesticar un clima que nunca les perteneció.
Las grandes mansiones coloniales, aún en pie, hablan de una época en la que este rincón de África funcionaba como un engranaje más del sistema comercial europeo. Desde aquí partían mercancías, pero también historias marcadas por la desigualdad: una economía sostenida por jerarquías impuestas, donde el confort de unos pocos se construía sobre la explotación de muchos.
No es casual que el país lleve ese nombre. Durante siglos, esta franja del Golfo de Guinea fue uno de los principales puntos de extracción y exportación de marfil —proveniente de los elefantes del interior— hacia Europa, donde era altamente valorado para la fabricación de objetos de lujo como esculturas, teclas de piano o piezas decorativas. Este comercio, impulsado inicialmente por portugueses y luego consolidado por franceses, se integró a una red más amplia de intercambios coloniales que incluía también oro, aceite de palma y, en períodos anteriores, el tráfico de personas.
Así, Grand Bassam no fue solo un enclave administrativo, sino un punto estratégico dentro de un sistema económico que transformó profundamente la región y dejó huellas que aún hoy se sienten.
Hoy, esas casas —algunas devoradas por el tiempo, otras recicladas— siguen mirando al océano. Una de ellas alberga el Museo Nacional de Indumentaria, testigo silencioso de un pasado que aún se percibe entre sus muros.
Como suele ocurrir en muchos museos africanos —y este no era el primero que visitaba—, lo que más impacta no es lo que se exhibe, sino el paso del tiempo sobre todo lo que lo rodea.
La estructura, las puertas de madera carcomidas, los pisos de parquet gastados, la pintura descascarada, los azulejos faltantes…
Estos edificios de más de 100 años son espacios que alguna vez fueron ocupados por administraciones coloniales europeas —francesas en este caso— y que, tras su retirada, quedaron suspendidos en una especie de limbo entre la historia y el olvido.
Entramos y, como era de esperar, no había nadie. La mansión, convertida en museo, parecía más un escenario detenido que un espacio expositivo: algunas maquetas que representaban aldeas del país, tres o cuatro trajes tradicionales en una habitación, y sobre una mesa, cuadernos y fotografías antiguas cubiertos de polvo y telas de araña.
El verdadero valor del lugar no estaba en lo que mostraba, sino en lo que sugería. No era un museo para observar el presente, sino para reconstruir mentalmente su pasado.
Al salir del museo y caminar hacia la costa, el paisaje cambia y aparece el océano Atlántico. La playa se extiende infinita hacia el horizonte. Las olas rompen con toda su fuerza. Desde la costa se observan estructuras coloniales en ruinas que conviven junto a casas habitadas, y la vida cotidiana se mezcla con los restos del pasado.
Partimos hacia Yamoussoukro, la capital política del país, ubicada cerca del lago Kossou, un embalse artificial sobre el río Bandama.
Antes de llegar al centro, hicimos una breve parada frente al Palacio Presidencial, donde —casi como una postal improbable— habitan cocodrilos que son alimentados cada tarde. Una escena curiosa difícil de encajar en cualquier logica.
Pero el verdadero símbolo de la ciudad aparece más adelante: la Basílica de Nuestra Señora de la Paz.
Imponente, desproporcionada y, para muchos, desconcertante. Inspirada claramente en la Basílica de San Pedro del Vaticano, esta construcción —erigida a fines del siglo XX por el entonces presidente Félix Houphouët-Boigny— se alza en medio de un paisaje que poco tiene que ver con Roma.
Es el templo cristiano más grande de África. Sin embargo, más allá de su magnitud, lo que impacta es el contraste: una obra monumental en un país donde la realidad cotidiana se mueve en otra escala.
Desde la cúpula, la vista revela una réplica casi exacta de la plaza vaticana… pero vacía. Silenciosa. Rodeada de verde.
La sensación es extraña: como si alguien hubiese querido trasladar un símbolo de poder y fe a un contexto completamente distinto, sin que terminara de encajar del todo.
A lo largo de estos primeros días, Costa de Marfil se fue revelando en contrastes.
Por un lado, Abiyán, dinámica, caótica, viva, donde el pulso del país se siente en cada calle. Por otro, Yamoussoukro, una capital construida más desde el símbolo que desde la necesidad, donde lo monumental convive con lo vacío.
Entre ambas, Grand Bassam queda suspendida en el tiempo, como un eco persistente de un pasado que todavía se deja ver, aunque ya no se explique.
Este fue apenas un fragmento del viaje. Más adelante vendrían otros paisajes, otras ciudades, otras historias… Pero eso quedará para otro momento porque si algo tiene Costa de Marfil, es que nunca termina de mostrarse del todo.
Salí de Baghdad en un taxi compartido junto con dos viajeros más. En teoría, íbamos a continuar el recorrido por el Kurdistán iraquí y la idea era alquilar un auto para movernos juntos. Pero una falta de compatibilidad, que se hizo evidente en pocas horas, me llevó a tomar una decisión: abrirme. No me interesaba seguir viajando en un esquema donde no había claridad sobre lo que estaba pasando.
Esa decisión, sin embargo, traía consigo un problema inmediato: cómo moverme.
Mi plan original era comenzar por el sur del país, y esa parte estaba organizada. Pero en el norte, si bien tenía claros mis puntos de interés —Alqosh, Lalish y el Monasterio de Mar Mattai—, iba a tener que improvisar. Y no son lugares de fácil acceso. No porque Irak sea inseguro —de hecho, es mucho más seguro de lo que se cree—, sino por la cantidad de checkpoints. En esa región todo se controla: quién sos, qué hacés, por qué estás ahí. No desde la hostilidad, sino desde una lógica de cuidado. Necesitan asegurarse de que no sos periodista, ni espía, ni alguien en riesgo. Pero sin hablar árabe, todo se vuelve más denso.
CheckpointDesayuno en Mosul
Era mi primera mañana en Mosul. Salí a desayunar. Necesitaba pensar con el estómago lleno. El hotel al que había llegado era deplorable, así que decidí cambiarme al Modern Hotel, con el que ya había tenido contacto antes del viaje. Terminando de desayunar, volvía caminando a buscar mi valija cuando me equivoqué de calle.
Y entonces lo vi.
Un gato.
Lo seguí casi sin pensarlo, como si no importara perderme un poco. Cuando me agaché para acariciarlo, escuché una voz detrás de mí:
—Where are you from? (De donde sos?)
Levanté la mirada. Un hombre conversando con otro parado en la vereda de un taller mecánico. Le respondí y me preguntó qué hacía en Mosul, si me gustaba la ciudad. Intercambiamos algunas palabras, lo básico. Antes de despedirnos, me dijo que si necesitaba algo, no dudara en pedirle ayuda.
Seguí caminando, pero ya en la habitación, abrumada y tratando de reorganizar mi viaje, volví a pensar en él. Hablaba muy bien inglés, había sido amable y no tenía ningún motivo para ofrecer ayuda. Así que volví al taller.
Se llamaba Khalid. Le expliqué mi situación: necesitaba llegar a Alqosh y Lalish, pero no tenía transporte ni contactos confiables. No quería pagar cifras desproporcionadas ni depender de intermediarios dudosos. Me escuchó con calma y me dijo que no me preocupara, que él podía ayudarme a encontrar a alguien de confianza. Intercambiamos teléfonos y, cuando le pedí si podía ayudarme a parar un taxi para ir a mi nuevo hotel, me miró casi sorprendido:
—De ninguna manera vas a tomar un taxi. Yo te llevo.
Mientras avanzábamos en el auto, Khalid me señaló los puentes del río Tigris. Mosul se extiende a lo largo de sus orillas, con barrios que alguna vez estuvieron conectados por estructuras que hoy son, en muchos casos, restos suspendidos sobre el agua. La ciudad tiene algo de herida abierta y algo de reconstrucción constante.
Durante los años más duros del conflicto, esos puentes fueron destruidos. Mosul quedó literalmente partida en dos. Un lado aislado del otro, como si la ciudad hubiese sido desgarrada. Y detrás de esa imagen había una historia mucho más profunda.
La invasión de Irak en 2003 por parte de Estados Unidos, bajo el argumento de eliminar armas de destrucción masiva que nunca aparecieron y derrocar a Saddam Hussein, no solo implicó un cambio de gobierno: supuso el desmantelamiento del Estado iraquí. El ejército fue disuelto, las instituciones colapsaron y el orden interno desapareció. En ese vacío comenzaron a surgir múltiples formas de insurgencia, primero como resistencia y luego como algo mucho más extremo, hasta convertirse en organizaciones como el Estado Islámico, que llegó a controlar vastas regiones del país, incluyendo Mosul.
Le pregunté, con cuidado, cómo había sido vivir todo eso. Y entonces dejó de ser historia para volverse relato.
Khalid me contó que durante los años en que ISIS controló la ciudad, la vida quedó completamente sometida: los hombres estaban obligados a dejarse la barba, fumar estaba prohibido, no se podía salir de la ciudad y la televisión estaba restringida a lo que ellos transmitían. Las mujeres debían usar hijab y no podían salir sin un acompañante masculino de la familia.
—Nadie se atrevía a desobedecer —me dijo—. Y los que lo hacían… eran castigados. A veces con ejecuciones públicas.
La ciudad quedó sin electricidad, sin abastecimiento regular de comida, sin combustible.
—La gente cocinaba haciendo fuego en la calle.
Mientras hablaba, en mi cabeza se mezclaban imágenes que tantas veces había visto en películas o noticieros, siempre lejanas, siempre ajenas. Esa mañana ya había visto edificios perforados por balas, estructuras derrumbadas, cicatrices abiertas en la ciudad. Pero escucharlo a él era distinto. Era entender que detrás de cada pared rota había una vida.
Sintiendo un nudo en el pecho le hice una pregunta que incluso a mí me pesaba:
—¿Por qué te quedaste?
Su respuesta fue simple: Mosul es su hogar. Allí está su familia, su casa, su historia. Irse no era una solución, era otra forma de pérdida. Porque irse implicaba abandonarlo todo y convertirse en desplazado, y ser desplazado muchas veces significa quedar suspendido en un limbo: años en campos de refugiados, dependiendo de ayuda humanitaria, sin pertenecer a ningún lugar y sin derechos plenos. Donde se sobrevive, pero no se avanza. Donde el tiempo pasa sin dirección y la personas se convierten en números dentro de una crisis que parece no tener fin. Entendí entonces que quedarse, incluso en medio del horror, a veces es la única forma de sostener la propia identidad.
Khalid continuó. Durante casi tres años Mosul estuvo bajo ese régimen, hasta que en 2016 comenzaron los bombardeos de los americanos.
—Fue muy duro —dijo—. Liberaron la ciudad… pero dejaron muchos muertos. Discapacitados. Gente sin casa. Los sonidos de las explosiones… el olor… el miedo en la cara de la gente… eso no se olvida.
Se me erizó la piel y, en silencio, sentí cómo se me llenaban los ojos de lágrimas. Porque en ese momento entendí algo con una claridad brutal: la guerra no es una idea ni una estrategia. Son personas que no eligieron estar ahí, familias que lo pierden todo, una destrucción que no es solo material sino también emocional, social y psicológica. Y sobre todo, es profundamente injusta.
Llegamos al Modern Hotel y nos despedimos sabiendo que volveríamos a hablar. Y así fue. Khalid cumplió su promesa: al día siguiente organizó que su cuñado seria mi chofer para visitar Alqosh y Lalish. Durante el regreso, el auto tuvo un problema y Khalid fue personalmente a nuestro encuentro. Cuando me dejó nuevamente en el hotel, sentí que había algo más, algo que no quería que terminara ahí.
Sus relatos, su forma de estar en el mundo después de todo lo vivido, me habían conmovido profundamente. Entonces me animé a pedirle si podía conocer a su familia. Quería entender de dónde venía esa fortaleza, acercarme, aunque fuera por un rato, a esa vida que había resistido tanto.
Aceptó sin dudar.
Su familia no sabía que yo iba, y eso lo hizo aún más real. Su mujer, sus hijos y sus hijas me recibieron con una mezcla de sorpresa y alegría difícil de describir. Yo debía ser, para ellos, una imagen completamente fuera de lo habitual: una mujer occidental, argentina, viajando sola, entrando en su casa vestida con jeans y camisa, mirando todo con una curiosidad que no podía disimular.
Prepararon la comida al estilo iraquí: un mantel extendido sobre la alfombra, platos en el centro, todos sentados en el suelo formando un círculo. Se come con la mano derecha, utilizando pan plano —similar al khubz— como utensilio, recogiendo la comida y llevándola a la boca. Yo, torpemente, intentaba imitar el gesto; ellos se reían. Nos reíamos juntos…
Después, sabiendo que soy fanática de la shisha —tan presente en la vida cotidiana de Mosul—, Khalid le pidió a uno de sus hijos que preparara una. La noche siguió entre humo, risas y miradas que no necesitaban traducción.
No recuerdo todos los nombres, pero sí recuerdo a Shahad. La mayor. Estudia medicina. Hay algo en ella difícil de explicar: una mezcla de dulzura, inteligencia y una fuerza tranquila. Intercambiando cuentas de Instagram vio una foto en mi feed de un cuadro de Van Gogh. Se levantó, fue a su cuarto y volvió con un jersey con esa misma imagen. Era especial para ella, tenía una inscripción en árabe en la espalda, y aun así insistió en regalármelo.
Ese gesto me atravesó. No era un regalo cualquiera sino una forma de decir que me llevaba algo de ella, de su mundo, de su historia.
Más tarde, cuando Khalid se ofreció a llevarme al hotel, Shahad insistió en acompañarnos. Fuimos en el asiento trasero, abrazadas, como si algo inexplicable nos uniera. La despedida fue intensa, un abrazo largo, de esos que no se pueden traducir.
Mosul es una ciudad devastada, pero sigue viva en su gente, en quienes se quedaron, en quienes reconstruyen. Yo llegué sin plan, seguí a un gato y terminé entendiendo que, incluso en los lugares más heridos, lo que sobrevive no es la guerra.
Es la humanidad.
Mezquita de MosulA orillas del TigrisMosul Hoy. La ciudad y su reconstruccion,
Después de recorrer los cielos grises de la Patagonia, cruzar los montes espinosos del Chaco y conversar con un niño bajo los cardones del Altiplano, el Gato llego al desierto más árido del mundo.
Atacama no era un lugar para cualquiera. Allí no había sombra que ofreciera descanso y el suelo crujía bajo sus patas. Al Gato le gustaban los sitios donde el silencio tenía forma, donde cada huella contaba una historia.
El Gato caminó entre inmensas dunas, duras rocas, y salares que brillaban como espejos. Seguía un sendero invisible marcado solo por el instinto. Y entonces, el paisaje se abrió. Más allá de una loma suave, apareció una planicie blanca que se extendía por todo el horizonte. Allí estaba el salar.
El Gato se detuvo. El resplandor le obligó a entrecerrar los ojos, pero algo dentro de su pecho se abría. Sintió que había llegado. No sabía a dónde, pero había llegado.
A la orilla de la laguna turquesa, el Gato vio un Flamenco. Su silueta era alta y esbelta, pero algo en su postura lo hacía frágil. No estaba en medio del grupo —de hecho, no había grupo. Solo a lo lejos, volando, se veía una bandada de aves rosadas alejándose.
El Flamenco permanecía inmóvil. Una de sus patas parecía doblada de forma extraña. El ave tenía la mirada clavada en el suelo, no pudiendo ocultar la tristeza. Había algo en su quietud que sabía a abandono.
El felino se acercó a la orilla sin hacer ruido, más por discreción que por estrategia. El agua estaba quieta. El sol caía sobre sus espaldas. Se agachó y bebió de un charco, mirando de reojo al ave que ni siquiera parecía notar su presencia salvo por un temblor en su plumaje.
El ave escuchó el sonido del Gato bebiendo. Giró el cuello con cautela. El felino, sin apartar la vista del agua, lamió una última vez, se acomodó sobre una roca cercana y miro al Flamenco sin decir nada. Sabía cuándo un ser no necesitaba palabras, sino compañía.
El ave fue el primero en hablar.
—Creí que no volvería a ver a nadie. Todos se fueron cuando comenzó a ponerse el sol. No esperaron…
El Gato, con tono sereno, solo preguntó:
—¿Te dejaron aquí?
El ave asintió lentamente. Explicó que la bandada no había podido cargar con él; su pata herida lo había vuelto una carga, y el viento —dijeron— no espera a quien no puede volar.
Dirigiendo su mirada hacia la pata lastimada, el flamenco contó que se había caído al intentar seguir a la bandada, una ráfaga lo golpeó mientras admiraba su reflejo en el agua. Quiso levantar el vuelo, pero una herida en su pata no se lo permitió. Cuando se incorporó, la bandada ya era un punto en la distancia.
El Gato escuchó en silencio. Sabía lo que era quedarse atrás. Ladeó la cabeza, observando la pata doblada y continuo:
—A veces el viento no espera, pero el tiempo sí —dijo—. El cuerpo sana, aunque el alma tarde un poco más.
El ave suspiró, removiendo el barro con el pico. Dijo que no sabía si quería volver a volar con una bandada, pero tampoco imaginaba su vida solo. Temía que, si lo intentaba otra vez, volvieran a dejarlo atrás.
—Es que pensaba que volar juntos significaba cuidarse. – continuó el Flamenco.
El Gato medito su respuesta para no hacer que el ave se sintiese peor y con voz suave dijo:
—Así es… pero también significa confiar en que cada uno sabe cuándo seguir y cuándo parar. Y tú ahora necesitas parar.
El Gato lo miró con la ternura de esos que han vivido varias vidas en una sola y continuo:
—No siempre los que se quedan atrás pierden. A veces solo encuentran un nuevo ritmo —concluyo—.
Intrigado, el Flamenco giro el cuello y miro al Gato con curiosidad.
—Hablas como quien ya vivió algo parecido.
—Tal vez si… —dijo el Gato, mirando su reflejo en el agua—. Hubo una vez… en la que no era yo quien se quedaba, sino quien se iba.
El silencio se extendió entre ambos. El Gato alzó la vista y con sus ojos fijados en un punto del horizonte y hablo como para sí mismo.
—Hubo una vez —dijo— una humana que me cuidó. Nos encontramos sin buscarlo. Yo era joven e inexperto, la vida callejera en la ciudad es muy dura; ella también estaba atravesando un momento de cambios…
El Gato continuo contando que su humana le ofreció abrigo y él, compañía. Durante un tiempo compartieron la calma de los días simples, esos que no se planifican pero dejan marcas imborrables.
El Flamenco lo escuchaba con el cuello encogido, como si temiera interrumpir algo sagrado.
—¿Y por qué te fuiste? —preguntó al fin.
El Gato entrecerró los ojos, dejando que el viento le despeinara el pelaje.
—Porque entendí que debía irme. Ella necesitaba aprender a seguir sin mí, y yo debía seguir sin ella. A veces los caminos se separan no por falta de amor, sino porque el amor ya cumplió su parte.
—Pero debe haber dolido —susurró el Flamenco.
—Claro que si—respondió el Gato—. Los finales casi nunca son como uno desea. Pero si supiéramos de antemano como va a terminar todo, nadie se atrevería a querer. Viviríamos evitando el cariño por miedo a perderlo. Te imaginas? – Interpelo el Gato.
Y quizá esa sea la forma más pura de valentía: atreverse a sentir sabiendo que todo tiene un final. Porque los vínculos, mientras duran, nos moldean, nos enseñan y nos desafían. Las diferencias nos enriquecen. Incluso las peleas, los silencios o las despedidas dejan huellas que, con el tiempo, se vuelven una enseñanza.
El Gato continuó, en voz baja:
—Cuando me fui, ella aprendió algo que a mí también me costó entender: que lo único que vale es el hoy. Que culparse por lo que fue no cambia nada, y que intentar adivinar el futuro solo nos roba el presente.
En esas palabras había una verdad que no necesitaba explicación. Todos los seres, tarde o temprano, comprenden que el tiempo no se detiene para sanar, sino que enseña a hacerlo mientras pasa. Que hay lazos que terminan porque sostenerlos sería impedir que cada quien descubra su propio camino.
El ave levantó la mirada.
—Entonces… ¿crees que algún día tendré que irme también? – pregunto.
El Gato lo miró con ternura.
—Quizá —dijo—. O quizá sea yo quien deba partir. Pero eso no importa ahora. Mientras estemos juntos, compartiremos el mismo cielo. Y cuando alguno de los dos se vaya, quedará el recuerdo de lo que vivimos. Eso nadie podrá quitárnoslo.
Entre el ave y el felino no existía promesa alguna; solo el pacto silencioso de vivir el presente sin garantías. Porque no hay promesas que duren más que el instante vivido con entrega, y tal vez eso sea lo único verdaderamente eterno.
El sol se hundía en el horizonte, el Gato y el Flamenco permanecieron allí, uno junto al otro, comprendiendo —sin decirlo— que la compañía no se mide en tiempo, sino en presencia.
El Flamenco extendió las alas, probando el aire. Aún no podía volar, pero ya no le pesaba la espera. A su lado, el Gato que había cruzado montañas, ríos y desiertos buscando un destino, sin saber se topó que ese destino no era un lugar, sino un encuentro.
Y fue así como, bajo el cielo del salar, el ave y el felino decidieron acompañarse por el tiempo que la vida les concediera, sin miedo al final, y con la certeza de que lo compartido ya los había transformado.
El sol comenzaba a esconderse detrás de los cerros ocres, tiñendo el cielo de distintos tonos de naranja. Habiendo dejado atrás la región de Jujuy, el Gato había caminado cuesta arriba durante un par de días y ahora avanzaba por una planicie reseca. De pronto, percibió olor a leña quemada y divisó un sendero de piedras desordenadas; decidió seguirlo y, al doblar, vio una casita de adobe junto a un pequeño corral de cabras. El Gato se acercó con cautela. Uno de los animales levantó la cabeza y lo miró con indiferencia; los demás continuaron rumiando, sin inmutarse.
Junto al corral había un bebedero de piedra lleno de agua fresca. El Gato, que después de tanto caminar tenía la garganta reseca, se acercó con sigilo. No era amante de las casas humanas, y menos de sus ocupantes, que cada vez que lo veían corrían tras él para intentar tocarlo como si fuera un juguete de feria. Pero, pensándolo bien, el agua valdría el sacrificio.
Mientras bebía, miró de reojo hacia la choza. Delante de ella, y cerca de la puerta de entrada, había una fogata con una olla grande donde algo se estaba cociendo. También había unos troncos dispuestos alrededor, como si los hubieran preparado para una reunión. El Gato permaneció escondido detrás del bebedero y vio salir de la casa a una anciana que llevaba un cucharón de madera en la mano. La mujer se dirigió a la olla. Por unos instantes, el Gato la observó mientras removía lo que había dentro y sintió alivio al ver que solo era la casa de un alma solitaria como él.
La mujer, de piel morena, tenía el rostro surcado de arrugas como si fueran caminos antiguos. Llevaba una manta de lana gruesa sobre los hombros, una pollera negra hasta los tobillos y unas sandalias de cuero desgastadas. Lucía trenzas largas recogidas con hilo y un pañuelo en la cabeza. En los pueblos del altiplano se decía que ella era la “curandera del silencio”, una de esas mujeres sabias —conocidas como “paquitas”— que, según la tradición andina, mediante rituales, plantas medicinales y el poder del silencio, ayudan a mantener el equilibrio entre el mundo natural y el espiritual. Se contaba que la mujer vivía allí desde que enviudó hacía más de treinta inviernos. Algunos arrieros y pastores afirmaban haber sido ayudados por ella, aunque nadie recordaba bien cómo ni cuándo.
El Gato, ya saciado, comenzó a alejarse discretamente, creyendo que su presencia había pasado inadvertida. Pero justo cuando pasaba por detrás de la choza, la voz de la anciana, que seguía revolviendo la olla, se alzó sin mirarlo:
—Eres de esos que caminan sin rumbo, pero que siempre llegan donde deben –dijo la mujer que se volteó para mirar al viajero de cuatro patas.
El felino se detuvo. Sus bigotes se tensionaron, no era común que un humano le hablara sin asombro y de igual a igual. Pero esta anciana transmitía una presencia poderosa, como si llevara años esperando sin prisa alguna.
—Si vas a marcharte, al menos prueba mi caldo. Calienta el cuerpo… y tal vez haga que sueltes la lengua —dijo, señalando con un cucharón de madera uno de los troncos junto a ella.
Desconcertado pero curioso, el Gato se acercó y trepó al asiento improvisado sin hacer ruido. La anciana tomó un cuenco de barro y sirvió un poco de caldo de gallina. Lo apoyó sobre el tronco donde se había apoltronado el Gato, y con un gesto de su cabeza le indicó que lo probara.
—Anda, te hará bien —dijo.
El Gato acercó su hocico al cuenco y, cautelosamente, probó el caldo. Estaba tibio; no sabía exactamente qué llevaba, pero tenía un sabor a “hogar”. Cerró los ojos y dejó escapar un leve ronroneo.
—Está delicioso —dijo en voz baja—. Gracias. Me hacía falta algo así para recuperar fuerzas… aún me queda un buen trecho hasta mi próximo destino.
La anciana seguía removiendo el contenido de la olla, como si no le sorprendiera que un gato pudiera hablar.
—Lo sé. Te diriges a Atacama —murmuró.
El Gato alzó la cabeza de inmediato. Parpadeó, desconcertado, y giró levemente una oreja. La cola dejó de moverse por un instante y, con atención, volvió la vista hacia la mujer.
—¿Cómo sabe usted eso? —preguntó, desconfiado.
La curandera sonrió sin mostrar los dientes. Apenas giró el rostro y lo miró de reojo, con esa mezcla de dulzura y certeza que solo tienen quienes han visto pasar muchos inviernos.
—Porque los que caminan solos y no se detienen en ninguna parte siempre terminan yendo hacia donde la tierra guarda respuestas. Atacama es una tierra antigua… mágica. Los que llegan allí no buscan un paisaje: buscan su esencia, el punto de partida que perdieron sin notarlo.
El Gato bajó un poco la mirada. Sus patas delanteras estaban bien apoyadas sobre el tronco donde se había acomodado. El fuego crujía, las cabras balaban a lo lejos y en el cielo se encendían las primeras estrellas.
—¿Entonces Atacama es para los que caminan sin saber qué han perdido? —murmuró él, casi sin pensarlo.
La curandera recogió unas ramas secas y las lanzó al fuego, avivándolo un poco. Luego se sentó al lado del Gato.
—No hablo solo de eso —respondió—. A veces, incluso las almas más libres anhelan una compañía que sepa caminar a su lado sin atarlas.
El Gato frunció apenas el ceño y movió la cola de un lado a otro.
—¿Hablas de encontrar un amor? —preguntó con cierta incomodidad.
La anciana soltó una pequeña risa, áspera y breve.
—Sí, pero no como lo cuentan en los cuentos… Hablo de ese amor que no interrumpe el camino del otro, el que no exige promesas ni explicaciones. El amor que se parece más al respeto que a la necesidad.
Se hizo un silencio suave. El Gato se tendió de costado, acomodando las patas delanteras bajo su mandíbula.
—No sé si los gatos estamos hechos para eso —dijo—. Nos gusta el viento en la cara, los tejados, dormir solos bajo las estrellas.
—¿Y quién dijo que el amor quita eso? —respondió la anciana. Entró por un momento en la choza y volvió al instante con una cajita de madera entre las manos.
Se sentó y la abrió con cuidado. Dentro había una piedra en la que estaban talladas dos huellas: una humana y otra de llama.
—Me la regaló un viajero que cruzaba la cordillera —explicó—. Me contó que un día se perdió entre los cerros y, de repente, vio una llama parada junto a una laguna. Él se acercó despacio y bebió agua. La llama lo miró, dio media vuelta y comenzó a caminar, dejando huellas como para que él la siguiera.
Mientras la mujer sabia hablaba, el Gato clavó la mirada en las llamas del fuego, y por su mente pasaban escenas de las veces que, al igual que ese viajero, él también se había sentido desolado.
—¿Y qué pasó? —preguntó el Gato con incertidumbre.
—Y él la siguió —continuó la anciana—. Por quebradas, por valles, incluso pasaron noches frías. Compartieron el camino sin prometerse nada. Solo caminaron juntos, como quien sabe que la compañía no está en retener, sino en respetar.
La anciana sonrió, como si recordara algo especial.
—Me contó que una mañana despertó y la llama ya no estaba. Se sintió solo, pero a la vez entendió que no todo lo valioso se queda. A veces, lo más hermoso solo te acompaña durante un tramo… y, aun así, lo transforma todo.
El Gato la miró en silencio. Comprendía el mensaje: el amor no era cuestión de compartir cada paso. Era algo más sutil y profundo; ese tipo de vínculo que no necesita palabras porque se reconoce en una mirada, en un gesto leve, en un silencio que no incomoda…
—Tal vez… —murmuró—. Tal vez algún día encuentre algo así. Pero si lo hago, quiero que no me impida seguir andando.
La curandera acarició la piedra y asintió.
—Entonces será amor del bueno, mi querido Gato viajero. Porque el amor real no busca detener, sino caminar junto al otro… sin presionar.
Había anochecido. El fuego estaba a punto de extinguirse. El aire se volvía más fresco y en el cielo se veía la luna brillar.
La mujer se incorporó lentamente y miró al Gato, que aún reposaba sobre el tronco, atento a cada uno de sus movimientos.
—La noche será larga… y traerá frío —dijo la anciana con suavidad—. Ya has bebido del agua de mi corral. Déjame ofrecerte también mi techo. No es gran cosa, pero tiene calor… y una manta para que descanses, al menos por hoy.
Lo miró con ternura y le guiñó un ojo. Fue como si ya supiera que la respuesta estaba dicha. El Gato levantó la cabeza, se desperezó con elegancia y saltó al suelo con la seguridad de quien ha tomado una decisión. Caminó hacia la mujer y, cuando la alcanzó, se enredó con suavidad entre sus piernas, como solo los gatos saben agradecer.
Ambos caminaron en silencio hacia la choza. La puerta de madera se cerró despacio, dejando al viento andino afuera.
Mientras se disponía a dormir sobre una gruesa manta de lana, el Gato pensaba en lo que la curandera había dicho: que el amor no exige quedarse… pero, cuando llega, sabe caminar al lado sin interrumpir el rumbo.
Y en algún rincón de su pecho —allí donde se guardan los secretos más profundos— algo cálido comenzó a hacerse espacio.
Era una de esas tardes claras en algún rincón alto y silencioso del altiplano jujeño. En un pueblito perdido entre los cardones y las quebradas había una escuela; la clase había terminado y, como cada día, un niño llamado Inti —nombre que proviene del quechua y significa “el Sol”— bajaba con su mochila al hombro por el mismo sendero de tierra que recorría todos los días.
Pero esa tarde, algo lo distrajo: entre las piedras, ágil como un rayo, una vizcacha asomó su cola, miró fugazmente a Inti e inmediatamente desapareció detrás de unos secos pastizales. El niño se detuvo. No era la primera vez que veía una, pero esa tenía algo distinto: con su cola espesa en movimiento, parecía invitar a Inti a que la siguiera.
El niño, que amaba a los animales más que a nada, se salió del sendero y comenzó a caminar en dirección a los pastizales; avanzaba con pasos cuidadosos, como si jugara a las escondidas para poder atraparla, pero sin intención de hacerle daño.
Cuando al fin la vio escondida, susurró, como si el animal pudiera entenderlo:
—¡Espera! No quiero hacerte daño, solo quiero verte de cerca…
Pero la vizcacha no se detuvo, y el niño la siguió, hasta que finalmente perdió de vista el sendero que lo guiaba a casa. Cuando quiso darse cuenta, el sol ya bajaba, la vizcacha había desaparecido y el paisaje ya no le resultaba familiar. El niño comenzó a preocuparse, porque no sabía hacia qué lado caminar.
Fue entonces, que desde una roca grande y tibia por el sol, un gato de manto gris y pecho blanco lo observaba en silencio, con esa calma que solo tienen los que han aprendido a perderse y a encontrarse muchas veces. Y dijo:
—Nunca lograrás alcanzar a ese roedor. Son demasiado escurridizos —el Gato hablaba sin moverse, pero mirando al niño—. Esos bichos salen corriendo sin dirección ante el menor cambio.
El niño dudó un instante. Le parecía extraño que un gato hablara, pero no más extraño que haberse alejado tanto sin darse cuenta. Acercándose a la piedra donde estaba el animal, Inti bajó la cabeza en señal de resignación y dijo:
– No es por la vizcacha. Seguramente la volveré a ver. Lo que me preocupa es que me encuentro desorientado… No sé cómo volver a mi casa.
El Gato bostezó con elegancia y estiró una pata perezosa.
—Ah… perderse. Qué cosa más necesaria!
—¿Necesaria? —preguntó el niño, frunciendo el ceño.
—Claro. A veces, un paso en falso no es un error, sino un maestro disfrazado -respondió el Gato mientras se incorporaba lentamente —. Solo cuando no sabes a dónde ir, es que comienzas a mirar las cosas con otros ojos.
—Pero da miedo… No saber por dónde volver —dijo Inti en tono bajito.
—Lo sé —respondió el Gato, ahora con voz más grave—. A mí me pasó una vez en los Valles Calchaquíes. Me distraje cazando una mariposa… y terminé atrapado en la madriguera de un zorro.
—¿Y qué hiciste? —preguntó el niño, mirando al Gato con ojos atentos.
El Gato ladeó la cabeza, como si recordara algo lejano pero aún bastante nítido.
—Esperé.
El niño frunció el ceño, sin comprender del todo.
—¿Esperaste?
—Sí. Esperé… y observé.
Lo que el Gato decía tenía sentido: detenerse no siempre es rendirse, sino empezar a mirar con atención. Como si uno pudiera elevarse sobre la escena —como en un teatro— y observar desde arriba cómo se mueven los personajes. Desde esa altura interna, y en ese silencio necesario, nace la estrategia y se aclaran los caminos.
Apoyando la mochila a un costado de la roca, el niño se sentó al lado del felino. Era ya la tarde, el viento bajaba desde el cerro y la temperatura comenzaba a descender.
—Y al final, ¿Qué hiciste? ¿Escapaste? –preguntó Inti.
El Gato negó lentamente con la cabeza, mientras se sentaba con la cola bien enrollada.
—Salí impulsándome con mi cola. Pero apenas puse una pata afuera… lo vi. Allí estaba, firme, mirándome fijo desde la entrada: el Zorro.
Inti abrió los ojos como dos platillos.
—Tuve miedo, claro. Pero el miedo a veces sirve para pensar mejor. En vez de confrontar al Zorro, decidí confiar en mi instinto felino. Los zorros son astutos, sí, pero valoran la inteligencia de los demás. Un buen pacto sería más convincente para él que una riña sin sentido.
Inti se quedó en silencio, impresionado y preguntó:
—¿Y funcionó?
—Funcionó —dijo el Gato con una sonrisa cómplice—. Nos miramos un largo rato, y después hablamos. Le aseguré que si me dejaba ir, le contaría lo que sabía sobre los roedores que vivían más allá del río. A cambio, él me indicaría por qué camino andar para evitar caer en otra madriguera.
—¿Y lo hizo?
—Sí. Me indicó una ruta segura. Pero lo mejor fue lo que vino después: nos quedamos un buen rato conversando bajo las estrellas. –El Gato hablaba con un tono de añoranza -. Fue una de esas charlas que uno no olvida. Desde entonces, hemos sido amigos.
Sin decir nada el niño miró al felino como si una parte de él comenzara a entender. A veces, los recursos que necesitamos están al alcance de nuestras manos pero no los vemos porque el miedo nos nubla la vista, como le sucede a un niño frente a lo desconocido. Sin embargo, en ese mismo niño viven también la curiosidad y la intuición. Esa voz interna que nos guía y aunque no tiene certezas, nunca se equivoca.
—Entonces… incluso en el miedo se puede encontrar algo bueno –pregunto Inti inocentemente.
El Gato asintió despacio.
—Especialmente en el miedo, pequeño. Porque es ahí donde más aprendemos sobre lo que llevamos dentro.
El niño bajó la mirada. Pensó en todo lo que podía hacer con su propio cuerpo, y todo lo que había aprendido. Y, poco a poco, comenzó a sentirse más fuerte.
—Entonces… ¿me puedes decir cómo encontrar el camino a casa? –preguntó.
—Yo te ayudaré pero serás tú el que lo encuentre. El sendero está; solo se escondió para que lo mires distinto. Usa tus ojos, pero también tus recuerdos. ¿Qué viste antes de llegar aquí?
El niño cerró sus ojos y pensó. Recordó la piedra con forma de llama, el cactus que parecía un tenedor y un arroyo.
—Creo que… sé por dónde es.
Inti miraba al Gato. Había algo en esa autenticidad felina que lo contagiaba. Mientras tanto, el animal se revolcaba sobre la tierra, así como solo los gatos saben hacerlo. Parecía que estaba jugando…
—A veces me gustaría no tener que ir a la escuela o ayudar en mi casa —dijo Inti finalmente-. Solo jugar… O seguir una vizcacha porque sí.
Sonriendo, el Gato contestó:
—Entonces hazlo. Esas cosas que te parecen distracciones son a veces tu alma recordándote lo que te apasiona.
Los animales no planean mañanas ni acumulan dudas sobre el pasado. Saben que el instante presente es todo lo que hay. El Gato no recordaba las veces que se había perdido ni se preocupaba por volver a hacerlo: simplemente estaba allí, compartiendo un momento con un niño que aún no había aprendido a tener miedo del tiempo.
Con el pasar de los años, crecemos y vamos escondiendo esa autenticidad que es tan natural en los niños. Esos impulsos limpios y sin filtro se vuelven algo secreto; quedan sepultados bajo capas de normas y expectativas. Solo quienes se atreven a vivir sin miedo, los vuelven a encontrar. A veces, basta una vizcacha huidiza o un gato aventurero para hacerlo.
El Gato miro al niño con expresión serena y disponiéndose a caminar hizo un gesto con la cabeza.
—Ven –dijo con simpleza.
Caminó sin apuro por entre las piedras mientras Inti lo seguía. Los pasos del Gato eran seguros, como los de quien no necesita saber el destino, porque confía en el trayecto.
Y entonces, entre dos cardones, apareció el sendero. A veces, el camino está más cerca de lo que creemos. Solo hacía falta mirar con otros ojos, dejar que el cuerpo recordara lo que la mente había olvidado. Y cuando uno está listo, la dirección siempre aparece.
Sin decir nada, Inti sonrió y se giró para mirar al Gato. Serenamente, ambos intercambiaron una mirada y un segundo en silencio. Y como solo saben hacerlo los que respetan los vínculos sin poseerlos, el Gato dijo:
—Recuerda que perderse es solo el primer paso para encontrarse con uno mismo —el felino se dio vuelta y se perdió entre las piedras.
Inti, con el sol en la espalda y una sonrisa en su rostro, tomó el sendero de regreso.
Este editorial esta dedicado a mis dos grandes compañeros de vida: Benito (2001-2017) y Abby (2014)
Un gato no es para cualquiera, ni cualquiera es para un gato. Un gato se convierte en un compañero de las horas solitarias. Junto a uno, ronronea satisfecho por el simple hecho de estar. Un gato enseña la medida justa de las palabras: maullara solo para comunicar y no por azar.
De mi gato aprendí el valor del silencio: que no siempre es necesario hablar, porque a veces una mirada basta. Un movimiento de la cabeza, orejas o bigotes lo dice todo.
De mi gato aprendí el precio de la paciencia: que no significa simplemente esperar, sino la actitud frente a esa espera. Agazapado, el gato estudia a su presa antes de dar el zarpazo. También me enseño a disfrutar de los logros, a no vivirlos como momentos fugaces, sino a regocijarme, tal como el juguetea con su presa tras cazarla.
De mi gato aprendí el valor de la autenticidad: que no se necesita de disfraces ni esfuerzos por agradar. El gato no se adapta a lo que esperan de él, simplemente es. Su forma de estar en el mundo no busca aprobación, y sin embargo, conquista. Ser auténtico, como el gato, es honrar lo que uno es, con elegancia y sin pedir permiso.
De mi gato aprendí que no existe edad para jugar: Nunca se es demasiado chico ni demasiado grande. Conservar ese alma de niño interior nos hace sentir vivos. Pero el gato también sabe poner un justo límite y, de no respetarlo, nos lo hará saber.
De mi gato aprendí que para cada problema hay una solución. Ante un obstáculo, el gato no se paraliza: observa, evalúa y, si no encuentra una alternativa, deja el asunto atrás afronta un nuevo desafío.
De mi gato aprendí que, a veces, una larga caminata en soledad es el mejor remedio para encontrar respuestas. Un gato enseña que no es necesario estar rodeado de muchas personas; ser selectivo con las compañías otorga valor a cada minuto de la vida.
Los gatos gozan del silencio, el orden y la quietud. Rehúyen al bullicio y al caos. Solo en la calma florece su confianza, y es allí donde el vínculo se vuelve posible. Para ser digno del aprecio de un gato se debe saber que el compañerismo y libertad van siempre de la mano. Hete allí los valores del gato: lealtad y respeto.
Érase una vez, en el inmenso territorio del Gran Chaco —una vasta región que atraviesa las fronteras de Argentina, Paraguay y Bolivia—, una colonia de hormigas. Pasaban sus vidas construyendo hormigueros y trabajando ordenadamente. Comenzaban acumulando tierra, arena y hojas para la construcción; cada una tenía un rol: estaban las obreras, las hormigas guardia, que patrullaban la entrada y salida; y luego estaban los zánganos y la reina.
Si bien las hormigas son animales sociables, la colonia del Chaco era reticente a mezclarse con otras colonias. Pero, como suele suceder en todo grupo, en esta colonia también había una hormiga que pensaba diferente. La llamaban Soñadora. Era de carácter curioso; trabajaba de otra manera. Por ejemplo: mientras las otras apilaban hojas en fila, ella las amontonaba en forma de pirámide, preguntándose si así resistirían mejor el viento.
Al mediodía, todas las hormigas se alineaban para contar granos de arena —nadie sabía por qué, pero era la norma—. Soñadora, en cambio, usaba ese tiempo para dibujar círculos en la tierra… Siempre estaba intentando descubrir algo nuevo.
En el Gran Chaco —el nombre proviene del quechua y significa «territorio de caza»—habita una gran variedad de especies. Una de ellas es el gato del pajonal. Este se distingue por ser un felino pequeño, muy similar al gato doméstico: tiene patas cortas y un pelaje largo y espeso que lo protege de las altas temperaturas.
Una tarde de abril, merodeaba por la llanura un gato, pero este no era un residente del lugar, sino un viajero. Caminaba sin hacer ruido, como si sus patas no tocaran la tierra. El Gato es un ser libre. Le gustaba dormir largas siestas al sol, después de devorarse una gallina robada de alguna granja; y por las noches, gozaba de pasearse por los pastizales bajo la luz de la luna.
Para las hormigas, esa tarde había sido como cualquier otra: algunas se dirigieron a recolectar alimento; otras, materiales para la construcción del nuevo hormiguero. En este último grupo estaba Soñadora, que, como se dispersaba bastante, no se percató cuando una de las hormigas anunció que la jornada había terminado. El grupo se disponía a regresar, pero ella se había dormido debajo de una hoja, y así fue como la dejaron atrás sin darse cuenta.
El Gato, como todo felino, se activaba cuando comenzaba a caer el sol. Andaba intentando atrapar alguna liebre, pero en la llanura solo lograba cazar insectos que le recordaban sus épocas en el delta del Paraná, cuando se la pasaba comiendo cucarachas. Esos bichos eran presa fácil: luchaban por sobrevivir; el Gato las dejaba escapar solo para luego divertirse corriendo tras ellas y devorarlas.
Así fue que, entre una cosa y otra, dando zarpazos, el Gato aplastó una hoja… y debajo de ella estaba Soñadora. De repente, escuchó un grito:
—¡No! ¡Por favor, no me mates! ¡Solo soy un insecto! —dijo la hormiga, asustada.
Buscando saber de dónde provenía esa voz, el Gato acercó su hocico a la hormiga y dijo:
—¡Calma! Estoy en busca de una presa más suculenta que tú. ¿Te encuentras sola?
—Sí, bueno… —dijo la hormiga con voz trémula—. ¡No es que haya querido quedarme dormida! Fue… un accidente —la hormiga frotó sus antenas, el gesto que siempre la delataba cuando mentía—. Estaba trabajando, pero me quedé dormida, y cuando desperté la colonia se había marchado…
Al ver que el Gato no tenía intenciones de dañarla, la hormiga se sintió aliviada y continuó:
—¡Tú tienes suerte! ¡No te das una idea de lo que implica trabajar sin descansos!
—¿Suerte? —Bufó el Gato, lamiéndose una cicatriz en su pata delantera—. Te equivocas. La lluvia no perdona cuando duermes bajo las estrellas —respondió el gato—. Debo arreglármelas solo. Cazar para comer no siempre es fácil. También tengo que buscar refugio cuando hace frío o migrar en temporada de lluvias. Tú vives con una colonia, se supone que vivir en comunidad debería ser un alivio durante los momentos difíciles… ¿o no?
—Las cosas no son como piensas. Vivir en comunidad no siempre significa armonía. En el hormiguero hay obligaciones, jerarquías y roles estrictos que nadie cuestiona —dijo soñadora mientras comenzaba a explicarle al Gato la vida en la colonia. —Yo soy carpintera: nosotras junto a las obreras somos las que cargamos con el peso del día a día. Luego están los zánganos, que hacen poco y nada, y ni hablemos de la Reina… que solo se dedica a poner huevos. Y aun así, es intocable. No todo es cooperación: también hay desigualdad, rutinas agotadoras y un orden que nadie se atreve a desafiar.
—Entiendo… debes cumplir órdenes y te fastidia. ¿Qué consecuencias podría haber si supieran que hoy dormiste una siesta? —preguntó el Gato, que se había percatado de la picardía de la hormiga.
—¡Ni lo digas! —Exclamó Soñadora—. ¡Me harían trabajar el triple mañana! Al igual que tampoco debería estar hablando contigo. Las malas lenguas dicen que las hormigas que hablan con gatos no vuelven jamás…
—¡Infamias! —Exclamó el Gato, recostándose junto a la hormiga para poder mirarla de cerca—. Entonces, tu vida transcurre entre el hormiguero y el trabajo… ¿Nunca has roto una rutina? ¿Hay algo que ansíes más allá de cavar esos túneles?
Soñadora observaba al Gato, que hablaba con ese tono de quien nunca se conforma con lo conocido, y recordaba las veces que había soñado con ir más allá de lo permitido por la colonia. El encuentro con el Gato estaba despertando su curiosidad que hasta entonces estaba dormida.
— ¡Sí! Soñé con subir a un árbol para ver los hormigueros como lo hacen los pájaros. ¿Tú has visto la tierra desde lo alto?
— ¡Claro que sí! —Ronroneó el Gato mientras se afilaba las garras en la corteza de un árbol—. Antes de llegar aquí, viajé por la Patagonia hasta la llanura pampeana. Y no lo creerías: allá corres diez minutos y seguís viendo el mismo árbol a lo lejos… En la Pampa no hay escondites. Todo está a la vista; allí aprendes que el vacío no existe; el mundo es una página en blanco, y las huellas que dejas cuentan quién eres de verdad.
—Tu vida debe estar llena de historias asombrosas… —dijo la hormiga mirando al cielo.
— ¡Ajá! Así que quieres ver el mundo como los pájaros —el Gato sacudió su pelaje para quitarse la tierra—. Bueno, agárrate de mis bigotes mejor que una garrapata, porque te llevaré a la copa del árbol.
La Hormiga trepó por la nariz del felino y se acomodó entre sus orejas. Protestó, agarrándose de esas pestañas largas que tienen los gatos, y pensó: “¡Qué suerte que este Gato sea tan despeinado!”
El Gato era el ser más enigmático que Soñadora había conocido en toda su vida. Mientras se preparaban para subir al árbol, el Gato le contaba a la hormiga que antes de migrar a la región del Chaco, había pasado una temporada en el delta del río Paraná, donde los humedales eran todo lo contrario a la aridez chaqueña. Le hablaba sobre sus paseos por las islas llenas de vegetación y cómo cazaba a los pájaros que se posaban en los juncos de las orillas. El felino había tenido que adaptarse al invierno brumoso y frío, y también a las lluvias. Así fue que, a diferencia de los gatos comunes, él había aprendido a nadar.
Finalmente, el Gato comenzó el ascenso, posicionando sus garras con precisión antes de dar un salto, eligiendo cada rama como si fuera un escalón en una biblioteca. La hormiga seguía agarrada de sus pestañas; para ella, cada hoja era un nuevo continente. Susurrando, dijo:
—Subes tan suave como la luna al atardecer…
—Es cuestión de práctica, pequeña—respondió el Gato regulando el ritmo para no asustarla—. Los árboles son los mejores maestros: enseñan que para ser un buen estratega uno debe pensar dos veces antes de realizar un movimiento.
Finalmente llegaron a la copa del árbol. Las antenas de Soñadora vibraban de emoción, no podía creer lo que veía.
—Dime, sabio de las praderas… —preguntó sin apartar la vista del paisaje— ¿Qué te han enseñado tus viajes que ningún hormiguero podría?
Lamiéndose una pata con aire pensativo, el Gato respondió:
—Imagina que tu vida es un hilo. En la colonia, todos tejen el mismo tapiz. Pero al viajar, descubres que ese hilo puede volverse nudo, red… o alas. — El felino hizo una pausa, y con un leve movimiento de orejas, señaló el horizonte y continuo —La lección es simple: el mundo no se reduce a lo que otros han hilado por ti.
La hormiga siguió el gesto del Gato y miro hacia abajo. Desde las alturas, el hormiguero ya no era el laberinto sofocante que conocía, sino un mandala de tierra perfecto. Lo que ella conocía desde la rutina y fatiga, ahora se revelaba como una red de perfectos pasadizos que parecían diseñados por los rayos del sol.
—Es… una maravilla —susurró, con la voz quebrada—. Nunca imaginé que cada hoja que arrastré formaba parte de algo tan… inmenso. — Soñadora observaba el hormiguero con aires de orgullo y dijo – Es una fortaleza indestructible!
Sin mirarla, por pura discreción felina—el Gato murmuró:
—Los detalles más exquisitos solo se aprecian con distancia, pequeña.
Y mientras el viento mecía las ramas, la hormiga comprendió algo tan terrible como hermoso: Ahora que había visto el hormiguero desde el cielo… ya no podría volver a verlo como antes.
—Es impresionante, sí… Es como un laberinto de barro —afirmó el Gato—. Pero hasta los quebrachos más fuertes caen cuando el viento del norte arrecia ¿Sabes lo que dura tu hormiguero si un oso hormiguero decide almorzar allí? — dijo el gato haciendo un gesto rápido con las garras.
—¡Pero siempre lo reconstruimos! —exclamó Soñadora con orgullo —. El año pasado, el viento arrancó nuestro techo de hojas… y en tres días lo levantamos de nuevo.
—Pues claro que tu hormiguero es admirable!—respondió el Gato—. Mira esas curvas… hasta los ingenieros humanos se detendrían a contemplarlas. Es fuerte, sí. Pero fuerte no es lo mismo que eterno.
El Gato hizo una pausa. Luego bajó la voz, como si compartiera un secreto —La vida tiene una costumbre molesta: sacude el suelo cuando menos lo esperas. Nuestro encuentro pudo haber sido casual… pero fuiste tú la que eligió quedarse. Eso ya te hace distinta.
—¿Y si no quiero ser distinta? ¿Y si solo quiero… seguridad? —preguntó la hormiga, con tono de tristeza.
—La seguridad es un espejismo, testaruda amiga —continuó el gato, con una calma que parecía aprendida—. Recuerda: hasta el árbol más viejo cae; lo importante es qué semillas lleva el viento después. — El Gato continúo con una aclaración – No digo que tu esfuerzo no valga, pero confiar solo en lo que conoces… es como cavar un túnel sin salida.
Estirándose y mostrando una cicatriz en una de sus patas el Gato dijo —Esta me la dejó un perro, mientras yo iba distraído mirando a los pájaros. Dolió, claro… pero gracias a ese error aprendí algo valioso: las heridas se cierran, pero los descuidos no se repiten.
Cabizbaja, la hormiga susurró —Es duro aceptar que todo puede derrumbarse… incluso lo que más amas.
Se hizo un silencio y desde la altura, bajo la luz del atardecer, el hormiguero revelaba algunas grietas, sus túneles se hundían levemente y sus almacenes estaban expuestos a la lluvia. Nada era tan firme como había creído. Ni el trabajo de toda una vida. Ni las reglas que había seguido al pie de la letra.
«¿Y si la colonia está equivocada?» —pensó Soñadora. — “¿De qué servían los códigos si un oso podía arrasarlo todo? ¿Y qué había de sus sueños?”
El Gato había sembrado en la hormiga algo poderoso: la semilla de la duda. El sol comenzaba a inclinarse sobre la llanura y un viento cálido mecía las ramas donde ambos seguían sentados.
—¿Y tú, qué harás ahora? —preguntó Soñadora, con un nudo en el estómago. Intuía que el felino pronto se marcharía.
Entonces, una bandada de cotorras pasó volando rumbo al norte. El Gato los siguió con la mirada y señalo — ¿Ves esa bandada? Cada año vuelan del Chaco hacia el Amazonas… y siempre regresan ¿Sabes cómo encuentran el camino?
Incorporándose con la elegancia que solo tienen los que han visto mundo, el Gato saltó a una rama más baja. Luego giró la cabeza y miró a la hormiga, que vaciló un segundo antes de lanzarse nuevamente sobre su lomo.
—No se… dime tu cómo hacen —dijo la hormiga, aferrándose al pelaje del felino.
—Confían en sí mismas, en su naturaleza…—respondió el Gato, guiñándole un ojo con complicidad.
—¿Y tú…? —dijo ella, con voz temblorosa—¿Tú también volverás?
El Gato retomó el descenso, calculando cada salto con precisión para no sacudir demasiado a su amiga.
Percatándose de que el silencio era una respuesta negativa, Soñadora se aferró fuerte al Gato y dijo- Es igual! Llévame contigo!
—El desierto de Atacama no es lugar para pequeñas junta—hojas —murmuró con un dejo de ternura.
Con un suave movimiento, el Gato bajó al suelo y se agachó para que la hormiga descendiera. Su voz fue serena, pero firme:
—Si viajas conmigo, seguirás mis huellas… cuando en realidad deberías dejar las tuyas propias.
—Pero… ¿y si al volver al hormiguero no encajo? —preguntó la hormiga, mientras posaba sus patas sobre la tierra. A lo lejos, brillaban las luces del hormiguero. Era su morada, sí… pero ya no la sentía como hogar.
—Las cotorras también dejaron sus nidos vacíos una vez —dijo el Gato, con la mirada perdida en el cielo estrellado—. Ahora vuelven cada verano, pero cantando canciones nuevas. — Hizo una breve pausa y añadió —Tu misión ahora está aquí. Recuerda que tienes patas para caminar… no solo para cargar.
—¡Háblame más claro! —exclamó la hormiga, con una mezcla de frustración y esperanza. Comprendía lo que el Gato quería decirle, pero aun así necesitaba escucharlo sin tantas vueltas— ¿Entonces crees que mis patas no aguantarán el viaje?
—Sabes bien que no es eso a lo que me refiero. El problema no está en tus patas, sino en cómo las usas. Si no te valoras primero, ningún viaje te hará libre.
La hormiga comprendió muy bien el mensaje. Y, siguiendo la analogía del felino, preguntó con voz temblorosa:
—¿Y si no sé cómo usar mis patas de otra manera? Toda mi vida solo han servido para cargar, cavar, seguir órdenes… ¿Cómo empiezo a valorarme?
—Con una pregunta honesta como esa… ya comenzaste —respondió el gato haciendo una reverencia. Luego, dio un paso atrás y empujó suavemente con el hocico una semilla de Palo Santo hacia la Hormiga y dijo —plántala en un lugar secreto. Crecerá lento… como las decisiones importantes.
El Gato, animal de pocas palabras y experto en despedidas que dejan huella, comenzó a alejarse con su paso elegante. Y antes de perderse entre los pastizales, dijo:
—¡Nos veremos donde se cruzan los caminos de quienes se atreven a caminarlos, amiga! Hasta entonces, recuerda: no eres lo que cargas, sino los pasos que eliges dar.
Soñadora lo siguió con la mirada hasta que su silueta desapareció, dejando tras de sí solo un sendero entre los pastizales. Luego, observó la semilla a su lado… después el hormiguero en la distancia y por primera vez, dudó. Había aprendido que la libertad tiene un precio: elegir, incluso cuando duele, porque el verdadero poder vive dentro de cada uno.
La hormiga tomó la semilla, la guardó junto a su pecho como quien protege un secreto. No sabía aún dónde plantarla, pero sí que lo haría. Y eso era suficiente.
Hace apenas tres días, Irán, Afghanistán y el Kurdistán iraquí dieron la bienvenida al año 1404 con las celebraciones de Nowruz (el antiguo Año Nuevo persa). La llegada de la primavera marca, para estas culturas, un nuevo comienzo cargado de simbolismo y tradiciones milenarias. Curiosamente, hace un año yo también estaba concluyendo mi travesía de un mes por Irán.
Si bien mi intención no era viajar exclusivamente por el Nowruz, al diseñar mi itinerario vi que tendría la oportunidad de experimentar uno de los momentos más especiales para ese país. Lo que no sabía era que trasladarme dentro de Irán durante esas fechas sería una auténtica odisea. Con millones de personas desplazándose para reunirse con sus familias, encontrar transporte disponible podía complicarse y como mi vuelo de regreso salía desde Teherán, necesitaba asegurarme pasar los últimos días en un lugar lo suficientemente cercano a la capital para garantizarme un asiento en un autobús de vuelta.
Mirando el mapa, encontré que la ciudad de Qazvin, situada a 150 km de Teherán, cuenta con varias conexiones diarias en autobús. Pero lo que realmente me llevó hasta allí fue la cercanía con un sitio que me había quedado en el tintero: las ruinas de la Fortaleza de Alamut, también conocida como el Castillo de los Hashashin, los legendarios “asesinos”.
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Ubicada a 2100 mts en los montes Alborz, la fortaleza de Alamut fue construida a mediados del siglo IX. Hoy, aunque el tiempo y las invasiones han reducido la estructura a escombros, aún se pueden ver restos de muros, plataformas de piedra y algunas secciones de sus antiguas torres defensivas. Según dicen, a simple vista no es más que un sitio plagado de viejos cascotes, sin embargo el lugar posee una atmósfera que encierra un magnetismo legendario.
La fortaleza de Alamut fue el bastión de una orden militar perteneciente a los nizaríes ismailies, una rama del islam chiita. Su auge comenzó en el siglo XI, cuando Hassan-i Sabbah tomó el control de la fortaleza y estableció un estado independiente que desafió a las potencias suníes de la época. Su reputación se fundó en las tácticas de asesinato selectivo contra figuras políticas y militares de alto rango, incluyendo sultanes, visires e incluso líderes cruzados. Este hecho les valió el nombre “Hashashin”, de donde deriva la palabra ‘asesino’. Este término les fue dado por sus adversarios y con el tiempo se cargó de numerosas leyendas que distorsionaron su verdadera historia. Aun hoy en dia, los historiadores no han podido determinar con certeza si sus asesinatos eran simplemente actos de violencia o parte de una estrategia de resistencia política y religiosa ya que eran un grupo minoritario frente a grandes imperios.
Llegué a Qazvin a las 4 hs de la mañana y me encontré que en la terminal de autobuses no había ni un alma. Pero típico de la hospitalidad iraní, el chofer del autobús (por medio de señas) logró que entendiera su ofrecimiento de llevarme a mi hotel.
Al despertar, miro por la ventana y estaba ante un típico día inglés: cielo gris y una lluvia persistente. Nada apropiado para aventurarme a la fortaleza de los Hashashin; además de un trayecto de más de hora y media en coche, la subida final requería ascender casi 500 escalones por la ladera de la montaña, y nadie me podía garantizarme que allí el clima estuviese mejor. Por lo tanto, decidí cambiar de rumbo y dedicar la jornada a explorar Qazvin. En la ciudad vibraba la energía del Nowruz: las calles decoradas, familias paseando, en los bazares gente haciendo todo tipo de compras… Un ambiente muy similar al de la navidad en occidente.
Qazvin es una ciudad con una historia fascinante. Ubicada en un punto estratégico de la Ruta de la Seda, durante siglos fue un cruce de caminos para comerciantes, peregrinos y viajeros. En el siglo XVI, incluso llegó a ser la capital de Persia bajo el mandato de los safávidas. Este legado aún se refleja en sus monumentos, como el imponente Caravanserai Sa’d al-Saltaneh, uno de los mejor conservados del país. Este gigantesco complejo de patios y pasillos abovedados fue un centro neurálgico del comercio en su época y hoy ha sido restaurado y se pueden encontrar tiendas de artesanías, de ropa y también cafés. Qazvin también alberga algunas de las mezquitas más antiguas de Irán que se remontan a la época islámica. Cada paso, la ciudad revela su pasado maravilloso.
Portales del CaravanseraiPatios del CaravanseraiMezquita Jameh Qazvin
Aunque no logré llegar a Alamut ese día, Qazvin me ofreció una experiencia inesperada: me encontraba en un café escribiendo en mi diario de viaje, cuando recibí un mensaje de Justin, un joven que había visto mi publicación (en un grupo de WhatsApp para viajeros en Irán) donde yo preguntaba si alguien estaba en Qazvin para cenar la noche de Nowruz, y decidió escribirme para que nos encontráramos.
Justin era un joven alemán que estaba realizando un itinerario en bicicleta desde su país natal hasta Filipinas, la tierra de su madre, con la que siente un profundo vínculo. Nos encontramos en el café y pasamos largo rato conversando sobre viajes, sus desafíos y qué nos había llevado hasta allí. Al caer la tarde, quedamos en reencontrarnos a las 21 hs para compartir la cena de Nowruz.
Dicho y hecho, nos reunimos en la plaza central de Qazvin y escogimos un restaurante donde brindar por el año entrante. Si bien yo ya había celebrado el Año Nuevo meses atrás, los viajes alteran mi noción del tiempo. Y es que cuando viajo, sucede algo excepcional: al subirme a un avión, dejo atrás a “la Lucia de todos los días», ese personaje que todos interpretamos, y me convierto en una especie de cuaderno en blanco, dispuesto a llenarse con experiencias, encuentros y momentos inesperados. En esos instantes, no hay años ni calendarios, solo el ahora, esa chispa irrepetible que da sentido a cada paso en el camino.