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IRAQ: Mosul y lo que la Guerra no pudo Destruir

Salí de Baghdad en un taxi compartido junto con dos viajeros más. En teoría, íbamos a continuar el recorrido por el Kurdistán iraquí y la idea era alquilar un auto para movernos juntos. Pero una falta de compatibilidad, que se hizo evidente en pocas horas, me llevó a tomar una decisión: abrirme. No me interesaba seguir viajando en un esquema donde no había claridad sobre lo que estaba pasando.

Esa decisión, sin embargo, traía consigo un problema inmediato: cómo moverme.

Mi plan original era comenzar por el sur del país, y esa parte estaba organizada. Pero en el norte, si bien tenía claros mis puntos de interés —Alqosh, Lalish y el Monasterio de Mar Mattai—, iba a tener que improvisar. Y no son lugares de fácil acceso. No porque Irak sea inseguro —de hecho, es mucho más seguro de lo que se cree—, sino por la cantidad de checkpoints. En esa región todo se controla: quién sos, qué hacés, por qué estás ahí. No desde la hostilidad, sino desde una lógica de cuidado. Necesitan asegurarse de que no sos periodista, ni espía, ni alguien en riesgo. Pero sin hablar árabe, todo se vuelve más denso.

Era mi primera mañana en Mosul. Salí a desayunar. Necesitaba pensar con el estómago lleno. El hotel al que había llegado era deplorable, así que decidí cambiarme al Modern Hotel, con el que ya había tenido contacto antes del viaje. Terminando de desayunar, volvía caminando a buscar mi valija cuando me equivoqué de calle.

Y entonces lo vi.

Un gato.

Lo seguí casi sin pensarlo, como si no importara perderme un poco. Cuando me agaché para acariciarlo, escuché una voz detrás de mí:

—Where are you from? (De donde sos?)

Levanté la mirada. Un hombre conversando con otro parado en la vereda de un taller mecánico. Le respondí y me preguntó qué hacía en Mosul, si me gustaba la ciudad. Intercambiamos algunas palabras, lo básico. Antes de despedirnos, me dijo que si necesitaba algo, no dudara en pedirle ayuda.

Seguí caminando, pero ya en la habitación, abrumada y tratando de reorganizar mi viaje, volví a pensar en él. Hablaba muy bien inglés, había sido amable y no tenía ningún motivo para ofrecer ayuda. Así que volví al taller.

Se llamaba Khalid. Le expliqué mi situación: necesitaba llegar a Alqosh y Lalish, pero no tenía transporte ni contactos confiables. No quería pagar cifras desproporcionadas ni depender de intermediarios dudosos. Me escuchó con calma y me dijo que no me preocupara, que él podía ayudarme a encontrar a alguien de confianza. Intercambiamos teléfonos y, cuando le pedí si podía ayudarme a parar un taxi para ir a mi nuevo hotel, me miró casi sorprendido:

—De ninguna manera vas a tomar un taxi. Yo te llevo.

Mientras avanzábamos en el auto, Khalid me señaló los puentes del río Tigris. Mosul se extiende a lo largo de sus orillas, con barrios que alguna vez estuvieron conectados por estructuras que hoy son, en muchos casos, restos suspendidos sobre el agua. La ciudad tiene algo de herida abierta y algo de reconstrucción constante.

Durante los años más duros del conflicto, esos puentes fueron destruidos. Mosul quedó literalmente partida en dos. Un lado aislado del otro, como si la ciudad hubiese sido desgarrada. Y detrás de esa imagen había una historia mucho más profunda.

La invasión de Irak en 2003 por parte de Estados Unidos, bajo el argumento de eliminar armas de destrucción masiva que nunca aparecieron y derrocar a Saddam Hussein, no solo implicó un cambio de gobierno: supuso el desmantelamiento del Estado iraquí. El ejército fue disuelto, las instituciones colapsaron y el orden interno desapareció. En ese vacío comenzaron a surgir múltiples formas de insurgencia, primero como resistencia y luego como algo mucho más extremo, hasta convertirse en organizaciones como el Estado Islámico, que llegó a controlar vastas regiones del país, incluyendo Mosul.

Le pregunté, con cuidado, cómo había sido vivir todo eso. Y entonces dejó de ser historia para volverse relato.

Khalid me contó que durante los años en que ISIS controló la ciudad, la vida quedó completamente sometida: los hombres estaban obligados a dejarse la barba, fumar estaba prohibido, no se podía salir de la ciudad y la televisión estaba restringida a lo que ellos transmitían. Las mujeres debían usar hijab y no podían salir sin un acompañante masculino de la familia.

—Nadie se atrevía a desobedecer —me dijo—. Y los que lo hacían… eran castigados. A veces con ejecuciones públicas.

La ciudad quedó sin electricidad, sin abastecimiento regular de comida, sin combustible.

—La gente cocinaba haciendo fuego en la calle.

Mientras hablaba, en mi cabeza se mezclaban imágenes que tantas veces había visto en películas o noticieros, siempre lejanas, siempre ajenas. Esa mañana ya había visto edificios perforados por balas, estructuras derrumbadas, cicatrices abiertas en la ciudad. Pero escucharlo a él era distinto. Era entender que detrás de cada pared rota había una vida.

Sintiendo un nudo en el pecho le hice una pregunta que incluso a mí me pesaba:

—¿Por qué te quedaste?

Su respuesta fue simple: Mosul es su hogar. Allí está su familia, su casa, su historia. Irse no era una solución, era otra forma de pérdida. Porque irse implicaba abandonarlo todo y convertirse en desplazado, y ser desplazado muchas veces significa quedar suspendido en un limbo: años en campos de refugiados, dependiendo de ayuda humanitaria, sin pertenecer a ningún lugar y sin derechos plenos. Donde se sobrevive, pero no se avanza. Donde el tiempo pasa sin dirección y la personas se convierten en números dentro de una crisis que parece no tener fin. Entendí entonces que quedarse, incluso en medio del horror, a veces es la única forma de sostener la propia identidad.

Khalid continuó. Durante casi tres años Mosul estuvo bajo ese régimen, hasta que en 2016 comenzaron los bombardeos de los americanos.

—Fue muy duro —dijo—. Liberaron la ciudad… pero dejaron muchos muertos. Discapacitados. Gente sin casa. Los sonidos de las explosiones… el olor… el miedo en la cara de la gente… eso no se olvida.

Se me erizó la piel y, en silencio, sentí cómo se me llenaban los ojos de lágrimas. Porque en ese momento entendí algo con una claridad brutal: la guerra no es una idea ni una estrategia. Son personas que no eligieron estar ahí, familias que lo pierden todo, una destrucción que no es solo material sino también emocional, social y psicológica. Y sobre todo, es profundamente injusta.

Llegamos al Modern Hotel y nos despedimos sabiendo que volveríamos a hablar. Y así fue. Khalid cumplió su promesa: al día siguiente organizó que su cuñado seria mi chofer para visitar Alqosh y Lalish. Durante el regreso, el auto tuvo un problema y Khalid fue personalmente a nuestro encuentro. Cuando me dejó nuevamente en el hotel, sentí que había algo más, algo que no quería que terminara ahí.

Sus relatos, su forma de estar en el mundo después de todo lo vivido, me habían conmovido profundamente. Entonces me animé a pedirle si podía conocer a su familia. Quería entender de dónde venía esa fortaleza, acercarme, aunque fuera por un rato, a esa vida que había resistido tanto.

Aceptó sin dudar.

Su familia no sabía que yo iba, y eso lo hizo aún más real. Su mujer, sus hijos y sus hijas me recibieron con una mezcla de sorpresa y alegría difícil de describir. Yo debía ser, para ellos, una imagen completamente fuera de lo habitual: una mujer occidental, argentina, viajando sola, entrando en su casa vestida con jeans y camisa, mirando todo con una curiosidad que no podía disimular.

Prepararon la comida al estilo iraquí: un mantel extendido sobre la alfombra, platos en el centro, todos sentados en el suelo formando un círculo. Se come con la mano derecha, utilizando pan plano —similar al khubz— como utensilio, recogiendo la comida y llevándola a la boca. Yo, torpemente, intentaba imitar el gesto; ellos se reían. Nos reíamos juntos…

Después, sabiendo que soy fanática de la shisha —tan presente en la vida cotidiana de Mosul—, Khalid le pidió a uno de sus hijos que preparara una. La noche siguió entre humo, risas y miradas que no necesitaban traducción.

No recuerdo todos los nombres, pero sí recuerdo a Shahad. La mayor. Estudia medicina. Hay algo en ella difícil de explicar: una mezcla de dulzura, inteligencia y una fuerza tranquila. Intercambiando cuentas de Instagram vio una foto en mi feed de un cuadro de Van Gogh. Se levantó, fue a su cuarto y volvió con un jersey con esa misma imagen. Era especial para ella, tenía una inscripción en árabe en la espalda, y aun así insistió en regalármelo.

Ese gesto me atravesó. No era un regalo cualquiera sino una forma de decir que me llevaba algo de ella, de su mundo, de su historia.

Más tarde, cuando Khalid se ofreció a llevarme al hotel, Shahad insistió en acompañarnos. Fuimos en el asiento trasero, abrazadas, como si algo inexplicable nos uniera. La despedida fue intensa, un abrazo largo, de esos que no se pueden traducir.

Mosul es una ciudad devastada, pero sigue viva en su gente, en quienes se quedaron, en quienes reconstruyen. Yo llegué sin plan, seguí a un gato y terminé entendiendo que, incluso en los lugares más heridos, lo que sobrevive no es la guerra.

Es la humanidad.

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LIBANO: Descubriendo la Beirut que no se ve

Sentada frente al escritorio, con mis diarios de viaje a un lado y los dedos listos sobre el teclado, me dispongo a escribir anécdotas de viajes. Sin embargo, me cuesta decidir por cuál empezar. Tal vez debería comenzar por la historia de cómo conocí a George en Beirut…

Hace tan solo un año y medio me encontraba en Beirut, una ciudad donde se cruzan historias y culturas de siglos. Era una mañana soleada, desayuno junto a mi amigo Dave y tras comprar una tarjeta SIM, ambos estuvimos de acuerdo en separarnos para disfrutar la ciudad a nuestra manera. Yo había marcado varios puntos de interés en el mapa y tenía en mente un ajetreado recorrido, por lo tanto Dave decidió tomarse el día con más calma. Nos encontraríamos a la noche en el hotel.

Comienzo a caminar, a mí alrededor, la arquitectura me habla de diferentes épocas. A medida que me adentro en el casco antiguo, me maravillo al ver ruinas romanas conviviendo con tiendas modernas de lujo que se mezclan con antiguos barrios otomanos y vestigios del mandato francés. En cada esquina hay pequeños cafés donde la gente disfruta de un te o un narguile.

Luego de visitar la Iglesia cristiana de San Jorge y la Mezquita Mohammad Al-Amin, y siendo ya el mediodía, me dirijo a Sayhoun Falafel, donde, según mi amigo Bogdan se come el mejor falafel de Beirut. Cuando termino mi almuerzo camino hacia una avenida donde debo subirme a la minivan 4 para ir a visitar una zona alejada del foco turístico: los barrios de Chiyah y Ghobeiry.

Antes de contar cómo conocí a George, debo aclarar algo sobre el transporte en Beirut: las furgonetas o minivans no tienen paradas específicas, sino que uno las detiene en cualquier punto a lo largo de la avenida. Me encontraba en una esquina esperando ver pasar una «minivan 4», cuando un hombre que se subía a un auto estacionado me preguntó en inglés: «Are you lost?» (Estas perdida?). Le respondí simplemente: «No. I’m ok».

Pensé que arrancaría y se marcharía, pero como era de esperar, la curiosidad lo venció y con la ventanilla baja me pregunta de dónde venía. Como siempre, cuando uno dice «de Argentina», surge el nombre de “Messi”. Entonces, George (aunque aún no sabía su nombre) me preguntó a dónde quería ir y se ofreció a llevarme. “No, no hace falta”, le respondí. “Sé cómo ir en transporte público”. Pero él insistió: “No es seguro. Déjame llevarte, justamente yo voy en esa dirección”. En ese momento, sentí una mezcla de gratitud y algo de desconfianza. En una ciudad que para algunos puede ser intimidante, allí estaba alguien que, a pesar de ser un extraño, se preocupaba por mi bienestar. Mientras dudaba, comprendí que, a veces, abrirse a lo desconocido puede llevar a momentos muy significativos.

George conducía y me hacía preguntas, intentaba entender la razón por la que yo estaba yendo a Chiyah y Ghobeiry. Sucede que George es cristiano maronita y, en resumidas cuentas, en Líbano, los cristianos odian a los musulmanes, los musulmanes odian a los cristianos y tanto los cristianos como los musulmanes odian a los refugiados palestinos…

Dejábamos atrás el foco turístico y la parte más atractiva de la ciudad, adentrándonos en una zona más caótica y deteriorada. Era un lugar donde las marcas de la guerra aún se hacen visibles: recordatorios silenciosos de un pasado doloroso. Tras unos 15 minutos de conversación, intercambiamos números de teléfono y me despido de George. Cuando me bajo del coche en el Parque Qasqas, el aire vibra con la energía de la vida cotidiana.

Es importante destacar que el área sur de Beirut en general ha sufrido mucho durante conflictos como la guerra civil y las invasiones israelíes. Esta área fue testigo de combates y divisiones sectarias y aunque hoy en día sigue siendo un barrio predominantemente chiita, mantiene una coexistencia religiosa y cultural.

Chiyah y Ghobeiry son barrios que llevan en su piel las heridas de una Beirut que nunca pudo sanar por completo. Las paredes, cubiertas de balazos, parecen testigos mudos de los años de guerras, de las luchas entre vecinos que una vez se miraban con recelo. Pero lo más doloroso no son las fachadas destruidas por explosiones o las ventanas rotas, sino ver cómo estas cicatrices se han grabado en las almas de quienes viven aquí. Las generaciones que han crecido entre escombros y polvo son las mismas que, de alguna manera, han logrado construir algo nuevo y sin embargo el germen de la rivalidad no  se desvanece.

Siempre queda la sensación de que todo podría derrumbarse de nuevo, de que la paz en estos barrios es muy frágil. Chiyah es un barrio que respira dolor, pero también una extraña belleza en su resistencia. Aquí, donde muchos podrían haber abandonado todo, la gente sigue viviendo. Sigue luchando.

Ghobeiry a cambio, ha sido, por décadas, hogar de miles de refugiados palestinos que llegaron en busca de refugio y que se encontraron atrapados en un ciclo interminable de sufrimiento. Las caras de los que caminan por las calles reflejan generaciones de pérdidas que han vivido en la sombra de una guerra tras otra. Se siente una pobreza que va más allá de lo material; es una pobreza del anhelo de un futuro que siempre parece estar fuera de su alcance. Aquí, los palestinos siguen siendo invisibles para muchos, atrapados en un país que nunca les ha dado un hogar permanente. Su lucha ya no es la esperanza de regresar a una tierra que ya no recuerdan, sino simplemente la supervivencia en una ciudad que también ha sufrido demasiado.

Mientras contemplo los edificios bombardeados y las vidas que siguen adelante entre las ruinas, me doy cuenta de que Beirut, y especialmente estos barrios del sur, nunca han tenido el lujo de olvidar. Y quizá esa es la tragedia más grande del pueblo libanes: seguir viviendo entre las sombras de un pasado que no los deja avanzar.

Beirut, con todas sus cicatrices, tiene una energía única que atrapa por su una mezcla fascinante entre tradición y modernidad.