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TURQUIA: Crónica de una Amistad en Tierra de Sultanes

Finalmente viajé a Rusia y Turquía en 2013, después de dos años de planificación… pero con toda una vida soñando con pisar esas tierras que hasta entonces solo existían en el globo terráqueo de mi escritorio y en mi imaginación.

En aquel entonces, nos guiábamos con mapas y guías de papel, y comprábamos tarjetas telefónicas para llamar a casa desde algún teléfono público. Eran otros tiempos para quienes queríamos salir a recorrer el mundo… y, sin duda, un verdadero desafío.

Esta historia es sobre algo que sucedió al final de ese viaje. Era mi último día en Turquía. Había estado en Capadocia y debía volar desde Nevşehir a Estambul a las 19 h. Tenía una reserva en un hotel cercano al aeropuerto porque mi vuelo de regreso a Argentina salía temprano a la mañana siguiente. Me esperaban apenas unas horas para ducharme, descansar un poco y volver al aeropuerto Atatürk.

Con ese sabor agridulce que siempre me deja el final de un viaje, subí al avión y elegí el último asiento. Me abroché el cinturón y escuché las instrucciones de seguridad. Estaba bastante relajada cuando el hombre a mi lado, en un tono quejoso, rompió el hielo:

—¿No estás nerviosa? No me gusta volar atrás, el avión se mueve demasiado.

Le expliqué que, justamente, suelo elegir ese lugar porque disfruto las turbulencias —si las hay— y le dije que se quedara tranquilo. Así empezamos a charlar, y no paramos durante todo el vuelo. Me hizo las típicas preguntas que un local le hace a una turista: “¿Te gustó Turquía? ¿Qué visitaste? ¿Qué otros lugares conocés?”

Al aterrizar, y ya en plena despedida, me vio sacar mi pasaporte y una hoja impresa con una reserva de Booking.com. Él creía que yo formaba parte del grupo de turistas que viajaba en el mismo avión. Le conté que estaba viajando sola y quiso saber cómo pensaba llegar a mi hotel. Le respondí que tomaría un taxi y que ya sabía que tendría que negociar el precio.

—No hay forma de que tomes un taxi sola —me dijo—. El taxista podría llevarte a cualquier parte.

Me contó que tenía su auto en el aeropuerto y se ofreció a llevarme. Sin pensarlo dos veces, le pregunté si no le molestaba demorarse en llegar a su casa. Me dijo que no, y acepté su ofrecimiento. Algo de mi brújula interna, me dijo que podía confiar en él.

En definitiva, entre aceptar que me llevara alguien que durante dos horas creyó que yo viajaba en grupo, o subirme sola a un taxi a las nueve de la noche sin saber exactamente a dónde tenía que ir, lo primero sonaba mejor. Además, Onur —ese es su nombre— me había caído súper bien.

Esperamos mi valija y nos dirigimos al coche. Onur tenía un GPS de esos antiguos, de los que se usaban antes de Google Maps. Buscó la dirección del hotel y comenzó a manejar. Íbamos por una autopista, pero aparentemente el GPS no estaba actualizado y nos hacía tomar bajadas equivocadas. Entonces, Onur llamó al hotel para pedir indicaciones, y así fue como finalmente llegamos.

Onur me acompañó hasta que me asignaron la habitación y, como se hacía antiguamente, me entregó su tarjeta personal y me dijo que, si necesitaba algo, no dudara en llamarlo. Me pidió, además, que por favor le enviara un mensaje de texto cuando llegara a Argentina. Me despidió con esa amabilidad que había encontrado recorriendo Turquía, dejando así un fabuloso recuerdo sobre las gentes de ese país.

La pregunta es: “¿Qué pasó después? En aquella época, donde las comunicaciones no eran como hoy”. Bueno, cuando llegué a Argentina le envié el SMS. Intercambiamos mails y, por unos meses, nos escribíamos por MSN. Pero a fines de 2013 ya existía WhatsApp. A día de hoy, Onur y yo seguimos en contacto, y la amistad sigue viva.

Tuvimos la suerte de reencontrarnos seis años después. En 2019 hice una escapada improvisada de fin de semana a Estambul. Onur y yo nos encontramos en Sultanahmet, caminamos, sacamos algunas fotos y luego almorzamos en Kadıköy. Me llevó a pasear por su barrio, en el lado asiático de Estambul. En aquella ocasión no conocí a su esposa ni a su hijo —Onur había sido padre un año y medio antes, pero sé que en un futuro, porque lo habrá, volveré a verlo. Y esta vez, con más tiempo, podré conocer a su familia.

Hoy seguimos en contacto, y ambos sabemos que, a pesar de la distancia, la amistad es para siempre. Momentos como este marcan profundamente los viajes. La posibilidad de encontrar algo tan valioso como una amistad, sin haberlo buscado.

Una simple cuestión de “serendipia”. Cosas que ocurren cuando una se abre a lo inesperado, se conecta con la intuición… y todo empieza a fluir con naturalidad.

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IRAN: Caleidoscopio Oculto de Medio Oriente

– Diario de Viaje 2022 –

Siempre me ha fascinado la historia antigua: Egipto, Roma, Grecia… Pero en el colegio, la enseñanza suele detenerse ahí. Poco y nada se menciona sobre Oriente.

Los persas forjaron el primer y más grande imperio de la antigüedad entre los años 550 y 330 a.C. Conquistaron numerosos reinos y, si trasladamos su territorio al mapa actual, abarcaría Irán, Irak, parte de Egipto y Grecia, Afganistán, Pakistán, Armenia, Jordania, Turkmenistán, Turquía, Siria, Líbano, parte de la península arábiga y la India.

Más allá de su poder militar, los persas se distinguieron por su tolerancia religiosa y su capacidad para incorporar las costumbres de los pueblos conquistados. Fueron excelentes estrategas, logrando mantener un vasto y diverso imperio unido durante 200 años.

Hace años que me surgió el interés por conocer ese lugar, actual Irán. Finalmente, tras haber viajado alli 2 veces (un primer viaje de 3 semanas y el segundo de 4 semanas) puedo decir que: los Iranies, que NO son árabes sino en su mayoria persas (ademas de baluchis, kurdos, azerbayanos, turkomanos, etc.), aun hoy conservan las grandes virtudes que fundaron su imperio. Irán es un fascinante crisol étnico y cultural. Este factor hace que, al recorrer el país de norte a sur y de este a oeste, uno se sienta inmerso en un universo de contrastes, donde cada región ofrece una identidad propia, con paisajes, costumbres y tradiciones tan diversas que viajar por Irán es como atravesar múltiples mundos en un solo territorio.

“¿Por qué Irán? ¿No es peligroso?”

Los meses previos a mi viaje me cansé de escuchar esta pregunta. Al principio respondía con argumentos históricos, pero después de haber estado allí, mi respuesta cambió: lo mejor de Irán es su gente.

Más allá de sus imponentes construcciones y paisajes, e incluso de lugares que aún permanecen casi intactos al turismo masivo, la verdadera razón para visitar Irán es sumergirse en su cultura. La amabilidad de las personas, su hospitalidad, su sentido de la estética, su poesía, su música, su gastronomía… Irán no es solo un destino, es una experiencia.

¿Y la seguridad? Irán NO es peligroso. Lo único que puede resultar una amenaza son las motos que invaden las veredas o la experiencia de cruzar la calle, donde no hay semáforos que valgan. Pero, como todo, uno se acostumbra al segundo día

Un país de contrastes

Como ya mencione, la cultura y la geografía iraní son muy diversas. Se pueden visitar grandes ciudades como Teherán, Isfahán o Mashhad, recorrer el desierto y descubrir Yazd o Kermán, o maravillarse en Shiraz con las ruinas de Persépolis, antigua capital del imperio persa.

Si se baja hacia el Golfo Pérsico, se encuentran playas de aguas cristalinas comparables con las de Dubái (al fin y al cabo, está justo enfrente), además de la posibilidad de avistar delfines y explorar las impresionantes formaciones rocosas de la Isla de Hormoz, donde los colores parecen sacados de otro planeta.

Derribando mitos

Irán no es lo que muchos occidentales imaginan. Para empezar, no todas las mujeres usan chador o hijab. Como en cualquier otro país islámico, es común ver mujeres vistiendo estas prendas, pero desde la muerte de Mahsa Amini en 2022, cada vez más iraníes desafían esta imposición, especialmente en las grandes ciudades, donde es frecuente ver mujeres sin hijab como forma de protesta contra las restricciones impuestas por el régimen.

Tampoco es cierto que la policía arresta personas en cada esquina. Si bien en las grandes ciudades se percibe una mayor presencia policial, Irán es un país moderno, con universidades de prestigio y una juventud conectada con el mundo, que encuentra maneras de expresarse a pesar de las restricciones. Las calles están llenas de contrastes, y en ellas conviven la tradición y la resistencia, lo prohibido y lo permitido, en una sociedad mucho más compleja de lo que suele mostrarse desde afuera.

Un lazo inesperado con Argentina

Como mujer occidental viajando sola por Irán, en muchos momentos me sentí como en casa. Me sorprendió descubrir la afinidad que los iraníes sienten por la Argentina. .

No suelo repetir destinos de viaje, habiendo tantos otros lugares que aún quiero conocer. Sin embargo, Irán es un país que inevitablemente invita a regresar. Mis dos viajes allí marcaron mi vida de una manera profunda, y no precisamente porque en 2022 vi ganar a Argentina la final del Mundial de fútbol. Lo cual se convirtio en un factor sorpresa del viaje.

Hay lugares que se visitan y otros en los que, de algún modo, una parte de uno se queda para siempre. Para mi, Iran es uno de ellos. Aún hoy conservo verdaderos amigos, y los lazos que formé son difíciles de explicar, como esas conexiones mágicas que suceden sin razón aparente, pero que se sienten predestinadas. Tal vez por eso, nunca siento que realmente me haya despedido de Irán. Quién sabe, quizás el destino me lleve de regreso… una vez más.

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INDIA: Sobre los Viajes en Tren y el Destino

Siempre me gustaron los trenes.  Desde pequeña mi abuela me llevaba a Buenos Aires en tren, me hablaba de las distintas líneas que salen de Buenos Aires enseñándome el nombre de cada estación de la línea Mitre (la que nosotras tomábamos) y los minutos que tardaba el tren entre cada una de ellas. También le escuchaba hablar sobre la historia de los trenes en la Argentina que a mitad del siglo XX llegó a ser una de las redes ferroviarias más grandes del planeta, la octava para ser exacta, con más de 100.000 km de líneas que unían el interior del país y los limítrofes. Si bien los ferrocarriles se nacionalizaron alrededor de 1950, anteriormente fueron construidos por los ingleses y franceses, vestigios que aún hoy en día se observan son: los puentes metálicos de las estaciones, que tienen grabado “manufactured in Glasgow”, faroles o antiguas estructuras de las boleterías “manufactured in Birmingham” y obviamente la arquitectura de las estaciones, con las cúpulas y los relojes. Echar un vistazo a la estación Retiro de la “Línea Mitre” o a la de Constitución nos remontan a Gare du Nord (a menor escala), aunque lamentablemente los trenes en la Argentina actual no funcionan como en Francia o Inglaterra. Pero ese es otro tema al cual no apunta este artículo.

Dada esa fascinación por los viajes en tren, y tras haber conocido trenes de Europa y América, cuando fui a India, sabiendo que es un país donde la red de trenes es sumamente extensa, también construida por los ingleses y es el transporte más utilizado por la población, decidí que al menos un tren allí debería tomar y por sobre todo luego de haber escuchado anécdotas insólitas acerca de viajar en tren en India. Debía experimentarlo para comprobarlo.

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ERITREA: Etnias, Camellos y el Arte del Cafe

Eritrea es un pequeño país que se encuentra en el Cuerno de África, limita con Sudan, Etiopia, Yibuti y posee una amplia costa hacia el Mar Rojo. El objetivo de mi viaje fue conocer la cultura del país, sus etnias, su pasado colonial, y su reciente surgimiento como uno de los Estados más jóvenes del mundo.

Eritrea, que obtuvo su independencia en 1993, apenas se está abriendo a recibir turistas, no es un país inseguro pero uno debe manejarse con un guía que es un agente del gobierno. El guia de nuestro grupo fue Alam, un ex militar retirado que hoy se dedica a acompañar viajeros a recorrer el país y reportar a sus superiores los lugares que los visitantes recorren.