Categorías
DIARIO DE VIAJES

TUNEZ: El Jem, un Rincon olvidado de la África Romana

Un hombre empujaba un carrito cargado de basura por una calle cualquiera de El Jem. Algunos comercios abrían sus puertas y varios vecinos caminaban sin prestar demasiada atención a lo que ocurría alrededor. Unos metros más adelante, una camioneta transportaba ovejas bajo el sol del mediodía. La escena no era nada fuera de lo común. Era simplemente la rutina de una pequeña ciudad tunecina. Sin embargo, bastaba caminar unos pasos para que el paisaje cambiara por completo y apareciera una construcción monumental que parecía pertenecer a otro tiempo: el anfiteatro de El Jem. 

A diferencia de Roma, donde el Coliseo emerge rodeado de avenidas y multitudes, en El Jem el anfiteatro aparece casi de repente, como si alguien lo hubiese colocado allí por error. Durante unos segundos tuve la sensación de que era la ciudad la que había crecido alrededor de las ruinas y no al contrario. Entonces pensé: ¿Cómo era posible que casi nadie hablara de este lugar?

Pero para explicar cómo llegué allí, tengo que retroceder unos días, hasta mi ruta por Sicilia.

Había pasado una semana recorriendo la isla y todavía disponía de algunos días más antes de regresar. Mi idea inicial era viajar a Malta, pero los precios no me convencían. Entonces descubrí que existía un ferry que conectaba Palermo con Túnez. La idea me atrajo no solo porque era una alternativa económica, sino porque evitaba tomar otro avión y me permitía cruzar el Mediterráneo de la misma manera en que durante siglos lo hicieron comerciantes, peregrinos y viajeros.

No viajaba a Túnez buscando ir a El Jem. En realidad, mis motivaciones eran mucho más simples. Quería conocer Cartago, recorrer algún oasis en el desierto y volverme a sumergir en la cultura del norte de África. Me interesaba descubrir el Magreb, una región donde florecieron ciudades históricas como Kairouan, uno de los grandes centros religiosos y culturales del islam en África, y donde siglos después surgiría el califato fatimi antes de expandirse hacia Egipto y fundar El Cairo.

Compré entonces el pasaje en ferry. No era un crucero turístico sino el ferry que utilizan los tunecinos que residen en Sicilia para visitar a sus familias. Había pasajeros de todas las categorías: algunos viajaban en los salones comunes y dormían en los pasillos sobre colchones improvisados; otros ocupaban salas con butacas. Yo opté por un camarote compartido para cuatro personas que, por fortuna, acabó siendo solo para mí. Aquella noche incluso pude darme una ducha y disfrutar de un inesperado “lujo” en medio de la travesía.


Mi primer contacto con Túnez fue la medina de la capital. Recién había desembarcado . Después de llegar a mi hostal y dejar mi equipaje salí a caminar como suelo hacer cuando llego a un lugar nuevo, iba sin rumbo observando y tomando fotos. Fue allí donde me crucé con Rodolfo.

Rodolfo era un argentino de cincuenta y largos años, aventurero y curioso. Viajaba solo, tenía muy buen ojo para la fotografía y una facilidad especial para encontrar lugares que rara vez aparecen en las guías. Comenzamos a conversar y terminamos recorriendo juntos parte de la medina.

Yo no tenía demasiado claro cómo organizar el resto del viaje. Mi intención principal era dirigirme hacia el sur. El desierto siempre ha ejercido una atracción difícil de explicar sobre mí. Hay algo en sus arenas inmensas y en las puestas de sol que me produce una sensación de libertad difícil de encontrar en otros paisajes.

Mientras caminábamos, Rodolfo me contó acerca de sus viajes y por supuesto, sobre su recorrido por Túnez. Hablamos de mis expectativas sobre Cartago y me dijo que habiendo visto Tiro, en Líbano, Cartago podía decepcionarme y comenzó a recomendarme destinos que ni siquiera había considerado. Entre ellos: Kairouan y El Jem.

La primera había sido un centro religioso y cultural cuya influencia se extendió durante siglos por el norte de África. La segunda, según él, albergaba uno de los anfiteatros romanos más impresionantes que había visto.

Confié en su criterio. Y así fue como mi itinerario terminó tomando forma casi por casualidad. Desde Túnez viajaría hacia el sur, a Tozeur y los oasis del desierto. Después regresaría siguiendo la costa, pasando por Kairouan, El Jem, Susse y por último Monastir.

Recién en el sexto día de viaje visité El Jem. Aquella mañana tomé un taxi compartido desde Sousse. Tras hora y media de recorrido llegué al garaje de El Jem. Por medio de señas pregunté al chofer hacia donde caminar y  me indico que siga una calle y doblé a la derecha. 

Comencé a caminar, y apenas doble la esquina, al fondo de la calle vi el anfiteatro. Durante unos segundos me quedé inmóvil intentando procesar lo que estaba viendo. El contraste era tan grande que resultaba difícil de creer. Era como caminar por una calle sencilla y hasta desprolija y acabar encontrándome con una de las grandes maravillas del mundo romano.

Resultaba curioso que millones de personas viajaran cada año a Roma, Atenas o Pompeya mientras algunos de los vestigios más impresionantes del mundo clásico permanecieran relativamente olvidados en el norte de África. Quizás porque solemos asociar las ruinas grecorromanas con Europa y olvidamos que durante siglos algunas de las ciudades más ricas e importantes del Imperio se encontraban precisamente al otro lado del Mediterráneo.

Llegué a la taquilla y compré mi entrada. Sin filas, sin grupos organizados, sin turistas levantando teléfonos móviles por encima de las cabezas ajenas. Sin gladiadores disfrazados posando para fotografías. Apenas un hombre con un camello esperando que algún turista quiera dar una vuelta. Entré y la experiencia mejoró todavía más: habría solo 10 a 15 personas en el lugar.

Por primera vez sentí que no estaba observando un anfiteatro romano; sino que estaba dentro de uno.  Pensé en la película Gladiador, caminé por la arena, me adentré por los pasillos subterráneos donde aguardaban gladiadores y animales antes de los espectáculos. Subí a las gradas superiores para contemplar la inmensidad de la estructura y regresé nuevamente al centro. Desde allí, rodeada por aquellos muros de casi dos mil años de antigüedad, intenté imaginar lo que debía haber sido presenciar un espectáculo en ese lugar cuando decenas de miles de personas llenaban las tribunas.

En época romana, la actual ciudad de El Jem era conocida como Thysdrus y constituía una de las ciudades más prósperas del África romana. Su riqueza provenía principalmente del comercio de aceite de oliva, un producto tan valioso para el Imperio que era exportado a numerosas provincias del Mediterráneo. Durante los siglos II y III d.C., Thysdrus experimentó un período de enorme prosperidad y llegó a contar con una población que algunos historiadores estiman en decenas de miles de habitantes.

Tras un par de horas recorriendo sus galerías y gradas y después de tomar una buena cantidad de fotografías, decidí visitar otro de los tesoros arqueológicos de la antigua Thysdrus: una villa romana situada a poca distancia del anfiteatro. Cuando llegué, no había absolutamente nadie. Tuve la sensación de que el lugar había sido abierto exclusivamente para mí.

La villa se encuentra extraordinariamente conservada y alberga algunos de los mosaicos romanos más impresionantes que he visto en mi vida. A lo largo de los años he recorrido museos, sitios arqueológicos y colecciones de distintos países, entre ellas el British Museum. Sin embargo, los mosaicos de Thysdrus me impresionaron enormemente. Quizás porque no estaban colgados en una pared ni protegidos tras una vitrina. Estaban donde habían sido creados mil ochocientos años atrás.

Representaban escenas mitológicas, dioses, animales exóticos, cacerías y episodios de la vida cotidiana romana. Sus colores seguían siendo sorprendentemente vivos y el nivel de detalle resultaba asombroso. 

Después de despedirme, caminé un poco más por las calles de El Jem. En un momento me detuve frente a una tienda de indumentaria tradicional amazigh —el pueblo indígena del norte de África, conocido como bereber—. Siempre me han fascinado los colores intensos, los bordados y los diseños de sus tejidos. Entré por curiosidad y terminé probándome uno de los vestidos. Quería ver cómo me quedaba. Aunque sospecho que no tendré oportunidad de usarlo, no pude evitarlo y acabé comprándolo.

Pero ya era hora de regresar y esta vez no sería en taxi compartido. En cada país que visito siempre que puedo intento viajar en tren. Me gusta porque obliga a desplazarse al ritmo del país. Me dirigí a la estación y entré para comprar mi boleto. Para mi asombro, en el mismo suelo de la estación había un gran mosaico romano.

Esperé cerca de una hora hasta que finalmente apareció el tren. Me subí y era tal cual lo que imaginaba: no había asientos disponibles, el calor era intenso y algunos pasajeros fumaban dentro de los vagones con absoluta naturalidad. Los coches parecían sacados de otra época, probablemente fabricados décadas atrás, cuando Francia aún dejaba una huella mucho más visible en la infraestructura del país. Durante un largo rato viajé de pie, más tarde terminé sentada en la unión entre dos vagones, cerca de una puerta abierta por donde entraba algo de aire fresco. 

A pesar de que había ido a Túnez atraída por el desierto, por Cartago y por explorar el norte de África, acabé dándome cuenta que los lugares más memorables rara vez son los que uno planea durante meses. Suelen aparecer por casualidad. En este caso, gracias a un conversación inesperada con un argentino, una recomendación fortuita o una decisión tomada sobre la marcha. Quizás esa sea una de las mejores cosas de viajar. 

Mientras el tren continuaba su lento recorrido hacia Sousse, seguía pensando en El Jem. Sin embargo, uno de los recuerdos más intensos del viaje terminaría siendo un anfiteatro romano que jamás había escuchado nombrar antes de cruzarme con un argentino en la medina de Túnez.

Y también pensaba en África. Porque si una pequeña ciudad tunecina podía albergar uno de los anfiteatros más extraordinarios que había visto hasta entonces, ¿qué otras maravillas permanecerán aún ocultas entre las ruinas de Numidia, Mauritania o Tripoli?

Esa pregunta me acompañó durante el resto del viaje. Y, de alguna manera, sigue acompañándome hasta hoy.