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Una Sopa para el Alma: Relatos de un Gato Viajero (parte 3)

El sol comenzaba a esconderse detrás de los cerros ocres, tiñendo el cielo de distintos tonos de naranja. Habiendo dejado atrás la región de Jujuy, el Gato había caminado cuesta arriba durante un par de días y ahora avanzaba por una planicie reseca. De pronto, percibió olor a leña quemada y divisó un sendero de piedras desordenadas; decidió seguirlo y, al doblar, vio una casita de adobe junto a un pequeño corral de cabras. El Gato se acercó con cautela. Uno de los animales levantó la cabeza y lo miró con indiferencia; los demás continuaron rumiando, sin inmutarse.

Junto al corral había un bebedero de piedra lleno de agua fresca. El Gato, que después de tanto caminar tenía la garganta reseca, se acercó con sigilo. No era amante de las casas humanas, y menos de sus ocupantes, que cada vez que lo veían corrían tras él para intentar tocarlo como si fuera un juguete de feria. Pero, pensándolo bien, el agua valdría el sacrificio.

Mientras bebía, miró de reojo hacia la choza. Delante de ella, y cerca de la puerta de entrada, había una fogata con una olla grande donde algo se estaba cociendo. También había unos troncos dispuestos alrededor, como si los hubieran preparado para una reunión. El Gato permaneció escondido detrás del bebedero y vio salir de la casa a una anciana que llevaba un cucharón de madera en la mano. La mujer se dirigió a la olla. Por unos instantes, el Gato la observó mientras removía lo que había dentro y sintió alivio al ver que solo era la casa de un alma solitaria como él.

La mujer, de piel morena, tenía el rostro surcado de arrugas como si fueran caminos antiguos. Llevaba una manta de lana gruesa sobre los hombros, una pollera negra hasta los tobillos y unas sandalias de cuero desgastadas. Lucía trenzas largas recogidas con hilo y un pañuelo en la cabeza. En los pueblos del altiplano se decía que ella era la “curandera del silencio”, una de esas mujeres sabias —conocidas como “paquitas”— que, según la tradición andina, mediante rituales, plantas medicinales y el poder del silencio, ayudan a mantener el equilibrio entre el mundo natural y el espiritual. Se contaba que la mujer vivía allí desde que enviudó hacía más de treinta inviernos. Algunos arrieros y pastores afirmaban haber sido ayudados por ella, aunque nadie recordaba bien cómo ni cuándo.

El Gato, ya saciado, comenzó a alejarse discretamente, creyendo que su presencia había pasado inadvertida. Pero justo cuando pasaba por detrás de la choza, la voz de la anciana, que seguía revolviendo la olla, se alzó sin mirarlo:

—Eres de esos que caminan sin rumbo, pero que siempre llegan donde deben –dijo la mujer que se volteó para mirar al viajero de cuatro patas.

El felino se detuvo. Sus bigotes se tensionaron, no era común que un humano le hablara sin asombro y de igual a igual. Pero esta anciana transmitía una presencia poderosa, como si llevara años esperando sin prisa alguna.

—Si vas a marcharte, al menos prueba mi caldo. Calienta el cuerpo… y tal vez haga que sueltes la lengua —dijo, señalando con un cucharón de madera uno de los troncos junto a ella.

Desconcertado pero curioso, el Gato se acercó y trepó al asiento improvisado sin hacer ruido. La anciana tomó un cuenco de barro y sirvió un poco de caldo de gallina. Lo apoyó sobre el tronco donde se había apoltronado el Gato, y con un gesto de su cabeza le indicó que lo probara.

—Anda, te hará bien —dijo.

El Gato acercó su hocico al cuenco y, cautelosamente, probó el caldo. Estaba tibio; no sabía exactamente qué llevaba, pero tenía un sabor a “hogar”. Cerró los ojos y dejó escapar un leve ronroneo.

—Está delicioso —dijo en voz baja—. Gracias. Me hacía falta algo así para recuperar fuerzas… aún me queda un buen trecho hasta mi próximo destino.

La anciana seguía removiendo el contenido de la olla, como si no le sorprendiera que un gato pudiera hablar.

—Lo sé. Te diriges a Atacama —murmuró.

El Gato alzó la cabeza de inmediato. Parpadeó, desconcertado, y giró levemente una oreja. La cola dejó de moverse por un instante y, con atención, volvió la vista hacia la mujer.

—¿Cómo sabe usted eso? —preguntó, desconfiado.

La curandera sonrió sin mostrar los dientes. Apenas giró el rostro y lo miró de reojo, con esa mezcla de dulzura y certeza que solo tienen quienes han visto pasar muchos inviernos.

—Porque los que caminan solos y no se detienen en ninguna parte siempre terminan yendo hacia donde la tierra guarda respuestas. Atacama es una tierra antigua… mágica. Los que llegan allí no buscan un paisaje: buscan su esencia, el punto de partida que perdieron sin notarlo.

El Gato bajó un poco la mirada. Sus patas delanteras estaban bien apoyadas sobre el tronco donde se había acomodado. El fuego crujía, las cabras balaban a lo lejos y en el cielo se encendían las primeras estrellas.

—¿Entonces Atacama es para los que caminan sin saber qué han perdido? —murmuró él, casi sin pensarlo.

La curandera recogió unas ramas secas y las lanzó al fuego, avivándolo un poco. Luego se sentó al lado del Gato.

—No hablo solo de eso —respondió—. A veces, incluso las almas más libres anhelan una compañía que sepa caminar a su lado sin atarlas.

El Gato frunció apenas el ceño y movió la cola de un lado a otro.

—¿Hablas de encontrar un amor? —preguntó con cierta incomodidad.

La anciana soltó una pequeña risa, áspera y breve.

—Sí, pero no como lo cuentan en los cuentos… Hablo de ese amor que no interrumpe el camino del otro, el que no exige promesas ni explicaciones. El amor que se parece más al respeto que a la necesidad.

Se hizo un silencio suave. El Gato se tendió de costado, acomodando las patas delanteras bajo su mandíbula.

—No sé si los gatos estamos hechos para eso —dijo—. Nos gusta el viento en la cara, los tejados, dormir solos bajo las estrellas.

—¿Y quién dijo que el amor quita eso? —respondió la anciana. Entró por un momento en la choza y volvió al instante con una cajita de madera entre las manos.

Se sentó y la abrió con cuidado. Dentro había una piedra en la que estaban talladas dos huellas: una humana y otra de llama.

—Me la regaló un viajero que cruzaba la cordillera —explicó—. Me contó que un día se perdió entre los cerros y, de repente, vio una llama parada junto a una laguna. Él se acercó despacio y bebió agua. La llama lo miró, dio media vuelta y comenzó a caminar, dejando huellas como para que él la siguiera.

Mientras la mujer sabia hablaba, el Gato clavó la mirada en las llamas del fuego, y por su mente pasaban escenas de las veces que, al igual que ese viajero, él también se había sentido desolado.

—¿Y qué pasó? —preguntó el Gato con incertidumbre.

—Y él la siguió —continuó la anciana—. Por quebradas, por valles, incluso pasaron noches frías. Compartieron el camino sin prometerse nada. Solo caminaron juntos, como quien sabe que la compañía no está en retener, sino en respetar.

La anciana sonrió, como si recordara algo especial.

—Me contó que una mañana despertó y la llama ya no estaba. Se sintió solo, pero a la vez entendió que no todo lo valioso se queda. A veces, lo más hermoso solo te acompaña durante un tramo… y, aun así, lo transforma todo.

El Gato la miró en silencio. Comprendía el mensaje: el amor no era cuestión de compartir cada paso. Era algo más sutil y profundo; ese tipo de vínculo que no necesita palabras porque se reconoce en una mirada, en un gesto leve, en un silencio que no incomoda…

—Tal vez… —murmuró—. Tal vez algún día encuentre algo así. Pero si lo hago, quiero que no me impida seguir andando.

La curandera acarició la piedra y asintió.

—Entonces será amor del bueno, mi querido Gato viajero. Porque el amor real no busca detener, sino caminar junto al otro… sin presionar.

Había anochecido. El fuego estaba a punto de extinguirse. El aire se volvía más fresco y en el cielo se veía la luna brillar.

La mujer se incorporó lentamente y miró al Gato, que aún reposaba sobre el tronco, atento a cada uno de sus movimientos.

—La noche será larga… y traerá frío —dijo la anciana con suavidad—. Ya has bebido del agua de mi corral. Déjame ofrecerte también mi techo. No es gran cosa, pero tiene calor… y una manta para que descanses, al menos por hoy.

Lo miró con ternura y le guiñó un ojo. Fue como si ya supiera que la respuesta estaba dicha. El Gato levantó la cabeza, se desperezó con elegancia y saltó al suelo con la seguridad de quien ha tomado una decisión. Caminó hacia la mujer y, cuando la alcanzó, se enredó con suavidad entre sus piernas, como solo los gatos saben agradecer.

Ambos caminaron en silencio hacia la choza. La puerta de madera se cerró despacio, dejando al viento andino afuera.

Mientras se disponía a dormir sobre una gruesa manta de lana, el Gato pensaba en lo que la curandera había dicho: que el amor no exige quedarse… pero, cuando llega, sabe caminar al lado sin interrumpir el rumbo.

Y en algún rincón de su pecho —allí donde se guardan los secretos más profundos— algo cálido comenzó a hacerse espacio.

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Cuando se Escapa la Vizcacha: Relatos de un Gato Viajero (parte 2)

Era una de esas tardes claras en algún rincón alto y silencioso del altiplano jujeño. En un pueblito perdido entre los cardones y las quebradas había una escuela; la clase había terminado y, como cada día, un niño llamado Inti —nombre que proviene del quechua y significa “el Sol”— bajaba con su mochila al hombro por el mismo sendero de tierra que recorría todos los días.

Pero esa tarde, algo lo distrajo: entre las piedras, ágil como un rayo, una vizcacha asomó su cola, miró fugazmente a Inti e inmediatamente desapareció detrás de unos secos pastizales. El niño se detuvo. No era la primera vez que veía una, pero esa tenía algo distinto: con su cola espesa en movimiento, parecía invitar a Inti a que la siguiera.

El niño, que amaba a los animales más que a nada, se salió del sendero y comenzó a caminar en dirección a los pastizales; avanzaba con pasos cuidadosos, como si jugara a las escondidas para poder atraparla, pero sin intención de hacerle daño.

Cuando al fin la vio escondida, susurró, como si el animal pudiera entenderlo:

—¡Espera! No quiero hacerte daño, solo quiero verte de cerca…

Pero la vizcacha no se detuvo, y el niño la siguió, hasta que finalmente perdió de vista el sendero que lo guiaba a casa. Cuando quiso darse cuenta, el sol ya bajaba, la vizcacha había desaparecido y el paisaje ya no le resultaba familiar. El niño comenzó a preocuparse, porque no sabía hacia qué lado caminar.

Fue entonces, que desde una roca grande y tibia por el sol, un gato de manto gris y pecho blanco lo observaba en silencio, con esa calma que solo tienen los que han aprendido a perderse y a encontrarse muchas veces. Y dijo:

—Nunca lograrás alcanzar a ese roedor. Son demasiado escurridizos —el Gato hablaba sin moverse, pero mirando al niño—. Esos bichos salen corriendo sin dirección ante el menor cambio.

El niño dudó un instante. Le parecía extraño que un gato hablara, pero no más extraño que haberse alejado tanto sin darse cuenta. Acercándose a la piedra donde estaba el animal, Inti bajó la cabeza en señal de resignación y dijo:

– No es por la vizcacha. Seguramente la volveré a ver. Lo que me preocupa es que me encuentro desorientado… No sé cómo volver a mi casa.

El Gato bostezó con elegancia y estiró una pata perezosa.

—Ah… perderse. Qué cosa más necesaria!

—¿Necesaria? —preguntó el niño, frunciendo el ceño.

—Claro. A veces, un paso en falso no es un error, sino un maestro disfrazado -respondió el Gato mientras se incorporaba lentamente —. Solo cuando no sabes a dónde ir, es que comienzas a mirar las cosas con otros ojos.

—Pero da miedo… No saber por dónde volver —dijo Inti en tono bajito.

—Lo sé —respondió el Gato, ahora con voz más grave—. A mí me pasó una vez en los Valles Calchaquíes. Me distraje cazando una mariposa… y terminé atrapado en la madriguera de un zorro.

—¿Y qué hiciste? —preguntó el niño, mirando al Gato con ojos atentos.

El Gato ladeó la cabeza, como si recordara algo lejano pero aún bastante nítido.

—Esperé.

El niño frunció el ceño, sin comprender del todo.

—¿Esperaste?

—Sí. Esperé… y observé.

Lo que el Gato decía tenía sentido: detenerse no siempre es rendirse, sino empezar a mirar con atención. Como si uno pudiera elevarse sobre la escena —como en un teatro— y observar desde arriba cómo se mueven los personajes. Desde esa altura interna, y en ese silencio necesario, nace la estrategia y se aclaran los caminos.

Apoyando la mochila a un costado de la roca, el niño se sentó al lado del felino. Era ya la tarde, el viento bajaba desde el cerro y la temperatura comenzaba a descender.

—Y al final, ¿Qué hiciste? ¿Escapaste? –preguntó Inti.

El Gato negó lentamente con la cabeza, mientras se sentaba con la cola bien enrollada.

—Salí impulsándome con mi cola. Pero apenas puse una pata afuera… lo vi. Allí estaba, firme, mirándome fijo desde la entrada: el Zorro.

Inti abrió los ojos como dos platillos.

—Tuve miedo, claro. Pero el miedo a veces sirve para pensar mejor. En vez de confrontar al Zorro, decidí confiar en mi instinto felino. Los zorros son astutos, sí, pero valoran la inteligencia de los demás. Un buen pacto sería más convincente para él que una riña sin sentido.

Inti se quedó en silencio, impresionado y preguntó:

—¿Y funcionó?

—Funcionó —dijo el Gato con una sonrisa cómplice—. Nos miramos un largo rato, y después hablamos. Le aseguré que si me dejaba ir, le contaría lo que sabía sobre los roedores que vivían más allá del río. A cambio, él me indicaría por qué camino andar para evitar caer en otra madriguera.

—¿Y lo hizo?

—Sí. Me indicó una ruta segura. Pero lo mejor fue lo que vino después: nos quedamos un buen rato conversando bajo las estrellas. –El Gato hablaba con un tono de añoranza -. Fue una de esas charlas que uno no olvida. Desde entonces, hemos sido amigos.

Sin decir nada el niño miró al felino como si una parte de él comenzara a entender. A veces, los recursos que necesitamos están al alcance de nuestras manos pero no los vemos porque el miedo nos nubla la vista, como le sucede a un niño frente a lo desconocido. Sin embargo, en ese mismo niño viven también la curiosidad y la intuición. Esa voz interna que nos guía y aunque no tiene certezas, nunca se equivoca.

—Entonces… incluso en el miedo se puede encontrar algo bueno –pregunto Inti inocentemente.

El Gato asintió despacio.

—Especialmente en el miedo, pequeño. Porque es ahí donde más aprendemos sobre lo que llevamos dentro.

El niño bajó la mirada. Pensó en todo lo que podía hacer con su propio cuerpo, y todo lo que había aprendido. Y, poco a poco, comenzó a sentirse más fuerte.

—Entonces… ¿me puedes decir cómo encontrar el camino a casa? –preguntó.

—Yo te ayudaré pero serás tú el que lo encuentre. El sendero está; solo se escondió para que lo mires distinto. Usa tus ojos, pero también tus recuerdos. ¿Qué viste antes de llegar aquí?

El niño cerró sus ojos y pensó. Recordó la piedra con forma de llama, el cactus que parecía un tenedor y un arroyo.

—Creo que… sé por dónde es.

Inti miraba al Gato. Había algo en esa autenticidad felina que lo contagiaba. Mientras tanto, el animal se revolcaba sobre la tierra, así como solo los gatos saben hacerlo. Parecía que estaba jugando…

—A veces me gustaría no tener que ir a la escuela o ayudar en mi casa —dijo Inti finalmente-. Solo jugar… O seguir una vizcacha porque sí.

Sonriendo, el Gato contestó:

—Entonces hazlo. Esas cosas que te parecen distracciones son a veces tu alma recordándote lo que te apasiona.

Los animales no planean mañanas ni acumulan dudas sobre el pasado. Saben que el instante presente es todo lo que hay. El Gato no recordaba las veces que se había perdido ni se preocupaba por volver a hacerlo: simplemente estaba allí, compartiendo un momento con un niño que aún no había aprendido a tener miedo del tiempo.

Con el pasar de los años, crecemos y vamos escondiendo esa autenticidad que es tan natural en los niños. Esos impulsos limpios y sin filtro se vuelven algo secreto; quedan sepultados bajo capas de normas y expectativas. Solo quienes se atreven a vivir sin miedo, los vuelven a encontrar. A veces, basta una vizcacha huidiza o un gato aventurero para hacerlo.

El Gato miro al niño con expresión serena y disponiéndose a caminar hizo un gesto con la cabeza.

—Ven –dijo con simpleza.

Caminó sin apuro por entre las piedras mientras Inti lo seguía. Los pasos del Gato eran seguros, como los de quien no necesita saber el destino, porque confía en el trayecto.

Y entonces, entre dos cardones, apareció el sendero. A veces, el camino está más cerca de lo que creemos. Solo hacía falta mirar con otros ojos, dejar que el cuerpo recordara lo que la mente había olvidado. Y cuando uno está listo, la dirección siempre aparece.

Sin decir nada, Inti sonrió y se giró para mirar al Gato. Serenamente, ambos intercambiaron una mirada y un segundo en silencio. Y como solo saben hacerlo los que respetan los vínculos sin poseerlos, el Gato dijo:

—Recuerda que perderse es solo el primer paso para encontrarse con uno mismo —el felino se dio vuelta y se perdió entre las piedras.

Inti, con el sol en la espalda y una sonrisa en su rostro, tomó el sendero de regreso.