En 2015 emprendí el viaje que cambiaría mi vida en muchos aspectos: personales, profesionales y hasta en mi manera de explorar el mundo. Sentía un impulso profundo de aventura, un deseo de conectar con culturas completamente distintas y, al mismo tiempo, cumplir uno de mis sueños de la niñez: conocer a los gorilas de montaña en su hábitat natural.
Fue así como decidí viajar a Uganda para realizar un voluntariado de tres semanas. Mi destino fue Fort Portal, una tranquila ciudad en el oeste del país, enmarcada por colinas verdes y plantaciones de té. Allí, trabajé en el “Buhinga Hospital”, en el pabellón pediátrico de quemados y traumatología, y por las tardes asistía a un orfanato. Sin duda, fue una experiencia única, de la cual me explayaré en otra ocasión; en este relato, en cambio, me enfocaré en la aventura que me llevó a adentrarme en la selva para encontrarme cara a cara con los gorilas.





Hoy, en las selvas profundas de África, sobreviven unos pocos gorilas de montaña. Aunque alguna vez estuvieron al borde de la extinción debido a las guerras y la destrucción de su hábitat, un giro inesperado los salvó. Gracias a los esfuerzos de conservación y al turismo sustentable, la población de gorilas ha crecido en las últimas décadas.
Junto a una compañera de voluntariado que decidió sumarse a mi plan, me tome un fin de semana para ir al encuentro con uno de los animales más fascinantes del planeta: el gorila de montaña. Salimos temprano un dia sábado; la distancia era de 300 kilómetros que nos llevaron unas seis horas que se pasaron volando entre plantaciones de té, sabanas salpicadas de elefantes en el Parque Nacional Queen Elizabeth y el puente donde se unen los lagos Albert y Edward.
Al acercarnos a los Montes Rwenzori en la frontera con el Congo, el paisaje se tornó selvático, envuelto en una bruma espesa que daba una sensación mágica, casi mística. Finalmente llegamos al Parque Nacional de la Selva Impenetrable Bwindi, pasaríamos la noche en Buhoma Camp, en un rústico complejo de cinco cabañas de madera. Tras realizar el check-in y pactar con nuestro chofer que nos veríamos al día siguiente, paseamos por la única calle del lugar, donde apenas había un pequeño puesto de artesanías; Bebimos un jugo de mango acompañado de budín de banana y nos fuimos a dormir.






Al amanecer del domingo nos reunimos con un grupo de 8 personas para realizar el trekking en busca de gorilas. Los trackers (guías de rastreo) nos explicaron cómo comportarnos al cruzarnos con el animal: no hacer ruido, evitar el uso de flash y mantener una distancia de siete metros ya que cualquier virus humano puede ser mortal para los gorilas. Comenzamos a escalar la montaña liderados por dos rastreadores que, machetes en mano, iban abriéndonos paso entre la espesa vegetación. Nos adentramos en el bosque de bambú, en un entorno tan salvaje que era fácil imaginar a Tarzán colgado de una liana.
Mientras subíamos, el guía de repente señaló hacia un árbol y exclamó: “There!” (¡Allí!). Habíamos encontrado algunos miembros de una familia de gorilas. Fue un momento indescriptible, y mientras todos mirábamos fascinados, sentimos que “alguna cosa” pasó entre nuestras piernas para esconderse rápidamente. Fue como si un perro hubiera rozado nuestras piernas al pasar, ¡pero esta vez era un pequeño gorila! El guía nos explicó que al estar habituados a la presencia humana, los adultos apenas miran de reojo, pero los pequeños son juguetones y curiosos, y hasta pueden intentar tocarnos antes de volver corriendo con sus madres.


Más adelante, nos cruzamos con la familia completa. El guía nos enseñaba las diferencias entre machos y hembras, sus frentes prominentes, el ancho de sus dedos y el pecho robusto de los machos. En ese momento, en absoluto silencio, un gorila apareció entre medio de unas ramas pelando una caña con toda la calma del mundo. “Easy, easy” (Tranquilos) murmuró el guía. Fue increíble! Esos ojos tan pequeños y a la vez penetrantes me miraban; había algo profundamente humano en esa mirada curiosa y poderosa. Lentamente, llevé la cámara a mis manos, temerosa de que el mínimo movimiento pudiera romper el momento y finalmente logré capturar la imagen de ese maravilloso instante.



Con una calma inquebrantable, el gorila se levantó y, apoyándose en sus enormes brazos delanteros, se alejó de nosotros como si no existiéramos. El encuentro había terminado, pero el recuerdo quedará para siempre. La travesía, sin duda, vale cada minuto, y deja en el corazón el deseo de regresar algún día a Bwindi para reencontrarse con estos amables gigantes.



