A lo largo de los años tuve la suerte de recorrer algunos paisajes geológicos sorprendentes. Desde los colores de la Puna en el noroeste argentino, los géiseres de Atacama y los volcanes de America Central entre otros. Sin embargo, la isla de Ormuz en Irán logró hacerme sentir que estaba viendo algo completamente diferente al resto del planeta.
Hoy la palabra “Ormuz” aparece con frecuencia en las noticias. Pero generalmente no se habla de la isla, sino del estrecho que lleva su nombre. Uno de los puntos geopolíticos más importantes del mundo.
El Estrecho de Ormuz conecta el Golfo Pérsico con el Golfo de Omán y separa las costas de Irán de las de Omán y los Emiratos Árabes Unidos. Por sus aguas circula aproximadamente una quinta parte del petróleo transportado por vía marítima en todo el mundo, convirtiéndolo en uno de los corredores energéticos más importantes del comercio mundial.


Sin embargo, lejos de los titulares y las tensiones internacionales, existe una pequeña isla iraní de apenas cuarenta y pocos kilómetros cuadrados que parece pertenecer a otro mundo.
Una isla donde el mar puede teñirse de rojo, las montañas exhiben tonos violetas, amarillos y anaranjados, y las cuevas parecen haber sido pintadas a mano.
No es casualidad que muchos la conozcan como The Rainbow Island. (La isla Arco Iris)
Ormuz es lo que los geólogos llaman un domo salino: una gigantesca masa de sal que, durante millones de años, fue ascendiendo desde las profundidades terrestres empujando distintos minerales hacia la superficie.
El resultado es un paisaje único. Hierro, óxidos minerales, yeso, sal y otros materiales han teñido la isla de colores imposibles. Aquí la roca no es simplemente roca. Es roja, amarilla, naranja, violeta, negra, plateada y, en algunos lugares, varios de esos colores aparecen mezclados en una misma montaña.



Durante mi estadía también visité la isla vecina de Qeshm. Desde allí tomé un ferry temprano por la mañana y, aproximadamente una hora después, desembarqué en Ormuz.
Lo primero que encontré fueron decenas de tuk tuks esperando a los visitantes. Sus conductores prácticamente se abalanzaban sobre cada pasajero ofreciendo recorridos por la isla. Me costó un poco encontrar a alguien que hablara inglés, pero finalmente apareció Mohammed. Negociamos el precio del recorrido, subí a su vehículo y emprendimos camino.
Bastó solo salir del pueblo para que aparecieran los primeros colores. La isla parecía un paisaje extraterrestre. No había vegetación. Solo roca de todos los colores imaginables.


Nuestra primera parada fue el Rainbow Valley (Valle Arco Iris). Y aunque la famosa Red Beach (Playa Roja) suele llevarse toda la atención en las fotografías, fue este lugar el que más me impactó. El suelo cambiaba de color a cada paso. Tonos rojizos se mezclaban con amarillos intensos, vetas anaranjadas aparecían junto a superficies oscuras y algunas colinas parecían teñidas de blanco y violeta. Había visto fotografías y videos antes de viajar. Las imágenes muestran los colores. Pero no muestran la sensación de caminar sobre ellos.
Desde allí continuamos hacia la Rainbow Cave (Cueva Arco Iris). A diferencia del valle, aquí había que internarse en una cueva oscura ayudados por linternas. Las paredes estaban formadas por capas minerales que alternaban tonos mostaza, naranjas, violetas, plateados y ocres. Eran los colores naturales de la roca. Y precisamente por eso resultaban tan impresionantes. Parecía imposible que la naturaleza hubiera creado algo así.



La siguiente parada fue el Valley of Statues (Valle de las estatuas) un conjunto de formaciones rocosas moldeadas durante siglos por el viento y la erosión.
Pero la postal más famosa de Ormuz todavía estaba por llegar. Mohammed dejó la Red Beach para el final. Y entendí perfectamente por qué. Primero detuvo el tuk tuk sobre un acantilado de tierra rojiza. Desde allí podía verse toda la bahía. La arena tenía reflejos plateados y, justo donde rompían las olas, aparecía una franja roja intensa. Como si las olas de ese agua verde azulada estuviese teñida con tinta rojiza.
Permanecí algunos minutos observando el panorama, sacamos algunas fotos y bajamos hasta la playa. La arena cambiaba de rojiza a platinada. Esta no era una playa para bañarse ni para pasar la tarde tomando sol. Es uno de esos sitios que parecen existir para recordarnos lo extraordinaria que puede ser la naturaleza.




Y el recorrido terminó en el pequeño pueblo de la isla. La vida allí gira principalmente alrededor del turismo. Muchos habitantes trabajan conduciendo tuk tuks, administrando pequeños alojamientos, atendiendo restaurantes o vendiendo artesanías. Otros se desplazan regularmente a Bandar Abbas, la ciudad costera situada frente a Ormuz.
El pueblo es pequeño y tranquilo. Mientras recorría sus calles me di cuenta de que había cometido un error. Tendría que haberme quedado a pasar la noche. Lamentablemente, el ferry de regreso a Qeshm salía esa misma tarde y yo tenía que volver ya que allí estaba mi alojamiento.
Antes de partir todavía alcancé a observar desde afuera el antiguo fuerte portugués que recuerda otro capítulo de la historia de la región. Los portugueses ocuparon Ormuz entre 1507 y 1622, controlando durante más de un siglo buena parte del comercio marítimo entre Persia, Arabia e India. Finalmente fueron expulsados por fuerzas persas, pero las ruinas permanecen allí como testimonio de una época en la que los imperios europeos competían por dominar las rutas comerciales del mundo. Mientras observaba aquellas murallas pensé que el mundo no ha cambiado tanto. Hace quinientos años las potencias luchaban por controlar las rutas de las especias y el comercio con Oriente. Hoy la atención del mundo se concentra en el petróleo que atraviesa el estrecho. Los protagonistas son otros, pero la importancia estratégica de Ormuz sigue siendo la misma.


Poco después abordé el ferry de regreso. Mientras la isla comenzaba a alejarse pensé como cada lugar de Iran seguía sorprendiéndome.
Quizás por eso sigo regresando a ese pais cada vez que reviso mis diarios de viaje. Porque detrás de los titulares, las sanciones, los discursos políticos y los estereotipos que suelen dominar la visión de la región, existe un país extraordinariamente diverso.
Un país de montañas nevadas, ciudades históricas, desiertos inmensos y personas de una hospitalidad difícil de igualar. Y en algún rincón del Golfo Pérsico existe una pequeña isla de colores donde, por unas horas, tuve la sensación de estar caminando sobre otro planeta.


