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TUNEZ: El Jem, un Rincon olvidado de la África Romana

Un hombre empujaba un carrito cargado de basura por una calle cualquiera de El Jem. Algunos comercios abrían sus puertas y varios vecinos caminaban sin prestar demasiada atención a lo que ocurría alrededor. Unos metros más adelante, una camioneta transportaba ovejas bajo el sol del mediodía. La escena no era nada fuera de lo común. Era simplemente la rutina de una pequeña ciudad tunecina. Sin embargo, bastaba caminar unos pasos para que el paisaje cambiara por completo y apareciera una construcción monumental que parecía pertenecer a otro tiempo: el anfiteatro de El Jem. 

A diferencia de Roma, donde el Coliseo emerge rodeado de avenidas y multitudes, en El Jem el anfiteatro aparece casi de repente, como si alguien lo hubiese colocado allí por error. Durante unos segundos tuve la sensación de que era la ciudad la que había crecido alrededor de las ruinas y no al contrario. Entonces pensé: ¿Cómo era posible que casi nadie hablara de este lugar?

Pero para explicar cómo llegué allí, tengo que retroceder unos días, hasta mi ruta por Sicilia.

Había pasado una semana recorriendo la isla y todavía disponía de algunos días más antes de regresar. Mi idea inicial era viajar a Malta, pero los precios no me convencían. Entonces descubrí que existía un ferry que conectaba Palermo con Túnez. La idea me atrajo no solo porque era una alternativa económica, sino porque evitaba tomar otro avión y me permitía cruzar el Mediterráneo de la misma manera en que durante siglos lo hicieron comerciantes, peregrinos y viajeros.

No viajaba a Túnez buscando ir a El Jem. En realidad, mis motivaciones eran mucho más simples. Quería conocer Cartago, recorrer algún oasis en el desierto y volverme a sumergir en la cultura del norte de África. Me interesaba descubrir el Magreb, una región donde florecieron ciudades históricas como Kairouan, uno de los grandes centros religiosos y culturales del islam en África, y donde siglos después surgiría el califato fatimi antes de expandirse hacia Egipto y fundar El Cairo.

Compré entonces el pasaje en ferry. No era un crucero turístico sino el ferry que utilizan los tunecinos que residen en Sicilia para visitar a sus familias. Había pasajeros de todas las categorías: algunos viajaban en los salones comunes y dormían en los pasillos sobre colchones improvisados; otros ocupaban salas con butacas. Yo opté por un camarote compartido para cuatro personas que, por fortuna, acabó siendo solo para mí. Aquella noche incluso pude darme una ducha y disfrutar de un inesperado “lujo” en medio de la travesía.


Mi primer contacto con Túnez fue la medina de la capital. Recién había desembarcado . Después de llegar a mi hostal y dejar mi equipaje salí a caminar como suelo hacer cuando llego a un lugar nuevo, iba sin rumbo observando y tomando fotos. Fue allí donde me crucé con Rodolfo.

Rodolfo era un argentino de cincuenta y largos años, aventurero y curioso. Viajaba solo, tenía muy buen ojo para la fotografía y una facilidad especial para encontrar lugares que rara vez aparecen en las guías. Comenzamos a conversar y terminamos recorriendo juntos parte de la medina.

Yo no tenía demasiado claro cómo organizar el resto del viaje. Mi intención principal era dirigirme hacia el sur. El desierto siempre ha ejercido una atracción difícil de explicar sobre mí. Hay algo en sus arenas inmensas y en las puestas de sol que me produce una sensación de libertad difícil de encontrar en otros paisajes.

Mientras caminábamos, Rodolfo me contó acerca de sus viajes y por supuesto, sobre su recorrido por Túnez. Hablamos de mis expectativas sobre Cartago y me dijo que habiendo visto Tiro, en Líbano, Cartago podía decepcionarme y comenzó a recomendarme destinos que ni siquiera había considerado. Entre ellos: Kairouan y El Jem.

La primera había sido un centro religioso y cultural cuya influencia se extendió durante siglos por el norte de África. La segunda, según él, albergaba uno de los anfiteatros romanos más impresionantes que había visto.

Confié en su criterio. Y así fue como mi itinerario terminó tomando forma casi por casualidad. Desde Túnez viajaría hacia el sur, a Tozeur y los oasis del desierto. Después regresaría siguiendo la costa, pasando por Kairouan, El Jem, Susse y por último Monastir.

Recién en el sexto día de viaje visité El Jem. Aquella mañana tomé un taxi compartido desde Sousse. Tras hora y media de recorrido llegué al garaje de El Jem. Por medio de señas pregunté al chofer hacia donde caminar y  me indico que siga una calle y doblé a la derecha. 

Comencé a caminar, y apenas doble la esquina, al fondo de la calle vi el anfiteatro. Durante unos segundos me quedé inmóvil intentando procesar lo que estaba viendo. El contraste era tan grande que resultaba difícil de creer. Era como caminar por una calle sencilla y hasta desprolija y acabar encontrándome con una de las grandes maravillas del mundo romano.

Resultaba curioso que millones de personas viajaran cada año a Roma, Atenas o Pompeya mientras algunos de los vestigios más impresionantes del mundo clásico permanecieran relativamente olvidados en el norte de África. Quizás porque solemos asociar las ruinas grecorromanas con Europa y olvidamos que durante siglos algunas de las ciudades más ricas e importantes del Imperio se encontraban precisamente al otro lado del Mediterráneo.

Llegué a la taquilla y compré mi entrada. Sin filas, sin grupos organizados, sin turistas levantando teléfonos móviles por encima de las cabezas ajenas. Sin gladiadores disfrazados posando para fotografías. Apenas un hombre con un camello esperando que algún turista quiera dar una vuelta. Entré y la experiencia mejoró todavía más: habría solo 10 a 15 personas en el lugar.

Por primera vez sentí que no estaba observando un anfiteatro romano; sino que estaba dentro de uno.  Pensé en la película Gladiador, caminé por la arena, me adentré por los pasillos subterráneos donde aguardaban gladiadores y animales antes de los espectáculos. Subí a las gradas superiores para contemplar la inmensidad de la estructura y regresé nuevamente al centro. Desde allí, rodeada por aquellos muros de casi dos mil años de antigüedad, intenté imaginar lo que debía haber sido presenciar un espectáculo en ese lugar cuando decenas de miles de personas llenaban las tribunas.

En época romana, la actual ciudad de El Jem era conocida como Thysdrus y constituía una de las ciudades más prósperas del África romana. Su riqueza provenía principalmente del comercio de aceite de oliva, un producto tan valioso para el Imperio que era exportado a numerosas provincias del Mediterráneo. Durante los siglos II y III d.C., Thysdrus experimentó un período de enorme prosperidad y llegó a contar con una población que algunos historiadores estiman en decenas de miles de habitantes.

Tras un par de horas recorriendo sus galerías y gradas y después de tomar una buena cantidad de fotografías, decidí visitar otro de los tesoros arqueológicos de la antigua Thysdrus: una villa romana situada a poca distancia del anfiteatro. Cuando llegué, no había absolutamente nadie. Tuve la sensación de que el lugar había sido abierto exclusivamente para mí.

La villa se encuentra extraordinariamente conservada y alberga algunos de los mosaicos romanos más impresionantes que he visto en mi vida. A lo largo de los años he recorrido museos, sitios arqueológicos y colecciones de distintos países, entre ellas el British Museum. Sin embargo, los mosaicos de Thysdrus me impresionaron enormemente. Quizás porque no estaban colgados en una pared ni protegidos tras una vitrina. Estaban donde habían sido creados mil ochocientos años atrás.

Representaban escenas mitológicas, dioses, animales exóticos, cacerías y episodios de la vida cotidiana romana. Sus colores seguían siendo sorprendentemente vivos y el nivel de detalle resultaba asombroso. 

Después de despedirme, caminé un poco más por las calles de El Jem. En un momento me detuve frente a una tienda de indumentaria tradicional amazigh —el pueblo indígena del norte de África, conocido como bereber—. Siempre me han fascinado los colores intensos, los bordados y los diseños de sus tejidos. Entré por curiosidad y terminé probándome uno de los vestidos. Quería ver cómo me quedaba. Aunque sospecho que no tendré oportunidad de usarlo, no pude evitarlo y acabé comprándolo.

Pero ya era hora de regresar y esta vez no sería en taxi compartido. En cada país que visito siempre que puedo intento viajar en tren. Me gusta porque obliga a desplazarse al ritmo del país. Me dirigí a la estación y entré para comprar mi boleto. Para mi asombro, en el mismo suelo de la estación había un gran mosaico romano.

Esperé cerca de una hora hasta que finalmente apareció el tren. Me subí y era tal cual lo que imaginaba: no había asientos disponibles, el calor era intenso y algunos pasajeros fumaban dentro de los vagones con absoluta naturalidad. Los coches parecían sacados de otra época, probablemente fabricados décadas atrás, cuando Francia aún dejaba una huella mucho más visible en la infraestructura del país. Durante un largo rato viajé de pie, más tarde terminé sentada en la unión entre dos vagones, cerca de una puerta abierta por donde entraba algo de aire fresco. 

A pesar de que había ido a Túnez atraída por el desierto, por Cartago y por explorar el norte de África, acabé dándome cuenta que los lugares más memorables rara vez son los que uno planea durante meses. Suelen aparecer por casualidad. En este caso, gracias a un conversación inesperada con un argentino, una recomendación fortuita o una decisión tomada sobre la marcha. Quizás esa sea una de las mejores cosas de viajar. 

Mientras el tren continuaba su lento recorrido hacia Sousse, seguía pensando en El Jem. Sin embargo, uno de los recuerdos más intensos del viaje terminaría siendo un anfiteatro romano que jamás había escuchado nombrar antes de cruzarme con Rodolfo en la medina de Túnez.

Y también pensaba en África. Porque si una pequeña ciudad tunecina podía albergar uno de los anfiteatros más extraordinarios que había visto hasta entonces, ¿qué otras maravillas permanecerán aún ocultas entre las ruinas de Numidia, Mauritania o Tripoli?

Esa pregunta me acompañó durante el resto del viaje. Y, de alguna manera, sigue acompañándome hasta hoy.

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CUENTOS

Mientras se cruzan los caminos: Relatos de un Gato Viajero (parte 4)

Después de recorrer los cielos grises de la Patagonia, cruzar los montes espinosos del Chaco y conversar con un niño bajo los cardones del Altiplano, el Gato llego al desierto más árido del mundo.

Atacama no era un lugar para cualquiera. Allí no había sombra que ofreciera descanso y el suelo crujía bajo sus patas. Al Gato le gustaban los sitios donde el silencio tenía forma, donde cada huella contaba una historia.

El Gato caminó entre inmensas dunas, duras rocas, y salares que brillaban como espejos. Seguía un sendero invisible marcado solo por el instinto. Y entonces, el paisaje se abrió. Más allá de una loma suave, apareció una planicie blanca que se extendía por todo el horizonte. Allí estaba el salar.

El Gato se detuvo. El resplandor le obligó a entrecerrar los ojos, pero algo dentro de su pecho se abría. Sintió que había llegado. No sabía a dónde, pero había llegado.

A la orilla de la laguna turquesa, el Gato vio un Flamenco. Su silueta era alta y esbelta, pero algo en su postura lo hacía frágil. No estaba en medio del grupo —de hecho, no había grupo. Solo a lo lejos, volando, se veía una bandada de aves rosadas alejándose.

El Flamenco permanecía inmóvil. Una de sus patas parecía doblada de forma extraña. El ave tenía la mirada clavada en el suelo, no pudiendo ocultar la tristeza. Había algo en su quietud que sabía a abandono.

El felino se acercó a la orilla sin hacer ruido, más por discreción que por estrategia. El agua estaba quieta. El sol caía sobre sus espaldas. Se agachó y bebió de un charco, mirando de reojo al ave que ni siquiera parecía notar su presencia salvo por un temblor en su plumaje.

El ave escuchó el sonido del Gato bebiendo. Giró el cuello con cautela. El felino, sin apartar la vista del agua, lamió una última vez, se acomodó sobre una roca cercana y miro al Flamenco sin decir nada. Sabía cuándo un ser no necesitaba palabras, sino compañía.

El ave fue el primero en hablar.

—Creí que no volvería a ver a nadie. Todos se fueron cuando comenzó a ponerse el sol. No esperaron…

El Gato, con tono sereno, solo preguntó:

—¿Te dejaron aquí?

El ave asintió lentamente. Explicó que la bandada no había podido cargar con él; su pata herida lo había vuelto una carga, y el viento —dijeron— no espera a quien no puede volar.

Dirigiendo su mirada hacia la pata lastimada, el flamenco contó que se había caído al intentar seguir a la bandada, una ráfaga lo golpeó mientras admiraba su reflejo en el agua. Quiso levantar el vuelo, pero una herida en su pata no se lo permitió. Cuando se incorporó, la bandada ya era un punto en la distancia.

El Gato escuchó en silencio. Sabía lo que era quedarse atrás. Ladeó la cabeza, observando la pata doblada y continuo:

—A veces el viento no espera, pero el tiempo sí —dijo—. El cuerpo sana, aunque el alma tarde un poco más.

El ave suspiró, removiendo el barro con el pico. Dijo que no sabía si quería volver a volar con una bandada, pero tampoco imaginaba su vida solo. Temía que, si lo intentaba otra vez, volvieran a dejarlo atrás.

—Es que pensaba que volar juntos significaba cuidarse. – continuó el Flamenco.

El Gato medito su respuesta para no hacer que el ave se sintiese peor y con voz suave dijo:

—Así es… pero también significa confiar en que cada uno sabe cuándo seguir y cuándo parar. Y tú ahora necesitas parar.

El Gato lo miró con la ternura de esos que han vivido varias vidas en una sola y continuo:

—No siempre los que se quedan atrás pierden. A veces solo encuentran un nuevo ritmo —concluyo—.

Intrigado, el Flamenco giro el cuello y miro al Gato con curiosidad.

—Hablas como quien ya vivió algo parecido.

—Tal vez si… —dijo el Gato, mirando su reflejo en el agua—. Hubo una vez… en la que no era yo quien se quedaba, sino quien se iba.

El silencio se extendió entre ambos. El Gato alzó la vista y con sus ojos fijados en un punto del horizonte y hablo como para sí mismo.

—Hubo una vez —dijo— una humana que me cuidó. Nos encontramos sin buscarlo. Yo era joven e inexperto, la vida callejera en la ciudad es muy dura; ella también estaba atravesando un momento de cambios…

El Gato continuo contando que su humana le ofreció abrigo y él, compañía. Durante un tiempo compartieron la calma de los días simples, esos que no se planifican pero dejan marcas imborrables.

El Flamenco lo escuchaba con el cuello encogido, como si temiera interrumpir algo sagrado.

—¿Y por qué te fuiste? —preguntó al fin.

El Gato entrecerró los ojos, dejando que el viento le despeinara el pelaje.

—Porque entendí que debía irme. Ella necesitaba aprender a seguir sin mí, y yo debía seguir sin ella. A veces los caminos se separan no por falta de amor, sino porque el amor ya cumplió su parte.

—Pero debe haber dolido —susurró el Flamenco.

—Claro que si—respondió el Gato—. Los finales casi nunca son como uno desea. Pero si supiéramos de antemano como va a terminar todo, nadie se atrevería a querer. Viviríamos evitando el cariño por miedo a perderlo. Te imaginas? – Interpelo el Gato.

Y quizá esa sea la forma más pura de valentía: atreverse a sentir sabiendo que todo tiene un final. Porque los vínculos, mientras duran, nos moldean, nos enseñan y nos desafían. Las diferencias nos enriquecen. Incluso las peleas, los silencios o las despedidas dejan huellas que, con el tiempo, se vuelven una enseñanza.

El Gato continuó, en voz baja:

—Cuando me fui, ella aprendió algo que a mí también me costó entender: que lo único que vale es el hoy. Que culparse por lo que fue no cambia nada, y que intentar adivinar el futuro solo nos roba el presente.

En esas palabras había una verdad que no necesitaba explicación. Todos los seres, tarde o temprano, comprenden que el tiempo no se detiene para sanar, sino que enseña a hacerlo mientras pasa. Que hay lazos que terminan porque sostenerlos sería impedir que cada quien descubra su propio camino.

El ave levantó la mirada.

—Entonces… ¿crees que algún día tendré que irme también? – pregunto.

El Gato lo miró con ternura.

—Quizá —dijo—. O quizá sea yo quien deba partir. Pero eso no importa ahora. Mientras estemos juntos, compartiremos el mismo cielo. Y cuando alguno de los dos se vaya, quedará el recuerdo de lo que vivimos. Eso nadie podrá quitárnoslo.

Entre el ave y el felino no existía promesa alguna; solo el pacto silencioso de vivir el presente sin garantías. Porque no hay promesas que duren más que el instante vivido con entrega, y tal vez eso sea lo único verdaderamente eterno.

El sol se hundía en el horizonte, el Gato y el Flamenco permanecieron allí, uno junto al otro, comprendiendo —sin decirlo— que la compañía no se mide en tiempo, sino en presencia.

El Flamenco extendió las alas, probando el aire. Aún no podía volar, pero ya no le pesaba la espera. A su lado, el Gato que había cruzado montañas, ríos y desiertos buscando un destino, sin saber se topó que ese destino no era un lugar, sino un encuentro.

Y fue así como, bajo el cielo del salar, el ave y el felino decidieron acompañarse por el tiempo que la vida les concediera, sin miedo al final, y con la certeza de que lo compartido ya los había transformado.

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IRAQ: De Baghdad a Ukhaidir – explorando los vestigios del Califato Abasí-

Diario de Viaje 2023

Todo comenzó en Baghdad, cuando me encontraba visitando el Monumento a los Mártires, un sitio emblemático que honra a los caídos de la guerra entre Irak e Irán, con su estructura turquesa que parece flotar en el horizonte. Mientras sacaba algunas fotos, un grupo de hombres se me acercó con curiosidad, querían saber de dónde era y, como suele suceder, sacarse una foto conmigo. Entre uno de ellos vislumbro un chico joven: Jafar, de 16 años de edad.

Jafar no era uno más de aquel grupo. Cuando notó que había cierta barrera en la comunicación entre los hombres y yo, intervino hablando en inglés. El resto del grupo se “evaporó” en cuestión de minutos. Jafar se presentó con la típica cortesía local y mientras comenzaba a mostrarme fotos de Baghdad en su teléfono, me preguntaba porque había elegido ir a Iraq y acerca de la Argentina. Rápidamente me di cuenta de que el joven tenía buen ojo para la fotografía y con entusiasmo se ofreció a mostrarme los mejores rincones del predio para hacer una toma impresionante del monumento. También visitamos la galería que alberga los antiguos decretos de Saddam Hussein, un lugar con una atmósfera tan cargada de historia que parecía tangible.

Al finalizar el recorrido, Jafar me propuso pasar el resto de la tarde juntos para mostrarme otros rincones fascinantes de Baghdad. Acepté sin dudar. Más tarde, se unió una amiga suya que había sido su profesora de inglés, y los tres compartimos una tarde inolvidable explorando la ciudad. Al caer la tarde, y sabiendo que al día siguiente partiría hacia el Kurdistán iraquí, me despedí de Jafar. Sin embargo, mantuvimos contacto y acordamos volver a vernos cuando me dirigiera hacia el sur del país.

Pasé unos diez días explorando el norte, y, tal como habíamos quedado, cuando comencé mi trayecto hacia el sur, específicamente a la ciudad de Karbala (a unos 50 km al sur de Baghdad), le envié un mensaje a Jafar. Mi idea era visitar los Mausoleos de los Imanes Abbas y Hossein el primer día (dos de los lugares más sagrados para el islam chií), y al día siguiente encontrarme con Jafar en el centro de Karbala para intentar llegar a la Fortaleza de Ukhaidir, que se alza a unos 50 km al oeste del país.

El día acordado, me encontré con Jafar y nos dirigimos al garage de taxis para negociar con un chofer el precio por llevarnos a Ukhaidir, esperarnos una hora, y traernos de vuelta a Karbala. Esta vez, las negociaciones fueron más sencillas, ya que Jafar actuaba de traductor. Aun así, el taxista, notando que estaba ante una extranjera occidental que no hablaba árabe y acompañada por un adolescente iraquí, parecía vernos como el blanco ideal para “inflar precios”. Sin embargo, tras haber recorrido la mitad del país, ya no era mi primer rodeo: conocía los precios promedio y sabía cómo regatear. El chofer discutía con Jafar, quien me daba la versión reducida de la charla, y cuando por fin llegamos a un acuerdo, nos subimos al coche y emprendimos el viaje, con la sensación de haber superado otra pequeña batalla en la guerra del turismo por Iraq.

Durante el trayecto, el chofer, más relajado tras haber asegurado su tarifa, empezó a charlar con Jafar en árabe. Aunque no entendía ni una palabra, podía notar por sus gestos que el tema de conversación no era otro que nosotros: la extranjera curiosa y el joven que la acompañaba y porque íbamos al medio de la nada tan solo para ver una antigua construcción. Jafar, me traducía algunas partes, omitiendo lo que yo imaginaba eran bromas de hombres. Nos reímos entre gestos y frases sueltas, recordándome nuevamente que, en estas tierras, la sonrisa es el verdadero idioma universal.

El camino se volvía cada vez más desértico, solo veíamos camiones que iban y venían de la frontera con Jordania, porque más allá ya no hay ciudades en esa zona de Iraq. En un momento, paramos en un puesto militar (checkpoint), donde nos pidieron los documentos. Jafar conversó con el militar, quien le explicó que, por razones de seguridad, nos acompañaría un oficial. Y así fue como, ¡sorpresa! Otro hombre se subió al coche. Ya empezaba a parecer una comitiva oficial…

Después de unos minutos, apareció en el horizonte la imponente fortaleza de Ukhaidir. Tanto Jafar como yo sacamos nuestros teléfonos y comenzamos a grabar un video mientras nos acercábamos a la entrada. Al pasar por la boletería, un hombre que claramente trabajaba allí nos ofreció guiarnos. Agradecimos educadamente y dijimos que no, pero de alguna manera, el oficial del checkpoint, el hombre de la boletería y el chofer empezaron a seguirnos, ¡como si fuéramos dos celebridades de Hollywood! No todos los días llega una turista occidental con un joven iraquí de Baghdad a un lugar tan remoto… claramente éramos el evento del día, si no del mes.

La fortaleza de Ukhaidir, construida en el siglo VIII durante la época del califato abasí, es una construcción de piedra que se alza en medio del desierto. Sus muros, de casi 17 metros de altura, forman un conjunto cuadrangular con torres en cada esquina, protegiendo un castillo en su interior. Caminamos por sus amplios patios, por pasillos de piedra desgastada y subimos a las recámaras superiores, desde donde se tiene una vista majestuosa del patio central, lugar que ha sido testigo de reuniones militares y caravanas comerciales.

Con Jafar, encontramos en Ukhaidir el escenario perfecto para capturar imágenes dignas de una película épica. Al ser los únicos visitantes, recorrimos la fortaleza en total calma, inmersos en su atmósfera, y en una hora nos reencontramos con nuestro chofer, que ya nos esperaba en el coche para emprender el regreso.

Durante el trayecto el conductor le preguntó a Jafar si habíamos disfrutado de la visita y nos ofreció detenernos en el Lago Razzazah para tomar unas fotos rápidas. Aceptamos la propuesta y, tras una breve parada de diez minutos, continuamos nuestro camino de vuelta a Karbala.

De regreso en la ciudad, Jafar decidió pasar por el Mausoleo del Imán Hossein, mientras yo emprendí mi viaje de retorno a Al-Musayyib, donde me estaba hospedando. Fue un día maravilloso, una de esas jornadas donde la aventura se mezcla con la compañía de un nuevo amigo, creando recuerdos que guardo profundamente.

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SUDAN: Reino de los Faraones Negros

Sudan está situado al noreste de África y comparte frontera con Egipto al norte, costas con el mar Rojo, Eritrea y Etiopía al este, con Sudán del Sur y con la República Centroafricana al sur y con Chad y Libia al oeste. En el 2011, tras años de un conflicto bélico interno se firma un referéndum y Sudan se separa de su propia región sur conformándose así dos paises, la Republica de Sudan del Sur y la Republica de Sudan. Lamentablemente en diciembre de 2018 estalla una revolucion social y el ejercito derroca al entonces presidente. Hasta hoy en dia el conflicto continua.

Tras describir estos hechos sumado a la mala prensa, el comun denominador asociara a este pais con: peligro, conflicto, revolucion y guerra. Viaje a Sudan en 2018, el objetivo era conocer los vestigios de las antiguas civilizaciones que se levantaron alli hace 4000 años, la tierra de los «Faraones Negros», Ee Reino de Kush.

Llegamos a Khartoum, la capital. Una ciudad caótica, sin mucho para ver excepto la confluencia de los dos brazos del Nilo: el Nilo Blanco y Nilo Azul. Asistimos al barrio de Omdurmán al mausoleo del Mahdi y presenciamos una ceremonia de derviches (los místicos del islam). Verlos realizar sus danzas y entrar en un estado de “trance” es para el ojo del extranjero, un espectaculo que merece una profunda contemplacion.

Partimos hacia el norte, la carretera era amena y si bien la temperatura era de unos 40 °c promedio, el calor se toleraba. La intención de llegar primero a las ruinas del Reino de Meroe, donde hay 3 Necrópolis (complejos de pirámides), los restos del complejo de Templos de Amón y las ruinas de la antigua ciudad. En Meroe hay más de 1000 tumbas. Llegamos para ver el atardecer a uno de los conjuntos de pirámides, a la zona sur (la más antigua), entre ellas la del Rey Arkamani (260 a.C.). Allí hay 204 pirámides, son pequeñas (la más grande no llega a 20 mts. de base), pero es fantástico el caminar en medio del vasto desierto e ir encontrando una tras otra las pequeñas pirámides que lo invitan a uno a entrar, trepar y explorar como si se fuese el primer arqueólogo en llegar. Algunas de ellas han sido reconstruidas se imponen para ser fotografiadas a medida que cae el sol. Detrás de una gran duna, la mágica arena del desierto se encarga de que el magnetismo del lugar siga vibrando y a pesar de los años y el desgaste de la roca.

NURI Y JEBEL BARKAL: SANTUARIOS DEL SILENCIO

Al dia siguiente partimos rumbo a Karima se debe cruzar el Nilo y lo hicimos en la ciudad de Atbarah. Karima es una pequeña ciudad en pleno desierto de Bayuda que hace años fue el principal centro del Reino de Napata.

En medio del desierto resalta el “Jebel Barkal” (Jebel significa “montaña” en árabe) una montaña de piedra de arenisca roja con acantilados que era considerada sagrada por los faraones Nubios de la antigüedad. Fue el Olimpo de los Nubios, el corazón religioso durante más de 1700 años. A los pies del Jebel se observan el gran templo dedicado al Dios Amón y algunas necrópolis o piramides.

El atractivo de la visita consistio en ver el atardecer desde la cima del Jebel Barkal. Lleva unos 20 minutos llegar a la cima trepando por un sendero rocoso, desde alli arriba se pueden ver las pirámides como si fueran pequeños conos colocados en la arena. Un crisol de colores va comenzando a abrirse en el cielo. Para un lado el desierto, para el otro el Nilo y su vegetación. No me cabe duda porqué los Nubios escogieron al Jebel como su lugar sagrado.

Cerca de Karima se encuentra ademas la Necrópolis de Nuri. Allí hay 74 pirámides, más similares a las de Giza en estructura. A pesar del desgaste, la piramide del gran Rey Taharqa, de la dinastía XXV del Reino de Napata, se impone majestuosa entre las demás con sus 60 metros de altura.

Una caminata por Nuri transporta todos los sentidos a través del tiempo. Entre pirámides, arena, rocas y tumbas de casi 50 reinas se produce una experiencia única, una comunión del espíritu con los ancestros egipcios que alguna vez dominaron ese territorio.

Sentarse en la arena al atardecer observando hacia un lado la puesta del sol y hacia el otro, la salida de la luna. Lejos de los malones de turistas, pasarelas y vendedores de souvenirs, en Nuri, el encuentro se da entre el Desierto, las Pirámides y Uno Mismo. Un Elixir de la arqueología para el alma de los que amamos la historia.

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IRAN: Mesr, el Egipto de Persia.

– Diario de Viaje 2022 –

En la meseta central de Irán, con 800 km de largo y 320 km de ancho, se encuentra el “Dasht-e-Kavir” o “Gran Desierto Salado” siendo este uno de los mas grandes del país. En medio del mismo esta la aldea de MESR. Mesr es como estar dentro de un cuento. Si bien hay múltiples excursiones que uno puede realizar, sandboarding, camping en el desierto, off-road con 4×4, etc. Mi foco estuvo simplemente en disfrutar el lugar. En principio tenía estimado dedicarle 2 días de mi viaje pero elegí quedarme 3.

Mi suerte fue lo que lamentablemente es una desgracia para los iranies. Debido a las noticias que se escucharon sobre protestas y represión en el país, la industria del turismo atraviesa una debacle a todo nivel. Quiero aclarar que, en mis 25 días en Irán, viajando sola, NO corrí peligro alguno y tampoco noté sucesos como lo que mostraba la TV. Es verdad que el país atraviesa momentos difíciles, pero como mencione en mi articulo anterior, la cordialidad para con el visitante es asombrosa. Entonces, ¿Cuál fue mi suerte? Al llegar a Mesr, me encontre que solo había 2 visitantes iranies que venían de Mashad, y yo (digo «suerte» porque no me gustan los aglomeramientos de turistas).

La aldea tiene 180 habitantes y posee una calle principal que no tiene mas de 300 metros, por lo tanto la sensacion es como estar dentro de una maqueta de adobe rodeada de arena o como un set de filmacion… Caminar las calles laterales, subir a terrazas y ver las dunas, girar en una esquina y encontrar 15 camellos… Simplemente, mágico.

En Mesr se observa la misma estructura arquitectónica que los pueblos de hace 3000 años atrás. Si bien las construcciones de Mesr no tienen mas de 100 años están construidas conservando un patrón. El adobe es una técnica que se usa hace aproximadamente unos 8000 años; a diferencia del ladrillo cocido que conocemos hoy, el cual data de hace 3500 años atrás. La palabra “adobe” proviene del árabe “al-tub”. Es un “ladrillo sin cocer”, una pieza hecha de masa de barro (arena y arcilla) a veces mezclando también con paja. Las piezas se moldeaban con una forma de ladrillo y se dejaba secar al sol.

A pesar de haber leído mucho antes de ir, no tenia idea absoluta lo que significa el nombre “Mesr”. Y resulta que significa “Egipto”. La historia de los nombres del pueblo es interesante. Alrededor de un siglo atrás, Mesr Desert era conocido como Chah Deraz (Pozo Profundo) o Mazraeye Yousef (Granja de Yousef).

Cuenta la leyenda que cuando el pueblo enfrentó escasez de agua, un lugareño llamado Yousef comenzó a buscar agua y pasó días y días cavando un pozo para conseguirla. Sus esfuerzos fueron finalmente recompensados. Pero al poco tiempo el agua dejo de brotar. Esto hizo que Yousef comenzara a cavar nuevamente. Por eso el pueblo fue conocido como “Pozo Profundo”. Entonces, ¿Por qué cambio de nombre? Cuenta la leyenda que a Yousef no le gustaba el nombre de entonces. Entonces les pidió a los aldeanos que lo llamaran Mesr (Egipto) ¿Y por qué Egipto? Porque está asociado a la historia del profeta José (del Antiguo Testamento). Dado que Yousef es el equivalente de José, y este ultimo lucha por salir de un pozo seco al cual sus hermanos lo habian tirado, es entonces que Mesr se convierte en el “Egipto” del desierto persa.

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IRAN: Caleidoscopio Oculto de Medio Oriente

– Diario de Viaje 2022 –

Siempre me ha fascinado la historia antigua: Egipto, Roma, Grecia… Pero en el colegio, la enseñanza suele detenerse ahí. Poco y nada se menciona sobre Oriente.

Los persas forjaron el primer y más grande imperio de la antigüedad entre los años 550 y 330 a.C. Conquistaron numerosos reinos y, si trasladamos su territorio al mapa actual, abarcaría Irán, Irak, parte de Egipto y Grecia, Afganistán, Pakistán, Armenia, Jordania, Turkmenistán, Turquía, Siria, Líbano, parte de la península arábiga y la India.

Más allá de su poder militar, los persas se distinguieron por su tolerancia religiosa y su capacidad para incorporar las costumbres de los pueblos conquistados. Fueron excelentes estrategas, logrando mantener un vasto y diverso imperio unido durante 200 años.

Hace años que me surgió el interés por conocer ese lugar, actual Irán. Finalmente, tras haber viajado alli 2 veces (un primer viaje de 3 semanas y el segundo de 4 semanas) puedo decir que: los Iranies, que NO son árabes sino en su mayoria persas (ademas de baluchis, kurdos, azerbayanos, turkomanos, etc.), aun hoy conservan las grandes virtudes que fundaron su imperio. Irán es un fascinante crisol étnico y cultural. Este factor hace que, al recorrer el país de norte a sur y de este a oeste, uno se sienta inmerso en un universo de contrastes, donde cada región ofrece una identidad propia, con paisajes, costumbres y tradiciones tan diversas que viajar por Irán es como atravesar múltiples mundos en un solo territorio.

“¿Por qué Irán? ¿No es peligroso?”

Los meses previos a mi viaje me cansé de escuchar esta pregunta. Al principio respondía con argumentos históricos, pero después de haber estado allí, mi respuesta cambió: lo mejor de Irán es su gente.

Más allá de sus imponentes construcciones y paisajes, e incluso de lugares que aún permanecen casi intactos al turismo masivo, la verdadera razón para visitar Irán es sumergirse en su cultura. La amabilidad de las personas, su hospitalidad, su sentido de la estética, su poesía, su música, su gastronomía… Irán no es solo un destino, es una experiencia.

¿Y la seguridad? Irán NO es peligroso. Lo único que puede resultar una amenaza son las motos que invaden las veredas o la experiencia de cruzar la calle, donde no hay semáforos que valgan. Pero, como todo, uno se acostumbra al segundo día

Un país de contrastes

Como ya mencione, la cultura y la geografía iraní son muy diversas. Se pueden visitar grandes ciudades como Teherán, Isfahán o Mashhad, recorrer el desierto y descubrir Yazd o Kermán, o maravillarse en Shiraz con las ruinas de Persépolis, antigua capital del imperio persa.

Si se baja hacia el Golfo Pérsico, se encuentran playas de aguas cristalinas comparables con las de Dubái (al fin y al cabo, está justo enfrente), además de la posibilidad de avistar delfines y explorar las impresionantes formaciones rocosas de la Isla de Hormoz, donde los colores parecen sacados de otro planeta.

Derribando mitos

Irán no es lo que muchos occidentales imaginan. Para empezar, no todas las mujeres usan chador o hijab. Como en cualquier otro país islámico, es común ver mujeres vistiendo estas prendas, pero desde la muerte de Mahsa Amini en 2022, cada vez más iraníes desafían esta imposición, especialmente en las grandes ciudades, donde es frecuente ver mujeres sin hijab como forma de protesta contra las restricciones impuestas por el régimen.

Tampoco es cierto que la policía arresta personas en cada esquina. Si bien en las grandes ciudades se percibe una mayor presencia policial, Irán es un país moderno, con universidades de prestigio y una juventud conectada con el mundo, que encuentra maneras de expresarse a pesar de las restricciones. Las calles están llenas de contrastes, y en ellas conviven la tradición y la resistencia, lo prohibido y lo permitido, en una sociedad mucho más compleja de lo que suele mostrarse desde afuera.

Un lazo inesperado con Argentina

Como mujer occidental viajando sola por Irán, en muchos momentos me sentí como en casa. Me sorprendió descubrir la afinidad que los iraníes sienten por la Argentina. .

No suelo repetir destinos de viaje, habiendo tantos otros lugares que aún quiero conocer. Sin embargo, Irán es un país que inevitablemente invita a regresar. Mis dos viajes allí marcaron mi vida de una manera profunda, y no precisamente porque en 2022 vi ganar a Argentina la final del Mundial de fútbol. Lo cual se convirtio en un factor sorpresa del viaje.

Hay lugares que se visitan y otros en los que, de algún modo, una parte de uno se queda para siempre. Para mi, Iran es uno de ellos. Aún hoy conservo verdaderos amigos, y los lazos que formé son difíciles de explicar, como esas conexiones mágicas que suceden sin razón aparente, pero que se sienten predestinadas. Tal vez por eso, nunca siento que realmente me haya despedido de Irán. Quién sabe, quizás el destino me lleve de regreso… una vez más.