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DIARIO DE VIAJES

LIBANO: Descubriendo la Beirut que no se ve

Sentada frente al escritorio, con mis diarios de viaje a un lado y los dedos listos sobre el teclado, me dispongo a escribir anécdotas de viajes. Sin embargo, me cuesta decidir por cuál empezar. Tal vez debería comenzar por la historia de cómo conocí a George en Beirut…

Hace tan solo un año y medio me encontraba en Beirut, una ciudad donde se cruzan historias y culturas de siglos. Era una mañana soleada, desayuno junto a mi amigo Dave y tras comprar una tarjeta SIM, ambos estuvimos de acuerdo en separarnos para disfrutar la ciudad a nuestra manera. Yo había marcado varios puntos de interés en el mapa y tenía en mente un ajetreado recorrido, por lo tanto Dave decidió tomarse el día con más calma. Nos encontraríamos a la noche en el hotel.

Comienzo a caminar, a mí alrededor, la arquitectura me habla de diferentes épocas. A medida que me adentro en el casco antiguo, me maravillo al ver ruinas romanas conviviendo con tiendas modernas de lujo que se mezclan con antiguos barrios otomanos y vestigios del mandato francés. En cada esquina hay pequeños cafés donde la gente disfruta de un te o un narguile.

Luego de visitar la Iglesia cristiana de San Jorge y la Mezquita Mohammad Al-Amin, y siendo ya el mediodía, me dirijo a Sayhoun Falafel, donde, según mi amigo Bogdan se come el mejor falafel de Beirut. Cuando termino mi almuerzo camino hacia una avenida donde debo subirme a la minivan 4 para ir a visitar una zona alejada del foco turístico: los barrios de Chiyah y Ghobeiry.

Antes de contar cómo conocí a George, debo aclarar algo sobre el transporte en Beirut: las furgonetas o minivans no tienen paradas específicas, sino que uno las detiene en cualquier punto a lo largo de la avenida. Me encontraba en una esquina esperando ver pasar una «minivan 4», cuando un hombre que se subía a un auto estacionado me preguntó en inglés: «Are you lost?» (Estas perdida?). Le respondí simplemente: «No. I’m ok».

Pensé que arrancaría y se marcharía, pero como era de esperar, la curiosidad lo venció y con la ventanilla baja me pregunta de dónde venía. Como siempre, cuando uno dice «de Argentina», surge el nombre de “Messi”. Entonces, George (aunque aún no sabía su nombre) me preguntó a dónde quería ir y se ofreció a llevarme. “No, no hace falta”, le respondí. “Sé cómo ir en transporte público”. Pero él insistió: “No es seguro. Déjame llevarte, justamente yo voy en esa dirección”. En ese momento, sentí una mezcla de gratitud y algo de desconfianza. En una ciudad que para algunos puede ser intimidante, allí estaba alguien que, a pesar de ser un extraño, se preocupaba por mi bienestar. Mientras dudaba, comprendí que, a veces, abrirse a lo desconocido puede llevar a momentos muy significativos.

George conducía y me hacía preguntas, intentaba entender la razón por la que yo estaba yendo a Chiyah y Ghobeiry. Sucede que George es cristiano maronita y, en resumidas cuentas, en Líbano, los cristianos odian a los musulmanes, los musulmanes odian a los cristianos y tanto los cristianos como los musulmanes odian a los refugiados palestinos…

Dejábamos atrás el foco turístico y la parte más atractiva de la ciudad, adentrándonos en una zona más caótica y deteriorada. Era un lugar donde las marcas de la guerra aún se hacen visibles: recordatorios silenciosos de un pasado doloroso. Tras unos 15 minutos de conversación, intercambiamos números de teléfono y me despido de George. Cuando me bajo del coche en el Parque Qasqas, el aire vibra con la energía de la vida cotidiana.

Es importante destacar que el área sur de Beirut en general ha sufrido mucho durante conflictos como la guerra civil y las invasiones israelíes. Esta área fue testigo de combates y divisiones sectarias y aunque hoy en día sigue siendo un barrio predominantemente chiita, mantiene una coexistencia religiosa y cultural.

Chiyah y Ghobeiry son barrios que llevan en su piel las heridas de una Beirut que nunca pudo sanar por completo. Las paredes, cubiertas de balazos, parecen testigos mudos de los años de guerras, de las luchas entre vecinos que una vez se miraban con recelo. Pero lo más doloroso no son las fachadas destruidas por explosiones o las ventanas rotas, sino ver cómo estas cicatrices se han grabado en las almas de quienes viven aquí. Las generaciones que han crecido entre escombros y polvo son las mismas que, de alguna manera, han logrado construir algo nuevo y sin embargo el germen de la rivalidad no  se desvanece.

Siempre queda la sensación de que todo podría derrumbarse de nuevo, de que la paz en estos barrios es muy frágil. Chiyah es un barrio que respira dolor, pero también una extraña belleza en su resistencia. Aquí, donde muchos podrían haber abandonado todo, la gente sigue viviendo. Sigue luchando.

Ghobeiry a cambio, ha sido, por décadas, hogar de miles de refugiados palestinos que llegaron en busca de refugio y que se encontraron atrapados en un ciclo interminable de sufrimiento. Las caras de los que caminan por las calles reflejan generaciones de pérdidas que han vivido en la sombra de una guerra tras otra. Se siente una pobreza que va más allá de lo material; es una pobreza del anhelo de un futuro que siempre parece estar fuera de su alcance. Aquí, los palestinos siguen siendo invisibles para muchos, atrapados en un país que nunca les ha dado un hogar permanente. Su lucha ya no es la esperanza de regresar a una tierra que ya no recuerdan, sino simplemente la supervivencia en una ciudad que también ha sufrido demasiado.

Mientras contemplo los edificios bombardeados y las vidas que siguen adelante entre las ruinas, me doy cuenta de que Beirut, y especialmente estos barrios del sur, nunca han tenido el lujo de olvidar. Y quizá esa es la tragedia más grande del pueblo libanes: seguir viviendo entre las sombras de un pasado que no los deja avanzar.

Beirut, con todas sus cicatrices, tiene una energía única que atrapa por su una mezcla fascinante entre tradición y modernidad.

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