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IRAQ: El taxi que costaba IQD$ 123.456

Diario de Viaje 2023- IRAQ Parte 1

Cuando era niña, leía libros de historia y soñaba con visitar las pirámides de Egipto y las ruinas de la antigua Babilonia. Finalmente, a los 26 años conocí Egipto. Sin embargo, visitar las ruinas de Babilonia en Irak era sumamente dificil. Durante décadas, Irak ha estado envuelto en conflictos, como la invasión de Estados Unidos en 2003, que sumió al país en una profunda inestabilidad. Eventos de esta índole pospusieron mi anhelo de conocer la antigua Mesopotamia hasta que en 2023 pude hacer mi sueño realidad.

Baghdad, capital del actual Irak, es una ciudad fascinante. En la antigüedad, fue considerada la capital del mundo. Mientras Europa se encontraba sumida en la Edad Media, en Medio Oriente florecía la cultura. Durante el califato abasí (siglo IX), Baghdad vivió su apogeo cultural y económico. No solo era el centro del mundo islámico, sino también un epicentro del saber, donde científicos, filósofos y poetas de diversas culturas se reunían para intercambiar conocimientos en la famosa Casa de la Sabiduría. Conocimientos que más tarde llegarían a Europa gracias al través del Califato de Al-Ándalus.

Pero basta de historia! Que se encuentra en Wikipedia… Vamos con la anécdota del taxista de Baghdad… Tras haber recorrido la ciudad durante mi primer dia, ya empezaba a orientarme: conocía algunas zonas, las avenidas principales, y tenía una idea de cómo funcionaba el transporte. Sin embargo, en una ciudad donde el tráfico es un caos imparable, con vehículos que parecen competir por cada centímetro de asfalto, moverse puede volverse una odisea (piensa en una jungla de metal y bocinas). En ciudades así, tomar transporte público puede demorarte muchísimo a comparación de un taxi, y afortunadamente, estos últimos no son costosos.

Ese día me levanté, desayuné y me dirigí a visitar la Zona Verde, un área fuertemente custodiada en el corazón de Baghdad, que alberga embajadas, edificios gubernamentales y residencias de altos funcionarios. Después, tenía planeado visitar el Museo Nacional de Iraq, hogar de algunas de las reliquias más importantes de la antigua Mesopotamia, donde se exhiben piezas que cuentan la historia de las primeras civilizaciones, como por ejemplo los famosos lamassu de Nínive, las conocidas figuras mitológicas asirias, representadas como seres híbridos con cuerpo de toro o león, alas de águila y cabeza humana.

Salí del museo a las 14 hs. decidí dirigirme a la zona del café Shabandar, un lugar emblemático donde hombres de cualquier edad se encuentran entre narguiles y shai (te). Pero ahí es cuando empezó la aventura… Sabía a dónde quería ir, solo faltaba encontrar un el taxista y entenderme con él.

Por suerte, el primer taxi que vi, paro. Lo saludé con un “¡Salam alaikum!”, y el hombre me respondió con un “Alaikum salam”. Le indique de forma simple dónde quería ir: “Al Mutanabbi”. Él respondió con un «Naam, yallah» (“Si, vamos”), invitándome a subir al coche con un gesto de la mano.

Pero en países como Iraq, siempre conviene acordar la tarifa antes de comenzar el viaje (para evitar sorpresas). Y ahí vino la primera duda: ¿Cómo le pregunto? Con una sensación de desconcierto traté de hacerle un gesto con los dedos, indicando «dinero», y le dije en inglés: “How much?”. El hombre me respondió en árabe, y ahí quedé completamente perdida.

Yo sabía el precio estimado del viaje, pero ¿cómo entendernos? Él notó mi confusión y con palabras y gestos me animaba a subirme al taxi diciendo: “Yallah, yallah…”. Es asombroso lo mucho que tenemos en común los latinos con la gente de Medio Oriente. Gesticulamos tanto que parece que las manos hablan por sí mismas facilitando así la comunicación cuando las palabras no son suficientes.

Volviendo a la negociación, tuve una idea: saqué mi calculadora y le pedí que marcara el precio. Pero apareció un segundo problema: ¡mi calculadora usaba números arábigos occidentales, mientras que él estaba acostumbrado a los orientales! Ninguno de los dos entendía los números del otro.

Intenté contar con los dedos para que me entendiera, pero el me agarró la calculadora y marcó “123.456”. Miré la pantalla y no entendí nada. Entonces caí en la cuenta: sabía que el trayecto debía costar entre 4000 y 6000 dinares. Lo que había hecho el hombre fue marcar seis dígitos para señalarme el número 6000, ¡se las rebusco usando las teclas como unidades!

Finalmente, me subí al coche, un típico taxi iraquí: ventanillas que solo se bajan manualmente, espejos laterales rotos o ausentes, puertas llenas de abolladuras y rayones, pero con un encanto propio. Un testigo rodante del caos y la belleza de la ciudad.

Intentamos conversar, pero fue complicado. Sin embargo, hay dos cosas que, a pesar de la barrera idiomática, siempre se pueden intercambiar con un taxista: una pregunta y una oferta. «¿Country?» y «¿Smoke?». Cuando me preguntó de dónde era, respondí «Aryantin», y de inmediato el hombre, con una inmensa sonrisa, repitió: «Aryantin, Messi». Respecto a su oferta de fumar, la rechacé amablemente: «La, shukran» (No, gracias). Luego, con gestos, me preguntó si me molestaba que el fumara. Le respondí con un «Yallah» y un gesto de manos indicando que estaba bien. Sacó un cigarrillo y seguimos intercambiando sonrisas, como si hubiéramos encontrado una forma silenciosa de entendimiento que iba más allá de las palabras.

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LIBANO: Descubriendo la Beirut que no se ve

Sentada frente al escritorio, con mis diarios de viaje a un lado y los dedos listos sobre el teclado, me dispongo a escribir anécdotas de viajes. Sin embargo, me cuesta decidir por cuál empezar. Tal vez debería comenzar por la historia de cómo conocí a George en Beirut…

Hace tan solo un año y medio me encontraba en Beirut, una ciudad donde se cruzan historias y culturas de siglos. Era una mañana soleada, desayuno junto a mi amigo Dave y tras comprar una tarjeta SIM, ambos estuvimos de acuerdo en separarnos para disfrutar la ciudad a nuestra manera. Yo había marcado varios puntos de interés en el mapa y tenía en mente un ajetreado recorrido, por lo tanto Dave decidió tomarse el día con más calma. Nos encontraríamos a la noche en el hotel.

Comienzo a caminar, a mí alrededor, la arquitectura me habla de diferentes épocas. A medida que me adentro en el casco antiguo, me maravillo al ver ruinas romanas conviviendo con tiendas modernas de lujo que se mezclan con antiguos barrios otomanos y vestigios del mandato francés. En cada esquina hay pequeños cafés donde la gente disfruta de un te o un narguile.

Luego de visitar la Iglesia cristiana de San Jorge y la Mezquita Mohammad Al-Amin, y siendo ya el mediodía, me dirijo a Sayhoun Falafel, donde, según mi amigo Bogdan se come el mejor falafel de Beirut. Cuando termino mi almuerzo camino hacia una avenida donde debo subirme a la minivan 4 para ir a visitar una zona alejada del foco turístico: los barrios de Chiyah y Ghobeiry.

Antes de contar cómo conocí a George, debo aclarar algo sobre el transporte en Beirut: las furgonetas o minivans no tienen paradas específicas, sino que uno las detiene en cualquier punto a lo largo de la avenida. Me encontraba en una esquina esperando ver pasar una «minivan 4», cuando un hombre que se subía a un auto estacionado me preguntó en inglés: «Are you lost?» (Estas perdida?). Le respondí simplemente: «No. I’m ok».

Pensé que arrancaría y se marcharía, pero como era de esperar, la curiosidad lo venció y con la ventanilla baja me pregunta de dónde venía. Como siempre, cuando uno dice «de Argentina», surge el nombre de “Messi”. Entonces, George (aunque aún no sabía su nombre) me preguntó a dónde quería ir y se ofreció a llevarme. “No, no hace falta”, le respondí. “Sé cómo ir en transporte público”. Pero él insistió: “No es seguro. Déjame llevarte, justamente yo voy en esa dirección”. En ese momento, sentí una mezcla de gratitud y algo de desconfianza. En una ciudad que para algunos puede ser intimidante, allí estaba alguien que, a pesar de ser un extraño, se preocupaba por mi bienestar. Mientras dudaba, comprendí que, a veces, abrirse a lo desconocido puede llevar a momentos muy significativos.

George conducía y me hacía preguntas, intentaba entender la razón por la que yo estaba yendo a Chiyah y Ghobeiry. Sucede que George es cristiano maronita y, en resumidas cuentas, en Líbano, los cristianos odian a los musulmanes, los musulmanes odian a los cristianos y tanto los cristianos como los musulmanes odian a los refugiados palestinos…

Dejábamos atrás el foco turístico y la parte más atractiva de la ciudad, adentrándonos en una zona más caótica y deteriorada. Era un lugar donde las marcas de la guerra aún se hacen visibles: recordatorios silenciosos de un pasado doloroso. Tras unos 15 minutos de conversación, intercambiamos números de teléfono y me despido de George. Cuando me bajo del coche en el Parque Qasqas, el aire vibra con la energía de la vida cotidiana.

Es importante destacar que el área sur de Beirut en general ha sufrido mucho durante conflictos como la guerra civil y las invasiones israelíes. Esta área fue testigo de combates y divisiones sectarias y aunque hoy en día sigue siendo un barrio predominantemente chiita, mantiene una coexistencia religiosa y cultural.

Chiyah y Ghobeiry son barrios que llevan en su piel las heridas de una Beirut que nunca pudo sanar por completo. Las paredes, cubiertas de balazos, parecen testigos mudos de los años de guerras, de las luchas entre vecinos que una vez se miraban con recelo. Pero lo más doloroso no son las fachadas destruidas por explosiones o las ventanas rotas, sino ver cómo estas cicatrices se han grabado en las almas de quienes viven aquí. Las generaciones que han crecido entre escombros y polvo son las mismas que, de alguna manera, han logrado construir algo nuevo y sin embargo el germen de la rivalidad no  se desvanece.

Siempre queda la sensación de que todo podría derrumbarse de nuevo, de que la paz en estos barrios es muy frágil. Chiyah es un barrio que respira dolor, pero también una extraña belleza en su resistencia. Aquí, donde muchos podrían haber abandonado todo, la gente sigue viviendo. Sigue luchando.

Ghobeiry a cambio, ha sido, por décadas, hogar de miles de refugiados palestinos que llegaron en busca de refugio y que se encontraron atrapados en un ciclo interminable de sufrimiento. Las caras de los que caminan por las calles reflejan generaciones de pérdidas que han vivido en la sombra de una guerra tras otra. Se siente una pobreza que va más allá de lo material; es una pobreza del anhelo de un futuro que siempre parece estar fuera de su alcance. Aquí, los palestinos siguen siendo invisibles para muchos, atrapados en un país que nunca les ha dado un hogar permanente. Su lucha ya no es la esperanza de regresar a una tierra que ya no recuerdan, sino simplemente la supervivencia en una ciudad que también ha sufrido demasiado.

Mientras contemplo los edificios bombardeados y las vidas que siguen adelante entre las ruinas, me doy cuenta de que Beirut, y especialmente estos barrios del sur, nunca han tenido el lujo de olvidar. Y quizá esa es la tragedia más grande del pueblo libanes: seguir viviendo entre las sombras de un pasado que no los deja avanzar.

Beirut, con todas sus cicatrices, tiene una energía única que atrapa por su una mezcla fascinante entre tradición y modernidad.