Este editorial esta dedicado a mis dos grandes compañeros de vida: Benito (2001-2017) y Abby (2014)


Un gato no es para cualquiera, ni cualquiera es para un gato. Un gato se convierte en un compañero de las horas solitarias. Junto a uno, ronronea satisfecho por el simple hecho de estar. Un gato enseña la medida justa de las palabras: maullara solo para comunicar y no por azar.
De mi gato aprendí el valor del silencio: que no siempre es necesario hablar, porque a veces una mirada basta. Un movimiento de la cabeza, orejas o bigotes lo dice todo.
De mi gato aprendí el precio de la paciencia: que no significa simplemente esperar, sino la actitud frente a esa espera. Agazapado, el gato estudia a su presa antes de dar el zarpazo. También me enseño a disfrutar de los logros, a no vivirlos como momentos fugaces, sino a regocijarme, tal como el juguetea con su presa tras cazarla.
De mi gato aprendí el valor de la autenticidad: que no se necesita de disfraces ni esfuerzos por agradar. El gato no se adapta a lo que esperan de él, simplemente es. Su forma de estar en el mundo no busca aprobación, y sin embargo, conquista. Ser auténtico, como el gato, es honrar lo que uno es, con elegancia y sin pedir permiso.

De mi gato aprendí que no existe edad para jugar: Nunca se es demasiado chico ni demasiado grande. Conservar ese alma de niño interior nos hace sentir vivos. Pero el gato también sabe poner un justo límite y, de no respetarlo, nos lo hará saber.
De mi gato aprendí que para cada problema hay una solución. Ante un obstáculo, el gato no se paraliza: observa, evalúa y, si no encuentra una alternativa, deja el asunto atrás afronta un nuevo desafío.

De mi gato aprendí que, a veces, una larga caminata en soledad es el mejor remedio para encontrar respuestas. Un gato enseña que no es necesario estar rodeado de muchas personas; ser selectivo con las compañías otorga valor a cada minuto de la vida.
Los gatos gozan del silencio, el orden y la quietud. Rehúyen al bullicio y al caos. Solo en la calma florece su confianza, y es allí donde el vínculo se vuelve posible. Para ser digno del aprecio de un gato se debe saber que el compañerismo y libertad van siempre de la mano. Hete allí los valores del gato: lealtad y respeto.