Siempre me gustaron los trenes. Desde pequeña mi abuela me llevaba a Buenos Aires en tren, me hablaba de las distintas líneas que salen de Buenos Aires enseñándome el nombre de cada estación de la línea Mitre (la que nosotras tomábamos) y los minutos que tardaba el tren entre cada una de ellas. También le escuchaba hablar sobre la historia de los trenes en la Argentina que a mitad del siglo XX llegó a ser una de las redes ferroviarias más grandes del planeta, la octava para ser exacta, con más de 100.000 km de líneas que unían el interior del país y los limítrofes. Si bien los ferrocarriles se nacionalizaron alrededor de 1950, anteriormente fueron construidos por los ingleses y franceses, vestigios que aún hoy en día se observan son: los puentes metálicos de las estaciones, que tienen grabado “manufactured in Glasgow”, faroles o antiguas estructuras de las boleterías “manufactured in Birmingham” y obviamente la arquitectura de las estaciones, con las cúpulas y los relojes. Echar un vistazo a la estación Retiro de la “Línea Mitre” o a la de Constitución nos remontan a Gare du Nord (a menor escala), aunque lamentablemente los trenes en la Argentina actual no funcionan como en Francia o Inglaterra. Pero ese es otro tema al cual no apunta este artículo.
Dada esa fascinación por los viajes en tren, y tras haber conocido trenes de Europa y América, cuando fui a India, sabiendo que es un país donde la red de trenes es sumamente extensa, también construida por los ingleses y es el transporte más utilizado por la población, decidí que al menos un tren allí debería tomar y por sobre todo luego de haber escuchado anécdotas insólitas acerca de viajar en tren en India. Debía experimentarlo para comprobarlo.
Elegí el “Marudhar Express” que une Jodhpur Junction con Varanasi Junction. Con mi grupo de viaje lo tomamos en Jaipur hacia Varanasi (ida y vuelta), el tramo es de 890 km y 26 estaciones. Se estimaba que debía tardar unas 17 hs. Tardamos unas 22 hs para ir y 23 hs para regresar. El tren tiene 3 categorías para viajar, la más sofisticada la SL (seat and luggage) con camarotes y demás, la 3A que es una clase media y la última y más popular, la 2A allí viajamos.
El viaje en la “sleeper class 2A” del Marudhar Express, fue una experiencia única. Mi asombro al llegar a la Estación Central de Jaipur fue que “los trenes en India eran tal cual los imaginaba”. Si bien llevaba 15 días instalada en Jaipur realizando un voluntariado de enseñanza y me había familiarizado con la ciudad y la cultura, India impacta en cada esquina. Es tanta la cantidad de gente por todos los sitios, los estímulos externos, el colorido, los gritos de la gente, las bocinas de los Rickshaw/Tuck tuk que son permanentes.
Llegamos a la estación con los boletos previamente comprados a Bhumika, una agente de viajes de nuestros barrio y actual amiga, lo cual nos evitó el gran problema que suelen tener algunos turistas cuando intentan lidiar con los empleados de las boleterías que no entienden otro idioma más allá del hindi y para vender un boleto de tren pueden estar media hora. El andén estaba copado de gente entre pasajeros, familias que se despedían, vendedores, vagabundos tirados en el piso y también había gente esperando parada en medio de las vías. Cuando ubicamos nuestro vagón, subimos. Para cualquier persona que haya tomado en estos últimos años el tren Belgrano Norte (ramal Retiro-Villa Rosa) puede hacerse una imagen de cómo es el Marudhar Express. Si, un tren de lata. De esos que se accede al vagón por un escalón por la parte trasera o delantera del mismo y las puertas (de apertura manual) van abiertas. En la unión de los vagones hay dos baños, uno decía “Western Toilette” y tenía un inodoro y el “Eastern Toilette” con una letrina metálica la cual el orificio desagotaba directo a las vías. Está de más decir que después de unas 5 hs arriba del tren preferí comenzar a ir al “Eastern Toilette” porque era más higiénico. Al menos ese recinto se ventilaba un poco desde allí abajo mientras el tren andaba; el otro se tornaba impenetrable con el pasar de las horas. También cabe aclarar que en el tren, al menos en la clase 2A, no viajan mujeres. Nosotros éramos un grupo de 3 argentinos, 1 colombiano y Jitesh (indio), nuestro coordinador del voluntariado al cual invitamos.
Las horas pasan y el sueño llega
Las “camas- asiento” del tren son una especie de camilla de consultorio médico que cuelga de cadenas por la pared y desde el techo, una encima de la otra la gente va allí echada durmiendo o simplemente esperando que las horas pasen. Porque convengamos que es bastante complicado conciliar el sueño en ese lugar.
En un tramo entre estaciones, ya perdiendo noción de la cantidad de horas que llevábamos allí arriba, vimos subirse al asiento frente a los nuestros dos hombres de traje, se sacaron los zapatos y se acomodaron sobre el asiento cruzándose de piernas, sacaron unos papeles de un portafolios (aparentemente hablaban de trabajo según Jitesh). A continuación pasa uno de los tantos vendedores de comida que pululaban por los vagones; los dos “ejecutivos” compran y comieron; al terminar comenzaron a eliminar flatulencias como si estuviesen en el baño de su casa. Es asombroso encontrarse ante una situación así porque lleva a que uno de cuestione cualquier tipo de norma de comportamiento impuesta socialmente que tendemos a respetar. Fue en ese momento que no dudé en abrir mi mochila, tomar el alicate y comenzar a cortarme las uñas de los pies, cosa que jamás haría en el tren Retiro-Tigre; pero teniendo en cuenta que ese señor había comido y estaba tirándose flatulencias ¿Por qué yo no podía hacerme la pedicuría? Como es de suponer nadie miró con asombro, excepto los dos argentinos y el colombiano que se rieron.
Pero inevitablemente las horas pasan, se acaba la revista de autodefinidos, olvídense de vagón comedor o comprarle comida a los vendedores que subían con esos baldes con guisos o sopas de sabe Dios (o Shiva) qué! Fueron casi 24 horas alimentándonos a base de agua mineral y galletitas. Hasta que el traqueteo del tren, el dolor de cuerpo y la noche hacen que uno inevitablemente encuentra una posición en esa incomoda camilla y el sueño vence. Comienza a hacer frío, que se filtra por las persianas de chapa y el ambiente se torna más calmo.
A las 26 paradas estipuladas por el recorrido se le deben sumar las “paradas inesperadas”. Por ejemplo al amanecer, por niebla en el camino y de tiempo indefinido. O despertarnos a las 4:00 am. con el tren aparcado en una estación central (casi igual a Retiro Mitre en Buenos Aires) y un megáfono que cada 3 minutos repetía “This is Lucknow Junction”, el tren permaneció allí 40 minutos. Nos quedó a todos bien claro, después de escuchar casi 120 veces el anuncio, que habíamos hecho una escala en “Lucknow”, una ciudad bastante importante.
La vida es un viaje en Tren
Tal como en el tren de Buenos Aires o de India, la vida es un viaje en tren y hay miles de alegorías escritas con las cuales coincido. Desde las estaciones estipuladas, que podrían ser los momentos/crisis vitales que nos toca afrontar hasta una como “Lucknow Junction”, donde uno se ve atrapado por tiempo indeterminado, dentro del mismo vagón y sin poder siquiera cambiar de vía, simplemente armarse de paciencia hasta que el tren salga de la estación. Porque así es la vida, a veces hay que esperar y no necesariamente en un lugar confortable, sino en la incertidumbre; pero el tren sale, no permanecerá por siempre en la estación.
Luego están los pasajeros, los que se suben con nosotros pero nada garantiza que harán todo el viaje, los que pasarán desapercibidos y hasta los que yendo en el mismo tren no veremos porque van en otro vagón. Como la familia, es la que es. Ser familia no significa que todos deban ir juntos en el mismo vagón un asiento detrás de otro. También puede que en nuestro vagón haya un desconocido que ante un incidente o problema acuda en nuestra ayuda y se convierta en amigo. También acontecerán situaciones diversas a las que tendremos que adaptarnos, podrían compararse con un accidente, puede ser bueno en caso de una sorpresa agradable o casos de episodios de tristeza profunda en la vida.
Lo que hay que tener en cuenta es que si bien es verdad que “El tren pasa una vez”, no estamos obligados a permanecer en él y somos nosotros los que decidimos cuando bajar. No es necesario esperar el final del trayecto; siempre se puede descender y tomar otro tren para cambiar de rumbo. Puede ser una decisión difícil y que sea más cómodo y práctico seguir en el tren conocido, en el mismo vagón, con la misma gente. Pero esa gente también se irá bajando y subirá otra. Por eso al momento que algo interior indica que hay que bajar, lo ideal es escucharnos porque tal vez no estamos en el tren indicado. Siempre vendrá otro tren que nos llevará al lugar donde queremos ir. El secreto está en esperar el cambio en el andén y, cuan puntualidad inglesa (ni india ni argentina), el tren correcto llegará al horario apropiado.
Fotos: 1)Buenos Aires, Estación de tren Linea Mitre/ 2)Estación de tren Linea Belgrano/ 3)India, Estación Lucknow/ 4) y 5) Vagones del Marudhar Express /6) Estación de Jaipur -gente esperando el tren-





