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Mientras se cruzan los caminos: Relatos de un Gato Viajero (parte 4)

Después de recorrer los cielos grises de la Patagonia, cruzar los montes espinosos del Chaco y conversar con un niño bajo los cardones del Altiplano, el Gato llego al desierto más árido del mundo.

Atacama no era un lugar para cualquiera. Allí no había sombra que ofreciera descanso y el suelo crujía bajo sus patas. Al Gato le gustaban los sitios donde el silencio tenía forma, donde cada huella contaba una historia.

El Gato caminó entre inmensas dunas, duras rocas, y salares que brillaban como espejos. Seguía un sendero invisible marcado solo por el instinto. Y entonces, el paisaje se abrió. Más allá de una loma suave, apareció una planicie blanca que se extendía por todo el horizonte. Allí estaba el salar.

El Gato se detuvo. El resplandor le obligó a entrecerrar los ojos, pero algo dentro de su pecho se abría. Sintió que había llegado. No sabía a dónde, pero había llegado.

A la orilla de la laguna turquesa, el Gato vio un Flamenco. Su silueta era alta y esbelta, pero algo en su postura lo hacía frágil. No estaba en medio del grupo —de hecho, no había grupo. Solo a lo lejos, volando, se veía una bandada de aves rosadas alejándose.

El Flamenco permanecía inmóvil. Una de sus patas parecía doblada de forma extraña. El ave tenía la mirada clavada en el suelo, no pudiendo ocultar la tristeza. Había algo en su quietud que sabía a abandono.

El felino se acercó a la orilla sin hacer ruido, más por discreción que por estrategia. El agua estaba quieta. El sol caía sobre sus espaldas. Se agachó y bebió de un charco, mirando de reojo al ave que ni siquiera parecía notar su presencia salvo por un temblor en su plumaje.

El ave escuchó el sonido del Gato bebiendo. Giró el cuello con cautela. El felino, sin apartar la vista del agua, lamió una última vez, se acomodó sobre una roca cercana y miro al Flamenco sin decir nada. Sabía cuándo un ser no necesitaba palabras, sino compañía.

El ave fue el primero en hablar.

—Creí que no volvería a ver a nadie. Todos se fueron cuando comenzó a ponerse el sol. No esperaron…

El Gato, con tono sereno, solo preguntó:

—¿Te dejaron aquí?

El ave asintió lentamente. Explicó que la bandada no había podido cargar con él; su pata herida lo había vuelto una carga, y el viento —dijeron— no espera a quien no puede volar.

Dirigiendo su mirada hacia la pata lastimada, el flamenco contó que se había caído al intentar seguir a la bandada, una ráfaga lo golpeó mientras admiraba su reflejo en el agua. Quiso levantar el vuelo, pero una herida en su pata no se lo permitió. Cuando se incorporó, la bandada ya era un punto en la distancia.

El Gato escuchó en silencio. Sabía lo que era quedarse atrás. Ladeó la cabeza, observando la pata doblada y continuo:

—A veces el viento no espera, pero el tiempo sí —dijo—. El cuerpo sana, aunque el alma tarde un poco más.

El ave suspiró, removiendo el barro con el pico. Dijo que no sabía si quería volver a volar con una bandada, pero tampoco imaginaba su vida solo. Temía que, si lo intentaba otra vez, volvieran a dejarlo atrás.

—Es que pensaba que volar juntos significaba cuidarse. – continuó el Flamenco.

El Gato medito su respuesta para no hacer que el ave se sintiese peor y con voz suave dijo:

—Así es… pero también significa confiar en que cada uno sabe cuándo seguir y cuándo parar. Y tú ahora necesitas parar.

El Gato lo miró con la ternura de esos que han vivido varias vidas en una sola y continuo:

—No siempre los que se quedan atrás pierden. A veces solo encuentran un nuevo ritmo —concluyo—.

Intrigado, el Flamenco giro el cuello y miro al Gato con curiosidad.

—Hablas como quien ya vivió algo parecido.

—Tal vez si… —dijo el Gato, mirando su reflejo en el agua—. Hubo una vez… en la que no era yo quien se quedaba, sino quien se iba.

El silencio se extendió entre ambos. El Gato alzó la vista y con sus ojos fijados en un punto del horizonte y hablo como para sí mismo.

—Hubo una vez —dijo— una humana que me cuidó. Nos encontramos sin buscarlo. Yo era joven e inexperto, la vida callejera en la ciudad es muy dura; ella también estaba atravesando un momento de cambios…

El Gato continuo contando que su humana le ofreció abrigo y él, compañía. Durante un tiempo compartieron la calma de los días simples, esos que no se planifican pero dejan marcas imborrables.

El Flamenco lo escuchaba con el cuello encogido, como si temiera interrumpir algo sagrado.

—¿Y por qué te fuiste? —preguntó al fin.

El Gato entrecerró los ojos, dejando que el viento le despeinara el pelaje.

—Porque entendí que debía irme. Ella necesitaba aprender a seguir sin mí, y yo debía seguir sin ella. A veces los caminos se separan no por falta de amor, sino porque el amor ya cumplió su parte.

—Pero debe haber dolido —susurró el Flamenco.

—Claro que si—respondió el Gato—. Los finales casi nunca son como uno desea. Pero si supiéramos de antemano como va a terminar todo, nadie se atrevería a querer. Viviríamos evitando el cariño por miedo a perderlo. Te imaginas? – Interpelo el Gato.

Y quizá esa sea la forma más pura de valentía: atreverse a sentir sabiendo que todo tiene un final. Porque los vínculos, mientras duran, nos moldean, nos enseñan y nos desafían. Las diferencias nos enriquecen. Incluso las peleas, los silencios o las despedidas dejan huellas que, con el tiempo, se vuelven una enseñanza.

El Gato continuó, en voz baja:

—Cuando me fui, ella aprendió algo que a mí también me costó entender: que lo único que vale es el hoy. Que culparse por lo que fue no cambia nada, y que intentar adivinar el futuro solo nos roba el presente.

En esas palabras había una verdad que no necesitaba explicación. Todos los seres, tarde o temprano, comprenden que el tiempo no se detiene para sanar, sino que enseña a hacerlo mientras pasa. Que hay lazos que terminan porque sostenerlos sería impedir que cada quien descubra su propio camino.

El ave levantó la mirada.

—Entonces… ¿crees que algún día tendré que irme también? – pregunto.

El Gato lo miró con ternura.

—Quizá —dijo—. O quizá sea yo quien deba partir. Pero eso no importa ahora. Mientras estemos juntos, compartiremos el mismo cielo. Y cuando alguno de los dos se vaya, quedará el recuerdo de lo que vivimos. Eso nadie podrá quitárnoslo.

Entre el ave y el felino no existía promesa alguna; solo el pacto silencioso de vivir el presente sin garantías. Porque no hay promesas que duren más que el instante vivido con entrega, y tal vez eso sea lo único verdaderamente eterno.

El sol se hundía en el horizonte, el Gato y el Flamenco permanecieron allí, uno junto al otro, comprendiendo —sin decirlo— que la compañía no se mide en tiempo, sino en presencia.

El Flamenco extendió las alas, probando el aire. Aún no podía volar, pero ya no le pesaba la espera. A su lado, el Gato que había cruzado montañas, ríos y desiertos buscando un destino, sin saber se topó que ese destino no era un lugar, sino un encuentro.

Y fue así como, bajo el cielo del salar, el ave y el felino decidieron acompañarse por el tiempo que la vida les concediera, sin miedo al final, y con la certeza de que lo compartido ya los había transformado.

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Una Sopa para el Alma: Relatos de un Gato Viajero (parte 3)

El sol comenzaba a esconderse detrás de los cerros ocres, tiñendo el cielo de distintos tonos de naranja. Habiendo dejado atrás la región de Jujuy, el Gato había caminado cuesta arriba durante un par de días y ahora avanzaba por una planicie reseca. De pronto, percibió olor a leña quemada y divisó un sendero de piedras desordenadas; decidió seguirlo y, al doblar, vio una casita de adobe junto a un pequeño corral de cabras. El Gato se acercó con cautela. Uno de los animales levantó la cabeza y lo miró con indiferencia; los demás continuaron rumiando, sin inmutarse.

Junto al corral había un bebedero de piedra lleno de agua fresca. El Gato, que después de tanto caminar tenía la garganta reseca, se acercó con sigilo. No era amante de las casas humanas, y menos de sus ocupantes, que cada vez que lo veían corrían tras él para intentar tocarlo como si fuera un juguete de feria. Pero, pensándolo bien, el agua valdría el sacrificio.

Mientras bebía, miró de reojo hacia la choza. Delante de ella, y cerca de la puerta de entrada, había una fogata con una olla grande donde algo se estaba cociendo. También había unos troncos dispuestos alrededor, como si los hubieran preparado para una reunión. El Gato permaneció escondido detrás del bebedero y vio salir de la casa a una anciana que llevaba un cucharón de madera en la mano. La mujer se dirigió a la olla. Por unos instantes, el Gato la observó mientras removía lo que había dentro y sintió alivio al ver que solo era la casa de un alma solitaria como él.

La mujer, de piel morena, tenía el rostro surcado de arrugas como si fueran caminos antiguos. Llevaba una manta de lana gruesa sobre los hombros, una pollera negra hasta los tobillos y unas sandalias de cuero desgastadas. Lucía trenzas largas recogidas con hilo y un pañuelo en la cabeza. En los pueblos del altiplano se decía que ella era la “curandera del silencio”, una de esas mujeres sabias —conocidas como “paquitas”— que, según la tradición andina, mediante rituales, plantas medicinales y el poder del silencio, ayudan a mantener el equilibrio entre el mundo natural y el espiritual. Se contaba que la mujer vivía allí desde que enviudó hacía más de treinta inviernos. Algunos arrieros y pastores afirmaban haber sido ayudados por ella, aunque nadie recordaba bien cómo ni cuándo.

El Gato, ya saciado, comenzó a alejarse discretamente, creyendo que su presencia había pasado inadvertida. Pero justo cuando pasaba por detrás de la choza, la voz de la anciana, que seguía revolviendo la olla, se alzó sin mirarlo:

—Eres de esos que caminan sin rumbo, pero que siempre llegan donde deben –dijo la mujer que se volteó para mirar al viajero de cuatro patas.

El felino se detuvo. Sus bigotes se tensionaron, no era común que un humano le hablara sin asombro y de igual a igual. Pero esta anciana transmitía una presencia poderosa, como si llevara años esperando sin prisa alguna.

—Si vas a marcharte, al menos prueba mi caldo. Calienta el cuerpo… y tal vez haga que sueltes la lengua —dijo, señalando con un cucharón de madera uno de los troncos junto a ella.

Desconcertado pero curioso, el Gato se acercó y trepó al asiento improvisado sin hacer ruido. La anciana tomó un cuenco de barro y sirvió un poco de caldo de gallina. Lo apoyó sobre el tronco donde se había apoltronado el Gato, y con un gesto de su cabeza le indicó que lo probara.

—Anda, te hará bien —dijo.

El Gato acercó su hocico al cuenco y, cautelosamente, probó el caldo. Estaba tibio; no sabía exactamente qué llevaba, pero tenía un sabor a “hogar”. Cerró los ojos y dejó escapar un leve ronroneo.

—Está delicioso —dijo en voz baja—. Gracias. Me hacía falta algo así para recuperar fuerzas… aún me queda un buen trecho hasta mi próximo destino.

La anciana seguía removiendo el contenido de la olla, como si no le sorprendiera que un gato pudiera hablar.

—Lo sé. Te diriges a Atacama —murmuró.

El Gato alzó la cabeza de inmediato. Parpadeó, desconcertado, y giró levemente una oreja. La cola dejó de moverse por un instante y, con atención, volvió la vista hacia la mujer.

—¿Cómo sabe usted eso? —preguntó, desconfiado.

La curandera sonrió sin mostrar los dientes. Apenas giró el rostro y lo miró de reojo, con esa mezcla de dulzura y certeza que solo tienen quienes han visto pasar muchos inviernos.

—Porque los que caminan solos y no se detienen en ninguna parte siempre terminan yendo hacia donde la tierra guarda respuestas. Atacama es una tierra antigua… mágica. Los que llegan allí no buscan un paisaje: buscan su esencia, el punto de partida que perdieron sin notarlo.

El Gato bajó un poco la mirada. Sus patas delanteras estaban bien apoyadas sobre el tronco donde se había acomodado. El fuego crujía, las cabras balaban a lo lejos y en el cielo se encendían las primeras estrellas.

—¿Entonces Atacama es para los que caminan sin saber qué han perdido? —murmuró él, casi sin pensarlo.

La curandera recogió unas ramas secas y las lanzó al fuego, avivándolo un poco. Luego se sentó al lado del Gato.

—No hablo solo de eso —respondió—. A veces, incluso las almas más libres anhelan una compañía que sepa caminar a su lado sin atarlas.

El Gato frunció apenas el ceño y movió la cola de un lado a otro.

—¿Hablas de encontrar un amor? —preguntó con cierta incomodidad.

La anciana soltó una pequeña risa, áspera y breve.

—Sí, pero no como lo cuentan en los cuentos… Hablo de ese amor que no interrumpe el camino del otro, el que no exige promesas ni explicaciones. El amor que se parece más al respeto que a la necesidad.

Se hizo un silencio suave. El Gato se tendió de costado, acomodando las patas delanteras bajo su mandíbula.

—No sé si los gatos estamos hechos para eso —dijo—. Nos gusta el viento en la cara, los tejados, dormir solos bajo las estrellas.

—¿Y quién dijo que el amor quita eso? —respondió la anciana. Entró por un momento en la choza y volvió al instante con una cajita de madera entre las manos.

Se sentó y la abrió con cuidado. Dentro había una piedra en la que estaban talladas dos huellas: una humana y otra de llama.

—Me la regaló un viajero que cruzaba la cordillera —explicó—. Me contó que un día se perdió entre los cerros y, de repente, vio una llama parada junto a una laguna. Él se acercó despacio y bebió agua. La llama lo miró, dio media vuelta y comenzó a caminar, dejando huellas como para que él la siguiera.

Mientras la mujer sabia hablaba, el Gato clavó la mirada en las llamas del fuego, y por su mente pasaban escenas de las veces que, al igual que ese viajero, él también se había sentido desolado.

—¿Y qué pasó? —preguntó el Gato con incertidumbre.

—Y él la siguió —continuó la anciana—. Por quebradas, por valles, incluso pasaron noches frías. Compartieron el camino sin prometerse nada. Solo caminaron juntos, como quien sabe que la compañía no está en retener, sino en respetar.

La anciana sonrió, como si recordara algo especial.

—Me contó que una mañana despertó y la llama ya no estaba. Se sintió solo, pero a la vez entendió que no todo lo valioso se queda. A veces, lo más hermoso solo te acompaña durante un tramo… y, aun así, lo transforma todo.

El Gato la miró en silencio. Comprendía el mensaje: el amor no era cuestión de compartir cada paso. Era algo más sutil y profundo; ese tipo de vínculo que no necesita palabras porque se reconoce en una mirada, en un gesto leve, en un silencio que no incomoda…

—Tal vez… —murmuró—. Tal vez algún día encuentre algo así. Pero si lo hago, quiero que no me impida seguir andando.

La curandera acarició la piedra y asintió.

—Entonces será amor del bueno, mi querido Gato viajero. Porque el amor real no busca detener, sino caminar junto al otro… sin presionar.

Había anochecido. El fuego estaba a punto de extinguirse. El aire se volvía más fresco y en el cielo se veía la luna brillar.

La mujer se incorporó lentamente y miró al Gato, que aún reposaba sobre el tronco, atento a cada uno de sus movimientos.

—La noche será larga… y traerá frío —dijo la anciana con suavidad—. Ya has bebido del agua de mi corral. Déjame ofrecerte también mi techo. No es gran cosa, pero tiene calor… y una manta para que descanses, al menos por hoy.

Lo miró con ternura y le guiñó un ojo. Fue como si ya supiera que la respuesta estaba dicha. El Gato levantó la cabeza, se desperezó con elegancia y saltó al suelo con la seguridad de quien ha tomado una decisión. Caminó hacia la mujer y, cuando la alcanzó, se enredó con suavidad entre sus piernas, como solo los gatos saben agradecer.

Ambos caminaron en silencio hacia la choza. La puerta de madera se cerró despacio, dejando al viento andino afuera.

Mientras se disponía a dormir sobre una gruesa manta de lana, el Gato pensaba en lo que la curandera había dicho: que el amor no exige quedarse… pero, cuando llega, sabe caminar al lado sin interrumpir el rumbo.

Y en algún rincón de su pecho —allí donde se guardan los secretos más profundos— algo cálido comenzó a hacerse espacio.

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Cuando se Escapa la Vizcacha: Relatos de un Gato Viajero (parte 2)

Era una de esas tardes claras en algún rincón alto y silencioso del altiplano jujeño. En un pueblito perdido entre los cardones y las quebradas había una escuela; la clase había terminado y, como cada día, un niño llamado Inti —nombre que proviene del quechua y significa “el Sol”— bajaba con su mochila al hombro por el mismo sendero de tierra que recorría todos los días.

Pero esa tarde, algo lo distrajo: entre las piedras, ágil como un rayo, una vizcacha asomó su cola, miró fugazmente a Inti e inmediatamente desapareció detrás de unos secos pastizales. El niño se detuvo. No era la primera vez que veía una, pero esa tenía algo distinto: con su cola espesa en movimiento, parecía invitar a Inti a que la siguiera.

El niño, que amaba a los animales más que a nada, se salió del sendero y comenzó a caminar en dirección a los pastizales; avanzaba con pasos cuidadosos, como si jugara a las escondidas para poder atraparla, pero sin intención de hacerle daño.

Cuando al fin la vio escondida, susurró, como si el animal pudiera entenderlo:

—¡Espera! No quiero hacerte daño, solo quiero verte de cerca…

Pero la vizcacha no se detuvo, y el niño la siguió, hasta que finalmente perdió de vista el sendero que lo guiaba a casa. Cuando quiso darse cuenta, el sol ya bajaba, la vizcacha había desaparecido y el paisaje ya no le resultaba familiar. El niño comenzó a preocuparse, porque no sabía hacia qué lado caminar.

Fue entonces, que desde una roca grande y tibia por el sol, un gato de manto gris y pecho blanco lo observaba en silencio, con esa calma que solo tienen los que han aprendido a perderse y a encontrarse muchas veces. Y dijo:

—Nunca lograrás alcanzar a ese roedor. Son demasiado escurridizos —el Gato hablaba sin moverse, pero mirando al niño—. Esos bichos salen corriendo sin dirección ante el menor cambio.

El niño dudó un instante. Le parecía extraño que un gato hablara, pero no más extraño que haberse alejado tanto sin darse cuenta. Acercándose a la piedra donde estaba el animal, Inti bajó la cabeza en señal de resignación y dijo:

– No es por la vizcacha. Seguramente la volveré a ver. Lo que me preocupa es que me encuentro desorientado… No sé cómo volver a mi casa.

El Gato bostezó con elegancia y estiró una pata perezosa.

—Ah… perderse. Qué cosa más necesaria!

—¿Necesaria? —preguntó el niño, frunciendo el ceño.

—Claro. A veces, un paso en falso no es un error, sino un maestro disfrazado -respondió el Gato mientras se incorporaba lentamente —. Solo cuando no sabes a dónde ir, es que comienzas a mirar las cosas con otros ojos.

—Pero da miedo… No saber por dónde volver —dijo Inti en tono bajito.

—Lo sé —respondió el Gato, ahora con voz más grave—. A mí me pasó una vez en los Valles Calchaquíes. Me distraje cazando una mariposa… y terminé atrapado en la madriguera de un zorro.

—¿Y qué hiciste? —preguntó el niño, mirando al Gato con ojos atentos.

El Gato ladeó la cabeza, como si recordara algo lejano pero aún bastante nítido.

—Esperé.

El niño frunció el ceño, sin comprender del todo.

—¿Esperaste?

—Sí. Esperé… y observé.

Lo que el Gato decía tenía sentido: detenerse no siempre es rendirse, sino empezar a mirar con atención. Como si uno pudiera elevarse sobre la escena —como en un teatro— y observar desde arriba cómo se mueven los personajes. Desde esa altura interna, y en ese silencio necesario, nace la estrategia y se aclaran los caminos.

Apoyando la mochila a un costado de la roca, el niño se sentó al lado del felino. Era ya la tarde, el viento bajaba desde el cerro y la temperatura comenzaba a descender.

—Y al final, ¿Qué hiciste? ¿Escapaste? –preguntó Inti.

El Gato negó lentamente con la cabeza, mientras se sentaba con la cola bien enrollada.

—Salí impulsándome con mi cola. Pero apenas puse una pata afuera… lo vi. Allí estaba, firme, mirándome fijo desde la entrada: el Zorro.

Inti abrió los ojos como dos platillos.

—Tuve miedo, claro. Pero el miedo a veces sirve para pensar mejor. En vez de confrontar al Zorro, decidí confiar en mi instinto felino. Los zorros son astutos, sí, pero valoran la inteligencia de los demás. Un buen pacto sería más convincente para él que una riña sin sentido.

Inti se quedó en silencio, impresionado y preguntó:

—¿Y funcionó?

—Funcionó —dijo el Gato con una sonrisa cómplice—. Nos miramos un largo rato, y después hablamos. Le aseguré que si me dejaba ir, le contaría lo que sabía sobre los roedores que vivían más allá del río. A cambio, él me indicaría por qué camino andar para evitar caer en otra madriguera.

—¿Y lo hizo?

—Sí. Me indicó una ruta segura. Pero lo mejor fue lo que vino después: nos quedamos un buen rato conversando bajo las estrellas. –El Gato hablaba con un tono de añoranza -. Fue una de esas charlas que uno no olvida. Desde entonces, hemos sido amigos.

Sin decir nada el niño miró al felino como si una parte de él comenzara a entender. A veces, los recursos que necesitamos están al alcance de nuestras manos pero no los vemos porque el miedo nos nubla la vista, como le sucede a un niño frente a lo desconocido. Sin embargo, en ese mismo niño viven también la curiosidad y la intuición. Esa voz interna que nos guía y aunque no tiene certezas, nunca se equivoca.

—Entonces… incluso en el miedo se puede encontrar algo bueno –pregunto Inti inocentemente.

El Gato asintió despacio.

—Especialmente en el miedo, pequeño. Porque es ahí donde más aprendemos sobre lo que llevamos dentro.

El niño bajó la mirada. Pensó en todo lo que podía hacer con su propio cuerpo, y todo lo que había aprendido. Y, poco a poco, comenzó a sentirse más fuerte.

—Entonces… ¿me puedes decir cómo encontrar el camino a casa? –preguntó.

—Yo te ayudaré pero serás tú el que lo encuentre. El sendero está; solo se escondió para que lo mires distinto. Usa tus ojos, pero también tus recuerdos. ¿Qué viste antes de llegar aquí?

El niño cerró sus ojos y pensó. Recordó la piedra con forma de llama, el cactus que parecía un tenedor y un arroyo.

—Creo que… sé por dónde es.

Inti miraba al Gato. Había algo en esa autenticidad felina que lo contagiaba. Mientras tanto, el animal se revolcaba sobre la tierra, así como solo los gatos saben hacerlo. Parecía que estaba jugando…

—A veces me gustaría no tener que ir a la escuela o ayudar en mi casa —dijo Inti finalmente-. Solo jugar… O seguir una vizcacha porque sí.

Sonriendo, el Gato contestó:

—Entonces hazlo. Esas cosas que te parecen distracciones son a veces tu alma recordándote lo que te apasiona.

Los animales no planean mañanas ni acumulan dudas sobre el pasado. Saben que el instante presente es todo lo que hay. El Gato no recordaba las veces que se había perdido ni se preocupaba por volver a hacerlo: simplemente estaba allí, compartiendo un momento con un niño que aún no había aprendido a tener miedo del tiempo.

Con el pasar de los años, crecemos y vamos escondiendo esa autenticidad que es tan natural en los niños. Esos impulsos limpios y sin filtro se vuelven algo secreto; quedan sepultados bajo capas de normas y expectativas. Solo quienes se atreven a vivir sin miedo, los vuelven a encontrar. A veces, basta una vizcacha huidiza o un gato aventurero para hacerlo.

El Gato miro al niño con expresión serena y disponiéndose a caminar hizo un gesto con la cabeza.

—Ven –dijo con simpleza.

Caminó sin apuro por entre las piedras mientras Inti lo seguía. Los pasos del Gato eran seguros, como los de quien no necesita saber el destino, porque confía en el trayecto.

Y entonces, entre dos cardones, apareció el sendero. A veces, el camino está más cerca de lo que creemos. Solo hacía falta mirar con otros ojos, dejar que el cuerpo recordara lo que la mente había olvidado. Y cuando uno está listo, la dirección siempre aparece.

Sin decir nada, Inti sonrió y se giró para mirar al Gato. Serenamente, ambos intercambiaron una mirada y un segundo en silencio. Y como solo saben hacerlo los que respetan los vínculos sin poseerlos, el Gato dijo:

—Recuerda que perderse es solo el primer paso para encontrarse con uno mismo —el felino se dio vuelta y se perdió entre las piedras.

Inti, con el sol en la espalda y una sonrisa en su rostro, tomó el sendero de regreso.

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Más Allá del Hormiguero: Relatos de un Gato Viajero (parte 1)

Érase una vez, en el inmenso territorio del Gran Chaco —una vasta región que atraviesa las fronteras de Argentina, Paraguay y Bolivia—, una colonia de hormigas. Pasaban sus vidas construyendo hormigueros y trabajando ordenadamente. Comenzaban acumulando tierra, arena y hojas para la construcción; cada una tenía un rol: estaban las obreras, las hormigas guardia, que patrullaban la entrada y salida; y luego estaban los zánganos y la reina.

Si bien las hormigas son animales sociables, la colonia del Chaco era reticente a mezclarse con otras colonias. Pero, como suele suceder en todo grupo, en esta colonia también había una hormiga que pensaba diferente. La llamaban Soñadora. Era de carácter curioso; trabajaba de otra manera. Por ejemplo: mientras las otras apilaban hojas en fila, ella las amontonaba en forma de pirámide, preguntándose si así resistirían mejor el viento.

Al mediodía, todas las hormigas se alineaban para contar granos de arena —nadie sabía por qué, pero era la norma—. Soñadora, en cambio, usaba ese tiempo para dibujar círculos en la tierra… Siempre estaba intentando descubrir algo nuevo.

En el Gran Chaco —el nombre proviene del quechua y significa «territorio de caza»—habita una gran variedad de especies. Una de ellas es el gato del pajonal. Este se distingue por ser un felino pequeño, muy similar al gato doméstico: tiene patas cortas y un pelaje largo y espeso que lo protege de las altas temperaturas.

Una tarde de abril, merodeaba por la llanura un gato, pero este no era un residente del lugar, sino un viajero. Caminaba sin hacer ruido, como si sus patas no tocaran la tierra. El Gato es un ser libre. Le gustaba dormir largas siestas al sol, después de devorarse una gallina robada de alguna granja; y por las noches, gozaba de pasearse por los pastizales bajo la luz de la luna.

Para las hormigas, esa tarde había sido como cualquier otra: algunas se dirigieron a recolectar alimento; otras, materiales para la construcción del nuevo hormiguero. En este último grupo estaba Soñadora, que, como se dispersaba bastante, no se percató cuando una de las hormigas anunció que la jornada había terminado. El grupo se disponía a regresar, pero ella se había dormido debajo de una hoja, y así fue como la dejaron atrás sin darse cuenta.

El Gato, como todo felino, se activaba cuando comenzaba a caer el sol. Andaba intentando atrapar alguna liebre, pero en la llanura solo lograba cazar insectos que le recordaban sus épocas en el delta del Paraná, cuando se la pasaba comiendo cucarachas. Esos bichos eran presa fácil: luchaban por sobrevivir; el Gato las dejaba escapar solo para luego divertirse corriendo tras ellas y devorarlas.

Así fue que, entre una cosa y otra, dando zarpazos, el Gato aplastó una hoja… y debajo de ella estaba Soñadora. De repente, escuchó un grito:

—¡No! ¡Por favor, no me mates! ¡Solo soy un insecto! —dijo la hormiga, asustada.

Buscando saber de dónde provenía esa voz, el Gato acercó su hocico a la hormiga y dijo:

—¡Calma! Estoy en busca de una presa más suculenta que tú. ¿Te encuentras sola?

—Sí, bueno… —dijo la hormiga con voz trémula—. ¡No es que haya querido quedarme dormida! Fue… un accidente —la hormiga frotó sus antenas, el gesto que siempre la delataba cuando mentía—. Estaba trabajando, pero me quedé dormida, y cuando desperté la colonia se había marchado…

Al ver que el Gato no tenía intenciones de dañarla, la hormiga se sintió aliviada y continuó:

—¡Tú tienes suerte! ¡No te das una idea de lo que implica trabajar sin descansos!

—¿Suerte? —Bufó el Gato, lamiéndose una cicatriz en su pata delantera—. Te equivocas. La lluvia no perdona cuando duermes bajo las estrellas —respondió el gato—. Debo arreglármelas solo. Cazar para comer no siempre es fácil. También tengo que buscar refugio cuando hace frío o migrar en temporada de lluvias. Tú vives con una colonia, se supone que vivir en comunidad debería ser un alivio durante los momentos difíciles… ¿o no?

—Las cosas no son como piensas. Vivir en comunidad no siempre significa armonía. En el hormiguero hay obligaciones, jerarquías y roles estrictos que nadie cuestiona —dijo soñadora mientras comenzaba a explicarle al Gato la vida en la colonia. —Yo soy carpintera: nosotras junto a las obreras somos las que cargamos con el peso del día a día. Luego están los zánganos, que hacen poco y nada, y ni hablemos de la Reina… que solo se dedica a poner huevos. Y aun así, es intocable. No todo es cooperación: también hay desigualdad, rutinas agotadoras y un orden que nadie se atreve a desafiar.

—Entiendo… debes cumplir órdenes y te fastidia. ¿Qué consecuencias podría haber si supieran que hoy dormiste una siesta? —preguntó el Gato, que se había percatado de la picardía de la hormiga.

—¡Ni lo digas! —Exclamó Soñadora—. ¡Me harían trabajar el triple mañana! Al igual que tampoco debería estar hablando contigo. Las malas lenguas dicen que las hormigas que hablan con gatos no vuelven jamás…

—¡Infamias! —Exclamó el Gato, recostándose junto a la hormiga para poder mirarla de cerca—. Entonces, tu vida transcurre entre el hormiguero y el trabajo… ¿Nunca has roto una rutina? ¿Hay algo que ansíes más allá de cavar esos túneles?

Soñadora observaba al Gato, que hablaba con ese tono de quien nunca se conforma con lo conocido, y recordaba las veces que había soñado con ir más allá de lo permitido por la colonia. El encuentro con el Gato estaba despertando su curiosidad que hasta entonces estaba dormida.

— ¡Sí! Soñé con subir a un árbol para ver los hormigueros como lo hacen los pájaros. ¿Tú has visto la tierra desde lo alto?

— ¡Claro que sí! —Ronroneó el Gato mientras se afilaba las garras en la corteza de un árbol—. Antes de llegar aquí, viajé por la Patagonia hasta la llanura pampeana. Y no lo creerías: allá corres diez minutos y seguís viendo el mismo árbol a lo lejos… En la Pampa no hay escondites. Todo está a la vista; allí aprendes que el vacío no existe; el mundo es una página en blanco, y las huellas que dejas cuentan quién eres de verdad.

—Tu vida debe estar llena de historias asombrosas… —dijo la hormiga mirando al cielo.

— ¡Ajá! Así que quieres ver el mundo como los pájaros —el Gato sacudió su pelaje para quitarse la tierra—. Bueno, agárrate de mis bigotes mejor que una garrapata, porque te llevaré a la copa del árbol.

La Hormiga trepó por la nariz del felino y se acomodó entre sus orejas. Protestó, agarrándose de esas pestañas largas que tienen los gatos, y pensó: “¡Qué suerte que este Gato sea tan despeinado!”

El Gato era el ser más enigmático que Soñadora había conocido en toda su vida. Mientras se preparaban para subir al árbol, el Gato le contaba a la hormiga  que antes de migrar a la región del Chaco, había pasado una temporada en el delta del río Paraná, donde los humedales eran todo lo contrario a la aridez chaqueña. Le hablaba sobre sus paseos por las islas llenas de vegetación y cómo cazaba a los pájaros que se posaban en los juncos de las orillas. El felino había tenido que adaptarse al invierno brumoso y frío, y también a las lluvias. Así fue que, a diferencia de los gatos comunes, él había aprendido a nadar.

Finalmente, el Gato comenzó el ascenso, posicionando sus garras con precisión antes de dar un salto, eligiendo cada rama como si fuera un escalón en una biblioteca. La hormiga seguía agarrada de sus pestañas; para ella, cada hoja era un nuevo continente. Susurrando, dijo:

—Subes tan suave como la luna al atardecer…

—Es cuestión de práctica, pequeña—respondió el Gato regulando el ritmo para no asustarla—. Los árboles son los mejores maestros: enseñan que para ser un buen estratega uno debe pensar dos veces antes de realizar un movimiento.

Finalmente llegaron a la copa del árbol. Las antenas de Soñadora vibraban de emoción, no podía creer lo que veía.

—Dime, sabio de las praderas… —preguntó sin apartar la vista del paisaje— ¿Qué te han enseñado tus viajes que ningún hormiguero podría?

Lamiéndose una pata con aire pensativo, el Gato respondió:

—Imagina que tu vida es un hilo. En la colonia, todos tejen el mismo tapiz. Pero al viajar, descubres que ese hilo puede volverse nudo, red… o alas. — El felino hizo una pausa, y con un leve movimiento de orejas, señaló el horizonte y continuo —La lección es simple: el mundo no se reduce a lo que otros han hilado por ti.

La hormiga siguió el gesto del Gato y miro hacia abajo. Desde las alturas, el hormiguero ya no era el laberinto sofocante que conocía, sino un mandala de tierra perfecto. Lo que ella conocía desde la rutina y fatiga, ahora se revelaba como una red de perfectos pasadizos que parecían diseñados por los rayos del sol.

—Es… una maravilla —susurró, con la voz quebrada—. Nunca imaginé que cada hoja que arrastré formaba parte de algo tan… inmenso. — Soñadora observaba el hormiguero con aires de orgullo y dijo – Es una fortaleza indestructible!

Sin mirarla, por pura discreción felina—el Gato murmuró:

 —Los detalles más exquisitos solo se aprecian con distancia, pequeña.

Y mientras el viento mecía las ramas, la hormiga comprendió algo tan terrible como hermoso: Ahora que había visto el hormiguero desde el cielo… ya no podría volver a verlo como antes.

—Es impresionante, sí… Es como un laberinto de barro —afirmó el Gato—. Pero hasta los quebrachos más fuertes caen cuando el viento del norte arrecia ¿Sabes lo que dura tu hormiguero si un oso hormiguero decide almorzar allí? — dijo el gato haciendo un gesto rápido con las garras.

—¡Pero siempre lo reconstruimos! —exclamó Soñadora con orgullo —. El año pasado, el viento arrancó nuestro techo de hojas… y en tres días lo levantamos de nuevo.

—Pues claro que tu hormiguero es admirable!—respondió el Gato—. Mira esas curvas… hasta los ingenieros humanos se detendrían a contemplarlas. Es fuerte, sí. Pero fuerte no es lo mismo que eterno.

El Gato hizo una pausa. Luego bajó la voz, como si compartiera un secreto —La vida tiene una costumbre molesta: sacude el suelo cuando menos lo esperas. Nuestro encuentro pudo haber sido casual… pero fuiste tú la que eligió quedarse. Eso ya te hace distinta.

—¿Y si no quiero ser distinta? ¿Y si solo quiero… seguridad? —preguntó la hormiga, con tono de tristeza.

—La seguridad es un espejismo, testaruda amiga —continuó el gato, con una calma que parecía aprendida—. Recuerda: hasta el árbol más viejo cae; lo importante es qué semillas lleva el viento después. — El Gato continúo con una aclaración – No digo que tu esfuerzo no valga, pero confiar solo en lo que conoces… es como cavar un túnel sin salida.

Estirándose y mostrando una cicatriz en una de sus patas el Gato dijo —Esta me la dejó un perro, mientras yo iba distraído mirando a los pájaros. Dolió, claro… pero gracias a ese error aprendí algo valioso: las heridas se cierran, pero los descuidos no se repiten.

Cabizbaja, la hormiga susurró —Es duro aceptar que todo puede derrumbarse… incluso lo que más amas.

Se hizo un silencio y desde la altura, bajo la luz del atardecer, el hormiguero revelaba algunas grietas, sus túneles se hundían levemente y sus almacenes estaban expuestos a la lluvia. Nada era tan firme como había creído. Ni el trabajo de toda una vida. Ni las reglas que había seguido al pie de la letra.

«¿Y si la colonia está equivocada?» —pensó Soñadora. — “¿De qué servían los códigos si un oso podía arrasarlo todo? ¿Y qué había de sus sueños?”

El Gato había sembrado en la hormiga algo poderoso: la semilla de la duda. El sol comenzaba a inclinarse sobre la llanura y un viento cálido mecía las ramas donde ambos seguían sentados.

—¿Y tú, qué harás ahora? —preguntó Soñadora, con un nudo en el estómago. Intuía que el felino pronto se marcharía.

Entonces, una bandada de cotorras pasó volando rumbo al norte. El Gato los siguió con la mirada y señalo — ¿Ves esa bandada? Cada año vuelan del Chaco hacia el Amazonas… y siempre regresan ¿Sabes cómo encuentran el camino?

Incorporándose con la elegancia que solo tienen los que han visto mundo, el Gato saltó a una rama más baja. Luego giró la cabeza y miró a la hormiga, que vaciló un segundo antes de lanzarse nuevamente sobre su lomo.

—No se… dime tu cómo hacen —dijo la hormiga, aferrándose al pelaje del felino.

—Confían en sí mismas, en su naturaleza…—respondió el Gato, guiñándole un ojo con complicidad.

—¿Y tú…? —dijo ella, con voz temblorosa—¿Tú también volverás?

El Gato retomó el descenso, calculando cada salto con precisión para no sacudir demasiado a su amiga.

Percatándose de que el silencio era una respuesta negativa, Soñadora se aferró fuerte al Gato y dijo- Es igual!  Llévame contigo!

—El desierto de Atacama no es lugar para pequeñas junta—hojas —murmuró con un dejo de ternura.

Con un suave movimiento, el Gato bajó al suelo y se agachó para que la hormiga descendiera. Su voz fue serena, pero firme:

—Si viajas conmigo, seguirás mis huellas… cuando en realidad deberías dejar las tuyas propias.

—Pero… ¿y si al volver al hormiguero no encajo? —preguntó la hormiga, mientras posaba sus patas sobre la tierra. A lo lejos, brillaban las luces del hormiguero. Era su morada, sí… pero ya no la sentía como hogar.

—Las cotorras también dejaron sus nidos vacíos una vez —dijo el Gato, con la mirada perdida en el cielo estrellado—. Ahora vuelven cada verano, pero cantando canciones nuevas. — Hizo una breve pausa y añadió —Tu misión ahora está aquí. Recuerda que tienes patas para caminar… no solo para cargar.

—¡Háblame más claro! —exclamó la hormiga, con una mezcla de frustración y esperanza. Comprendía lo que el Gato quería decirle, pero aun así necesitaba escucharlo sin tantas vueltas— ¿Entonces crees que mis patas no aguantarán el viaje?

—Sabes bien que no es eso a lo que me refiero. El problema no está en tus patas, sino en cómo las usas. Si no te valoras primero, ningún viaje te hará libre.

La hormiga comprendió muy bien el mensaje. Y, siguiendo la analogía del felino, preguntó con voz temblorosa:

—¿Y si no sé cómo usar mis patas de otra manera? Toda mi vida solo han servido para cargar, cavar, seguir órdenes… ¿Cómo empiezo a valorarme?

—Con una pregunta honesta como esa… ya comenzaste —respondió el gato haciendo una reverencia. Luego, dio un paso atrás y empujó suavemente con el hocico una semilla de Palo Santo hacia la Hormiga y dijo —plántala en un lugar secreto. Crecerá lento… como las decisiones importantes.

El Gato, animal de pocas palabras y experto en despedidas que dejan huella, comenzó a alejarse con su paso elegante. Y antes de perderse entre los pastizales, dijo:

—¡Nos veremos donde se cruzan los caminos de quienes se atreven a caminarlos, amiga! Hasta entonces, recuerda: no eres lo que cargas, sino los pasos que eliges dar.

Soñadora lo siguió con la mirada hasta que su silueta desapareció, dejando tras de sí solo un sendero entre los pastizales. Luego, observó la semilla a su lado… después el hormiguero en la distancia y por primera vez, dudó. Había aprendido que la libertad tiene un precio: elegir, incluso cuando duele, porque el verdadero poder vive dentro de cada uno.

La hormiga tomó la semilla, la guardó junto a su pecho como quien protege un secreto. No sabía aún dónde plantarla, pero sí que lo haría. Y eso era suficiente.

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CUENTOS

Homeless

Central Park NYC

Una noche de otoño iba caminando de prisa por el Central Park de New York cuando de repente escucho que un hombre que yacía en el piso  (los conocidos “homeless”) me llama; no le presté atención porque pensé que me pediría dinero, seguí caminando y a los pocos segundos lo sentí parado a mi lado.

-Señorita no sabe que es peligroso caminar por aquí a estas horas porque dormimos nosotros?

Es verdad que no es recomendable pasearse por ciertas zonas del parque tarde por la noche pero también hay muchas leyendas urbanas sobre los homeless, que son simples personas que duermen allí por la noche y en el día van a comedores de la ciudad a alimentarse e inclusive trabajan. Por eso son “home-less” de lo que carecen es de un “techo u hogar”.

-Sí, sé que ustedes están aquí, y yo quería cortar camino para llegar a mi casa, también sé que no me van a hacer nada a lo sumo pedirme dinero, que no tengo. Lo siento, lo escuché decir “nosotros” pero veo que no ha quedado nadie mas alla de Ud…

-Los demás se han ido al nuevo “Shelter” que abrieron en el Bronx  porque está llegando el invierno. Yo quise quedarme. Este es mi hogar. Es mi lugar y aquí quiero morir aunque venga el invierno y la nieve. No me llevarán.

-Pero aquí va a pasar frio, y allí le darán una cama, estará con otras personas, dijo que prefiere morir?

-Sí, porque a la larga todos morimos y morimos solos. Entonces para alargar mi triste vida en un Shelter del Bronx junto a 30 hombres más como yo, prefiero quedarme aquí con mis mantas y si muero el mes que viene con las nevadas, me enterraran en donde en condado le plazca o que me tiren al Hudson!  Llevo 20 años viviendo en la calle, tengo hijos pero crecieron, les di educación pero hoy se olvidaron de mí. Ya no me queda nada por vivir. Moriré en este lugar que me albergó miles de noches.